“Carros de fuego” (1981): ¿qué actividad es fuente de identidad personal?
Carros de fuego (“Chariots of Fire”) es una película de 1981 dirigida por Hugh Hudson, muy galardonada (4 Oscar entre otros premios), y que cuenta con una célebre banda sonora compuesta por Vangelis con un tema principal, muy conocido y apreciado, que aparece en la famosa escena inicial. El título, Chariots of Fire, proviene de un verso del poema «Jerusalem», de William Blake, famoso por su versión musical y que se ha convertido en un himno oficioso del país, canción que también aparece en la película.
Elementos fundamentales de la trama
La trama de la película está basada en la historia real de unos atletas británicos que compitieron en los Juegos Olímpicos de París de 1924, que fueron también los Juegos del nadador estadounidense Johnny Weissmüller, famoso por encarnar a Tarzán en muchas películas clásicas en blanco y negro.

La película se centra en dos de los atletas. Por un lado, el escocés Eric Liddell, el “escocés volador” (interpretado por Ian Charleson), nacido en China en una familia de misioneros, que siendo jugador de rugby pasa al atletismo. Es un hombre de fuertes convicciones religiosas y para el que correr es una forma de honrar a Dios. Perteneció a la Iglesia Congregacional de Morningside en la que fue ordenado ministro. Volvió a China tras sus éxitos deportivos, país que se negó a dejar cuando la situación se volvió peligrosa por la situación bélica y en el que murió por un tumor.
Por otro lado, el inglés Harold Abrahams (encarnado por Ben Cross), judío. Ingresó en la universidad de Cambridge donde sufre recelos antisemitas y de la que también otros compañeros llegaron a ser atletas olímpicos. Contó con un entrenador profesional (Ian Holm como Sam Mussabino), lo que añadió más recelos hacia su persona por el ideal amateur presente en las Olimpiadas en aquella primera época, algo hoy totalmente obsoleto. De hecho, el interés por el mero deporte camuflaba una diferencia clasista ya que solo podían permitirse competir aquellas personas para las que la economía no era mayor problema, algo que la película también refleja.
Quiero fijarme en dos aspectos. Uno de carácter estético de carácter introductorio y secundario, sobre los cambios argumentales realizados para intensificar el carácter dramático. Y el principal, el estudio de las motivaciones de los protagonistas sobre el fuerte significado existencial del correr y la competición, algo muy ligado a su identidad personal.
Ficción, verosimilitud y verdad histórica
Hay dos aspectos del argumento que no ocurrieron tal como los cuenta la película. Por un lado, no hubo una rivalidad fuerte y de carácter personal entre los dos protagonistas, algo que añade una tensión dramática interesante. En segundo lugar, en la película, Eric Liddell se entera en el barco rumbo a Francia de que hay pruebas eliminatorias en domingo. El atleta se opondrá a correr, ya que es algo que va contra sus convicciones que exigen respetar ese día como descanso para celebrar. Esto en realidad sí ocurrió, pero se enteró de ello meses antes, tiempo suficiente para negociar su negativa y preparar la carrera en otra distancia que al final ganó.
No parece tener mayor importancia. Los hechos ocurrieron aunque no de la forma exacta en la que se muestran. Pero no por ello la película falsea algo que tiene una gran importancia en la historia. Que la rivalidad no fuese tan intensa no le quita veracidad de fondo. Una película no es un documental y, como se suele decir, “se permiten esas licencias”. Estos cambios hacen crecer la tensión dramática e introducen algo de suspense. La concentración en el tiempo del debate de conciencia tiene como resultado que la trama tenga una intensidad mayor y que el mismo debate, al presentarse con mayor urgencia, se manifieste de forma algo más nítida.

Se han usado mucho este tipo de recursos de forma, a veces con más fuerza en películas de corte histórico. La imaginación de los guionistas ha fundido varias o muchas personas reales imaginando uno o dos personajes para hacer viable la trama, como en Oppenheimer (C. Nolan, 2023). Otras veces se han rellenado huecos de la biografía de personas famosas que la historiografía no conoce y que logran presentar una personaje más real y vivo, más verosímil como persona. En otras ocasiones, los guionistas inventan un episodio de fuerte importancia biográfica que explicaría cosas futuras, como el romance juvenil del dramaturgo en Shakespeare in love (J. Madden, 1998). En este último caso imaginan un pasado posible que cuadra con el futuro que se sabe. En otras ocasiones se ha idealizado en exceso al personaje retratado, como se ha afirmado del protagonista de La lista de Schindler (S. Spielberg, 1993), algo que también se hacía con los retratos de monarcas en la modernidad. No se discute lo bien narrada que está la historia en la película de Spielberg. En este caso, es el personaje histórico el que parece falseado.
¿Dónde está la barrera entre la invención que falsea y la que muestra mejor la situación y el carácter de la persona retratada? ¿Hasta dónde puede llegar la invención dramática sobre una persona real de la que se quiere hacer un retrato sin convertirla en otra persona? Los mecanismos señalados son procedimientos en los que la ficción y la verdad se relacionan de formas diferentes. Si el ambiente, el carácter y las motivaciones de los personajes, así como sus decisiones fundamentales, están bien reflejados, puede afirmarse que se conserva la verdad humana sobre los hechos narrados.
Identidad personal
Pasemos al tema nuclear de la reflexión. La película presenta muy bien las motivaciones principales de los dos protagonistas así como su evolución en la forma de entender el porqué del correr y del ganar. Con una buena descripción del ambiente universitario y olímpico, la película incluye con naturalidad estos procesos personales que enriquecen la historia de manera notable.
Algo que aparece con claridad en la película es la presencia de adversidades, así como de dificultades y límites que los protagonistas tienen que afrontar. En un deporte de competición como son las carreras de atletismo, el límite se experimenta en el no poder ir más deprisa de lo que se corre. Las aptitudes naturales, los entrenamientos, la técnica del correr… desarrollan potencialidades que tienen como finalidad, precisamente, llegar al límite.

Por otro lado, las adversidades y dificultades presentes en esta historia son de diversa índole. Aunque pueda ser algo agradable para ellos los atletas experimentan las expectativas de los aficionados. Sus compatriotas quieren que ganen. También el orgullo nacional está en juego. Aunque se entiende que se pueda perder, se espera que los atletas lo hagan lo mejor posible. En una competición, se trata de vencer. Vencer a los adversarios, ganar y superar las marcas. Si la victoria es una posibilidad real, no hacerlo se puede vivir como derrota dolorosa y como decepción. Esto es algo que sobrevuela en el ambiente.
Pero hay una dificultad que se manifiesta en la historia de los dos protagonistas que tiene una profundidad e importancia mayores. Ellos viven un conflicto entre sus convicciones y el hecho mismo de competir y de vencer. Ese conflicto está atravesado por la amenaza de alcanzar o poner en peligro algo que consideran especialmente valioso. Ese algo es intangible ya que lo que está en juego es la propia identidad personal de cada uno y, a la vez, la experiencia de que la actividad a la que dedican tantos esfuerzos sea algo digno y, con ella, la propia vida. Aunque una actividad importante no se identifica con la totalidad de la vida, en esta historia se asocian las dos dimensiones de manera muy estrecha. Dos frases sintetizan esto:
Creo que Dios me hizo con un propósito. Para ir a China. Pero también me hizo rápido. Y cuando corro… siento su gozo. Abandonarlo sería como despreciarlo (Eric Liddell).

Su propósito fundamental es ser misionero. La posibilidad de competir en carreras es algo que él mismo y, sobre todo, su hermana, ven con dudas o como algo contrario con el modo de vida cristiano. Tras el discernimiento, Eric Liddel argumenta con claridad la compatibilidad de las dos cosas. Correr, siendo secundario respecto al ser misionero, es una forma de agradar a Dios (expresión frecuente en la Biblia) y es también, como afirma su padre, una forma de evangelizar: utilizar bien las aptitudes naturales, hacer bien cualquier cosa. Esto tiene como consecuencia que vencer, algo que quiere hacer, no es un fin último. Sabe por qué corre y si no gana, el sentido de su esfuerzo no desaparecería.
Ahora, en una hora, saldré otra vez a correr. Levantaré los ojos para mirar por ese corredor de un metro de ancho, con diez segundos para justificar toda mi existencia. ¿Pero podré hacerlo? Aubrey, he conocido el miedo de perder. Pero ahora tengo casi tanto miedo de ganar (Harold Abrahams).
En el caso de Abrahams, las motivaciones y el sentido del correr son diferentes. En principio ganar es lo que le da sentido. En sentido estricto, ganar es lo que se quiere en un deporte de competición. Pero la historia que se nos cuenta, y la frase citada, dicen algo más. Vencer justificaría toda su existencia. Esta es la gran diferencia con Eric Liddell. Si el entrenamiento y las carreras son la actividad principal de una persona, correr la final de la competición más importante se convierte en la actividad más importante de su vida. Lo que plantea bien Abrahams es si vencer en una carrera justificaría toda su existencia. La frase expresa bien la problemática de qué es lo que en el fondo quiere, qué es lo que debería ser deseado y que justificaría una existencia.
El filósofo candiense Charles Taylor publicó en 1989 el importante libro Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna. En el capítulo 2 dice algo que sintetiza bien su pensamiento (un breve estudio aquí):
Los bienes constitutivos no son meras preferencias; son los términos a partir de los cuales definimos la vida como digna o indigna de ser vivida.
Taylor explica muy bien, también en un libro mucho más breve, Ética de la autenticidad (1992), que el mero hecho de preferir algo no dota de valor a lo elegido. El ideal de la autenticidad da mucho valor a la mera elección, a la preferencia. Pero preferir hacer algo requiere de un criterio para valorar como mejor y, por lo tanto, como más deseable de suyo, tal o cual preferencia. Es desde ese horizonte de lo valioso definido por los “bienes constitutivos” como de hecho las elecciones pueden ser elecciones fuertes que respondan a lo que en el fondo queremos. Si no tenemos criterio para evaluar algo como mejor o peor, las posibilidades entre las que elegir se convierten, de hecho, en equivalentes.
Esto es algo que parece tener claro Abrahams. Hay algo valioso, un bien constitutivo, desde el cual quiere lo que quiere. Lo que la historia narra bien es si la mera victoria puede tener ese carácter. Ante el rechazo antisemita que ha experimentado toda su vida, ser el mejor representando a su país sería una gran fuente de reconocimiento. Desde el principio no es solo vencer, sino entender la victoria como causa de reconocimiento. Pero al final, parece que tampoco es eso. Que solo eso sería pobre.
Eric Liddell superó la crisis entre labor religiosa y competir en atletismo viendo que las dos son actividades queridas por Dios. Abrahams, movido por su fuerte deseo de ganar, entra en crisis más tarde, al borde de la posible victoria. El propósito del significado de la propia existencia está en juego, como dice la frase de Abrahams. Pero no en la carrera, sino en la actitud ante ella.
Final
Carros de fuego es una película que se sigue viendo con agrado. Comunica un fuerte idealismo, describe experiencias de amistad, de determinación en la lucha por lo valioso… Todo ello en un ambiente bien descrito que retrata una franja social aventajada y privilegiada. En este marco narrativo, el estudio de las motivaciones, del conflicto entre deseos y convicciones, el discernimiento sobre qué hacer y qué actitudes tener ante la principal actividad en esa fase de su vida, es algo muy bien reflejado y que dota de mayor valor a la película.