Escaleras: función, símbolo y representación

Las escaleras es uno de los elementos arquitectónicos más presentes en nuestras vidas. Las hay en viviendas particulares, en bloques de pisos, en entradas a portales y a mansiones, así como en calles y parques. Las escaleras tienen una dimensión funcional evidente. A veces, su diseño es un desafío porque deben construirse en espacios singulares que determinan su tamaño y características a la vez que deben satisfacer necesidades diversas. La escalera ha sido la solución para conectar y permitir el tránsito entre dos o más planos que están a alturas diferentes. Un elemento omnipresente del que hoy se buscan alternativas para garantizar el derecho a la accesibilidad con rampas y ascensores.

Escaleras gradualmente inclinadas en la Plaza Robson, en Vancouver (diseñadas por Arthur Erikson en 1979)

Los desniveles en los terrenos en pendiente tan presentes en tantas localidades que buscaban construir en lo alto por razones defensivas o, simplemente, porque iban creciendo y había desniveles en el terreno, están muy presentes. Y en las viviendas, porque se construyen en vertical, en varias alturas. La escalera ha sido la solución para “andar hacia arriba” teniendo en cuenta lo obvio: sirven también para bajar. Dejo ahora de lado las escaleras portátiles de diferentes tamaños de uso laboral y doméstico.

Además de lo funcional, muchas veces han tenido o tienen un valor simbólico. Arriba, el lugar al que cuesta llegar, al que se asciende con esfuerzo; el lugar que se ve y desde el que se ve. Arriba el lugar de la soledad ya que pocos lo ocupan, sea por privilegio o por aislamiento.

Y el abajo, el lugar al que bajar, lo subterráneo y, por lo tanto, lo oscuro, en contraposición al arriba luminoso. Si el término de la aspiración es el arriba del cielo, el abajo es el lugar de la caída, el lugar de los muertos. Además, como sabemos, aunque nos podamos tropezar y caer subiendo, es más fácil que esto ocurra mientras bajamos por una escalera, algo que puede ser fatal. Pero no todo lo que esté abajo tiene ese cariz metafórico negativo ya que abajo también hay riquezas, tesoros escondidos y recursos naturales valiosos. 

Las escaleras, en definitiva, no son solo un elemento funcional. Configuran corporal y simbólicamente la experiencia viva del espacio condicionando, de una forma muchas veces inadvertida, nuestra experiencia del mundo.

La dificultad del subir y del bajar

La escalera nos obliga a vivir corporalmente el espacio de una forma muy reconocible. Todos experimentamos el esfuerzo que conlleva subir escaleras. Es un movimiento que requiere regularidad, aunque la velocidad va menguando conforme el cansancio aumenta. Subir escaleras es un acto muy físico que nos hace experimentar nuestros límites y nuestra edad. En las que son algo largas suele haber rellanos o descansillos que nos permiten, y obligan, a no seguir subiendo y a poder andar en horizontal. Muy de vez en cuando, desde antiguo como se ven en algunos castillos, hay bancos en los rellanos al lado de ventanas. Subir escaleras puede convertirse en un ejercicio corporal en el que intervienen muchos de nuestros miembros, como cuando nos apoyamos en barandillas con las que, además de asegurar la estabilidad, nos impulsamos con los brazos ayudando así a las piernas. 

Hean A. Roehn, El bastón de la vejez, 1852 (Museo Bellas Artes, Rouen)

Para garantizar un subir cómodo se utiliza en interiores la fórmula/ley Blondel. En 1771, Blondel estableció una proporción entre el ancho del escalón (“huella”), en el que se apoya el pie con un mínimo de 25 centímetros y que suele tener entre 28 o 29 de media, y la altura del escalón (“contrahuella”), que ronda los 17-18 centímetros (con un máximo de 20). Esto dota a la escalera de una inclinación de unos 30º-32º. Es muy infrecuente que las escaleras construidas en edificios tengan una pendiente variable, algo más presente en parques o ciudades. Si esto es así, suele ser menguante conforme se sube, con lo que el esfuerzo requerido es cada vez menor, algo que compensa el mayor cansancio.

Otras medidas a tener en cuenta en interiores son la altura de la cabezada o la altura libre de paso, así como la anchura de la escalera… Son muchos los detalles, que a menudo nos pasan inadvertidos por la costumbre, pero de los que a veces nos hacemos conscientes cuando las medidas cambian mucho, cuando no hay barandillas…

Vértigo (Hitchcock , 1958)

El bajar es mucho más descansado como sabemos. La velocidad suele ser mayor, algo que explica que el número de accidentes, de caídas, sea mayor bajando que subiendo. El equilibrio es algo que tenemos que dominar más al bajar. En realidad, bajar también cansa, porque el esfuerzo de frenada es constante, y según cómo tengamos las articulaciones, puede llegar a ser molesto. 

 

Las dificultades en escaleras de dimensiones habituales se pueden agrandar si la altura que se salva es visible, con lo que aparece el vértigo, o si los escalones tienen anchuras menguantes como en las escaleras de caracol y los giros, con lo que el peligro de desequilibrio se multiplica.

Los ascensores

Una alternativa hoy muy presente en nuestras vidas son los ascensores, con los que desaparece esa experiencia física del espacio ligada al esfuerzo y al ritmo. La invención de los ascensores en el siglo XIX hizo posible los rascacielos. Más allá de las técnicas de construcción, sin los ascensores, no sería posible vivir en edificios muy altos. El ascensor se popularizó en la primera mitad del siglo XX en casi todos los edificios. Esta máquina vertical que posibilita subir sin esfuerzo también aparece en las calles de las ciudades que tengan desniveles abruptos. Las escaleras mecánicas son otro invento popular presentado en la Exposición Universal de París de 1900, y presente en muchos edificios públicos.  

Photo: Ian Padgham. 

Los ascensores han cambiado nuestras ciudades. Un rasgo muy claro es el aumento en las ciudades del número de edificios altos que, al depender de la energía eléctrica, siguen haciendo necesarias las escaleras para posibilitar la evacuación cuando sea necesario. Antes de ellos, vivir en pisos altos era algo menos demandado por el esfuerzo que se requería para subir. Las plantas nobles estaban abajo. Con el ascensor, la situación se ha invertido: vivir en pisos altos con vistas tiene una mayor demanda. La lejanía del suelo es símbolo de estatus. 

Cuando los esfuerzos se intensifican y se convierten en algo tan oneroso que hace dudar sobre si merece la pena o no salir a la calle, la dificultad que presentan las escaleras define parte de la vida. El ascensor se convierte en la alternativa que facilita la movilidad, a veces la única. Se evidencia la importancia vital de algunos artefactos técnicos, ya que pueden hacer factible una actividad que no era sencilla no mucho tiempo atrás, algo que puede cambiar la forma de vivir. 

En la escalera, el esfuerzo nos hace muy conscientes de la corporalidad. Por otro lado, el subir o bajar es un movimiento marcado por un ritmo muy nítido. Estas dos características cambian radicalmente en el ascensor. Este nos transporta sin hacer nosotros nada. No nos movemos sino que somos movidos de una forma bastante rápida.  

En las escaleras, el subir o bajar es un movimiento de tránsito por un lugar que casi es un no-lugar en el sentido de que no queremos permanecer en él. Forma parte del edificio, muchas veces de la vivienda, pero no es un sitio en el que estar o permanecer. En ese sentido, la escalera se parece al pasillo, ambos lugares de tránsito. La diferencia con el ascensor es grande aquí. Los ascensores parecen no ocupar lugar. El “hueco del ascensor” normalmente no se ve, y cuando se percibe, se constata que ocupa menos que las escaleras. Aunque, siendo esto así, las escaleras y los ascensores son lugares comunes de las viviendas de pisos que permiten relaciones de vecindad que no hay que desestimar, como nos lo muestra la obra de teatro de Buero Vallejo Historia de una escalera (1949; reflexión aquí).

Escalera y representación: ver y ser visto

Las escaleras también pueden estar pensadas para, sobre todo, hacer subir a otros. La persona poderosa está arriba, no en lo más alto del edificio muchas veces, sino en una planta noble a la que hay que acceder. Arriba, ya lo hemos mencionado, es el lugar del prestigio, de lo valioso. Jugar con este símbolo universal es algo que se ha hecho muchas veces. La arquitectura juega aquí un papel teatral, escenográfico.

Canaletto, Escalera de los Gigantes del Palacio Ducal, Venecia, c. 1740

John Templer publicó en 1992 el libro más importante sobre este tema (The Staircase, 1992, MIT Press), en dos volúmenes. Este completo estudio de referencia cita, entre otros muchos datos, cómo algunas escaleras estaban diseñadas para que el paso de los que subían fuese lento, como en la Escalier des Ambassadeurs en el Palacio de Versalles que obligaba a ralentizar la marcha y adoptar un paso que denotaba reverencia.Esta idea tiene su reverso. De la Escalera de los Gigantes del Palacio Ducal de Venecia también se dice que la persona que estaba arriba se la veía pequeña desde abajo. Su gran poder, que le hace parecer grande a ojos de los demás, adquiere la dimensión contraria en esta perspectiva, lo que le debería servir para recordar que su responsabilidad es servir, ponerse al servicio, y no imponer.

El Barroco como estilo subraya mucho este aspecto de representación ya presente en el Renacimiento mencionado. La complejidad y ampulosidad de las formas, los trampantojos ilusionistas con los cuales se intensifican los efectos ópticos, la riqueza decorativa, el dinamismo de las curvas, los contrastes de luz… todo ese exceso de la forma y de la apariencia sirve bien para manifestar el carácter de majestad, con la grandeza manifestada, con la gloria y el esplendor.

Johann Balthasar Neumann, Gran escalera del Castillo de Augustusburg, en Brühl (Alemania)

Las grandes escaleras barrocas de castillos palaciegos como el de Augustusburg son el triunfo de la apariencia. ¿Por qué un elemento arquitectónico funcional ocupa el centro de una gran estancia? Esto es algo que señala con claridad Santiago de Molina (autor de Todas las escaleras del mundo, Ediciones Asimétricas, 2021; una conferencia aquí) haciendo referencia a la escalera de la Ópera Garnier de París (1860-1875) que cumplía la función de ver y ser visto, algo propio de un escenario de un teatro. La representación social era, para muchos, más importante que la ópera en sí misma.

Una de las escaleras más famosas es la diseñada por Miguel Ángel (completada por Bartolomeo Ammannati) en el vestíbulo de la Biblioteca Laurenciana de Florencia (1519-1549). También ocupa un lugar prominente en el espacio de entrada a un lugar público y obliga a acompasar el paso mientras se sube. 

Escalera y relación entre dos niveles

Tiziano, Presentación de la Virgen en el Templo (1534-1538)

Es muy citado el ejemplo del cuadro de Tiziano, Presentación de la Virgen en el Templo. La niña sube unas escaleras hacia el ámbito de lo sagrado. Como decía Eliade, con lo sagrado se produce “una ruptura de nivel”. Lo sagrado es más valioso; se liga a lo divino, a lo trascendente, algo que se asocia a lo alto o altísimo. Aunque los evangelios mostrarán un camino inverso al hablar de la importancia de abajarse (“el que se humilla será ensalzado”, Lc 14,11), el reconocimiento de la superioridad de Dios se realiza en la subida.

Otro tipo de escaleras muy presentes en la iconografía judía y cristiana son las de tipo portátiles, muy verticales. Destaca el pasaje del sueño de Jacob (Gn 28, 12-22). Los dos niveles de diferente naturaleza, lo natural y sobrenatural, están unidos por escalas o escaleras por la que los ángeles, mensajeros de Dios en la imagen del Génesis, bajan a este mundo. 

También en la judía rabínica, la escalera simboliza el ascenso por etapas hacia la perfección, hacia la iluminación. San Juan de Clímaco (c. 600) escribió su influyente obra La escalera del divino ascenso (Scala Paradisi), de la cual, la imagen bizantina del siglo XII en el Monasterio de Santa Catalina (Sinaí) es una de las más conocidas.

Este simbolismo de unión entre la Tierra y el Cielo también está representado en esas construcciones escalonadas que son las pirámides. Los textos clásicos egipcios (Los textos de las pirámides) utilizan la imagen de la escalera como forma de unir tierra y cielo.

Esta unión por medio de una escalera de dos niveles ontológicos, tiene versiones no religiosas. La famosa escena final de la película El show de Truman (P. Weir, 1998; reflexión aquí), simboliza el acceso a la salida de ese mundo falso al mundo real.

Rembrandt, Filósofo en meditación (1632; Louvre) 

Otro caso, menos famoso a pesar de la excelencia del pintor, es el cuadro de Rembrandt Filósofo en meditación. La centralidad de la escalera de caracol es llamativa. No sé si Rembrandt tenía en mente algún significado simbólico, pero de esta imagen se han propuesto muchas interpretaciones (alegoría de la caverna, niveles de consciencia…), lo que muestra el claro potencial metafórico de este artefacto tan útil en nuestras vidas.

Y desde un punto de vista sociopolítico, el arriba/abajo simboliza los diferentes niveles de clase social, las desigualdades en las que hay ganadores y perdedores. La famosa fotografía de A. Stieglitz, El entrepuente (1907; más información aquí) es un excelente ejemplo en el que, en una esquina, también está presente una escalera que une esos dos niveles pero que parece no se puede utilizar.

Rasgos de estilo

Para que esta dimensión de representación sea eficaz, el factor artístico juega un papel necesario. La imaginación poética o artística de los arquitectos aúna las dimensiones técnica y simbólica. 

R. Bofill, La muralla roja, en Calpe (1973)

Muchas veces la excelencia artística y estética de las escaleras no pretende condicionar o influir en el comportamiento de otros. Es un elemento de diseño que, a la par que una solución eficaz, embellece el espacio como la diseñada por A. de Betak parae su casa en París (c. 2015) (otros ejemplos de escaleras de interiores actuales, aquí, aquí y aquí). Otras veces, participando de la tendencia “icónica”, llamativamente escultural de muchos edificios contemporáneos, la escalera se convierte en el protagonista escultórico de un espacio como en el discutible caso de la escalera del edificio de la ONU en Copenhague (3XN Architects) (2013).

En otras ocasiones, arquitectos de renombre se basan en soluciones tradicionales del área cultural provocando un efecto estético llamativo como el caso de R. Bofill en las casas de Calpe que tanto recuerdan las ghorfas de Médenine (Túnez).

Plaza de España, Roma. Escalera de 1725, de 135 peldaños

Por último, mencionar las escalinatas presentes en ciudades, que se convierten en un elemento principal del conjunto urbanístico.  

Hay imágenes de escaleras que forman parte de nuestra memoria cultural. No hablo ahora de las escaleras en sí mismas, sino de escenas, fotografías o cuadros, donde las escaleras juegan un papel protagonista. Es el caso de la escena de la escalinata en la película El acorazado Potemkin (1925), dirigida por el cineasta soviético Serguéi Eisenstein, considerada una de las secuencias más famosas, influyentes e imitadas en la historia del cine mundial. 

 

Final

Las escaleras son, en definitiva, un elemento necesario en nuestro edificios y ciudades. Son un elemento básico de la habitabilidad de los espacios construidos, y configuran una experiencia del espacio vivido en el que la funcionalidad, el ritmo y la dificultad ligada al esfuerzo se unen a un claro significado metafórico que muchas veces se hace evidente en las diferentes culturas.