Fahrenheit 451 es una película dirigida por François Truffaut en 1966, basada en la novela del mismo título de Ray Bradbury, publicada en 1953. La película fue la única que el director rodó en inglés y estuvo producida por Universal en Europa. Voy a tener en cuenta en esta entrada la película, que se considera básicamente fiel a la novela (aquí se puede encontrar una breve comparación entre novela y película). El mismo Ray Bradbury le dijo a Truffaut:
Qué raro es para un escritor entrar a una sala de cine y ver su propia novela fiel y excitantemente contada en la pantalla —se leía en el telegrama que Bradbury le envió a Truffaut en agosto de 1966—. Usted me ha devuelto el regalo de mi propio libro traducido a un nuevo medio conservando el alma del original. Estoy profundamente agradecido.
La película describe la vida de una sociedad futura donde las casas no arden pero hay bomberos que hacen lo contrario que sus antecesores: quemar. En concreto, quemar libros (el título hace referencia a la temperatura a la que arde el papel). El protagonista, Guy Montag (Oskar Werner) es un bombero cualificado, casado con Linda (Julie Christie). Conoce a Clarisse (también Julie Christie, con el pelo corto en este papel), una joven a la que le gusta charlar, hablar, preguntarse por el sentido de las cosas. Con la decisión de que sea la misma actriz la que represente los dos papeles, Truffaut muestra de manera clara que son dos personajes opuestos que se diferencian por las diversas decisiones que han tomado, por sus diversas actitudes ante la vida. El protagonista, Montag, cambiará su opinión sobre la lectura, se enfrentará a la delación de su propia mujer, escapará de sus perseguidores…
Aspectos del poder despótico
La quema de libros tiene un fuerte carácter simbólico. En esta historia, se queman todo tipo de libros y no únicamente en un acto ocasional. Sabemos de actos históricos en los que se quemaron algunos libros elegidos por su contenido político o religioso. En esta película, como digo, son todos y con la voluntad de que desaparezcan todos, lo cual plantea la pregunta en términos más radicales. No se trata aquí de la prohibición de hacer públicas determinadas maneras de pensar que se consideran nocivas. Es la misma expresión del pensar la que se prohíbe. Se prohíbe pensar y, a la vez, imaginar y sentir de determinadas maneras.
Fuera de la ideología oficial solo existe el error. Se establece así una correlación intrínseca entre verdad y poder que permite caracterizar los regímenes despóticos como aquellos en los que se produce la inversión del orden entre verdad y poder ya que la verdad de lo humano, la verdad del sentido de la acción, va a ser dictada desde el poder. Esto se opone a la tesis comúnmente aceptada de que el ejercicio del poder no puede contravenir lo humano. Por ejemplo: la idea de reconocer los Derechos Humanos supone reconocer la dignidad humana como límite contra los abusos del poder y como orientación de las leyes que deben promoverla. En principio, siempre se dirá, lo que hace el poder es defender lo humano, pero siempre con la tesis añadida de que solo el poder sabe qué es verdaderamente humano, y por eso se prohíbe el juicio de conciencia, el pensar diferente, la discrepancia…
Para sustentar a lo largo del tiempo esta forma despótica de proceder, los gobernantes tienen que hacer, como mínimo, dos cosas que en la película están supuestas (el argumento no se centra en ellas).
- Un uso masivo de la propaganda oficial. Hay un esfuerzo continuado por la propagación de ideas oficiales a través de diversos canales. Anuncios oficiales, periodismo no libre, diversos programas de televisión y radio, manuales de estudio…
- Declarar como ilegales las formas diferentes de pensar, fundamentando esta decisión en la idea de que exponer ideas críticas es ir en contra del país, contra el bien de todos y del progreso que se está buscando con tanto esfuerzo.
Estas maneras de proceder salen caras ya que cuesta mucho mantener la propaganda oficial y, sobre todo, silenciar a los discrepantes. La película muestra otros factores que constituyen el ejercicio autoritario del poder. Por un lado, tiene que atomizar la vida social dificultando la existencia de asociaciones que puedan ser cauce de pensamiento. La película sí muestra con claridad que se propicia la delación entre los ciudadanos y que se les provee de distracciones que adormecen el espíritu crítico… Se instala así el miedo en la vida social y se empobrece lo humano, su capacidad de pensar, y en última instancia, la moralidad, la capacidad de regir la propia vida.
En la película aparece varias veces un buzón donde dejar las denuncias a la puerta de los locales de los bomberos. Está bien el juego con las palabras que aparecen en una escena para nombrarlos: “son delatores”; no, “son informantes”. Por otro lado, ¿por qué delatan? Algunos han llegado a creer que leer y tener libros está mal, que es algo que va en contra de la sociedad. Otros lo harán por el miedo a las consecuencias si se piensa que defienden la lectura o para quitarse a un vecino molesto de encima…
Ya sabemos que con la práctica continuada de estas acciones (quemar libros, propiciar la delación, perseguir formas “anormales” de vivir…) va a pesar más el mantenimiento del poder que la verdad que dicen defender. Lo que suele pasar es que lo único que importa es mantener el poder, y una forma de hacerlo es afirmar que hay una verdad oficial aunque lo que hoy se considera verdad oficial, mañana puede ser censurado al defender otra postura sin aparente contradicción.
La libertad de pensamiento, que es la libertad de expresar públicamente ese pensamiento, es algo básico en la vida social. Al decir esto no se pretende legitimar el error como tal ni considerar que todas las posiciones intelectuales sean equivalentes. Hay posturas evidentemente falsas, aberrantes desde un punto de vista moral. Además, siempre habrá leyes contra la calumnia y la difamación que limiten la libertad de expresión. Lo que se legitima con la defensa de la libertad de pensamiento no es cualquier postura posible, sino la posibilidad de contribuir con las ideas e iniciativas al desarrollo de la vida social y al poder desarrollar la vida personal y de grupos pequeños dentro de esa vida social. Con la libertad de expresión también se defiende la posibilidad de la discrepancia y de la discusión en la vida social. Esta discusión es tanto más necesaria en los asuntos humanos, donde la libertad y la pluralidad humanas hacen más difícil la toma de decisiones, sobre todo, cuando afectan a muchos.
¿Qué es lo mejor aquí y ahora? La respuesta muchas veces no es fácil porque no se trata de saber solo lo que es más eficaz, sino lo más justo. Cuando Aristóteles da sus definiciones de lo humano (animal político, animal dotado de logos), lo hace en el marco de esta problemática. El ser humano es un ser político, y lo es porque es racional junto con sus iguales con los que delibera y discute sobre lo justo e injusto, como afirma al principio de su Política.
Quemar los libros y entretener
Muchos de los libros que se queman en esta historia son obras literarias que narran formas de vida posibles, atractivas muchas veces. De hecho, esta película se centra en este tipo de libros. También se cita la filosofía, las biografías, la historia. Las novelas pueden enriquecer la vida moral al iluminar convicciones, al proponer formas de vida deseables. No todos los libros son igualmente valiosos, claro. Muchas novelas reflejan vigencias morales de la época en la que fueron escritas y que hoy no compartimos mayoritariamente como es la visión sobre la mujer o sobre personas de otras etnias… Pero en lo que tienen de verdadero conectarán con lo humano, y en lo que tengan de falso, serán criticables.
El reverso a la desaparición de los libros, es la presencia casi omnipresente de la televisión en la vida hogareña. A ello se añade la ingesta habitual de pastillas tranquilizantes. Con estos dos procedimientos se narcotiza a la ciudadanía, se adormece su conciencia. En la película, la televisión parece abducir a los espectadores, en concreto a Linda, mientras Montag ve un cómic en el que no hay palabras escritas. (Esto es una trampa porque una historia gráfica sí se puede leer siguiendo las imágenes aunque no haya texto). Montag no está atontado por la televisión y las pastillas aunque sea bombero y al principio manifieste un nulo sentido crítico moral en respuesta a las preguntas de su superior. Haría lo que le mandasen, sin más. Pero parece tener un potencial de cambio que la joven Clarisse percibe.
En la película parece que en la televisión solo hay un grupo de programas, aquellos en el que se transmite un modo de vida. Son, además, programas en los que los espectadores pueden interactuar siendo así partícipes de la “vida real” que es la que muestra la televisión. Todo esto parece hablar de una manipulación a través de los programas de entretenimiento e informativos. Es aquí donde la propaganda aparece, no como enaltecimiento de los gobernantes, sino como adoctrinamiento.
En definitiva, se queman los libros y se potencia el entretenimiento con la idea de adormecer lo humano: el pensamiento y su capacidad crítica, la imaginación vital con la que realizar proyectos de vida ilusionantes. Todo ello para mantener el poder, sustentando esta idea en que favorecen lo humano aunque lo empobrecen al hacerlo así.
En esta película no son críticas políticas directas lo que se persigue con la quema de libros. Es la literatura en su conjunto, sobre todo, la que se quiere hacer desaparecer porque se cree que está en la base de una diferenciación indebida entre las personas ya que estas obras literarias alimentan proyectos de vida al estimular la imaginación vital. Ese desarrollo personal, afirma el bombero jefe que expresa aquí la ideología oficial, es atractiva para muchos, pero es mentira, dice, es falaz. La literatura hace creer que hay formas de vida que en realidad van en contra de los lectores ya que son mentira. La literatura, para el poder, estimula formas falsas de vivir. Si las personas se diferencian entre sí porque, en el fondo, eligen cómo vivir, se creará malestar ya que es una elección basada en una falsedad. Por eso la ideología del poder quiere anular las diferencias, el atractivo de formas de vida que son falsas. Quiere salvar a los seres humanos de sí mismos porque no saben desear.
El poder, por el contrario, sí sabe lo que conviene a todos y persigue con sus medidas la igualdad entendida como uniformidad. La paradoja, o mejor, la contradicción, está en que esa nivelación, ese negar la imaginación y el deseo de una vida mejor, crea un malestar. Lo mismo que el poder quiere hacer desaparecer, lo crea con esa medida.
- Para el poder, es la literatura la que crea malestar ya que despierta deseos falsos que no se pueden alcanzar. Por eso quema libros, para proteger de ese malestar a los habitantes de este país.
- Pero es quemando libros como en realidad produce el malestar, al hurtar a las personas la posibilidad de imaginar vidas más ricas. Y porque hay malestar, el poder tiene que narcotizar a través de la televisión y las pastillas.
El poder también fomentará el adormecimiento de la conciencia favoreciendo el entretenimiento desde niños como forma tranquila de felicidad. La escuela y la televisión serán los dos ámbitos principales de entretenimiento que se muestran en la película y con los que el poder busca que todos sean felices.
Cuando el poder despótico prohíbe la lectura, según esto, protege a los ciudadanos. El poder quiere que los ciudadanos sean felices. Pero la finalidad directa de los gobiernos no debería ser que los ciudadanos sean felices, sino alcanzar la justicia, lo que posibilita un desarrollo pleno de lo humano. Sería demasiada responsabilidad para los gobiernos el procurar esa felicidad, ese desarrollo pleno de lo humano. La política y la justicia son ingredientes necesarios para poder alcanzar una vida plena, pero no lo son todo en la vida.
¿Qué tienen los libros que otros consagran su vida a ellos?
Una idea que se repite en esta historia es que determinadas prácticas nos hacen insociables, lo cual es algo indeseable. Los libros hacen insociables a sus lectores (ya lo eran sus autores según el poder). No participar en el programa de televisión también. Determinadas formas de vestir o de peinar, son insociables. Es el poder quien define lo que es insociable, que entiende que ser insociable es delito mayor. El poder, como he mencionado, define el ideal de lo humano y obliga a vivir de esa manera. Así consigue que todos los miembros de esta sociedad sean sociables. En palabras del jefe de bomberos:
Los libros no dicen nada. Mire… todo esto son novelas. Tratan de personas que nunca han existido. Los que las leen quedan descontentos de sus propias vidas y sienten deseos de vivir de otro modo, lo que jamás podrá ser en la realidad. (…)Todos debemos ser iguales, así alcanzamos la felicidad, estando todos al mismo nivel.
Es sugerente la presencia en la historia de personas-libro que cambian su nombre por el título del libro que han memorizado. Viven aparte y guardan memoria para salvar la historia y la sabiduría que contienen, algo que recuerda la práctica del samizdat, la copia y distribución clandestinas de literatura prohibida por el régimen soviético. ¿Por qué este esfuerzo peligroso?
Los libros narran historias que desvelan el deseo de otras formas de vida en los lectores. Como dice Ricoeur en La metáfora viva (p. 303 ed. española):
¿No es acaso función de la poesía suscitar otro mundo, un mundo “otro” que corresponda a posibilidades “otras” de existir, a posibilidades que sean nuestros posibles más propios?
Este texto es sugerente. Ricoeur contrapone la referencia al mundo real del lenguaje habitual con la referencia a un mundo “virtual” propio del lenguaje poético, ese que el bombero jefe dice que no existe y que, por lo tanto, crea ilusiones vanas. Pero parece que más bien es al contrario. La imaginación literaria es capaz de mostrar posibilidades existenciales hacia las que estamos orientados, muchas veces sin saberlo. Amplían nuestro proyecto vital al desvelar nuestro deseo. No solo la memoria de nuestro pasado común enriquece nuestra vida; también la propuesta imaginativa de posibilidades vitales hace que se enriquezca la vida humana. Algunas de ellas conectan con nuestra identidad propia, con nuestras posibilidades más propias. Una cultura que silencie esto, una cultura chata, es empobrecedora. Recuérdese la crítica que hace Ende en su novela Momo (1973) sobre la “muerte” de la imaginación.
En los libros está conservada la sabiduría, se afirma en la película desde la “resistencia”. Sin ellos, se empobrece lo humano. Como se dice en la película: “sois robots”, dirigiéndose a las personas “dormidas”. Con la sabiduría de los libros y con nuestro pensamiento e imaginación, vamos construyendo nuestra identidad personal, nuestra figura propia. Conocer nuestro pasado común es conocer de dónde venimos, lo que explica el presente. Formamos parte de tradiciones y proyectos sociales. A nivel individual, desarrollamos nuestra vida porque somos seres morales, decidimos, elegimos parte de nuestras trayectorias, imaginamos nuestras posibilidades. El despotismo anula las individualidades, la identidad tanto personal como comunitaria. Este último rasgo lo señaló bien Orwell en 1984 cuando nos dice que todos los días se reescribía la historia para así justificar el presente de las decisiones del poder.
Final
Las distopías describen la amputación de lo humano que un régimen político despótico provoca. Bajo la idea de buscar la felicidad para todos, se prohíbe el cultivo de lo humano que permite construir nuestra identidad: la imaginación vital, el pensamiento crítico, la memoria del pasado, la afectividad. Hay un rasgo llamativo en la película: distintas personas se acarician en público a sí mismas en el metro o en la calle. Como si en este estado de aturdimiento, la caricia fuese el recordatorio físico de que el aislamiento en el que viven es la fuente última del malestar. El tacto recuerda la necesidad de contacto personal para realizar esa identidad personal que el despotismo niega.



