“La música del azar” (1990) de Paul Auster: un mundo sin hogar

La música del azar (“The music of chance») es una novela escrita por Paul Auster, publicada en 1990. Fue llevada al cine en 1993 con el mismo título siendo director Philip Haas. Nacido en 1947, Paul Auster es un reputado novelista, así como poeta y autor de guiones cinematográficos (Smoke, de 1995, por ejemplo, dirigida por Wayne Wang), ensayos y diversos libros de memorias. Haré referencia al argumento de manera expresa en estas reflexiones que siguen.

La novela se divide en dos partes. En la primera, aparece Jim Nashe, bombero, que deja su trabajo tras ser abandonado por su mujer y  recibir una cuantiosa herencia de su padre con quien apenas tuvo trato. Se compra un buen coche y se dedica a conducir por Estados Unidos. Después de casi un año, y al ver mermados sus ahorros, se encuentra de manera imprevista con un malherido Jack Pozzi, jugador de cartas profesional, que se ha quedado sin dinero para una buena partida que tenía pendiente con dos jugadores mayores, Flower y Stone, dos millonarios a los que ganó con facilidad tiempo atrás y que viven en una mansión aislada. Nashe decide invertir en esta partida. Juegan, pierden, se endeudan, y aceptan el excéntrico encargo de construir un muro en una pradera de las tierras de Flower y Stone para pagar la deuda. Este muro será hecho con piedras originales de un castillo irlandés en ruinas que compraron tiempo atrás en uno de sus viajes. La construcción del muro, las penalidades sufridas, las ganas de huir, la muerte de Pozzi, los ánimos de venganza, y el final de muerte, configuran la segunda parte.

La novela se lee con facilidad y agrado. El ritmo, la originalidad del argumento, captan la atención del lector. Por otro lado, la extrañeza de muchos de sus elementos, produce un sentimiento de desasosiego bastante intenso ya que la imagen de la vida humana que transmiten se aleja de lo que consideramos como una buena vida. En cada una de las dos partes de la novela, el autor describe situaciones de interés que invitan a la reflexión.

Desarraigo y vinculación

Los cuatro personajes nombrados comparten algunos rasgos vitales. A pesar de sus diferencias personales, llaman la atención las diferentes formas de desarraigo que definen sus vidas. 

Jim Nashe viaja durante un año en coche. Viaja en un sentido peculiar: no se desplaza para visitar sitios, sino que se dedica a conducir, a moverse por el país durmiendo en moteles, sin establecer relaciones personales. Las pocas que nombra son fugazmente ocasionales. Es un modo de vida móvil, sin arraigo alguno, profundamente satisfactorio para él. Un modo que se acerca a la adicción. No tiene sitio propio, no quiere establecerse en ninguno. Es un especial proceso de duelo por el abandono de su mujer, quien se lleva a su hija. Al faltar ese suelo del matrimonio, deja su trabajo, que  no parece ser fuente suficientemente fuerte de identidad. Dice Paul Auster  en elcap.1:

Poco a poco se había enamorado de su nueva libertad e irresponsabilidad (…) La velocidad era la esencia (…), se convirtió en un bien por encima de todos los demás, un hambre que debía satisfacer a cualquier precio.

Jack Pozzi es un jugador de cartas profesional a quien Nashe se encuentra dando tumbos y malherido en la carretera. Se nos da a entender que está solo en la vida, yendo de un sitio a otro buscando partidas. Otra vida solitaria. Saber jugar a cartas, y más cuando hay apuestas por medio, no es solo conocer las reglas del juego. Es saber dominar el azar de las cartas que te tocan en suerte. El azar es ineliminable, pero la estrategia, el dar a entender lo que no es, el dejarse ganar para hacer creer… Hay muchas estrategias que se pueden aprender. De hecho, Flower y Stone aprenderán a jugar en este sentido.

Que el trabajo de una persona sea ese relativo dominio del azar es algo arriesgado y volátil. Puede ganar y perder mucho de repente, se arriesga a percances de todo tipo. El riesgo y la adrenalina del juego pueden ser también adictivos, como el conducir para Nashe. 

Estos dos modos de vida desarraigada, definidas por la movilidad, se corresponden con dos temperamentos diferentes: el carácter taciturno y calmado de Nashe, frente al expansivo, y a veces incontrolable, de Pozzi. Vivido el desarraigo de formas diferentes, en los dos casos se le asocia a la vivencia de la libertad. Libertad de seres solitarios, sin amarras que atan, sin apenas compromisos (“libertad sin responsabilidad», como dice Auster en la novela) salvo el que Nashe visite a su hija. 

Vivir el desarraigo como algo positivo es entender el arraigo como vinculación que merma la libertad. Familia, trabajo estable, residencia habitual, son algunas de las vinculaciones y fuentes de identidad mencionadas en el planteamiento inicial de los personajes de esta novela. Todo ello habla de pertenencia a una comunidad y, con ella, de pertenencia a una historia compartida, así como de  proyectos comunes. La vinculación es fuente de identidad en cuanto que compartimos con otros algo común: la misma humanidad, la historia local, las aficiones, los proyectos de todo tipo. La vinculación habla de pertenencia y también de responsabilidad por lo común. Esto, mal vivido, es fuente de ataduras, y “soltar amarras” será experiencia de liberación. 

Pero perseguir metas comunes justas, compartir tradiciones, no son ataduras que debiliten la libertad si son humanizadoras. Más bien al contrario, ya que somos seres sociales. Participar de lo común es fuente de identidad personal. Y con la identidad, la libertad, que no consiste solo en el estar libre de, sino que también consiste en perseguir y realizar lo valioso, en comprometerse por perseguir metas altas que, a veces, relativizan los intereses individuales, uniendo libertad con responsabilidad.

Sin embargo, entre estos dos protagonistas, que en algunos aspectos, sobre todo de carácter, son antagónicos, se creará una amistad muy fuerte, un vínculo. Tendrán que construir un muro absurdo, un capricho arbitrario de los ganadores de la partida. Compartirán esta meta sin sentido, las penalidades del trabajo, así como alguna que otra fiesta. Se sienten también en deuda mutua por ser responsables de lo que les ha llevado a esa situación. Aprenderán a cuidarse y hacerse responsables uno del otro. Esto parece más marcado en Nashe que en Pozzi, algo que se comprende por la diferencia de edad y carácter. Pasarán de un pacto de negocios a una unión mutua al compartir un destino común.

De la elección al determinismo

Los dos millonarios, Flower y Stone, viven en una mansión alejada de núcleos urbanos. Mantienen una amistad del pasado. Les toca la lotería y se van a vivir juntos dejando sus trabajos anteriores, compartiendo libremente un destino común posibilitado por el azar. De ellos sí se puede decir que mantienen una relación personal y que viven habitualmente en un sitio. Pero el hecho de que no haya más familia y que su mansión esté tan alejada comunica una gran sensación de soledad, buscada en esta ocasión, pero que deja un poso triste. Cada uno deja ser al otro, no se molestan, todo ello fruto del pacto tácito forjado en décadas de trato ligado al trabajo. Por otro lado, también comparten de forma muy intensa la forma de entender la vida y el ejercicio del poder derivado del tener dinero. ¿Es esto relacional en sentido fuerte? Comparten valores y visiones, lo cual es ingrediente de una amistad, pero parece que son dos caprichosos individualistas que se hacen compañía.

Tienen aficiones excéntricas y pueriles que pueden permitirse por su gran riqueza económica. Uno de ellos está construyendo su mundo propio como una maqueta. Un mundo imaginado en el que combina su biografía y su idea utópica de la sociedad. Este mundo reproducido, hecho a su medida y antojo, transmite una idea de dominio propio del titiritero, algo que en la segunda parte harán, en cierto modo, realidad.

Así es como me gustaría que fuese el mundo.

Propondrán a Nash y Pozzi pagar la deuda contraída en la partida con el trabajo de construcción del muro. A partir de ese momento, Flower y Stone no aparecen en la novela, aunque su presencia se nota. Por un lado, hay una persona que vigila sin descanso a los dos protagonistas para que hagan su trabajo. También se hace mención a que parecen saber todo lo que pasa, más allá de los ojos de ese vigilante. Cuando aparece malherido Pozzi tras recibir una paliza, que no se explica cómo sucedió, la sombra de los dos es muy clara. Son como niños caprichosos y crueles.

En la segunda parte de esta novela pasamos del desarraigo que permite vivir una idea individualista de libertad presente en la primera parte, a una atmósfera de opresión donde las posibilidades de elección de Nashe y Pozzi se van limitando cada vez más. Da la impresión de que hay una especie de necesidad determinista en el curso de los acontecimientos. El peso de la deuda es muy grande; el cansancio acumulado, las exigencias imprevistas aunque no del todo discutibles según el contrato firmado donde se especifica cómo pagar la deuda; la aparente imposibilidad de escapar de ese destino fatal. El clímax de este deterioro es el espíritu de venganza creciente del superviviente, de Nashe, que acaba con un abrupto final en el que se da muerte a él y a quien cree que son los asesinos directos de Pozzi. Un acto ciego, una muerte, sigue la lógica de esa pérdida de libertad y racionalidad.

Lo imprevisto, el peso del azar

El azar está muy presente en la novela. El quicio de la historia es una partida de póker. Aun sabiendo jugar, como he comentado más arriba, el azar es un ingrediente básico del juego: no se domina, mientras no haya trampas, qué cartas tocan en suerte. Por otro lado, los millonarios empezaron su fortuna con el premio de un juego de lotería, donde el azar es mayor todavía. Nash se encontró con Pozzi de forma muy azarosa: la casualidad, como diríamos también, les unió y abrió para ello una oportunidad imprevista de ganar un dinero que a ambos les hacía falta con urgencia. Y también, como más adelante se nos explica: a Pozzi le descubren huyendo porque un niño le vio salir mientras iba en coche con sus padres justo en el momento que atraviesa la valla. 

Cartas, lotería, encuentros no calculados. La suerte, la casualidad, el azar, lo imprevisto, tienen una importancia decisiva en las vidas de los personajes provocando giros vitales. Hechos fortuitos que perfectamente podrían no haberse dado, como si en la vida sonase una “música del azar” que la moldea y que nos susurra que no somos dueños de nuestro destino; una “música” que nos recuerda que las elecciones que tomemos pueden no ser tan determinantes en nuestra vida como creíamos.

Seguimos usando en la actualidad palabras como “afortunado” o “desafortunado”, y que hacen referencia a esa fortuna a la que en épocas pasadas se concedía tanto crédito al aceptar la tesis de que tenía una enorme influencia en los destinos humanos. O fortuna imperatrix mundi! dice el poema medieval perteneciente a los famosos Carmina Burana que Orff popularizó en su cantata (1937). La fortuna, según esta visión antigua, impera en las vidas humanas, lo cual nos acerca a ese tono determinista que domina la segunda parte de la novela.

Pero en la novela, el determinismo viene marcado por la voluntad del poder que proviene del dinero. No es un determinismo ciego propiciado por la historia, o esa creencia antigua en el destino fatal marcado por los dioses. En este sentido, la novela es una crítica moral a la falta de límites del poder de unos sobre otros, poder que tiene su propia lógica que seguirá su curso si no hay dirección que lo regule. Si en una sociedad manda la lógica del dinero, recurso mayor del poder, la misma estructura social manifestará esa lógica de dominación que puede llegar a anular la capacidad de elección de los menos poderosos.

En la novela hay varias ausencias. No aparece, en primer lugar, la ley, expresión racional y moral con la que las sociedades regulan su convivencia. Sin ley, el poder no tiene dirección y, por sí mismo, se convierte en instrumento de dominación. Y unido a la ley, tampoco aparece la comunidad que se da a sí misma la ley. Ya hemos hablado del desarraigo. En las dos partes de la novela hay desarraigo dado el silencio sobre este binomio – comunidad (polis) y ley – en todo este relato. En la novela, la alternativa al desarraigo individualista es el determinismo derivado del poder sin dirección, del poder del dinero. Parece que, o somos muñecos del azar, o del poder. En cualquier caso, puede decirse que los personajes de esta novela viven en un “un mundo sin hogar”, como tituló Berger a uno de sus libros (1979) sobre la modernidad.

Se sentía como un hombre que finalmente ha reunido el valor necesario para meterse una bala en la cabeza, solo que en este caso la bala no significaba la muerte, sino la vida, era la explosión que desencadena el nacimiento de nuevos mundos (Paul Auster, La música del azar, cap.1).

“Nuevos mundos” como nombre de una nueva libertad; una “bala en la cabeza” que anuncia el final contrario al que aquí se afirma, al principio de la novela. Una historia triste, descripción de un mundo frío en el que la lógica del poder de dominación rige los destinos de personas desarraigadas, sin vínculos.  

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