Los tres afectos del amor: piedad, desmayo y valor, es un drama escrito por Calderón de la Barca que se estrenó el 28 de noviembre de 1658, representado por la compañía de Osorio y Romero. Fiesta que se representó a sus Majestades en el Salón de su Real Palacio, era la descripción de la obra que se publicó en 1660.
La obra está dividida en tres Jornadas. La acción se desarrolla en la isla de Chipre donde Rosaura (Rosarda), es liberada del encierro y aislamiento al que le sometió su padre, el rey Seleuco, para elegir marido entre tres príncipes escogidos por el rey, quienes deberán demostrar quién de entre ellos ama mejor.
El tema de ser encerrado en cuevas o selvas aisladas es un tópico de la obra de Calderón. Son dos los temas directos que este planteamiento argumental propone: el análisis de las razones por las que es encerrado el personaje protagonista y las razones por las que es liberado y qué hace una vez libre.
Jornada primera. Predestinación, destino
El primer asunto hace referencia, en esta obra, al vaticinio o augurio del horóscopo que amenaza la vida de la hija (cuya madre murió en el parto). La “fortuna”, la “mala estrella”, el “horóscopo”, designan la creencia sobre la influencia de los astros en la vida humana libre. La presencia de esta temática en las obras de Calderón, de seria formación filosófica y teológica, puede extrañarnos hoy, pero nos hace pensar que esta creencia tenía una vigencia grande en la época por muy discutida que estuviese.
y aunque es verdad
que no siempre su palabra
cumple el hado, y que el prudente
sobre las estrellas manda;
con todo eso, el amor propio
de la ciencia que uno trata,
le hace que crea infalible
lo contingente.
(Seleuco, padre de Rosarda)
Seleuco comparte la idea de que la prudencia sobre las estrellas manda, que el entendimiento puede “predominar en los astros”, pero la fortaleza de la vigencia astrológica debía ser grande porque, a pesar de aceptar que el influjo astral es inferior a la fuerza de la libertad y de la razón, él mismo puede llegar a aceptar que “crea infalible lo contingente”. El problema que plantea el destino es fuerte cuando se presenta como predestinación: el destino humano esté prefijado de antemano por una fuerza superior (“hado”, “fortuna” “estrella”) a la voluntad humana, al entendimiento, al libre albedrío. Se puede describir la época moderna como el paso de la astrología a la astronomía. A pesar de ello, la creencia en que los astros tengan influjo en la acción libre de los seres humanos todavía hoy goza de una cierta aceptación.
El recurso argumental del destino fatal es potente y eficaz ya que presenta a los protagonistas una dificultad máxima que pretenderán sortear. A veces, ese mismo intento de que no se cumpla el destino prefijado es la causa inmediata de que se cumpla, lo que lo convierte en una “profecía autocumplida”. De esto se sirve Calderón para hacer ver que el aceptar esta falsa tesis de la predestinación conlleva consecuencias que pueden ser desastrosas.
Nuestro autor somete a crítica la idea de la predestinación que compromete la tesis cristiana de la providencia divina (la libertad de Dios), así como la afirmación de la existencia real del libre albedrío en el ser humano. En “Los tres afectos del amor” es esta segunda dificultad la que Calderón toma en cuenta. Hay que decir que toda esta problemática no juega de todas maneras un papel argumental mayor, sino que sirve para explicar la situación de elección entre afectos.
Un apunte. Que la predestinación “astral” hoy sea una idea obsoleta, no debería hacernos olvidar que la realidad del destino es importante en la vida humana. Si se rechaza la idea de un destino previo a la elección, si se rechaza la predestinación, la experiencia del destino cambia, se reinterpreta, pero no desaparece. “Destino” hace referencia a lo que se va a cumplir o debería cumplirse. Puede ser que otros dispongan de nuestras vidas de tal manera que la condicionan en sus dimensiones fundamentales. “Su destino estaba marcado…” decimos todavía hoy. No mandamos del todo en nuestras vidas: eso es una experiencia común que hace de la vida humana una síntesis de libres elecciones y la necesidad derivada de lo indomable, de lo indisponible como son las herencias biológica y cultural, la buena o mala suerte.
Pero cabe también hablar del destino en unión con la libertad. Destino es aquello hacia lo que estoy orientado, aquello en lo que encuentro mi ser más propio y que solo podré alcanzar si lo persigo voluntariamente, si actúo libremente. Como si estuviera orientado a algo con necesidad, a algo que no es fruto de la elección, sino algo que inevitablemente experimento que debo querer y perseguir si quiero alcanzar mi fin más propio. Necesidad, que siempre estará presente en la realidad del destino. Pero es una necesidad ligada al ejercicio profundo de la libertad que quiere su camino más propio. Responder a una vocación a lo que nos sentimos llamados, la exigencia moral de la que no puedo sustraerme, el encontrar sosiego al hallar lo que en el fondo deseo… son experiencias básicas que nos hablan de la experiencia del destino en la vida humana.
Jornada segunda. El primer debate: vista, oído, voluntad
El segundo tema planteado en la obra es la razón por la cual Rosarda es liberada. Aquí, es una “razón de Estado”: su padre la libera para que pueda darle descendencia. Seleuco se convence a sí mismo de que el poder de los astros no es fatal, pero duda. La razón de Estado le mostrará la conveniencia práctica de tomar esta decisión. Todas estas razones y, con ellas, el mismo argumento de la obra, es algo pobre. Pero, repito, las vigencias y debates de la época explican que se utilicen.
Antes de ser liberada, Rosarda dice con mucha razón:
que en sola la libertad,
todo lo demás me falta;
porque ¿qué le importa al preso
que a la cadena que arrastra
le doren el aldabón,
si no le liman la aldaba?
(Rosarda, J1)
Aislada, goza de libertad (relativa) de movimientos, de pensamiento… “Todo lo demás me falta”, dice. Calderón no desarrolla esta idea, pero es sugerente lo que dice la protagonista. Si a la libertad le falta todo lo demás, la libertad no es real. La obra versará sobre el amor, con lo que podemos concluir que lo que le falta a Rosarda es, sobre todo, el amor. Sin él, la libertad no es real, es algo meramente aparente (“dorar el aldabón”). De hecho, en la descripción que se hace de su situación en la Jornada primera, aparecen las palabras ”melancolía”, “desesperación”, “vergüenza”… que le quitan las ganas de vivir.
Seleuco le presentará a su hija tres príncipes entre los que deberá elegir para casarse: Libio, Celio, Flavio. Esta elección será el nudo argumental de la obra de hecho: el análisis del mejor amor será la razón que justifique la elección de Rosarda.
Estamos en la Jornada Segunda. El juicio al que somete Rosarda a sus pretendientes se parece a un concurso de debate en el que los príncipes expresan sus mejores ideas sobre el amor. Es una suerte de teatro dentro del teatro (puede verse este interesante estudio sobre la “academia” en Calderón). Pero del debate se pasará a la acción. Cómo respondan ante la aparente muerte de la amada será la ocasión para medir quién ama más y mejor. No es la idea sino el afecto, la pasión del alma, lo que muestra quién ama más, quien ama mejor.
Dice el Diccionario de Autoridades (I, 1726):
AFECTO. s. m. Passión del alma, en fuerza de la qual se excita un interiór movimiento, con que nos inclinamos à amar, ò aborrecer, à tener compassión y misericórdia, à la ira, à la venganza, à la tristeza y otras afecciones y efectos proprios del hombre.
Los pretendientes han tenido noticia de la belleza de la princesa y quieren demostrar que aman más y mejor según el origen en ellos de ese amor. El primer debate versa sobre qué es superior: oído, vista o voluntad.
- Celio. El sentido de la vista que ante la belleza rindió “el alma y la vida”, y que, a diferencia del oído, asiente a lo que es, no a una fantasía.
- Flavio. El sentido del oído con el que tiene noticia de su fama, y que califica de un “ver sin mirar”. El oído recubre de fe el amor, más noble según él que el anterior, ya que es amor con más riesgo.
- Libio. El amor que se despierta no por la vista ni el oído, sino por la voluntad configura el modo más perfecto. Dice:
Conque tus desdichas, tus ansias, tus penas,
creyéndolas tuyas, las tuve por mías.
Ni el pincel de tu beldad,
ni la voz tuya me trujo;
lo imposible de un influjo
que oprimió tu libertad,
mi voluntad
movió, por ponerte en ella;
luego al vella
imposible, es infalible
que quien a tu estrella adora imposible
es solo a quien más le debe mi estrella.
Estas densas palabras que Calderón pone en boca de Libio condensan la problemática y las ideas de esta obra. No hay influjo de los astros (“imposible”) pero lo que no es en ese ámbito sí lo es en otro: la amada ejerce un influjo comparable al que se dice que ejercen los astros. Su belleza (no se profundiza más aquí) mueve atrayendo con una influencia “infalible” sobre la voluntad.
El debate se establece, al final, en estos términos:
Todos sienten (dicen Celio y Flavio)
Mas no todos
saben sentir (Libio).
Saber sentir, tener el mejor afecto. Ese es el asunto del debate, de la contienda.
Al final de la segunda Jornada una envidiosa Ismenia, junto con el desairado Anteo, atacan a Rosarda. Las reacciones a este hecho serán cruciales. El segundo debate versará sobre qué reacción espontánea a este ataque a la amada manifiesta un mejor afecto, un mejor amor.
Jornada tercera. El segundo debate
Las reacciones, que dan título a la obra, son tres: piedad, valor, desmayo.
A Flavio le mueve la piedad, acude en socorro rápido con la intención de salvar su vida, de liberar del peligro a su amada.
A Celio le mueve el valor: está dispuesto a morir por ella. Ofrece su vida de cara a vengar el peligro (“no fui a socorrer sino a vengar”).
Los dos reconocen que el otro actuó de manera muy noble por lo que se retiran de la contienda concediendo al oponente el mérito de ser elegido por Rosarda, Parece que el tercero, Libio, no hizo nada ya que su reacción fue la desmayarse al ver el ataque a su amada, y esta parece ser la prueba de la derrota en la contienda en los pretendientes.
A pesar de ello Libio se defiende a sí mismo:
apele
a los dioses: que ellos saben
que ama más el que más siente.
(…)
pues quien no obró nada, obró
cuanto hubo que obrar, el día
que murió porque moría
y vivió porque vivió.
Es el afecto, el sentir más, la razón con la que Libio quiere hacer ver que su amor fue más puro e intenso. Al creer que su amada muerta, murió con ella (se desmaya), y al verla vivir, vive. Ella es la razón de la vida de Libio. Esta reacción espontánea muestra que el amante se identifica con la amada, muestra su sentir mayor, su saber sentir del que se habló en la Jornada Segunda. Como dice Rosarda:
Si el dar la vida es compasiva
acción, si vengarla es fiera,
quien muere porque yo muera
y vive porque yo viva,
es bien que el laurel reciba.
Y pues en ti la mayor
piedad, el más superior
valor es sentir, con que
un desmayo se ve,
que juntar supo el dolor…
Piedad, desmayo y valor.
Libio, vencedor final de la contienda, ya había ganado el primer debate. La voluntad estaba por encima de los dos sentidos tradicionalmente considerados superiores: el oído y la vista. Si la raíz del amor es la voluntad, el amante “sabe sentir”, entendiendo el sentir como afecto del amor. Este saber sentir va a quedar manifiesto en la reacción ante el peligro/muerte (aparente) de la amada. El sentir mejor se muestra como identificación emocional con la amada hasta el punto que siente la vida de la amada como fuente principal de la propia vida. Rosarda llega a esta conclusión después de dudar, como lo hacemos nosotros al leer la obra, sobre qué afecto es mayor: si la piedad o el valor. La conclusión inesperada, aunque congruente con el resultado del primer debate, es que el no hacer nada ha sido el efecto no deseado sufrido por el pretendiente que ama mejor y más al estar totalmente orientado a la amada.
Esta obra no es de las más conocidas de Calderón. Ciertamente, el argumento es algo endeble. Es más un debate de ideas que un drama existencial. Por supuesto, el hablar es “perfecto”, como en Lope de Vega: los personajes expresan sus ideas con una gran densidad y rigor. Aunque la presencia de la música (citada en la obra) nos indica que la obra está pensada para ser un espectáculo. Sabemos que Calderón cuidó mucho estos aspectos aunque no sepamos muchos detalles de la mayoría de las obras al respecto. Una buena representación puede manifestar una calidad que en la lectura no se percibe con claridad.
Más allá de este juicio sobre la calidad literaria, las ideas que nos transmiten son dignas de ser repensadas ya que son temas perennes. Ya he mencionado brevemente el tema del destino. En la obra se mide el amor por el afecto que lo domina y que se revela en la reacción espontánea con la que el amante responde a una situación inesperada. Esa rápida reacción no es necesariamente un movimiento derivado solo del afecto, de los sentimientos. La reacción espontánea habla del fondo de quien responde, habla de su historia vivida, de su sentir profundo. No es algo vacío de razón.
Sopesar las reacciones espontáneas propias y ajenas, es algo que a veces hacemos. Revelan nuestra interioridad, pero no deberíamos olvidar que los sentimientos incluyen percepciones, que son intencionales. Esas percepciones pueden ser veraces, equivocadas… No es tan fácil juzgar el valor de las reacciones. Calderón realiza una disección racional de un tema mostrando un esquema de tipos de amor, de afectos importantes en el amor. Seguramente una finalidad esencial de esta obra haya sido pedagógica: querer instruir a través de una comedia. Que lo haya hecho de manera bastante esquemática no niega el valor del tema planteado, importante para vivir bien.



