“La conversación” (1974): fragmentos, sospecha, vigilancia

La conversación (“The Conversation”) es una película de 1974 escrita y dirigida por Francis Ford Coppola. Esta película, que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de ese mismo año, se sitúa entre dos enormes éxitos del mismo director: El padrino (1972) y El padrino II (1974). Ford Coppola estaba muy orgulloso de esta película: creía que era una de sus mejores obras. Gene Hackman (Harry Caul) es el protagonista, al que acompañan John Cazale (Stan) y un joven Harrison Ford (Martin Stett), entre otros muchos. 

La idea de la película es anterior al escándalo Watergate, pero para los espectadores coincidió en el tiempo. Tal y como contó el director, la idea de la película nace de una conversación sobre micrófonos direccionales que tuvo con su amigo Irvin Keshner. Poco después vio Blow Up, dirigida por Antonioni en 1966, en la que un fotógrafo capta, sin pretenderlo, un asesinato (aunque esta historia ha dado lugar a interpretaciones diferentes sobre su significado) lo cual entronca con el contenido y forma de realización de La conversación

El protagonista, Harry Caul, es un espía que trabaja grabando el sonido de conversaciones, tanto para clientes de la administración pública como cumpliendo encargos privados. La película se centra en uno de estos encargos privados de una gran empresa. Graba con gran pericia técnica la conversación que dos de sus empleados mantienen en una plaza de San Francisco abarrotada de gente y ruido. Al creer que puede haber un asesinato, Harry se preocupa y se involucra en la historia, algo que en su profesión se prometen no hacer. Chocará con el poder de la empresa que lo ha contratado y que le demuestra que le puede espiar a él mismo con una eficacia y medios que le superan.

Las dificultades de la comprensión: fragmentos e interpretaciones

Dada la dificultad de la grabación, el protagonista tiene que reconstruir la conversación combinando fragmentos captados desde diferentes fuentes, aislando sonidos… La película es de 1974: funciona con micrófonos y cintas. No hay nada digital, no hay teléfonos móviles. Nosotros los espectadores vamos oyendo la conversación con el protagonista a lo largo de la película. Un problema crucial es que él no puede entender del todo cuál es el sentido de la conversación. La presencia de fragmentos, de retazos de sonidos, de ruidos que ocultan lo dicho, así como la dificultad de captar bien la entonación, de entender si hay o no implicaturas conversacionales (algo no dicho pero sí sabido por los interlocutores al hablar), presenta graves dificultades para ese trabajo más allá de lo técnico.  

Lo que ocurre en este caso es que el protagonista tiene fragmentos, lo que hace de este tipo de conocimiento algo diferente al conocimiento indirecto. El de esta película es un conocimiento parcial en el sentido de ser un conocimiento fragmentario. Además de faltar palabras, faltan aspectos del habla que son constitutivas del sentido: algo de la entonación, lo sabido por los hablantes de anteriores conversaciones y que no se dice explícitamente en ese momento… Por lo tanto, la interpretación del sentido de los hechos está limitada desde el origen al haber una carencia estructural sobre la que no cabe hacer inferencias válidas. La posibilidad del error parece inherente, y la interpretación tiene carácter de apuesta. El protagonista cree haber entendido bien, pero no es así. Un conocimiento fragmentario solo permite conjeturas. 

El conocimiento fragmentario es diferente del conocimiento indirecto. Los símbolos, por ejemplo, son un caso típico del indirecto. Al ser el símbolo un signo con una doble referencia, la segunda, aquella a la que apunta el símbolo propiamente, tiene carácter metafórico, analógico, que hay que interpretar. El símbolo contiene una significación que no se puede traducir de manera acabada en un concepto, por eso el margen de interpretación, y de discusión, puede ser amplio. Otros tipos de conocimiento indirecto se realizan a partir de vestigios, huellas o indicios… Siguiendo su rastro, se puede inferir, a veces con certeza, aquello a lo que apuntan.

La interpretación de la conversación tiene una dificultad añadida para él. Harry no quiere que vuelva a ocurrir algo que pasó en su vida pasada. Se nos dice que hace años vivía en Nueva York y que se hizo famoso entre sus colegas por un caso cuyas condiciones parecían hacer imposible grabar conversaciones. Todavía en la actualidad los profesionales del ramo no imaginan cómo fue y le preguntan con curiosidad. Pero más allá de esto, este trabajo propició el asesinato de varias personas. Él no las mató, por supuesto, pero la información que transmitió estuvo en la base de esas muertes. Esta conciencia de culpa está en la base de su creciente obsesión por la que oye una y otra vez la cinta queriendo entender bien lo que se oye. La obsesión se une al deseo de evitar lo que parece que va a ocurrir. Todo ello le induce a entender lo que él “quiere entender”. 

Creo que esta película es un buen ejemplo de las dificultades de la comprensión de los mensajes hablados. Hay muchos ingredientes que se añaden a lo dicho verbalmente por los hablantes. Ante las dificultades, la actitud del intérprete, del que escucha, debe ser atenta, pero su deseo de comprensión puede perturbar la labor de comprensión

Aquí no estamos en el actual debate, planteado ya por Nietzsche, en el que discutimos sobre la relación entre hechos e interpretaciones. Algunos afirman que solo hay interpretaciones, y que estas están dirigidas por el interés o el poder. No es el caso en esta película. Aquí no estamos en el problema, que puede llevar al pluralismo radical o al escepticismo, de que varias interpretaciones contrapuestas puedan ser compatibles en una discusión. En esta película estamos en el ámbito de las pruebas, más en concreto, de las conjeturas, de las conclusiones no demostradas. Y plantea un problema interesante: hasta qué punto ciertos elementos como grabaciones de sonidos o de imágenes, pueden llegar a ser una prueba en determinadas condiciones.

¿Qué ha ocurrido?

Una cuestión formal es llamativa en esta obra. La película está realizada en gran parte como la grabación de la conversación protagonista de la trama. Así como hay micrófonos direccionales que son capaces de grabar a distancias grandes sonidos localizados, las cámaras utilizan el zoom a gran distancia. El grabar la conversación con diferentes fuentes se une al filmar la película con diferentes cámaras, con mayor o menor lejanía. Si hay ruidos que entorpecen el oír lo que se dice, hay objetos o personas que no dejan que veamos a los que conversan. Hay una semejanza estructural entre esta grabación fragmentaria, y la realización visual de la escena inicial.

Pero más allá de esto, la película se parece a la conversación. No solo tenemos dificultad para entender de qué hablaron las dos personas grabadas. Los espectadores sabemos lo que sabe el protagonista. Y esto no solo se refiere a la conversación grabada, sino a lo que él mismo ve e interpreta de los hechos posteriores. Sobre todo, los del final. ¿Qué ha pasado en el hotel? ¿Ha habido un asesinato?, ¿se lo ha imaginado? Son plausibles varias interpretaciones. Al sentido fragmentario de la conversación le sigue el sentido fragmentario de la historia del protagonista. Ahora somos nosotros los espectadores los que tenemos que indagar, pensar, preguntarnos, sobre el sentido de lo visto. 

“Ya no hay secretos”

Harry tiene una personalidad paranoide. La desconfianza y la suspicacia están muy presentes en su vida. No puede confiar en las personas, no es capaz de intimidad. La sorprendente relación que tiene con una mujer expresa su personalidad y es válida en la ficción, pero muy difícil de aceptar como posible en la vida real, salvo que hablemos de formas de pseudoesclavitud. Solo halla consuelo tocando música de jazz con un saxo en su piso. 

Las numerosas cerraduras de su piso, el no dar su número de teléfono, el no contar casi nada a su compañero de trabajo… Quiere eliminar cualquier posibilidad de que los demás sepan de él. Cualquier conocimiento sería para él una intromisión fruto de un espionaje. La escena final en búsqueda de micrófonos en su propia casa expresa bien esa suspicacia enfermiza. El retrato de su vida comunica mucha tristeza. 

La película es la descripción de un desmoronamiento psicológico. Aunque parece seguro, y fuerte, se nos va revelando una debilidad interna muy grave. La situación creada por este encargo provoca que la vivencia de la sospecha se radicalice hasta tal punto que causa una perturbación anímica patológica (un análisis aquí).

La falta de seguridad que se vive en la sospecha aflora como duda. Pero como hay una hipótesis de explicación, en la sospecha tendemos a entender como verdaderos indicios o hechos lo que no deberían pasar de mera creencia. Otro aspecto de la sospecha es el de la focalización de la atención que puede llegar a la obsesión dado el carácter creciente de la sospecha en el ánimo del sujeto suspicaz. La sospecha se unirá a la actitud de alerta y vigilancia vividas con mucha tensión. Una subjetividad invadida por la sospecha impide el abandono propio de la amistad, la confianza en la que poder descansar. Todo lo tiene que hacer el sujeto, no se fía de nadie más. No confía en la bondad de la condición humana.

En la entretenida película protagonizada por Robert Redford, Los fisgones (“Sneakers”, dirigida por P. A. Robinson en 1992), hay un momento en el que el protagonista juega con las palabras y dice: “ya no hay secretos”. La capacidad de vigilancia sobre todos nosotros en la época de las comunicaciones telemáticas se ha multiplicado. ”Sociedad de la vigilancia”, es una expresión académicamente aceptada. Harry, el protagonista, es espía. Pero, aunque tenga una personalidad paranoica, él también es espiado. Y, como nos deja ver el final de la película, el poder de intromisión de los grandes poderes económicos es tan grande que deja inerme a un especialista como él. Todo ello deja una sensación de gran inseguridad. 

Final

Lo narrado en La conversación habla de una posibilidad que se ha extendido. Redes sociales, cámaras en las ciudades, posibilidad de seguimiento de todo lo que deja un rastro digital… Aumenta la desconfianza, el no querer dejar rastro no activando la ubicación del móvil y cosas parecidas. ¿Hacia dónde vamos? Hipercontrol, autocensura, peligro de falta de reflexión crítica, la “tiranía del algoritmo”… Muchos nubarrones. 

En nuestras sociedades, no solo crece la desconfianza de los ciudadanos en las instituciones, sino que la confianza entre las personas es también un valor en crisis creciente. El 17 de junio de 2025 la Secretaría de la Asamblea General de la ONU publicó una nota con las principales conclusiones del informe World Social Report 2025: A New Policy Consensus to Accelerate Social Progress (disponible en la red). En esta Nota se dice:

Las sociedades están cada vez más divididas, y la confianza en las instituciones y la cohesión social se resienten en muchas partes del mundo (nº 21). Desde finales del decenio de 1990, la confianza en las instituciones ha disminuido junto con la polarización social en la mayoría de los países que disponen de datos registrados (nº 22).

La confianza entre las personas también es escasa. Menos del 30 % de la población de los países que disponen de datos registrados piensa que se puede confiar en la mayoría de las personas. Esta profunda falta de confianza dificulta la cooperación y reduce la participación cívica (nº 23).

La difusión de información errónea y desinformación, facilitada por las tecnologías digitales, está reforzando las divisiones y alimentando la desconfianza. Si bien las plataformas digitales encierran un gran potencial para conectar e informar a las personas, también permiten la propagación de la desinformación, el engaño y el discurso de odio, a menudo a una velocidad demasiado rápida para contrarrestarlos eficazmente. (…) Los algoritmos de las plataformas facilitan la creación de esas cámaras de resonancia y recompensan los contenidos más extremistas y que generan una participación más polarizada dándoles mayor visibilidad (nº 24).