Sobre la sospecha en la vida real y en el cine (Hitchcock)

La sospecha es una realidad que todos vivimos o hemos vivido y en ella experimentamos con nitidez lo opuesto a la confianza. Si en esta hay descanso, en la sospecha hay alerta, tensión. El objeto de la sospecha suele ser algo negativo, principalmente la falta de honestidad de una persona con la que tratamos. Ahí están también los sospechosos de delitos sujetos a investigación policial y judicial. Caben también otros usos de la palabra ya que cabe sospechar de algo que no sea deshonesto: los médicos sospechan que este signo, este síntoma, puede “esconder” una enfermedad, lo que sigue siendo algo negativo. La sospecha es, en resumen, una forma de desconfianza basada en una conjetura, una incertidumbre que provoca un cierto malestar.

Otras veces sospechamos de algo, en principio, bueno: “sospecho que me están preparando una fiesta”. La fiesta es algo positivo, claro está, pero sospecho porque no lo sé con certeza, porque me esconden algo.  Aquí pesa más la incertidumbre, pero al ser algo bueno está  unida a la ilusión.

Me voy a fijar en el aspecto habitual, más negativo, que se vive como tensión negativa, aludiendo a descripciones clásicas de películas de Hitchcock.

Conjetura

En la sospecha hay una falta de seguridad en el saber, una falta de certeza, una falta de conocimiento. Pero, claro, no hay una ignorancia total.  Como se suele decir, la sospecha presenta “visos de realidad”. Carlos Castilla de Pino dirigió un estudio (La sospecha, Alianza 1998) sobre la sospecha, referencia en el tema, y en la que destaca tres aspectos: plausibilidad, posterioridad y focalización.

En la sospecha, la hipótesis que manejo es plausible. Por ejemplo, en la película de Hitchcock, La sombra de una duda (1943), la protagonista Charlotte (Teresa Wright) empieza a sospechar de su adorado tío Charlie (Joseph Cotten) que viene de visita a la casa familiar. La sospecha es una duda que va carcomiendo su relación, que va minando la confianza depositada en él. La plausibilidad de la duda, de la sospecha,  viene dada por los indicios que va encontrando: palabras que se desvelarán como mentiras, gestos que desdicen la imagen que todos tienen de él… Es verdad que en las obras de ficción se juega con los indicios. Somos los espectadores o lectores los que sospechamos con los protagonistas, los que nos preguntamos quién será el asesino, por ejemplo, aunque a veces jueguen con nosotros ofreciéndonos pistas falsas.

O sea, la sospecha está justificada por los indicios que desdicen lo hasta entonces creído. Estos indicios explican un segundo rasgo: la sospecha es posterior, la sospecha nace a partir de esos indicios. En las falsificaciones y en las estafas, se ve también con claridad la importancia de los indicios: los materiales, el diseño, la firma… “no cuadran”.

El tercer rasgo que señala Castilla del Pino es la focalización. La sospecha tiene un objeto: sospechamos de. No solo de la persona (que sea deshonesta en algún sentido) sino también se sospecha que esa persona ha hecho algo malo. Me ha engañado, ha robado esto, ha falsificado aquello…

Claro está, puedo estar equivocado; la sospecha está definida como incertidumbre. Se abre una posibilidad que… «tengo un pálpito», una «corazonada»… Y eso que nace y que puede ser leve, mezclado con un no querer creer, puede ir ganando fuerza. Hasta el punto de decir, “¿me lo estoy imaginando?”. La plausibilidad de la duda parece resquebrajarse. Hay un querer no creer, todos los indicios no apuntan a lo sospechado…

Esas dudas que pueden asaltar al que sospecha vienen mezcladas con una actitud de vigilancia. La actitud de vigilancia se impone si queremos estar seguros: ¿está estropeado el frigorífico?, ¿enfría como antes? Habrá que vigilar que sea así para estar seguros. Habrá que mirar con atención si quiero comprobar, si quiero estar seguro, si quiero ver que la sospecha era infundada. Que la conjetura, que la hipótesis sea verdadera o falsa es lo que hay que probar. Si son indicios, no hay claridad total. Es un juego de velar y desvelar. Hay algo oculto que queremos que salga a la luz, que salga a la luz lo que es. Así nos explicaron la verdad los griegos (aletheia, desvelar) como nos enseñaron Ortega y Heidegger.

El carácter creciente de la sospecha es un mecanismo clásico de las películas como la arriba referida y que también se da en otra gran película de Hitchcock, Sospecha (1941) con Cary Grant y Joan Fontaine. Esta tensión dramática que utilizan las películas y que también puede darse en la vida real, exige una solución. ¿Es o no es verdad ? La vida real no es como las películas en todos los aspectos. El carácter creciente de la sospecha que llegue a poner en peligro nuestras vidas no se da con facilidad. Sí en la película, claro. ¿Matará el personaje encarnado por Cary Grant al de Joan Fontain en la escena final? ¿Tiene intención de hacerlo? Ella no lo sabe, y con ella, nosotros tampoco. La expectación en el personaje es sufrida como un miedo intenso. Para nosotros, claro, ese miedo, esa tensión, es algo divertido. Estamos viendo una película, estamos seguros en nuestro asiento.

La sospecha, una forma de desconfianza

En la confianza vivimos un abandono, un dejar hacer. Si confiamos en una persona, tenemos la certidumbre de que su hacer nos beneficiará o de que no nos dañará, de que obrará con acierto. No podemos controlarlo todo y en la confianza nos dejamos aconsejar, guiar. Pero en la sospecha se generan actitudes opuestas. No podemos dejar hacer, no nos podemos abandonar. Al contrario: como decíamos, se impone una actitud de vigilancia, y no queremos que nos hagan ningún favor. Si sospechamos, en sentido fuerte, estamos sospechando de las malas intenciones y creeremos que su acción nos perjudicará, lo contrario a lo que vivimos en la confianza.

Cary Grant en Sospecha (1941) de Alfred Hitchcock

Esta desconfianza causa en nosotros actitudes de prevención, de estar alerta. Es una tensión que se opone al descanso que se vive en la confianza. Muchas veces se oye decir que en el mundo laboral se vive en continuo estado de alerta, como si fuese un ámbito de competitividad en el que son normales las trampas, las zancadillas. Y que al llegar a casa, se descansa. En casa no se finge, se confía y eso permite mostrarse y actuar como verdaderamente se es.

Vivimos en ámbitos sociales diferenciados, y dos de ellos claros son el trabajo y el hogar. Parece que cada uno de ellos tiene sus reglas. Otros ámbitos sociales y de relación con otros mezclan características de estos dos. La calle es una especie de ámbito intermedio, y en ella, aquellas asociaciones que participan de las características de la calle y del hogar: asociaciones deportivas, clubs de lectura, comunidades parroquiales…. A sus miembros les unen intereses comunes, reglas y convicciones de acción compartidas. Ese compartir ideales, reglas de juego, valores, es fuente de confianza. No solo se espera que nos comportemos de determinada manera (haciendo previsible el comportamiento) sino que las convicciones, los principios morales que compartimos, son fuente de confianza en los demás miembros del grupo.

Por otro lado, la confianza a veces se califica de “ciega”, lo cual se opone a la actitud de vigilancia y alerta. Que sea ciega no niega la clarividencia. Si yo confío ciegamente es porque he visto el fondo de la persona en la que confío. Aunque la falibilidad es una  característica humana, podemos estar seguros de que la persona en quien confío no va a querer fallarnos, que pondrá todo de tu parte. Aunque es verdad que a veces cabe el error, cabe haber confiado ciegamente en alguien que, sin darnos cuenta, nos estaba engañando. Por lo tanto, en términos generales, tanto en la confianza como en la sospecha estamos en el ámbito de lo no controlable del todo, de lo falible, de la falta de seguridad.

La sospecha puede llegar a ser patológica. La actitud suspicaz, de ver malas intenciones en todas partes (como hoy se dice, “estás conspiranoico”) puede modular nuestro ángulo de apertura a los demás. No confiamos en la bondad de la condición humana, o no me fío de personas que pertenecen a diversos colectivos. “La gente no es de fiar”, “los comerciantes no son de fiar”… Esa actitud de suspicacia se opone a uno de los rasgos antes visto: la sospecha es posterior a, nace. Si se convierte en una actitud a priori, la posibilidad de error se multiplica, ve indicios donde no los hay. Aunque sí, el suspicaz a veces tiene razón (“¿véis cómo tenía razón?”).

La tensión narrativa

Michael Anderson, 1961

Raphaël Baroni publicó en 2007 el libro La tensión narrative. Suspense, curiosité et surprise (Seuil). El libro explica las tres categorías enunciadas: el suspense, la curiosidad y la sorpresa, mecanismos que la literatura y el cine utilizan para crear esa “tensión narrativa” a la que nos hemos referido antes. En esas obras se busca crear expectación, tensión en el lector/espectador.

Ya hemos hecho referencia al carácter creciente de la sospecha como mecanismo típico para aumentar la tensión. El mismo Baroni pone un ejemplo claro para señalar la diferencia entre el espectáculo y la vida real. Si llamamos al hospital para interesarnos por el estado de salud de un ser querido, queremos que nos digan pronto su estado, no que nos cuenten antes todos los análisis que han realizado para saberlo, lo que han tardado en atenderlo, etc. En una película, esa misma escena de suspense podría tener interés (o una variación de ello, mejor), pero no en la vida real.

Otros mecanismos que señala Baroni y que reconocemos con facilidad:

  • Giros sorprendentes en el guión que nos llevan a sospechar (por seguir con el tema de la entrada), o que despiertan nuestra curiosidad (¿quién será el culpable?).
  • Dilación en el desenlace de una situación de suspense.
  • Presencia de la música. La incidencia de la música sobre las escenas multiplica la tensión que se quiere crear. ¿Cómo veríamos la famosísima escena de la ducha en Psicosis con otra música?, ¿o sin música? La música intensifica las emociones que el cine quiere transmitir, recurso que la literatura no tiene.
  • Presencia de situaciones de amenaza. Un recurso muy utilizado y que siempre funciona: sabemos que el malo ha entrado y nuestro protagonista no le ha visto; y le va a pillar como no se vuelva…

Al ver la película, sentimos ansiedad, pero en un ámbito de confianza. Esa mezcla no se da en la vida real. De todas maneras, en el ámbito de ficción, dada la identificación del espectador con el personaje que sospecha, sentimos alivio cuando la situación se resuelve satisfactoriamente: la sospecha era infundada o al revés, el protagonista tenía razón y  el malo no triunfa. Esto último, que el malo no triunfe, no se da siempre en la vida real, aunque sí casi siempre en en cine.

Concluyendo. En la sospecha vivimos la falta de suelo común que permite vivir una relación satisfactoria.No todo lo podemos controlar. Si hay desconfianza, esa falta de poder, de seguridad, hace que la vida sea inestable, que esté en situación de caída. Habitar en el mundo es estar y sentirse cobijado. La necesidad de agarrarnos a algo, a alguien, se experimenta de manera muy fuerte cuando escasea la confianza. La presencia de la confianza (o de la sospecha) es uno de los rasgos de nuestro ser social, de nuestra humanidad.

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