Las plazas: de la geometría al espacio de aparición

En esta serie de entradas sobre el habitar y la vivencia del espacio, he desarrollado algunas reflexiones sobre elementos arquitectónicos de las viviendas que modulan la experiencia del vivir en una casa, en el interior de una vivienda. “Estar en casa” es una forma fundamental de nuestro ser en el mundo que se desarrolla como habitar. Prosiguiendo estas consideraciones reflexioné en otra entrada sobre dimensiones y ejes principales del espacio vivido pensando en seguir este recorrido por la calle, entendiendo por ella la forma genérica de nombrar el exterior de la casa.

Kandinsky, Plaza Roja, 1916

Uno de los elementos arquitectónicos y urbanísticos más destacables de nuestras ciudades y pueblos son las plazas. Espacios abiertos de confluencia y encuentro, son de tamaños y formas muy variadas. La tipología es muy amplia, así como sus usos. La presencia en ellas de zonas ajardinadas no siempre se da, lo cual alude a esa otra gran zona de nuestras poblaciones como son los parques que también admiten una gran pluralidad de formas y tamaños. Aunque muchos de los parques forman parte del casco urbano, no siempre es así. No ocurre esto con las plazas, elemento intrínsecamente urbano que, además, normalmente define el centro de la localidad. Si la ciudad es algo grande, habrá varias plazas, pero una de ellas, más antigua habitualmente, está en el centro histórico de la localidad. 

Diseños geométricos

Pietro Perugino, La entrega de las llaves a San Pedro, 1481-1482, Capilla Sixtina, Vaticano

El carácter geométrico del espacio urbanizado queda muy evidente cuando hay planificación ordenada de la expansión de las ciudades. Un cuadro como el de Mondrian representa, siguiendo su estética propia, esta dimensión geométrica del espacio construido y vivido. 

Las mismas plazas revelan ese carácter racional del diseño arquitectónico, muestran orden. Los ejemplos de estas conocidas obras del Renacimiento manifiestan el ideal simétrico de las plazas, su geometría armónica y perceptible con facilidad al ojo humano. Expresan el triunfo de la razón matemática, el afán de orden utópico, convirtiendo a la plaza y sus edificios en el emblema y paradigma de la ciudad entera.

Centro administrativo, foco de atracción

La relación centro/periferia es una de las polaridades del espacio vivido que más cerca está de la dimensión geométrica del espacio. 

Para estar orientados necesitamos un oriente, un punto de referencia respecto del cual situemos lo demás. Nuestra presencia corporal en el mundo indica el aquí respecto del cual lo demás está cerca o lejos, etc. Pero para ir de un sitio a otro, necesitamos orientarnos en el lugar, relacionar nuestro aquí con algo inamovible. El centro histórico y administrativo tiene esa cualidad de ser centro físico respecto del cual, de manera muy habitual, se ordenan las localizaciones de los demás sitios. Parece como si el centro fuese un lugar de salida. Este centro administrativo tiene esa dimensión física de empezar a contar desde ahí. 

Gerrit Adriaensz Berkheyde, Plaza Dam en Ámsterdam, 1660, Museum Antwerpen.

Los calendarios empiezan a contar a partir de un primer año elegido por un acontecimiento histórico que “marca un antes y un después”; las horas del reloj se empiezan a contar a partir de un meridiano elegido por quienes tuvieron la iniciativa de hacerlo y el poder de influir sobre el resto. Del mismo modo, la localización de lugares debe seguir un criterio que dependerá de un centro que no siempre es físico, aunque sí administrativo. Es frecuente numerar los portales desde el centro histórico de las localidades, desde los edificios de los ayuntamientos. 

Otra dimensión espacial de las plazas es la confluencia. La podemos pensar en dos sentidos: la plaza como el lugar en el que confluyen varios caminos, la plaza como el lugar desde donde parten esos mismos caminos. Es frecuente pensar el centro como el lugar de atracción, el lugar al que se va, no el lugar en el que se vive y desde el cual se sale. La mayoría de las personas que van a la plaza no viven en los edificios colindantes. Es un lugar de reunión de personas que provienen de diferentes lugares. La plaza es, vivencialmente, de manera mayoritaria, el lugar al que se va. 

Las plazas las atravesamos. Pero muchas veces las plazas son el lugar al que llegamos. Habrá edificios administrativos y comercios. Además de ir a esos sitios en concreto, las plazas son lugares en los que estar. Para ello están las terrazas de bares, los bancos, los kioscos… Son muchas las variantes. Lo que quiero señalar ahora es que muchas veces la plaza tiene interés por sí misma en cuanto que no vamos a ella para hacer un trámite o comprar tal cosa. Vamos, simplemente, para estar.

Allí donde haya varias plazas, cada una de ellas es centro de la zona entendida como un todo. Una sola será la plaza central de una localidad, pero las demás se convierten en centros de zonas diversas, a veces de toda la ciudad para determinadas actividades. 

Amplitud, visibilidad, estar

Las calles de nuestro entorno suelen tener aceras y calzadas. Hay variantes: carril para bicicletas, arcenes… Desde el punto de vista del peatón, la experiencia del espacio de la calle es que esta se percibe como una especie de desfiladero. Las casas, más o menos altas, tienen paredes verticales sólidas. La calzada, se presenta con circulación de vehículos con pasos regulados. Según la anchura de la calle y de la altura de los edificios, el cielo se verá como una franja más o menos ancha, lo que determina la luminosidad natural de la calle. La anchura de las aceras, la presencia de árboles, el número de personas que anden por ellas, hace que sea más o menos cómodo caminar.  

Las calles son lugares de tránsito pero también de destino: portales y viviendas, bares y tiendas, dependencias de muchos tipos. Pero en las plazas se experimenta una amplitud mayor ya que la dimensión horizontal se intensifica. La mayor o menor tensión que vivimos en las calles se alivia: no hay que estar atentos a los coches en muchas plazas, y el carácter de desfiladero que vivimos en ciudades o zonas de ellas donde los edificios son altos o las calles muy estrechas, se atenúa hasta casi desaparecer. Asociamos la amplitud a la apertura, a la posibilidad de movimiento y respiración relajada.

L. Kirchner, Plaza de Postdam, 1914, Nueva Galería Berlín

Pararse a hablar, sentarse, pasear despacio, dar vueltas… Son diferentes formas de vivir nuestra sociabilidad en las plazas. Todo ello lo hacemos en las calles, pero la amplitud propia de la plaza modula estas actividades con un sesgo propio. La amplitud no permite solo moverse o respirar bien. Permite ver y ser visto. 

La plaza se convierte en lugar privilegiado de la ciudad ya que es un espacio de aparición personal y político así como es un privilegiado espacio de encuentro. La visibilidad, el ver a otros y el ser visto por otros, se realiza de forma plenaria en este espacio abierto. El hacer sociedad juntándose, cruzándose, saludando… La plaza es el espacio de aparición social gracias al cual la misma ciudad, se realiza como unidad sociopolítica. Si ser social es, entre otras facetas, ser ante otros, es algo que se vive en las grandes plazas. 

Una figura que se sitúa en el borde de estos dos tipos de espacios de aparición y de encuentro, es el flâneur que Baudelaire, gracias sobre todo al estudio de W. Benjamin, popularizó como tipo humano moderno. Es el paseante que callejea, en principio, sin rumbo, observando a la multitud, a los demás. Si este tipo moderno encarna un individuo solitario, las plazas permiten pensar un término parcialmente opuesto: la multitud, la muchedumbre y, a partir de ello, la masa.

Espacio político

La expresión “espacio de aparición” se la debemos a Hannah Arendt quien explicó la concepción del espacio político en La condición humana (1958). Arendt nos explica que la pluralidad forma parte de la caracterización del ser humano. La unicidad de cada uno se manifiesta ante los demás de una manera sobresaliente a través de la palabra y la acción. La concepción aristotélica del ser humano como animal político se deriva de la razón práctica con la cual cada uno, ante sus iguales, delibera sobre lo justo e injusto de cara a la organización de la convivencia, de la polis.

Guillaume Farel predicando en la plaza del mercado de Neuchatel (1878); introdujo la Reforma en Suiza (siglo XVI)

El ágora (griega, y su heredero, el foro romano) es el lugar desde el cual cada uno dirige la palabra ante la asamblea. La plaza, heredera del ágora, sería ese lugar amplio que sirve para dirigir la palabra a los demás, para comunicar, para crear u organizar la convivencia. La plaza, por su amplitud es un lugar idóneo de visibilidad, por lo tanto, de aparición, expresión de fuerte connotación fenomenológica. Este significado político de la aparición ligada al discurso puede tener su variante religiosa si el discurso se convierte en predicación o catequesis. Es, estructuralmente, lo mismo. Utilizar la plaza como lugar del discurso.

La plaza da visibilidad a lo realizado en ella. Tiene el significado simbólico añadido de ser emblema de la ciudad, con lo que dota a lo acontecido en ella de un significado añadido al manifestar la identidad de la ciudad unida a lo hecho. Las multitudes reunidas al final de la marcha de una manifestación de protesta expresan sus mensajes muchas veces en estos “escenarios”, no solo porque sean lugares amplios donde quepa mucha gente, sino por este significado ligado a la identidad y la historia de la comunidad. El famoso caso de la autoinmolación de Jan Palach en la plaza Wenceslao de Praga en 1968 tuvo esa resonancia por el hecho en sí, por la forma, pero el lugar multiplicó su difusión y sentido político (puede verse la serie Burning Bush, A. Holland, 2013; reflexión aquí).

Lorenzo Quirós, Decoración de la Plaza Mayor para la entrada de Carlos III a Madrid, 1763 (con ocasión de su proclamación como rey de España)

Unido a este significado primigenio está el de representación del poder. Las plazas han sido escenario perfecto de ostentación del poder, empleadas para recibir a reyes, desfiles, etc.

En estos casos, la aparición se entiende sobre todo como representación, entendida en su sentido teatral. Se trata de comunicar una imagen muy cuidada a la ciudad reunida. La misma idea de majestad integra la idea de imagen poderosa destinada a la manifestación, a la visibilidad. La majestad es poder visible, y tiene en el concepto de representación su correlato necesario. Un espacio de visibilidad como una plaza es escenario adecuado para ello. Esta concepción explica concepciones ya pasadas de plazas mayores como las españolas. 

Mercados y ferias

Las plazas han sido lugar habitual de mercados y ferias. Son lugares abiertos que pueden ser usados de muy diferentes maneras. Siempre se regularán esos usos, pero la plaza se puede ver como un lugar vacío que puede ser utilizado de muchas maneras. Una plaza es, en castellano, un lugar disponible para un uso (las plazas del garaje) o un puesto o empleo que, entonces, es “plaza vacante” o “libre” si hablamos de asientos en un sistema de transporte.  

Víctor Gabriel Gilbert, La plaza frente a Les Halles, 1880 (Museo de Bellas Artes Le Havre)

El comercio es una de las actividades centrales de la vida social. Los mercados en plazas, que hoy también existen, juntan a muchas personas, a menudo, de diferentes localidades que se acercan al “centro” que supone esa localidad algo más grande en el que se instala el mercado.

Las ferias, esos mercados especiales, llevan a veces asociadas fiestas, que también reciben muchas veces ese nombre. Ferias, fiestas, tienen en las plazas lugares de referencia. Cohetes anunciadores, conciertos, bailes… muchos de ellos en plazas. Las fallas valencianas necesitan espacios abiertos… En estos ejemplos, como también en muchos actos de naturaleza política, aparecen las muchedumbres, las concentraciones, las multitudes. Los espacios amplios se convierten, de repente, en espacios congestionados. La identidad personal está atravesada por la identidad comunitaria que se vive en esos momentos. El contagio emocional es intenso. El sentimiento de pertenencia es alto. Según cuál sea el motivo de la reunión, los acentos serán diversos: políticos, religiosos, festivos…

Pasear tranquilamente, adentrarse en el bullicio de un mercado con mucha gente, asistir a actos multitudinarios. Son vivencias muy diferentes del mismo espacio, vivencias muy diferentes de las relaciones sociales: del tú a tú que conforma un nosotros del que se tiene conciencia clara en la relación, a la vivencia del nosotros donde lo individual y la relación tú a tú no existe.

Final

Las plazas son un elemento central de las ciudades. Son un espacio de apertura en el que confluyen muchas rutas y vías de comunicación, que tienen un fuerte carácter geométrico y de racionalidad, y que permiten el desarrollo de la vida social: el mercado de bienes, el ágora donde se comunican mensajes, la fiesta que reúne de manera bulliciosa. Este centro neurálgico de la ciudad se convierte en espacio de aparición ante los demás, en lugar de encuentros. Un lugar en el que estar y hacer sociedad.