Luz, recogimiento y verticalidad: las coordenadas del espacio sagrado
Tras una primera entrada sobre las iglesias como edificios, como templos presentes en las localidades de nuestro entorno, paso ahora a reflexionar sobre el interior de este espacio singular. Tras la consideración de su centralidad simbólica, religiosa e histórica en nuestra ciudades y pueblos, el análisis prosigue con diversas consideraciones sobre el carácter específico de este espacio vivido, habitable, con características propias y distintivas.
Lo sagrado
Una de las distinciones fundamentales en los edificios es la de interior/exterior. El interior de una iglesia es un lugar marcado por un carácter muy especial y exclusivo de las religiones: es un espacio sagrado. A veces utilizamos esta palabra para designar algo muy importante (“esto es sagrado para mí”), un uso equívoco ya que identifica lo sacro con una de sus características. Lo central de lo sagrado es Dios, lo divino, el Misterio (como lo denomina la ciencia de las religiones desde Rudolf Otto, 1917). Es la presencia del Misterio la que hace sagrado a lo sagrado, característica exclusiva del mundo religioso.
“Sagrado” proviene de “sacer», que indica separación o trascendencia. Mircea Eliade habla de una ruptura con lo cotidiano, un espacio en el que la existencia de un punto fijo permite orientarse. Siendo el interior sagrado, lo exterior es “profano», palabra derivada de lo sacro. Pro-fanum, es lo que está delante o a las puertas del fanum, del templo (categoría religiosa romana). Eliade decía que ante lo sagrado experimentamos una “ruptura de nivel”, la presencia de algo superior ante lo cual nos inclinamos. En realidad, asociar un tipo de comportamiento al lugar en el que estamos es algo común. Cuando estamos en casa, en la intimidad, hay usos sociales que se relajan. No así en la calle, en el lugar de trabajo, etc. Lo mismo en los templos, cuya función principal es el culto o liturgia. Tiende a reinar el silencio; a la gente se quitaba el sombrero y no fumaba; no se organizan comidas ni bailes ni nada parecido, lo cual tampoco hacemos en museos o salones de plenos de los ayuntamientos.
La actividad central de los templos serán las celebraciones religiosas. Para la fe cristiana, la eucaristía es la presencia de Cristo que irrumpe en nuestra realidad. Es lo sagrado por excelencia. En esta experiencia, se celebra la trascendencia o verticalidad de Dios que se hace presente en la historia. El espacio sagrado es el espacio en el que Dios habita, es morada de Dios, tienda o tabernáculo, término usado en el Antiguo Testamento (que hoy se reserva en las iglesias católicas para el sagrario).
Orientación y luz
La disposición interior de los templos sigue una lógica. Hay un sentido de orientación. El occidente cristiano antiguo y medieval valoraba seguir el eje occidente, desde donde se entra, al oriente, donde está el altar y el ábside, por donde sale el sol. Es el paso simbólico de las tinieblas a la luz que hace referencia clara a la afirmación de Jesús en el Evangelio: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12).
Entrar en la nave es entrar propiamente en el recinto sagrado. Muchas veces había un espacio intermedio entre interior y exterior, un umbral. Atrio, pórtico y nártex son elementos de entrada, herederos de los Arcos de Triunfo que también tenían un denso programa iconográfico. El atrio, una especie de espacio intermedio entre lo civil y lo sagrado. El nártex, el espacio para los catecúmenos sin bautizar, que podían contemplar los pórticos. (Para un estudio detallado de todo esto puede consultarse la obra clásica de Juan Plazaola, El arte sacro actual, cuya primera edición es de 1965, en la B.A.C.).

Hasta hace poco, y en los templos de construcción actual todavía en muchísimas ocasiones, la luz natural que entra desde el exterior se realiza normalmente a través de vidrieras, un tipo de “ventana» peculiar. No se abre o cierra salvo en pocas excepciones, con lo que, propiamente, no es una ventana. A la vez, el vidrio (o similar) deja entrar la luz, pero no permite ver el exterior.
Esto en parte se debe a cuestiones técnicas. Fabricar cristal transparente de grandes dimensiones es relativamente reciente, algo que se hace desde el siglo XIX. Pero, repito, hoy también se construye así muchas veces. Salvo los pocos ejemplos contemporáneos de capillas en las que los grandes ventanales permiten ver el exterior, normalmente, un bosque o una naturaleza esplendentes, las iglesias están diseñadas para experimentar un cobijo, una concentración de la atención en el misterio que se celebra. Se pretende también facilitar el recogimiento dentro del espacio celebrativo, o sintiéndose parte de la creación en los pocos casos de ventanales como los citados.
Las vidrieras, además, transforman la luz. La luz blanca, la luz del sol, es plenamente transparente, no se ve. La luz traspasa vidrios coloreados que dejan pasar determinadas longitudes de onda adquiriendo color. La diversidad de textura de los vidrios provoca también que la luz siga diferentes direcciones, con lo que perceptivamente es una luz muy homogénea. No solemos ver colores nítidos reflejados en el interior. La posible imagen que se podría proyectar desaparece dejando pasar la luz con una sensación envolvente más intensa.
La arquitectura religiosa renacentista con sus cúpulas y linternas, así como la arquitectura contemporánea, han considerado las entradas de luz de formas nuevas y con una simbología clara para el creyente. Es normal que la luz entre por arriba, en clara referencia a la metáfora de Dios que habita en lo alto. Lo opuesto a esto lo tenemos en las criptas. Mientras que arriba es el lugar del cielo y la luz, abajo es el lugar del suelo que pisamos, así como el lugar de los muertos que se entierran. Esa es una de las razones principales de la ubicación de las criptas en las iglesias. En los comienzos eran lugares secretos y oscuros en los que se reunían los cristianos perseguidos y que, con el tiempo, se fueron convirtiendo en cementerios de mártires, santos…
Naves
La nave dirige la mirada hacia el ábside, hasta el altar, como decíamos arriba. Antes, todos los celebrantes, pueblo y sacerdote, miraban hacia oriente, en la misma dirección, simbolizando la preeminencia de Cristo. Se ha acentuado mucho con el cambio litúrgico el hecho de que el sacerdote que presidía la celebración daba la espalda al pueblo. Pero el sentido era que todos miraran juntos hacia el Señor simbolizado por el oriente. El cambio expresa mejor el carácter de asamblea y de comunidad, así como de banquete alrededor de la mesa del altar.

Se siga esta orientación al oriente de manera estricta o no, las iglesias están dispuestas según ese orden ya que todo “mira” hacia el altar. Por eso, la mejor entrada será la opuesta, si la hay, no la lateral. De esa manera, el paso del exterior al interior y el sentido de la vista se puede realizar de manera más inteligible. De hecho, a las naves de las iglesias, los espacios entre muros o columnas, se les llama “naves” por el sentido literal de la palabra. La imagen de la Iglesia- institución como nave es muy antigua. Se remonta a los Padres de la Iglesia (los teólogos de los primeros siglos) que utilizan a menudo esta imagen de la Iglesia como una nave pilotada por Cristo.
Con el tiempo, la presencia de reliquias de santos trajo la presencia de peregrinaciones. Las iglesias colocaron las reliquias en ese ábside, con lo que vieron la necesidad de construir deambulatorios para que los peregrinos, en gran cantidad en muchas ocasiones, pudieran deambular y venerar la reliquia sin interrumpir la eucaristía.
Amplitud horizontal y vertical
La amplitud y la estrechez son otras de las coordenadas básicas del espacio vivido. La amplitud entendida como espaciosidad es una característica de las iglesias. Pensando en la superficie, en la horizontalidad, la amplitud es algo relativo al tamaño del cuerpo humano y al número de personas presentes. No todos los espacios amplios son muy grandes: algunos, siendo relativamente pequeños, pueden dar sensación de holgura.
Además de tener una superficie más o menos grande, las iglesias son más o menos altas. Normalmente, tienden a ser altas. La verticalidad siempre se ha percibido como símbolo de la trascendencia, del impulso por subir, propio del mundo de la religión. Los arquitectos, además, juegan con las alturas ya que no todo es igualmente alto: las diferentes naves pueden tener diferentes alturas; si hay cúpula será la parte central, más elevada y luminosa…

Si pensamos en lo opuesto, en la estrechez, se puede ver esto con claridad. Un espacio religioso estrecho es por sí mismo provocador de angustia. La angostura de los espacios dificulta respirar y se puede sentir la opresión de las paredes cercanas, el encerramiento, la claustrofobia. Aunque habitar espacios enormes también puede provocar sentimientos de angustia, no por la imposibilidad de respirar, sino por la sensación de nihilidad y, con ella, de falta de suelo.
Si el espacio es pequeño, la sensación de intimidad y cobijo será más intensa. En un espacio grande, estando más o menos a solas, la sensación de pequeñez se evidencia ante la grandiosidad del espacio que bien puede hacer recordar la inmensidad y trascendencia de Dios, lo cual también puede favorecer la sensación de cobijo a la par que la de pequeñez. Pero los espacios grandes los asociamos más a la vivencia comunitaria, a la experiencia de asamblea de la celebración litúrgica.
La misma imagen de Dios que se favorece con los espacios se matiza, por lo tanto. La majestad y el carácter totalmente-otro del que hablaba Otto se combina con la imagen de un Dios cercano, encarnado, incluso no-otro, como decía Nicolás de Cusa (siglo XV). San Agustín, con su fuerza retórica, lo expresó bien: Dios, el superior summo meo y el interior intimo meo (Confesiones III, 6, 11).
Elevación y recogimiento, intimidad y sobrecogimiento, son polos de sentimientos que forman parte de la experiencia religiosa que los mismos templos como edificios proporcionan.
La iglesia como espacio habitable
Rudolf Schwarz (1897-1961), arquitecto de iglesias del siglo XX que colaboró con Romano Guardini cuando este ya había publicado su renovador e influyente libro El espíritu de la liturgia (1918), dijo que un templo es una espacio habitable, no una mera fiesta para los ojos (Kirchenbau. Welt vor der Schwelle, pp. 6-8; cita tomada de B. Daelemans, Principios teológicos para un espacio mistagógico, Phase 59, 2019, 437-460).
El arquitecto no construye una iglesia para un individuo sino para una comunidad (…) En una iglesia, estas formas comunitarias se orientan hacia el altar (…) Un edificio no está pensado como una fiesta para los ojos sino que es un espacio habitable.
Toda edificación tiene un carácter habitable. El ser humano puede y tiene que construir para hacer habitable su vida. Cuando hablamos de habitar entendemos sobre todo su significación principal: vivir en una casa. Esa referencia es primera y, en cierta forma, tiene que preservarse en otras formas para seguir entendiéndolo como habitar.
Una iglesia tiene como finalidad la celebración litúrgica. Asociada a ella está la celebración de otros ritos, de otras oraciones comunitarias, y todo lo relativo a la enseñanza del mensaje y la ayuda a los que la necesitan. Culto, oración, enseñanza o ayuda son sus actividades principales. La habitabilidad de ese edificio tiene que ver con la realización de esas actividades religiosas que, aunque también se puedan realizar en otros lugares, tienen en el templo su lugar principal.
Los teólogos señalan que el templo es el lugar donde Dios habita, un lugar de especial presencia de Dios, del Misterio. El templo, la iglesia, se convierte así, desde la fe, en un lugar de encuentro de la humanidad y de cada uno con Dios.