La iglesia como templo: centro simbólico del habitar colectivo

En esta serie de entradas sobre arquitectura pensadas desde la perspectiva del espacio vivido, he ido comentando algunas de sus dimensiones básicas así como diferentes tipos de lugares urbanos y edificaciones. En nuestro entorno cultural, los templos cristianos o iglesias destacan por su número y presencia central en muchas poblaciones. Iglesias pequeñas, templos de grandes dimensiones en poblaciones pequeñas o catedrales de estilos variados  y con gran valor artístico en muchas ocasiones. Muchísimas de estas edificaciones son antiguas aunque se siguen construyendo iglesias en la actualidad, a menudo también con un gran valor creativo y original desde el punto de vista arquitectónico.

Me quiero fijar en un aspecto concreto del habitar del que estamos hablando en esta serie. Las iglesias han sido históricamente los principales centros simbólicos de ciudades y pueblos, organizando no solo la vida religiosa, sino también la memoria, la identidad y la experiencia colectiva del habitar. 

El edificio como mensaje

Las fachadas de los edificios son su rostro visible. Se cuida mucho su estructura de ventanas y balcones, sus portales, si hay escaleras o jardines delante… En las iglesias antiguas, en el románico y gótico principalmente, las iglesias decoran sus puertas y fachadas con esculturas. A veces la fachada principal es, en sí misma, un retablo, como la portada gótica de la Iglesia de San Pablo en Valladolid,  o la barroca de San Agustín en Lima. Las fachadas de la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona (Nacimiento, Pasión y Gloria) son el ejemplo actual más llamativo al respecto.  

Iglesia de San Pablo en Valladolid (España)

Puertas con arquivoltas, fachadas-retablo, presencia de la Cruz que se ve desde el exterior… Son señas de identidad que permiten reconocer el tipo de edificio. La presencia del mensaje cristiano en forma artística, su misma belleza y espectacularidad, configuraba, y lo sigue haciendo, la experiencia de la habitabilidad en esa dimensión de sentido mencionada. Son “catequesis en piedra”, expresión habitualmente utilizada (Émile Mâle, en sus estudios clásicos sobre el arte religioso medieval francés, usa la expresión “enciclopedia de piedra”).

El mensaje no proviene solo de la fachada sino de la misma forma del templo que es, en la mayoría de las ocasiones, reconocible. La familiaridad que tenemos con las formas de los edificios hace que su significado nos resulte claro y evidente en muchos casos. Que a veces haya intersecciones entre formas nos puede confundir en la actualidad. Los primeros templos cristianos utilizaron o imitaron las basílicas romanas que servían de sede de tribunales. Casos como las iglesias-fortaleza, con muros y torres desde las cuales poder defenderse, resistir o vigilar, unen formas de templos y de castillos (Ujué en Navarra, por ejemplo). Otras grandes iglesias del Renacimiento y del Barroco pueden recordar en sus fachadas palacios de la época (empezando por la misma fachada de San Pedro del Vaticano). Estas formas exteriores que recuerdan otras revelan el carácter significativo de las mismas, su relación con otros espacios simbólicos de los que provienen, de los que se quieren diferenciar…

Referentes simbólicos, historia y religión

Las iglesias no son solo edificios religiosos; han sido durante siglos, casi siempre, un referente simbólico principal del espacio urbano. Entender su papel es entender algo esencial sobre la experiencia de habitar. Las iglesias han tenido un papel social a lo largo de la historia por su contribución cultural, entendiendo la cultura en sentido amplio: desde lo práctico y funcional hasta la referencia de sentido. Se unen, claro está, el valor reconocido de la Iglesia como institución y de las iglesias entendidas como templos que hacen presente esa institución en una ciudad o pueblo.  

El papel práctico se puede ver, por ejemplo, en el uso de campanas para marcar la hora y dar avisos, así como en ser centros de refugio ante calamidades. A esto se une la misma organización interna de la iglesia del que la misma administración civil se sirvió para la comunicación de decretos y diversas noticias, sobre todo en lugares apartados. Este papel histórico ha decaído mucho, claro está. 

En segundo lugar, el ser referencia de sentido. La cosmovisión cristiana ha sido imperante durante centurias, y por eso la Iglesia ha sido referencia de sentido. El edificio del templo, muchas veces en el centro físico y urbano, hace presente la Iglesia como institución de forma concreta, material. Una ciudad no es solo un conjunto de edificios habitables o funcionales. Ella misma tiene una estructura de orientación simbólica en la que ciertos lugares actúan como centros de significado que configuran la identidad, la memoria. Estas referencias son ingredientes fundamentales de la experiencia del habitar.

Iglesia de Moguer (aquí)

Una referencia de sentido, o centro simbólico es una clave de lectura de lo humano, una clave de lectura del propio pasado. Los monumentos que se levantan, por ejemplo, moldean lo memorable designado como tal por los que deciden construir ese monumento, Es una lectura de la identidad histórica lo que, a veces, causa controversia en épocas posteriores, o pierde significado por olvido.  Aunque el pasado no se puede cambiar en su sentido fáctico, la lectura de ese pasado es corregible, algo que ocurre tanto a nivel individual como social.  

¿Qué tipo de ciudad, que experiencia de lo habitable se forjaría en aquellas ciudades en las que no hubiese nada destacable? La memoria histórica es una de las dimensiones de pueblos y ciudades. Salvo las de nueva construcción, la presencia de edificios de diferentes épocas que coexisten es la presencia viva de diferentes pasados que han ido forjando la identidad histórica de las ciudades. 

Las iglesias son edificios que tienen una importancia cultural grande por el solo hecho de ser edificios que han estado, muchas veces, en funcionamiento durante siglos, vertebrando la vida de los habitantes. No solo el templo representa, y es, la Iglesia como institución, sino que sus piedras, las fiestas y procesiones, los funerales y bautizos, las bodas y otros actos, han marcado la vida durante generaciones. Su peso simbólico es no solo el mensaje religioso sino, además, lo acontecido en ellas. Esto también ocurre con edificios civiles y políticos, en plazas y castillos, donde acontecimientos históricos, firma de tratados, revoluciones y batallas, han estructurado la vida histórica. También ese conjunto de edificios y plazas es referencia simbólica de las ciudades. 

Historia y religión son, por lo tanto, dos referencias de sentido clave en las sociedades humanas. Los centros educativos, los museos, todo lo relativo al derecho y la economía… Las dimensiones sociales son variadas, aunque todas ellas se pueden condensar en la historia, esa trama de acontecimientos que definen la dimensión horizontal de la identidad: memoria y proyecto. La religión habla de la dimensión trascendente que se cruza con la horizontalidad citada.

Coexistencia de referencias simbólicas

Cuando surgen otros grandes edificios que compiten en grandiosidad o calidad, la “lucha simbólica” puede ser la clave para entender procesos históricos y culturales. Edificios de la ópera, bancos o museos son edificios que en estos dos últimos siglos han destacado en nuestras ciudades. Es curioso que muy a menudo se les denomina como “templos” (de la cultura, del poder…). ¿Cumplen funciones simbólicas similares a las iglesias, a los templos religiosos?

Ópera de Viena

A veces, su materialidad, su grandeza y valor artístico, compite y supera a muchas iglesias. Pero hay algo más. ¿Hay un traslado de lo sagrado, categoría propia y fundamental de los templos (religiosos)? En sentido riguroso, no. Pero alguna de las características de la vivencia de lo sagrado de los templos forma parte de la vivencia de esos otros edificios. Sentirse embargado por lo grande conduce a una cierta actitud de sobrecogimiento que invita al silencio; la vivencia de estar en un edificio singular, no cotidiano, propicia que la experiencia emocional ante lo grande y además, bello, nos eleve, nos “transporte a otro lugar”.  Se experimenta una separación del mundo ordinario. El poder del dinero como movilizador de muchísimas actividades, la validez intrínseca de las obras de arte dotadas de “aura”, como decía Walter Benjamin. Hay ciertas semejanzas que explican que no sea ilógico llamar “templos de la cultura” a algunos grandes edificios de nuestro entorno. 

En esta pluralidad de edificios que simbolizan instituciones que otorgan significados vertebradores de la vida humana se produce una diferencia drástica. En el arte y la economía, en la política, se subraya más lo hecho. Frente a ello, la experiencia de apertura a lo recibido (W. F. May) define una faceta esencial de la vivencia de lo religioso.

Autonomía del arte

En tiempos de secularización, la referencia simbólica de la Iglesia y del mensaje religioso va perdiendo relevancia social. En un contexto de caída de la práctica religiosa en el que la influencia cognitiva de la Iglesia como institución se debilita, se comprende bien que sobresalga de forma muy intensa la dimensión artística de muchas de las iglesias o templos. Siempre se ha reconocido y buscado ese valor, pero hoy gana en autonomía, se emancipa. La dimensión artística tiene el poder de ser foco principal de atracción turística, uno de los grandes motores de la economía actual.

En esta época se cuidan mucho este tipo de edificios: se limpian, se restauran y se apuntalan, a la vez que se crean rutas culturales por las provincias y ciudades que tengan mucho patrimonio. Restaurar es algo que siempre se ha hecho, pero hoy hay técnicas y criterios estilísticos, así como historiográficos y jurídicos muy estudiados. Esto hace que el patrimonio esté hoy muy cuidado, que muchas iglesias están muy limpias, con lo que se produce un fenómeno algo llamativo. Tal vez, nunca como hoy estuvo tan limpia la Catedral de Burgos, por ejemplo. Lo antiguo luce como nuevo. Es una impresión personal, pero dado que duraba mucho tiempo la construcción, el paso de los años ya se tenía que notar mientras se estaba haciendo, como le pasa a la actual Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Se pierde la pátina del tiempo aunque se gana en conservación. 

Actual sala de exposiciones del Centre del Carme (Valencia). Antiguo Real Monasterio

Ligado a esto, está la presencia de todos aquellos templos que han dejado de serlo y que ahora tienen otros usos. Muchas son ahora salas de exposiciones y museos; otras son teatros. Incluso los hay que forman parte de tiendas o bares. Seamos personas religiosas o no, casi todos reconocemos esas formas arquitectónicas como iglesias, tanto en el exterior como en el interior, aunque hayan desaparecido decoraciones y signos litúrgicos. Hay variantes, como la de mantener parte de un edificio antiguo completándolo con otro de estilo totalmente diferente (como el Museo Kolumba diseñado por Peter Zumthor). Más allá de la problemática funcional, de que los nuevos usos se adecúen mejor o peor al diseño original, la misma edificación y su nueva funcionalidad transmite el significado del paso de una época o otra.   

Todo esto se puede sintetizar mencionando la oscilación de usos entre los que se busca la compatibilidad debida: el culto por un lado, y la exposición del arte (la misma arquitectura del edificio, cuadros, esculturas y otros objetos, así como conciertos de música de concierto), por otro. 

Final

El análisis de las iglesias debe tener una continuación sobre las dimensiones propias de su interior. En este primer acercamiento, me he querido detener en la presencia singular de estos edificios en muchísimas poblaciones de nuestro entorno, fijándome, sobre todo, en su significado cultural, en su propuesta de sentido. Los edificios, la iglesias y otras construcciones, no son solo realidades funcionales y prácticas. Significan facetas importantes de la vida humana. Las ciudades son entramados de sentido, lo cual es una forma de definir la habitabilidad. 

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