En las ciudades, además de las viviendas, hay otros tipos de edificios de uso público muy ligados al trabajo, la administración y otros servicios: colegios y universidades, hoteles y centros de salud, oficinas e iglesias… A todos ellos se unirán los locales comerciales o bares y cafés presentes, normalmente, en los bajos de los edificios de viviendas. En esta serie de entradas he tratado sobre las estaciones (aquí), los grandes hoteles (aquí) y las iglesias (aquí). Ahora me quiero detener en las bibliotecas, uno de los focos culturales de nuestras poblaciones.

Las hay de muchos tipos. Una primera distinción es la que se establece entre la biblioteca particular de las viviendas y las de acceso público, que son aquellas de las que quiero hablar aquí. Las bibliotecas domésticas reflejan a quienes las configuran: sus interés, sus criterios de ordenación, la cantidad de libros… (puede verse el escrito de W. Benjamin, Desembalo mi biblioteca, 1931, aquí).
Aunque hubo grandes bibliotecas en la antigüedad, como la de Alejandría, las modernas bibliotecas públicas se difundieron a partir de la segunda mitad del siglo XIX (como lo hicieron los parques públicos; reflexión aquí). Las bibliotecas públicas van reflejando lo que sus responsables consideran que la sociedad demanda y hablan, por lo tanto, de las sociedades. Actualmente estamos en un tiempo de transición ya que las bibliotecas están evolucionando hacia las mediatecas que albergan también documentos audiovisuales, sonoros, digitales… (para profundizar en esto, aquí).
Tipos básicos
Hay que destacar la existencia de las bibliotecas nacionales que tienen funcionalidades y finalidades propias, como el albergar el depósito legal de las publicaciones del país, figura heredera lejana de los viejos permisos reales para imprimir. En España, este depósito fue aprobado en su formato actual el 23 de diciembre de 1957 con el claro objetivo patrimonial de salvaguardar lo publicado en sus diversos formatos.
Con la invención de la imprenta aumentó el número de publicaciones y de ejemplares. La generalización del saber y de la investigación multiplicó la cantidad de textos publicados. Si solo en España se publicaron casi 90.000 libros en el año 2024, la cantidad de textos existentes se convierte en inabordable (la Biblioteca Nacional de España conserva 30 millones de títulos, frente a los 175 de Washington o 150 de Londres). Parece que nos fuéramos acercando a lo descrito en el famoso relato de Borges “La biblioteca de Babel” -en Ficciones, 1941- en la que están todos los libros posibles, lo cual se acrecienta con la producción incalculable de nuevos textos a partir de los diferentes programas de IA.

Más allá de estos casos extremos, el número de libros en las bibliotecas públicas, sobre todo de las generales, es amplísimo, lo que plantea el reto de organización de los mismos así como de diseños arquitectónicos de las bibliotecas: cómo organizar los libros, si están al alcance de los usuarios o en depósitos… Esto recuerda la necesaria labor de orientación de la que Ortega y Gasset hizo una relevante meditación en Misión del bibliotecario (1935).
Otro tipo de bibliotecas muy presente en las sociedades modernas es el de las bibliotecas universitarias que tienen precedentes, por ejemplo, en la Grecia clásica. Se menciona a menudo la biblioteca del Liceo fundado por Aristóteles, quien, junto a sus colaboradores, reunía muchos materiales dispersos, como el famoso caso de las 158 constituciones de polis de su entorno. La biblioteca es el complemento de la escuela o centro de enseñanza en sus diferentes niveles, elemento principal de la transmisión del saber. (Un ejemplo actual: la Biblioteca diseñada por Sou Fujimoto, aquí).
La aparición del soporte digital supone un giro de inflexión, ya que ahora es la primera vez que se puede decir de verdad que el “saber no ocupa lugar”. Los libros impresos no están desapareciendo, pero los textos que solo se publican en formato digital van aumentando. Que haya bibliotecas sin libros (universitarias principalmente) es algo novedoso y extremo, a la vez que una señal de estos nuevos tiempos. A pesar de esto, se está produciendo una cierta euforia constructiva de nuevas bibliotecas que indica el reconocimiento de la necesaria labor de las bibliotecas, de que los libros impresos no desaparecen y, sobre todo, de la actividad que se lleva a cabo en ellas con el ideal de que estas oportunidades lleguen a todos.
Tercer lugar
Las funciones que cumplen las bibliotecas públicas son crecientes. Además de la conservación de textos y el hacer disponible su lectura para todos, las nuevas bibliotecas se diseñan con zonas infantiles, lugares para taller de lecturas, uso y consulta de documentos audiovisuales… Las bibliotecas se pueden convertir en centros culturales que amplían los usos tradicionales, así como entrar en diálogo con el entorno físico y social convirtiéndose en un lugar de reunión enriquecedor para la vida ciudadana. Esto explica que se sigan construyendo bibliotecas como he dicho y, en parte, que algunas bibliotecas en cuanto que edificios, tiendan a la espectacularidad, a ser uno más de los recientes edificios “icónicos” del que cada vez hay más ejemplos en nuestras ciudades.

Ray Oldenburg forjó la categoría de “tercer lugar” en The Great Good Place (1989) para referirse a esos espacios terceros respecto de la casa y del trabajo. Tabernas, peluquerías, cafés… lugares en los que se entra y se sale de manera voluntaria, en los que las personas se encuentran y conversan favoreciendo y fortaleciendo el ser comunitario y social propio de la condición humana. Para el sociólogo estadounidense, el café es el emblema de tercer lugar al ser la conversación el elemento protagonista.
Esta sugerente categoría es aplicable a plazas y parques, lugares abiertos y de encuentro informal, así como a las bibliotecas. En este último caso, hay una diferencia grande con la propuesta de Oldenburg ya que, en la biblioteca, el encuentro entre personas está marcado por el silencio en la mayoría de sus espacios, y no por la conversación como en el café. Pero, aun siendo importante esta diferencia, y teniendo en cuenta que algunas de las nuevas bibliotecas amplían sus funciones, entiendo que esta categoría es aplicable y fecunda (como si nos fuéramos acercando al ideal propuesto por Umberto Eco en su conferencia de 1981 De Bibliotheca).
(Esta característica, ser tercer lugar, se añade a la también famosa de no-lugar (M. Augé). La forma de vivir los lugares, las formas de habitar, son muy diferentes. Están muy ligados a las actividades realizadas en ellos, a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Vivir un lugar como sitio de paso o de estancia estable, como ligado a la identidad personal o comunitaria, como ámbito público semejante a la calle o estos terceros lugares y como ámbito privado de la casa. Lugares con peso histórico, de fuerte significado simbólico… El estudio sobre el habitar es un estudio sobre los lugares, una topología).
Una experiencia del tiempo y la compañía
Recoger y organizar los libros en sus diversos soportes (papel, digital…). Su catalogación, la ubicación física en depósitos o estanterías accesibles al público… La organización es compleja teniendo en cuenta que hay que aunar cuestiones técnicas de aprovechamiento de los espacios con la experiencia del usuario. Además del lugar que ocupan los libros, está el diseño de los puestos de lectura, la propuesta de itinerarios (un estudio interesante, aquí), la creación de una atmósfera adecuada para la realización de estas actividades. Hacen falta silencio y luz, mobiliario para leer y consultar, lugares de descanso… (Una sencilla e informada historia del libro y de las bibliotecas en la que se explican cambios históricos en la concepción de estas dimensiones, en estas entradas).

Si nos detenemos en el estudio, lectura o consulta de libros, las bibliotecas son espacios en los que el silencio es un elemento esencial que hay que cuidar. Las salas de estudio y consulta son espacios que remiten a la responsabilidad de los usuarios a la vez que también deben estar diseñados pensando en esa actividad. La temperatura, la luz, el que no entre ruido del exterior… Puede verse el tratamiento de la luz y del sonido, por ejemplo, de la Biblioteca Gabriel García Márquez de Barcelona (información y fotos, aquí).
Compartir espacios con otras personas y realizar estas actividades tan individuales da a la convivencia un tono muy especial. No estamos solos, compartimos espacio y actividad y, a la vez, realizamos una actividad muy personal. Una especie de soledad compartida que, por lo tanto, no es soledad. Un lugar de silencio para que todos puedan realizar la lectura y estudio.
Una biblioteca tiene que invitar a la demora ya que consiste en un espacio en el que la atención del usuario está focalizada durante largo tiempo en algo. El edificio debe transmitir una atmósfera particular que favorezca la detención, el poder prestar dedicación a la actividad intelectual. Pero una demora que no es quietud. Las bibliotecas también deben invitar a moverse por ellas, hojeando y ojeando publicaciones, ocupando espacios diversos para distintas actividades (un ejemplo de planificación del espacio en las bibliotecas, aquí).
Dadas estas características, es preciso diseñar un espacio de tránsito entre la calle y estas salas. Un vestíbulo que sea umbral, un intermedio que nos oriente a una zona donde el ritmo es otro, donde la quietud, la serenidad y el silencio se diferencian netamente de los ritmos y sonidos de la calle.
Una experiencia de la memoria
La palabra “biblioteca” significa, etimológicamente, caja/depósito de libros. Tenemos muchas palabras con ese sufijo: hemeroteca (depósito de publicaciones diarias), discoteca, fonoteca, fototeca, pinacoteca, ludoteca y muchas más. Parece que crear espacios donde reunir cosas y productos es algo muy humano, algo que satisface la necesidad social de poder acceder a determinados utensilios o productos. En cuanto que reunión de cosas, una biblioteca no deja de ser un almacén. Pero, claro, es algo más. Una biblioteca hace accesible a los usuarios lo guardado, a veces con condiciones: hay libros excluidos de préstamo o incluso de consulta para la mayoría.
Todos estos depósitos tienen una marca del pasado bastante marcada. Aunque los libros sean de publicación reciente, empiezan muy pronto a ser consideradas como algo pasado. Hay muchos tipos de contenidos diferentes en los libros. Los hay que tienen un valor siempre actual: algunas obras de literatura, clásicos del pensamiento… Los relativos a saberes acumulativos como el de las ciencias empíricas se quedan anticuados pronto. El pasado real no existe porque ya pasó, pero perduran muchas obras del pasado. Los mismos edificios de las bibliotecas tienen este carácter. Un libro de 1746 refleja una época pasada, aunque su valor puede trascender esa misma época.
Las sociedades humanas son históricas. Conocer lo que se pensó y soñó, lo que se supo e imaginó es necesario para vivir humanamente. Nos permite consultar el estado actual del saber y los clásicos cuyo valor es imperecedero. Conviven, por lo tanto, dos lógicas temporales. Acceder al saber presente y vigente, y a lo hecho en el pasado que sigue teniendo valor. Forma parte de vivir el presente histórico el leer e interpretar las obras del pasado. Las bibliotecas son una institución necesaria para acceder a ello. Otra cosa son los archivos, cuyo valor histórico e historiográfico es diferente: ellos conservan diversos tipos de documentos que sirven de prueba histórica de hechos del pasado.
Final
Las bibliotecas son instituciones y edificios necesarios para la vida humana. Reúnen y conservan grandes cantidades de obra publicada, de textos de muy diferente tipo y valor. Conservan el saber, las obras de ficción, los textos jurídicos y religiosos… Sin ellas, la humanidad no podría conservar y transmitir todo el saber que ha ido generando. Sin ellas, la historia sería más frágil y se pondría en peligro la misma historia del saber. Sin las bibliotecas no podríamos tener acceso a esos textos. Y sin ellas, nuestra vida sería más pobre.
Pueden verse ejemplos de bibliotecas contemporáneas aquí y de bibliotecas históricas aquí.



