Puertas que separan ámbitos y mundos
En una entrada anterior reflexionaba sobre las ventanas a través de las cuales vemos, y a través de las cuales nos pueden ver. Las ventanas son una de las formas arquitectónicas que separan y unen lo interior de una vivienda con el exterior de la calle. Esto último admite variantes: puede ser ventanas que den a calles de tránsito o a patios interiores de los pisos de un bloque, así como a la parte trasera, incluso ajardinada, de nuestra casa.
Otra pieza básica de esta separación/unión, tanto o más importante, es la puerta de la casa. Normalmente hay una, lo que recuerda el viejo refrán que dice “casa con dos puertas mala es de guardar”, expresión que Calderón utilizó como título de una obra de teatro (1629).
Interior y exterior
La puerta de la casa es la entrada a la misma. Es la separación física entre el piso o casa y la calle o las zonas comunes de las viviendas de pisos. Así como las ventanas tienen en el paso de la luz y el aire sus finalidades principales, las puertas dejan pasar a las personas. Pueden propiciar una mayor luminosidad y airear los espacios, pero su objetivo principal es el paso como entrada o salida. Otra finalidad, la opuesta, es el cerrar la casa de forma que no pueda entrar nadie sin derecho a ello o, cuando menos, que sea difícil hacerlo. Los usos cotidianos son variados y nos resultan familiares.

Sobre las puertas de la casa es necesario colocar un sistema de llamada como la aldaba o el timbre. Además, en épocas anteriores se colocaban pletinas con el nombre o apellidos y/o, una imagen religiosa o algún amuleto. La puerta daba así a conocer unas señas de identidad de los moradores. También se buscaba protección en el uso de amuletos al considerar como vulnerable la vivienda.
Dentro de la vivienda son algunas estancias las que normalmente se pueden cerrar con puertas: baños y habitaciones sobre todo. Estas puertas permiten mantener la privacidad, el respeto de lo íntimo. Con las puertas se favorece, por lo tanto, la vivencia de lo interior entendida como vivencia de lo íntimo, en la que la presencia de otros se viviría con incomodidad y tensión. Por lo tanto, dentro de la vivienda también establecemos distinciones entre las estancias públicas, espacios de uso común a los moradores de la casa, y las zonas privadas.
Los espacios intermedios
El límite entre el interior y el exterior, muchas veces, no es una línea imaginaria, sino una zona más o menos amplia. Existen espacios intermedios entre lo privado y lo público, entre la calle y la vivienda, u otro tipo de edificación, que extienden algo el umbral de la casa que hay que atravesar para entrar o salir de ella.

Tras la puerta principal de la casa cabe diseñar un espacio que no es la calle, y que tampoco es propiamente la casa. El zaguán de algunas grandes casas es ese espacio contiguo a la puerta que juega el papel de vestíbulo y que limita con la casa propiamente dicha. En los bloques de viviendas actuales están los portales, y en los pisos se construyen los vestíbulos a los que consideramos casa, ámbito privado, pero que son un espacio al que dejamos pasar muchas veces sin tener intención de dejar o querer entrar más allá de él. Por eso, en muchas ocasiones este espacio es llamado “recibidor”.
Por otro lado, al otro lado de la puerta lindando con la calle, se pueden construir pórticos comunes a varios portales o atrios, más presentes en grandes edificaciones, como esos que pintaba Giorgio de Chirico (reflexión aquí).
Hacia dentro, hacia fuera
Las puertas se pueden abrir hacia dentro o hacia fuera. Que las puertas se abran hacia fuera facilita la salida del recinto. Las normativas regulan ese sentido de la apertura en edificios públicos para favorecer una evacuación rápida si fuese necesario. En las viviendas, lo normal es que la puerta se abra hacia dentro. La primera forma de apertura favorece la salida, la segunda, la entrada.
El gesto que tenemos que realizar si abrimos la puerta hacia dentro para dejar pasar a un amigo, es el apartarse para hacer sitio a la visita. Nos apartamos para dejar entrar a la vez que invitamos a hacerlo. También podemos ocupar el umbral cuando atendemos al vecino, por ejemplo, que no tiene la intención de entrar sino solo decirnos algo ocasional. Pero si, en estos ejemplos, la puerta se abriera hacia fuera, puede ocurrir que le diésemos “con la puerta en las narices” y, aunque no se diese el caso, al abrir perderíamos el dominio del acto de la acogida a la vez que forzamos a alejarse a la persona que nos visita, como ocurre cuando, estando esperando al ascensor, percibimos que viene ocupado.
Una forma de evitar tener que elegir si abrir hacia dentro o hacia fuera lo conseguimos con las puertas correderas, como el shōji japonés, que en las viviendas se usan para separar estancias, así como para cerrar/abrir las habitaciones. Muchas veces es solución a la falta de espacio.

Le Corbusier (1887-1965) se planteó este tema y usó el pivote para que la puerta se abriese hacia delante y hacia atrás a la vez. Con las puertas pivotantes se entra o se sale empujando, hacia delante, en el sentido de la marcha (aunque habrá que regular por dónde se sale para no golpear a nadie de forma involuntaria).
Además, en este tipo de puerta, la hoja no se pega a ninguno de los dos lados quedando libre el marco. Pero ocurre otra cosa clara: aparece un obstáculo en el vano, en el hueco. Este puede ser ancho, pero hay una columna que divide y obstaculiza el paso. Una variante de ello es el parteluz (columna que “parte la luz”) tan presente en las entradas grandes a iglesias y otros edificios, así como en ventanas. Más allá de la función arquitectónica de este tipo de columnas, que soportan peso, el parteluz define dos huecos en el vano de la entrada/salida que podrán ser cerrados con sendas puertas, con lo que se crea una situación muy diferente a la de la puerta pivotante. Hay algo en el medio que obstaculiza el paso, pero las puertas son independientes de esta columna, no siendo así en la puerta pivotante que gira ella misma sobre un eje.
Tener que empujar la puerta es muy diferente a traspasar el umbral cuando nos la abren. En este último caso experimentamos que somos acogidos e invitados mientras entramos en el recinto privado de otras personas. Traspasar el umbral empujando, añade al acto de entrar el significado del esfuerzo, pequeño ciertamente la mayoría de las veces, por entrar. El pequeño esfuerzo de empujar así como, sobre todo, el obstáculo referido, añade al acto de entrar un significado, simbólico principalmente, de voluntariedad. Esto, y toda intención personal, desaparece en aquellas puertas, no presentes en las casas, que detectan la presencia y se abren de forma mecánica, automática.
Más allá del uso cotidiano: puertas que separan dos mundos
Las funciones principales de entrar o salir, así como de dejar salir o invitar a entrar, son base para metáforas de situaciones existenciales variadas en las que la idea de entrada sea la forma mejor, a veces única, de nombrar un tipo de paso o tránsito no estrictamente físico. También sirve como imagen para nombrar diferentes situaciones existenciales, como las referidas a las trayectorias vitales que ya no se pueden recorrer o que se presentan de forma imprevista como posibilidad. En el cine son famosas algunas puertas que dividen dos mundos muy diferentes.

La última escena de Centauros del desierto (J. Ford, 1956; reflexión aquí) es célebre por su nítido claroscuro y significado. Tras haber terminado su larga tarea de búsqueda se va de la casa familiar en la que dejará a su sobrina a la que tanto buscó. Esta escena expresa la existencia de dos mundos sociales: uno viejo, encarnado por John Wayne que se aleja por el desierto, y el nuevo de la casa familiar a la que no entra. La puerta como símbolo de paso de un estado a otro, de una forma de vida a otra diferente. En este caso, una puerta y un umbral que no puede franquear convirtiéndose en un exiliado del mundo social que personas como él han contribuido a crear.

En estos fotogramas de la escena final de El Padrino I, que la puerta se cierre mientras Kay ve como a su marido le reconocen su nuevo papel en la “familia” simboliza de manera muy nítida que la puerta divide dos mundos diferentes. Aquí no se le deja pasar, en el caso anterior es el protagonista el que no quiere entrar. En cualquier caso, la puerta separa dos mundos simbólicos distintos y la puerta es el límite, el muro entre ambos. Una puerta que no se puede traspasar.
Otra puerta que los protagonistas no franquean es la de la habitación, meta del viaje singular por la Zona que describe Tarkovski en Stalker (1979; reflexión aquí). Detrás de la puerta los viajeros podrían realizar sus deseos más profundos, pero han comprendido que estos pueden ser oscuros y no se atreven a pasar. Otra puerta que separa dos mundos.
La famosa escena final de El show de Truman (P. Weir, 1998; reflexión aquí) nos muestra una puerta de salida de un mundo que es, en realidad, una cárcel para el protagonista. La escena da a entender que Truman nunca volverá, nunca traspasará su umbral otra vez. Va al mundo real, a un mundo no predecible, no tan controlado, ni mucho menos, como el que deja.

Estos dos mundos separados es algo que la pintura de inspiración surrealista ha explorado. Los mundos de la vigilia y el sueño, de la realidad fáctica y la imaginada, han dado lugar a imágenes evocadoras e ingeniosas. Literalmente la puerta de Magritte no tiene sentido. Pero su carácter evocador y de ensoñación es innegable. Aunque es el mismo mundo del de detrás y el de delante de la puerta, la imagen invita a pensar en que siempre, en este mundo, podemos descubrir dimensiones intangibles, incluso de trascendencia.
El cuadro de Hopper es más enigmático en mi opinión. Su carácter realista presenta una puerta absurda. Su carácter evocador es más oscuro. Así como la imagen de Magritte apunta a una dimensión intangible de corte positivo, la de Hopper tiene un cierto carácter angustioso por lo absurdo de la situación (no es un ventanal, es una puerta).

La puerta que no se abre y que tiene un clarísimo carácter angustioso es la de La cabina, esa breve e impactante película para la televisión, un mediometraje de 1972 dirigida por Antonio Mercero, y protagonizada por José Luis López Vázquez. La interpretación de esta breve película es muy ambigua. Tal vez simplemente expresa muy bien un miedo arraigado, una pesadilla: la de no poder salir de lugares pequeños.
Final
Puertas de la ciudad, arcos de triunfo, puertas de los paraísos, del cielo (con las llaves de San Pedro) o aquella del inframundo vigilada por el can Cerbero, aquel perro monstruoso de tres cabezas imaginado por la mitología griega. Puertas de los frigoríficos, de los armarios, de las cajas fuertes… La puerta es una realidad muy presente en nuestras vidas, con una clara función de separación de ámbitos, así como de apertura y cierre y de paso. Además del uso cotidiano, ha servido de símbolo claro y universal para muy variadas situaciones existenciales.