Espacio vivido y tiempo histórico: la identidad histórica de las ciudades
Tras analizar algunas coordenadas fundamentales del espacio vivido, quiero proseguir estas reflexiones sobre el habitar deteniéndome en la consideración de la relación entre el espacio vivido en las ciudades y pueblos, y la experiencia del tiempo que dichos entornos propician. Unir en los análisis las reflexiones entre espacio y tiempo es algo que se ha hecho desde la física antiguas tan unida a la filosofía, hasta la actualidad. Desde Einstein se nos repite que espacio y tiempo están unidos de una forma que no se comprende intuitivamente, al decir que el tiempo es una cuarta dimensión.
La vivencia del tiempo está ligada a la conciencia del antes y del después, a nuestra conciencia del pasado y del futuro en unión con el presente. Las ciudades son un conjunto ordenado según diferentes criterios, de trazados de calles y de edificios con pasados diferentes, algunos de ellos muy antiguos. El peso del pasado, de lo hecho, es muy claro en las ciudades. La presencia del futuro, de lo que está por hacer, es menos evidente, pero se puede percibir en la planificación de nuevos edificios y barrios.
Para ello, quiero utilizar las categorías de “espacio de experiencia” y “horizonte de expectativa” que el historiador Reinhart Koselleck explicó en el capítulo 14 de su libro de 1979, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos (ed. española en Paidós, 1993, pp. 333-357). La relación y tensión entre estas dos dimensiones, “no hay expectativa sin experiencia, no hay experiencia sin expectativa” (p. 336), explica lo propio del tiempo histórico, que es un tiempo diferente del tiempo de la naturaleza.
“Espacio de experiencia” denomina el pasado presente en el cual se vive y desde el que se forjan las expectativas. Es la presencia del pasado en la actualidad, el pasado que define y delimita la situación social en la cual viven las sociedades. Es el repertorio de cosas hechas que define nuestra situación. El “somos lo que fuimos” se aplica tanto a nivel individual como social.
Frente a ello, el “horizonte de expectativa”, la presencia del futuro en la actualidad que apunta a un todavía-no (como lo hace la espera tal como vimos en otra entrada). En la modernidad se va produciendo un aumento de la conciencia histórica y con ella, como explica Koselleck, aparece el futuro pronosticable que se diferencia del futuro profetizable tan presente en la conciencia cristiana del tiempo. La planificación, los proyectos y los planes son ingredientes habituales de la vida humana y social.
La presencia de diferentes pasados (el espacio de experiencia)

Es infrecuente, pero hay ejemplos de ciudades nuevas construidas desde cero. Tal vez, el caso más conocido sea el de Brasilia, actual capital federal de Brasil, que empezó a construirse el 23 de octubre de 1956. Otras capitales son también bastante recientes: Islamabad (Pakistán), Canberra (Australia), o la reciente Ciudad de la Paz (Guinea Ecuatorial), entre otras. Intentar resolver problemas de superpoblación, incentivar el flujo de habitantes hacia zonas de país deshabitadas o intentar paliar tensiones entre ciudades o zonas del mismo país son algunas de las razones por las cuales se decide construir ciudades con voluntad de que sean grandes. Otras ciudades nuevas no son capitales, como muchas nuevas ciudades de China que han crecido de forma vertiginosa al ser centro y foco de fuerte actividad económica.
Lo habitual es vivir en poblaciones históricas, con una “edad” que, aunque muy variable, muchas veces es muy avanzada. Que haya poblaciones que durante siglos, incluso milenios, lleven habitadas de continuo, no es raro. Pueden ser poblaciones pequeñas o ciudades de muy diferente tamaño.
Dinamismo histórico de las ciudades
En estas poblaciones la presencia de diferentes pasados es material y visible. A lo largo de la historia se han construido muchas edificaciones, así como se han urbanizado diferentes espacios. Las ciudades son “realidades vivas” ya que sus habitantes van introduciendo modificaciones. Se tiran edificios o conjuntos de ellos por muy diferentes razones: debilidad estructural, estado de ruina, buscar un mejor aprovechamiento del solar con edificios de mayor cabida… Se construyen nuevos edificios, se reurbaniza la zona, se crean parques… Las posibilidades son muy numerosas. Tirar y construir es una dinámica propia de las ciudades.
En general se puede decir que se tira lo que se considera que no merece la pena conservar y restaurar. Lo que persiste lo hace no solo por la fortaleza de lo construido, sino porque se juzga que debe ser conservado. Esto en general, porque a veces tirar o cambiar malos materiales es muy caro o no hay voluntad de volver a construir obligando a que permanezcan casas en estado de ruina en medio de otras habitadas. Luego están los accidentes naturales como terremotos, incendios o erupciones de volcanes, o por la destrucción de actos de guerra.
La historia de las ciudades es muy compleja y variada. Las ciudades son realidades históricas, dinámicas, sujetas a evolución, que puede ser tanto de expansión como de reducción. Este dinamismo histórico explica que haya edificios y calles, parques y monumentos, con diferentes edades.
La superposición de tiempos

A veces, estas diferencias de tiempo son homogéneas por zonas. Están los centros o cascos históricos (o “viejos”), donde los trazados de las calles, de las casas y otras edificaciones, aun teniendo diferentes orígenes, tiene un carácter pasado muy marcado. Con los ensanches de las ciudades aparece otra forma de urbanizar, con calles y avenidas más rectas y largas, que muestran un orden geométrico muy evidente. Además, los barrios nuevos que se van construyendo… Se puede hacer una especie de paseo histórico por las diferentes zonas de las ciudades, como el que hace Nanni Moretti en Caro diario, 1993.
Otras veces, los diferentes pasados son simultáneos. Edificaciones construidas en diferentes tiempos y con estilos variados pueden coincidir. A todo ello se une el hecho de que haya elementos urbanos, como el mobiliario o los comercios, que tengan una evidente marca actual. Las ciudades son realidades vivas, no museos arqueológicos.
Muchas veces vemos el paso del tiempo en forma de desperfectos o suciedades. La pátina del tiempo se hace visible. Se restauran edificios antiguos de alto valor artístico de tal forma que parecen edificaciones nuevas, como tantas iglesias o palacios que se han limpiado y arreglado hasta tal punto que se puede pensar que nunca se vieron tan limpios y nuevos como ahora. Se produce una paradoja: el estilo es antiguo, la construcción parece nueva, y en ella conviven lo antiguo y lo nuevo sin posibilidad de separación.
La construcción de la identidad histórica
Vemos el paso de la historia y del tiempo, paseamos por zonas de diferentes edades. Pero esas edificaciones y trazados urbanos pasados, como he comentado más arriba, son lo que se ha conservado. No es todo lo que ha habido, sino aquello que ha permanecido, aquello que se ha considerado digno de ser conservado. Se da, por lo tanto, una superposición selectiva de tiempos diferentes.
Las variaciones al respecto son muchas. Muchos edificios antiguos que fueron construidos para un uso, tienen hoy un uso diferente. A veces es algo que nos resulta chocante, otras no. Reconocemos en nuestro entorno las formas arquitectónicas de iglesias antiguas. Que ahora sean museos, salas de exposiciones, teatros… hace visible que el edificio es antiguo, pero que ese uso ya forma parte de un pasado sin continuidad. Vivimos el pasado de la construcción y la fractura del tiempo de uso, lo que nos da una conciencia histórica en la que se perciben los cambios culturales.

A ello se une la presencia de monumentos. En un sentido muy amplio, se entiende por monumentos aquellas construcciones de muy diferente tipo que se han conservado y que tienen un alto valor histórico, tales como necrópolis o acueductos. En un sentido más reducido y habitual, se entiende por monumento algo construido en memoria de algo o alguien. Pretende ser un recuerdo que pueda ser visto, normalmente, por todos; público, por lo tanto. Además, suele tener un valor material y artístico elevado, acorde al valor de lo recordado.
Un monumento, sea edificio o escultura, se erige por voluntad y criterio de personas que consideran que algo debe ser recordado por su alto valor. Es una elección de lo memorable que va dando a la población una identidad histórica. Personajes locales relevantes en diferentes facetas de la ciencia, las artes o la política; monumentos alegóricos que representan a todos los ciudadanos, como en aquellos que representan a los que han sufrido y combatido guerras o que han sufrido calamidades; monumentos de fuerte carácter simbólico que representan ideales, como las estatuas de la libertad; monumentos de hechos históricos fundacionales de las comunidades…
Los monumentos hablan de un pasado que se considera digno de ser recordado. Y los monumentos, a su vez, pueden ser construcciones pasadas, antiguas, convirtiéndose en una suerte de pasado reduplicado que, al ser selectivo, configura la memoria histórica de las comunidades de una forma propia. Todo ello se une a los nombres de las calles, plazas y avenidas. El significado histórico de esos monumentos y nombres puede olvidarse. Muchas veces no sabemos quiénes son las personas representadas en esas estatuas, los usos que tenían esos edificios, etc. Esta combinación de memoria y olvido, propia también de la vida individual, tiene su dimensión social. Algo que, a su vez, cambia a lo largo de los tiempos. El pasado, como sabemos, no se puede cambiar. Pero la lectura del pasado, sí.
La presencia del futuro (el horizonte de expectativa)
Respecto a estas formas diferentes de presencia del pasado en las poblaciones, la presencia del futuro es diferente y más débil, menos evidente. Muchas veces vivimos el futuro como proyecto al ver el tratamiento de determinados solares, la urbanización de futuros barrios, así como la construcción de nuevas vías de comunicación.
Lo potencial

Ver el potencial de diferentes barrios o edificios requiere de una fuerte imaginación. Lo potencial tiene que ver con el poder ser, con la posibilidad de poder llegar a ser algo. Pero, como nos diría Aristóteles, solo existe lo que está en acto. La potencialidad exige, por lo tanto, de imaginación. Los posibles futuros de una ciudad pueden ser muchos. Algunos son mejores que otros, más realizables, más aconsejables para satisfacer diferentes necesidades. En este discernimiento actúa la imaginación (una reflexión sobre la imaginación y el arte, aquí).
Una dinámica temporal ligada a la experiencia de potencialidad se percibe en la sensación de vivir en localidades que están en constante expansión. No son ahora lo que llegarán a ser. Pero esa tendencia está inscrita en el hoy y lo experimentamos. En rigor, la tendencia puede ser tanto de expansión como de contracción. Como sabemos, hay muchas poblaciones que pierden habitantes. La creciente tendencia a vivir en ciudades cada vez más grandes se complementa con la reducción de población en todas aquellas localidades que no tienen actualmente el suficiente poder de atracción, mayormente de carácter económico.
A veces, desgraciadamente, los desastres naturales o las guerras crean la necesidad de construir desde cero. Sin haberlo pretendido, una destrucción masiva “borra el pasado” y fuerza a construir una zona nueva. Lo imprevisto también forma parte de los acontecimientos históricos. No era algo potencial, sino la apertura de un nuevo futuro que hay que construir desde un pasado traumático.
El “futurismo”
Otra presencia del futuro en algunas ciudades es la construcción de edificios “futuristas”. Cuando hablamos de “futurismo”, cuyo origen es principalmente artístico (movimiento italiano de principios del XX), asociamos el futuro a la novedad posibilitada por el imperio de la técnica que rompe formas y maneras tradicionales. La idea de los rascacielos ya es bastante antigua. Hoy se hacen algunos calificados como “futuristas”: con las nuevas técnicas de construcción pueden tener formas muy nuevas, con una fuerte presencia de curvas. Las formas orgánicas de muchos edificios icónicos (reflexión aquí) manifiestan un carácter novedoso intenso.
Futuro e identidad
Las personas somos seres futurizos como decía Marías, tenemos proyectos, podemos experimentar vocación. Nuestra identidad personal no solo hace referencia a la presencia del pasado. No solo somos lo que fuimos, sino que también somos lo que seremos. Ciertamente, el futuro está por hacer y es contingente, puede no darse. A diferencia de ello, el pasado está hecho y es necesario. Pero la decisión presente de cara a la vida por venir puede consistir en querer reorientar la vida, o asumir nuevas circunstancias que nos vienen impuestas y que obligan a tomar nuevos rumbos. La orientación al futuro, la capacidad de decisión explica que, salvo circunstancias especiales, no estemos determinados por el pasado.
La identidad histórica de las comunidades políticas también vive esta dimensión y, dentro de ella, las ciudades. Los planes, los nuevos rumbos, las reconstrucciones… Las personas responsables, el mismo sentir ciudadano, puede alimentar la idea sobre la necesidad de dar un giro al diseño de las ciudades, tener en cuenta la importancia del desarrollo sostenible, de las zonas verdes, de construir vías ciclables… Son muchas cosas las que se están haciendo. El futuro, los nuevos proyectos, también alimentan esta identidad histórica de las ciudades.
Final
Las ciudades tienen su propia temporalidad. Es el tiempo de la historia que vive en esa tensión entre la presencia del pasado (espacio de experiencia) y presencia del futuro (horizonte de expectativa). Paseamos por zonas de diferentes edades y estilos, y participamos de nuevos proyectos de recuperación o expansión, aunque a veces también lo son de contracción. Las ciudades tienen su propia identidad histórica que se ha ido fraguando con ese uso selectivo de lo memorable, de lo considerado como digno de ser recordado y, otras veces, por destrucciones no queridas que han determinado su curso.
La habitabilidad de las ciudades está marcada, por lo tanto, no solo por la funcionalidad del urbanismo y de los edificios. Vivir en en ciudades o pueblos, es participar de una identidad histórica y social. Habitar en el mundo es vivir en ciudades cuya identidad histórica forma parte de la identidad de cada uno. “Soy de tal ciudad” decimos. Ser de un lugar, vivir habitualmente en un lugar, es un ingrediente de nuestra identidad. Futuro pasado es el título del libro de Koselleck mencionado. No hay proyecto sin herencia así como tampoco hay herencia que no sea reinterpretada desde una expectativa, desde un horizontes de posibilidades.
Las ciudades hacen visible el tiempo histórico.