El “efecto Bilbao”
Sabine Reeh ha dirigido cuatro breves documentales sobre el “efecto Bilbao” (se pueden ver aquí). Tras el éxito de Bilbao al decidir revitalizar la ciudad industrial en crisis a través de una profunda remodelación urbanística, en muchas ciudades se suceden estas iniciativas. Todos conocemos el edificio que simboliza este nuevo Bilbao: el Museo Guggenheim, un edificio tremendamente singular y reconocible. La remodelación y los cambios fueron un fenómeno complejo en el que las administraciones públicas jugaron un papel esencial. Una buena explicación de este fenómeno, aquí.
El Museo Guggenheim, casi 30 años después de su inauguración, alberga una colección permanente relativamente pequeña aunque valiosa, que ha centrado su actividad en exposiciones temporales. Al principio, salvo algunas obras, como la instalación permanente de las enormes esculturas de Richard Serra, lo que se podía ver en el museo eran las exposiciones. Algunas de ellas rompían con las expectativas de un museo como la de El arte de la motocicleta (1999-2000): ¿qué pintan unas motos en un museo de arte?, ¿qué tipo de museo es este?, eran preguntas recurrentes. La compra de una versión de ese perro floral enorme de Jeff Koons, Puppy (1997), se ha convertido en una seña de identidad tan fotografiada como el resto del edificio. No solo el edificio era singular, sino el mismo concepto de museo que, sin apenas colección permanente, ha conseguido atraer a un gran número de visitantes.
El nuevo Bilbao no es solo este edificio, claro está. Se han construido otros, se han reorganizado diversas zonas y plazas, se han recuperado los paseos por la ribera de la ría… Además, se construyó el Metro, se trabajó en otras áreas de la ciudad, se amplió el puerto en Santurce, ya en el mar. Lo más destacable y conocido se realizó en lo que se puede considerar ahora como centro de la ciudad, lo cual no es fácil que ocurra en otros lugares. Todo ello en una zona con una fuerte industria, con un puerto marítimo mercantil en plena ciudad que, tras la crisis económica, estaría abocada a una profunda degradación social y económica. La revitalización de la zona ha reimpulsado una economía con gran tradición emprendedora. Y lo ha hecho con éxito. Son dos iniciativas básicas coordinadas. Un edificio singular, capaz de atraer por sí mismo al turista, y una reurbanización. En círculos concéntricos más amplios habría que citar las nuevas infraestructuras y propuestas de negocio citados.
Cuando tienen éxito las medidas, se consigue reanimar el espacio urbano para los mismos habitantes de la ciudad, en primer lugar, causando un efecto algo intangible, como es el despertar el orgullo cívico por la propia ciudad. Otras ciudades han decidido seguir ese ejemplo, han encargado construir edificios icónicos para que puedan atraer turistas a la ciudad y así impulsar la economía.
Edificios icónicos
Todo esto nos lleva a recordar iniciativas de otro tipo como las Exposiciones Universales o las Olimpiadas de verano. Algunas de estas iniciativas dejan construcciones icónicas. La más famosa, la Torre Eiffel de París para las exposiciones universales de 1899 y 1900. Se habla mucho también de la mejora de Barcelona al organizar las Olimpiadas de 1992, aunque aquí no es de reseñar ningún edificio singular que haya sido foco de atracción y emblema de la ciudad.
En 1959 se inaugura en Nueva York la nueva sede del Museo Guggenheim. El diseño de Frank Lloyd Wright es singular, audaz, bello. Que sea un museo donde cuadros y esculturas del arte moderno y contemporáneo se exhiben muestra una poderosa congruencia entre contenido y continente. La experiencia del visitante es compleja, ya que va mucho más allá de la contemplación de las obras expuestas. El mismo edificio es una obra a contemplar.

El Louvre de París ocupa un inmenso edificio palaciego, de alto valor arquitectónico. Verlo, sobre todo por fuera, es un placer estético. Pero la diferencia del Louvre parisino, que no fue diseñado para ser museo, con los museos Guggenheim citados es muy radical. La forma de los nuevos edificios es espectacular por fuera: dominan las curvas, algunos asemejan gigantescas esculturas. Se diferencian muchísimo de esos edificios que sí fueron creados para ser museos, como el Museo del Prado de Madrid o la National Gallery de Londres.

Un lugar destacable en este tipo de reflexión lo ocupan los rascacielos. Se dice que se construyen para optimizar el espacio cuando hay mucha demanda. Algo de ello habrá, pero en Europa no hay muchos, y a veces esa demanda también existe. El rascacielos como signo de poderío y progreso económico parece ser una razón más fuerte. Por otro lado, un rascacielos forma parte de un conjunto urbanístico. Un conjunto de ellos como los que están construyendo hoy en día en esas nuevas ciudades de China son un buen ejemplo de un aire de familia que se opone, por ejemplo, a la Torre Montparnasse de París que reina sola en las alturas. Esta construcción fue muy criticada desde el punto de vista urbanístico, aunque hay ejemplos actuales de rascacielos solitarios. Las nuevas técnicas constructivas permiten diseñar y construir rascacielos de formas singulares, lo que nos acerca a la problemática creada por los nuevos museos y salas de conciertos. Un edificio como el rascacielos de Malmö ha servido de pieza clave para la renovación de un área urbana.

Los edificios son icónicos, por lo tanto, por la singularidad de sus formas que les acercan a la forma de ser de la escultura. Pero, además, quieren ser marca de la ciudad en la que están, un signo de renovación con poder de atracción turística y de inversiones. Los edificios icónicos quieren formar parte de un proceso de remodelación más amplio con el que la ciudad mejore, permita a sus ciudadanos zonas de esparcimiento nuevas, haciendo más habitable la vida de la ciudad.
Función y belleza, equilibrio y ruptura
Muchos edificios no son propiamente habitables, no están pensados para vivir. Las grandes iglesias y templos tienen una estructura diseñada para el uso litúrgico en su parte principal. Las fábricas de producción o grandes almacenes, muchas veces tienen grandes espacios abiertos en su interior. La función, la actividad que se va a desarrollar en el edificio determina su diseño, algo esencial en la arquitectura.

Al funcionalismo propio de la arquitectura se une la belleza estética. Si se subraya la función sobre la belleza, tenemos el funcionalismo en sentido estricto, nombre de una gran escuela de arquitectura del siglo XX (Le Corbusier, Walter Gropius…). Al principio seguro que estos nuevos edificios no gustaron mucho, pero vistos hoy, algunas de esas construcciones, las reconocemos como muy bellas. El “menos es más” de Mies van der Rohe (1886-1969) lo expresa con claridad: que todo cumpla una función útil.
Pero la función de los edificios puede ser más amplia e intangible. Hay una sobreabundancia de formas en el templo de la Sagrada Familia de Barcelona. En ella, las columnas y vitrales cumplen su función aunque parece que hay muchas cosas que podrían no estar para la realización de la función general del templo. Sin embargo, todo es significativo. Cuando explican el edificio, queda claro: cuatro evangelistas, portadas para el Nacimiento, la Pasión y la Gloria; que la torre de Jesucristo sea más alta que la de María… El carácter icónico de este edificio es innegable, así como su poder de atracción turística (cerca de 5 millones de visitas en 2025).

Esta tensión entre funcionalismo y sobreabundancia de formas se puede ver también en la manifestación del poder político ante sus propios compatriotas y, muchas veces, para alardear ante los países oponentes. O su contrario: la construcción de edificios de viviendas en las que la igualdad se lleva al extremo como ideal. La ostentación del poder económico de muchos bancos, de muchas sedes de la Bolsa, es algo buscado en los edificios clásicos, algo que cambia si se quiere comunicar la transparencia y la centralidad del cliente.

La función que debe cumplir un edificio, en principio está clara. Vivir, celebrar el culto, producir bienes de consumo, oficinas, salas de conciertos… Pero el carácter simbólico del propio edificio es evidente. Manifestar el poder económico, llamar la atención sobre la propia ciudad, que haya en ella edificios reconocibles… Todo ello en un conjunto urbanístico pensado. Pero este conjunto, ¿debe ser equilibrado, se pueden producir rupturas?
Una ciudad es una realidad histórica. A lo largo del tiempo hay edificios que se han tirado y otros ocupan su lugar. Vemos diferentes pasados al pasear por las calles. A veces, como en Bilbao, Avilés, Blaibach en Alemania, buscan la ruptura. Este bloque de granito como caído del cielo en medio de casas de diseño tradicional , es una sala de conciertos. Ha sido un foco de atracción para una localidad de la se iban los vecinos. Han tenido, dicen ellos, su “efecto Bilbao”.
Los edificios icónicos plantean con nitidez fuertes oposiciones entre las que hay que elegir. Función y belleza, función y carácter simbólico, equilibrio y ruptura con el conjunto en el que se insertan, son algunas mencionadas. Tal vez la oposición más fuerte y llamativa sea la que se da entre la búsqueda del impacto visual que convierte al edificio en icono de la ciudad y la habitabilidad, la búsqueda de una arquitectura que promueve la vivencia del mismo edificio, sea vivienda, o museo o templo, el habitar silencioso. Como las anteriores, no tiene por qué ser oposiciones excluyentes, pero sí marcan directrices fundamentales.

Los edificios-iconos son fotografiables hasta el extremo. Con la facilidad actual para sacar fotos, junto a la existencia de redes sociales, hacerse fotos delante del Guggenheim de Bilbao es lo normal. El reportaje citado al principio subraya el caso de Valencia, de la Ciudad de las artes y las ciencias, como ejemplo de un complejo arquitectónico vistoso cuyo valor fundamental reside en eso, en ser fotografiable. El mismo documental reconoce que los edificios se usan, generan ingresos, aunque el mantenimiento es muy costoso. Los edificios de Valencia son muy bonitos, juegan con la luz de una manera sobresaliente. En el otro extremo estaría el Palacio de Congresos de Oviedo, una enorme construcción que utilizó los terrenos de un estadio de fútbol pero que no es apreciado por los habitantes de la propia ciudad.
Por otro lado, arquitectos como L. I. Kahn (1901-1974) y su preocupación por la luz que da forma al espacio, o el suizo Peter Zumthor que busca crear atmósferas, sensaciones, se alejan de esta espectacularidad visual. Los edificios hay que vivirlos. La tensión se da ahora entre ser espectadores o habitantes.
Una bonita película, Columbus (Kogonada, 2017; reflexión aquí) muestra que esa ciudad hizo una apuesta por la arquitectura moderna contratando a grandes arquitectos. Los protagonistas pasean por distintos edificios, ninguno es un edificio-icono. Muestra una arquitectura al servicio de la persona. Los edificios-icono son construcciones al servicio de una ciudad. Tal vez sea esta la gran diferencia, la tensión que siempre estará presente en la arquitectura.



