Facetas del bien en el cine

Tras abordar el tema del mal en el cine, presento esta reflexión sintética sobre diferentes dimensiones del bien en el cine. Aquí quiero presentar una visión de conjunto citando películas ya comentadas a cuyos análisis más detallados remito por si es de interés.

De forma general, se puede decir que el bien es constructivo, mientras que el mal es destructivo. El bien realizado hace ser, ayuda a crecer, a los demás y a uno mismo. Las situaciones y modos en los que se realiza el bien son muy diversos: la ayuda que puede llegar hasta el heroísmo y el sacrificio, el regalo que despierta el agradecimiento, la lucha por la justicia… En todos los casos, hay sentimientos y convicciones que guían la conducta.

Como sabemos, bien y mal se dan a la vez en la vida humana. Muchas veces, una buena acción es respuesta al mal, se realiza en un ámbito conflictivo o de una gran dificultad que hay que vencer, respondiendo a un impedimento limitador o a un obstáculo destructivo. Este es uno de los aspectos propios de este tema en el cine, arte dramático, narrativo, que cuenta historias humanas en las que el conflicto es un resorte dramático y argumental de primer orden. Sin esto, podría parecer que “no pasa nada”, lo cual, en una película… En el cine nos movemos, como en el tema del mal, entre las dimensiones de espectáculo y documento.

Uno de los mayores bienes: la amistad

La amistad se revela como uno de los mayores bienes de la vida humana. No se subraya tanto en el bien realizado de forma costosa, sino el mismo bien de la relación.  

Una película como Cinema Paradiso (G. Tornatore, 1988; reflexión aquí) muestra una amistad, asimétrica por la edad, en la que un adulto algo mayor comparte con un ilusionado niño la pasión por el cine. Esa limpia amistad será una experiencia del bien que el niño guardará en la memoria de su vida. La amistad, también entre diferentes, está muy bien narrada en Intocable (O. Nakache y E. Toledano, 2011) en la que un rico tetrapléjico descubre el placer de vivir en esas duras circunstancias gracias a su cuidador. 

La amistad, el solo placer de la convivencia, en la que la ayuda mutua se presenta con naturalidad cuando es necesario, es algo magistralmente retratado por Kurosawa en Dersú Uzala (1975; reflexión aquí). También es un tema central de Verano en Brooklyn (“Little Men”, de I. Sachs, 2016) que nos cuenta la amistad de dos adolescentes a los que les afectará la decisión de los padres de uno de ellos de subir el alquiler del local que usa la madre del otro. 

En estos dos ejemplos, la memoria de la amistad es la memoria del bien, de algo pleno y culminante en la biografía de los implicados. En estos ejemplos, las amistades sufrirán ruptura, elemento de oposición dramática, pero el foco está puesto en el polo positivo.

Por otro lado, las situaciones dramáticas son ocasión para mostrar el elevado rostro de la amistad en el que se busca el bien de la persona amiga. Películas como El cazador (M. Cimino, 1978; reflexión aquí) cuentan cómo la amistad es la base de acciones de lucha y riesgo para salvar al amigo.   

Ayuda 

La ayuda es una forma excelente de hacer y recibir el bien. Nos gustaría no necesitar de ayuda urgente, pero cuando se da el caso, comprobamos nuestras limitaciones y que la sociedad muestra su rostro deseable, el de ser una estructura de solidaridad. No nos valemos por nosotros mismos del todo, y siempre podemos estar en situación de desamparo, de pérdida. Podemos sufrir dificultades heredadas, algunas físicas, otras sociales, que cercenan las posibilidades vitales. 

En Vivir, una película dirigida por Kurosawa en 1952 (reflexión aquí), el sr. Watanabe, como le llaman en el trabajo, lucha por ayudar a un grupo de vecinos de Tokyo a superar las trabas burocráticas para construir un pequeño parque en un solar insalubre pegado a sus viviendas. Viendo cerca su jubilación, y con una enfermedad grave, quiere hacer algo valioso en el que será el último trabajo que realice. Las ganas de vivir hasta la muerte, la injusticia de la que es testigo, la necesidad de los ciudadanos a los que debería servir desde la administración, le llevan a luchar por realizar su sencilla reivindicación con una actitud de justicia y de ayuda.

Las situaciones de necesidad ajena revelan nuestro sentimiento de humanidad compartida, sentimiento que está en la base de la solidaridad. La amabilidad de los extraños (l. Scherfig, 2019; reflexión aquí) nos dice que el altruismo también existe hoy, a pesar del perenne egoísmo humano y de vivir en sociedades muy competitivas. Depender de la amabilidad de los extraños es algo que en principio no queremos, pero sí podemos necesitar. La finalidad de la ayuda será, por lo tanto, la de alcanzar o recuperar la autonomía. Yo, Danniel Black (K. Loach, 2016) es un buen ejemplo de ayuda en un ámbito social en el que hay personas con necesidades muy urgentes que la administración no es capaz de satisfacer.

Un campo específico en este ámbito que el cine ha cuidado con esmero, es el de la educación. Ángeles sin paraíso (J. Cassavetes, 1963; reflexión aquí) nos cuenta la labor educativa a niñas y niños aquejados de diversos trastornos de desarrollo intelectual. Uno de los aspectos destacables de esta película es que nos muestra que para ayudar bien no hace falta solo el querer hacerlo. El amor no es suficiente. Saber ayudar requiere de una formación específica, como nos lo enseña, por ejemplo, El milagro de Anna Sullivan (A. Penn, 1962; reflexión aquí). La capacitación, objetivo de la labor educativa, muchas veces tiene que salvar dificultades de origen social, algo que muestra bien otra cinta centrada en la educación, El oficio de aprender (F. Favrat, 2002; reflexión aquí).

Denuncia y lucha contra injusticias

Para hacer el bien no solo hace falta determinación, sino un cierto poder ver, una sensibilidad moral que necesitamos educar y que tenemos o alcanzamos tener si salimos de la centralidad del yo y vemos el carácter personal del otro. Nos pueden hacer ver los demás, pero al final, cada uno tiene que querer ver. Para ver las injusticias a veces es necesario que otros nos informen o, incluso, que nos zarandeen para despertarnos

Ahí están esos “profetas”, esas voces que denuncian pobres formas de vida, gritos que intentan despertar a una humanidad dormida, como la de Domenico en Nostalgia (A. Tarkovski, 1983; reflexión aquí). La denuncia periodística también ha sido objeto de muchas  películas que nos muestran la necesidad de un periodismo independiente que actúe como contrapeso de los poderes. Spotlight (T. McCarthy, 2015), contra el encubrimiento de los abusos sexuales dentro de la Iglesia católica; Los archivos del Pentágono (S. Spielberg, 2017), que denuncian las mentiras del Estado sobre la guerra del Vietnam o Los gritos del silencio (R. Joffé, 1984), sobre el genocidio en Camboya son algunos famosos ejemplos.

Añadidas a las películas sobre las denuncias están todas esas películas que cuentan historias de lucha directa contra algunas injusticias desde posiciones sociales diferentes a favor de las víctimas. En estas luchas una de las dificultades estriba en poner en peligro la buena fama o, incluso, la vida al hacerlo. 

Dos películas comentadas en esta página son buenos ejemplos sobre una de estas injusticias: el racismo. El largo camino a casa (R. Peirce, 1990; reflexión aquí) y Matar a un ruiseñor (R. Mulligan, 1962; reflexión aquí). En las dos, la presencia de dos niñas que ven con sus ojos infantiles el “mundo de los mayores” y que nos relatan el impacto que tuvieron figuras educadoras que les enseñaron que para hacer el bien hay que saber ver el mal, lo cual no siempre es fácil, que, en este caso, el racismo es una injusticia, no algo natural. Hace falta empatía, un desarrollado sentido de la humanidad que las posiciones de privilegio oscurecen, un caer en la cuenta de lo que nunca debería haber dejado de ser evidente.

Un caso sobresaliente de clarividencia moral en tiempos de oscuridad lo narra Vida oculta (T. Malick, 2019; reflexión aquí), en el que el hacer el bien toma la forma, heroica, de resistir al mal. También hay buenos ejemplos, en circunstancias algo parecidas, en Roma, ciudad abierta (R.  Rossellini, 1945; reflexión aquí). En ambas, la resistencia al mal se considera como no traicionar el bien, aquello valioso que equivale al precio de una vida: antes morir que traicionar la conciencia, que dejar de actuar siguiendo el imperativo ineludible de la voz interior.

Un caso extremo de conducta que sigue el imperativo de la conciencia que quiere servir de denuncia es el que cuenta la miniserie Burning Bush (A. Holland, 2013; reflexión aquí), que comienza con la autoinmolación de Jan Palach en una céntrica plaza de Praga en 1969. El bien toma aquí la forma de ofrenda de la propia vida por algo mayor, mucho mayor. La última película de Tarkovski fue Sacrificio (1986; reflexión aquí), que también trata este tema, de forma más simbólica: ofrecerse por la salvación de todos.

¿Qué tipo de bien vale una vida? Parece bastante claro que ese bien pueda ser la vida de otro/s, lo que es más claro todavía si son allegados: familiares, amigos, compatriotas, que pueden estar en grave peligro. Se habla habitualmente de “heroísmo” en estas situaciones. Puede costar más entender que el bien que vale una vida sea algo más intangible: no traicionar la verdad o la fe (lo que se asocia al martirio), luchar por la libertad, por la abolición de la esclavitud, por el reconocimiento de derechos básicos… Parece que, en definitiva, estos bienes altísimos a defender son la vida de otros, la verdad y la justicia. Las adolescentes que simbolizan todo lo valioso de la China de su tiempo es una concreción de ese tipo de bien que el humanista Zhang Yimou trató con delicadeza en Las flores de la guerra (2011; reflexión aquí).

Vidas entregadas desconocidas

En muchas películas, muchas de las citadas también, se describen conductas llamativas en las que hay una fuerte determinación, a veces heroísmo, y/o están en juego bienes altísimos que hay que buscar o defender.

Hacer el bien describe con sencillez lo que es una buena persona. Muchísimas vidas son vidas entregadas por los demás y, aunque también a veces se las califica de heroicas, no destacan por hacer algo “grande”. Además, la labor de cuidado, aun estando animada por el amor, atraviesa crisis, dificultades o dudas anímicas y emocionales. Destacan las relaciones familiares o los grupos de amigos (aquí un listado con algunos ejemplos). Una pastelería en Tokyo (N. Kawase, 2015) es una película muy interesante de ver.

Buenos sentimientos, convicciones morales

Tener buenos sentimientos y convicciones morales son características que se atribuyen a las buenas personas. Entre las dos suele haber armonía, pero también ocurre que a veces hay debate entre deseos y convicciones. El luchar contra el ánimo de venganza es un buen ejemplo de esta clase de combates internos.

Un ejemplo de buenos sentimientos lo tenemos en el personajes de Gelsomina de La strada (F. Fellini, 1954; reflexión aquí). Los sentimientos o emociones son una dimensión básica del ser humano, pero no la única. Ser buena persona es hacer el bien, no solo tener buenos sentimientos. Pero sin ellos, no se explica una vida moral buena, ya que sin afectos, el sujeto no percibirá bien el bien ni sentirá el impulso o el deseo de hacer el bien

Esta película puede servir para discutir el sutil y espinoso tema de asociar bondad moral y simpleza personal, algo que hacemos cuando afirmamos la unidad entre ser bueno y ser tonto. También sabemos sin mucho esfuerzo que puede haber gente muy lista para algunos tipos de saberes técnicos o teóricos y ser un “imbécil moral”, una persona que no tiene sensibilidad moral, que no sabe percibir el bien. Tener buenos sentimientos puede parecer ingenuo a algunos, pero la sabiduría moral, que es una clase especial de inteligencia, la tienen aquellos que viven de una determinada manera, que tienen una serie de convicciones capaces de movilizar una vida porque despiertan deseos de actuar de manera acorde. Tener buenos sentimientos es una fortaleza moral imprescindible. Hay casos en los que esta sabiduría no está acompañada de una capacidad argumentativa sobresaliente, como es el caso de este personaje. Pero su sensibilidad le hace ver con clarividencia donde otros no ven.

Este tema de la claridad moral se puede ver bien en Vencedores o vencidos (S. Kramer, 1961; reflexión aquí), contraponiendo a dos de sus protagonistas: el juez que preside el juicio, y el principal acusado, antiguo juez. Aquí se ve que sentimientos e ideas morales están en relación mutua, que una falsa idea puede llevar a emociones contrarias a la dignidad humana de algunos y viceversa: que una idea jamás debería haber sido aceptada por el rechazo visceral que tendría que haber provocado.

Agradecimiento, una forma pura de benevolencia

El festín de Babette (G. Axel, 1987; reflexión aquí) es una excelente película, una profunda reflexión sobre el don y sobre la gratitud (una reflexión aquí). El agradecimiento, una de las formas puras de benevolencia, como decía Spaemann, quiere regalar de forma desinteresada algo a quien te ha hecho el bien.

Un amigo extraordinario (M. Heller, 2019; reflexión aquí) es un retrato de la bondad de un hombre que tuvo una influencia social muy grande al llevar un popular programa de televisión con el que realizó una intensa educación emocional. Esta película refleja bien la tesis de que no educa la persona perfecta, ya que nadie lo es. Pero sí educa la persona que transmite querer serlo, que comunica en su vida querer mejorar, estar en tensión hacia el bien. Educa la persona agradecida al hacer memoria del bien que ha posibilitado el desarrollo y que, además,  invita, como hacía él, a recordar de vez en cuando a las personas que nos han hecho bien en la vida.

 

image_pdfCrear PDF de este artículoimage_printImprime el artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio
Reflexiones desde las artes
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.