Una versión anterior de esta entrada apareció en la revista Acontecimiento 150 (2024) 73-76, disponible aquí.
La experiencia del mal atraviesa la historia y la vida humana. A algunos les golpea con mucha fuerza, excesiva. La presencia del dolor en sus innumerables formas, de las injusticias de diverso orden, son una constante. El cine, reflejo de la vida humana, trata este tema desde diversos ángulos y perspectivas. Dado el polifacético alcance de esta terrible realidad, solo puedo señalar algunos aspectos.
En esta entrada de síntesis me detengo, principalmente, en el mal cometido. La otra gran vivencia del mal, el sufrimiento, aunque se muestre aquí también, ya fue objeto de algunas reflexiones en esta página (el dolor de vivir, aquí, tema que tuvo un despliegue muy matizado en el Decálogo de Kieslowski de 1988; reflexiones aquí, aquí y aquí).
Violencia: entre el espectáculo y el documento
La violencia, entendida como un hacer daño intencional a otro, es una forma de mal muy presente en el cine. Algunos géneros cinematográficos, como el “género policíaco” entendido en sentido amplio, hacen de este tipo de mal su seña de identidad: los innumerables asesinatos, agresiones y secuestros que se investigan en películas y series, dan fe de ello. Géneros como el cine negro donde los “malos” muchas veces son los protagonistas o el western que tiene en la violencia uno de sus ejes argumentales, son claros ejemplos.

Las películas de guerra constituyen otro género donde la violencia es protagonista. El mal de la guerra se intensifica cuando, además del conflicto armado, aparecen las acciones claramente criminales: asesinato, violación, pillaje y saqueo, el trato inhumano a los prisioneros (El cazador, M. Cimino, 19678; reflexión aquí), a los ciudadanos de los territorios invadidos, los genocidios como el Holocausto (La lista de Schindler, S. Spielberg, 1993). El cine ha reflejado también temas como el de las órdenes inmorales de los superiores (La delgada línea roja, T. Malick, 1998; reflexión aquí; Senderos de gloria, S. Kubrick, 1957) o la aparición de la bomba atómica.
Son películas, no lo podemos olvidar. Son productos que hay que vender, y en los que el factor de entretenimiento tiene un peso destacado. Por un lado, la presencia del enigma a resolver es clave en muchas películas en las que la sorpresa y el suspense captan nuestra atención haciéndonos pasar un buen rato. La presencia del espectáculo de las persecuciones y explosiones o del suspense, son otros elementos conocidos.
Además, sabemos de los cánones de estos géneros, sobre todo, que “se pilla al malo”, lo que determina la estructura argumental de las películas. Todo ello orienta y favorece que la presentación del mal tenga caracteres propios al ser un mal acotado, “ablandado”, digerible la mayoría de las veces. Otra estructura formal del cine es la presencia común de los finales felices, acorde con la esperanza en la victoria del bien.
Hay otras en las que la violencia es más realista, más dura, lo que nos acerca a la experiencia de la violencia real, que nunca agrada ver, como en todas aquellas que presentan el sometimiento o los malos tratos. O aquellas como Ciudad de Dios (F. Meirelles y K. Lund, 2002), que presenta la violencia de forma “documental”, en la favela de Río de Janeiro del mismo nombre.
En realidad, las buenas películas se mueven entre el “espectáculo” que entretiene, lo que resta dramatismo al mal, y el “documento” que describe y nos da a conocer la violencia como forma real de hacer daño. Además, el bien no siempre gana, como en La vida es bella (R. Benigni, 1997), con la muerte del buen padre. En estas ocasiones, la presencia del mal aparece con una fuerza tan imperiosa que compromete la esperanza.
Sistemas de dominación injusta
El cine también ha descrito y denunciado sistemas de dominación injusta en los que están presentes diversas formas de violencia, explícita o encubierta. A menudo hacemos distinciones sociales muy netas, variantes de la que establecemos entre “nosotros y ellos”: nacionales/extranjeros, ricos/pobres, blanco/negro, poderosos/súbditos… Estas distinciones llevan a la “invisibilidad” social de muchos, al oscurecimiento de su condición personal. El cine les da visibilidad y, en ese sentido, nos ilustra sobre facetas del mal en la vida social.

Una vigencia social arraigada es aquella que rechaza al diferente por el hecho de “no ser como nosotros”, de “no ser de los nuestros”. Stromboli (R. Rossellini, 1950; reflexión aquí) describe la aflicción de la protagonista que experimenta la falta de acogida de las gentes del lugar y la dureza de las condiciones de vida de la isla a la que llega. El dolor de vivir, la aflicción en diversas formas, va inundando el ánimo de la protagonista: la decepción y el abatimiento resultantes de la caída brusca de las esperanzas con las que llegó a la isla, la experiencia de rechazo sufrida por el hecho de ser diferente y, en definitiva, la desolación y el desamparo que sufre mientras huye de este entorno adverso.
Otra forma de mal se deriva de aquellos sistemas sociales que ven el valor de algunas personas en su funcionalidad y que llegaron a sancionar jurídicamente la diferencia. La linterna roja (Zhang Yimou, 1991; reflexión aquí) denuncia el concubinato del primer cuarto del siglo XX en China, donde el valor de las mujeres cercanas al jerarca es el poder ser madres para perpetuar el linaje. “Somos fantasmas, no personas”, afirma la protagonista.
Las penosas condiciones del trabajo también evidencian esta utilización en algunas buenas películas. Tiempos modernos (C. Chaplin, 1936), es una buena representación del imperio del maquinismo en el ámbito de la producción industrial. La tierra tiembla (L. Visconti, 1948), describe la explotación de un pueblo de pescadores por parte de los dueños de los barcos pesqueros. Rocco y sus hermanos (L. Visconti, 1960) muestra las dificultades de integración de las familias que tienen que emigrar para buscar trabajo.
Grita libertad (R. Attenborough, 1987), denunció el apartheid sudafricano y lo dio a conocer a muchos espectadores occidentales, desconocedores en su día de la gravedad de la situación. 12 años de esclavitud (S. McQueen, 2012) o El largo camino a casa (R. Pearce, 1990; reflexión aquí) son dos ejemplos sobre la esclavitud y el racismo.
Dichas películas, sin dejar de ser obras narrativas de ficción, tienen un fuerte valor documental al describir realidades sociales existentes en la actualidad o en el pasado, lo que otorga al cine la capacidad de denuncia de males existentes. Esto ha tenido, y tiene todavía, su reverso: las películas también transmiten vigencias que en sí mismas son injustas, alimentando los imaginarios colectivos que las legitiman (visiones racistas, machistas, coloniales…).

Otra forma de mostrar males actuales es imaginando sociedades futuras en las que se extreman tendencias presentes. Las películas de contenido distópico describen sociedades en las que reinan condiciones de vida muy penosas: mucha delincuencia, superpoblación, imperio de unas pocas empresas, catástrofe climática… La famosa Blade Runner (R. Scott, 1982; reflexión aquí) creó una imagen de una sociedad futura que ha sido muy imitada. Estas películas, como Rollerball, de N. Jewison (1975; reflexión aquí) o Soylent Green (R. Fleischer, 1974) expresan los miedos que despiertan nuestras formas y condiciones de vida, la marcha de la economía, etc. Es interesante analizar cómo se han cumplido estos vaticinios.
El cine también ha denunciado males presentes de maneras no tan directas. Un buen ejemplo es la película de Frank Capra, Vive como quieras (1938; reflexión aquí), una comedia en la que presenta las diversas prácticas económicas y sus ideales que tanto afectan a la vida social y personal. Hay que subrayar que a la crítica moral de ciertas prácticas, la película añade una «crítica de la existencia capitalista». Los valores del capitalismo (primacía de la rentabilidad, de la competencia, de la expansión continua, el que todo se pueda convertir en dinero) tienen una traducción existencial ya que el capitalismo promete satisfacer algo que, en realidad, no puede, como el anhelo de infinitud que define la vida humana (Christian Arnsperger, Critique de l’existence capitaliste. Pour une éthique existentielle de l’économie, 2005). Uno de los protagonistas de la película se libera del miedo a perder (trabajo, ingresos, futuro tranquilo…), miedo que el mismo sistema alimenta, miedo que impide vivir en plenitud al amputar y moldear deseos humanos fundamentales.
Esta última referencia nos abre a otra perspectiva. El mal tiene sus víctimas directas en el ámbito de la violencia y de los sistemas de dominación. Pero el mal también deja huella en el interior de las personas empobreciendo su desarrollo o llevando a considerar al otro como enemigo.
Daños interiores: ver al otro como enemigo
El mal es destructivo. Produce la pérdida de la integridad o de la reputación, la muerte de los cercanos, diversos traumas por abusos padecidos… Afrontar el mal sufrido puede ser muy difícil, y genera daños interiores que pueden afectar a la estructura psíquica y moral de la persona. Males que provocan otros males. Veamos tres: el aislamiento defensivo, la venganza y el envilecimiento.
Los ambientes hostiles favorecen la tendencia a replegarse o a construir comunidades cerradas. El bosque (M. Night Shyamalan, 2004) es una película sobre una comunidad formada por personas que han sufrido muchas pérdidas a causa de la violencia. Es una fábula que puede simbolizar también el rechazo y el miedo a todo lo moderno, considerado como fuente principal de los males. Para escapar de ello, pretenden organizar una sociedad pura y sin contacto con el exterior. Pero las enfermedades existen, y la violencia entre ellos se hace presente. La defensa contra el mal “exterior” no protege del mal “interior”, y el aislamiento de las comunidades es una actitud defensiva que refleja nuestra impotencia ante el mal.
El cine también describe el afán de venganza como respuesta al mal sufrido. Un mal que causa mucho sufrimiento, por ejemplo, es la humillación, resorte dramático de otra gran película, La huella (J. L. Mankiewicz, 1972; reflexión aquí). Los sucesivos juegos de humillación entre los protagonistas son diversos ultrajes que despiertan, sobre todo, vergüenza, al reducir la consideración de la persona a uno de sus rasgos y tratarlo como motivo de burla. La humillación sufrida alimenta la venganza en los protagonistas, aquel mal con el que se quiere destruir aquello que ha causado el mal sufrido, lo que expresa la lógica propia del mal.
Aunque sabemos que la venganza perpetúa el mal, a veces se considera justificada ya que conserva una cierta lógica de equivalencia propia de la justicia. El inocente sufre un mal y busca la venganza: la destrucción del “malo”, buscando su ruina, la vergüenza pública o su muerte… El cine se hace eco de esta arraigada convicción, lo que, unido a la dinámica de empatía que los espectadores establecemos con el “héroe”, nos lleva a disfrutar del mal ajeno, por lo menos en la ficción, algo que merece ser tenido en cuenta en una reflexión sobre el mal en el cine. Si, además, la venganza es ingeniosa y no especialmente cruel, pasamos un muy buen rato, como en El golpe (G. Roy Hill, 1973).

Tanto en el aislamiento como en la venganza, las víctimas de la violencia tienden a ver al otro como enemigo del que defenderse o al que atacar. Esto ocurre también en otra respuesta al mal sufrido, el envilecimiento, que proviene de vivir con una fuerte sensación de inseguridad y vulnerabilidad, sentimientos muy ligados al miedo que se va interiorizando. Vergüenza (Bergman,1968; reflexión aquí) es una película bélica que se centra en este proceso de envilecimiento, de deterioro moral de los dos protagonistas. El interés de Bergman se centra en describir cómo les afecta la guerra, el miedo que va invadiendo su ánimo. La guerra saca lo peor de algunos que se convierten en enemigos de sus propios vecinos: aparece la crueldad que expresa la ruptura de vínculos, el crecimiento de la desconfianza en la que se ve al otro como “lobo” que amenaza la vida y que compite por los escasos bienes en esa situación de guerra; aparece el hacer favores indebidos a quien puede beneficiar con privilegios que salvan de la muerte…
Todo ello nos transmite la idea de que la condición humana no puede escapar del mal, pues este hecho se presenta como inextirpable que anida en lo profundo del corazón humano.
El mal que deforma el corazón
Un paso más en el análisis de ese mal que anida en el interior: el mal de aquel corazón que ya no es capaz de acoger el don porque es ciego al bien. Un ejemplo sobresaliente de este mal interior es Dogville (Lars von Trier, 2003; reflexión aquí). La historia está situada en un lugar impreciso de Estados Unidos en la época posterior a la crisis del 29, aunque, dado su claro carácter alegórico, remite a la condición humana en general. Una pequeña comunidad de personas con muy pocos recursos acoge a una fugitiva que escapa de los gángsters. En señal de agradecimiento, ella colabora en sus quehaceres, labor con la que mejora las vidas de muchos vecinos. Pero el tenerla refugiada es un peligro creciente. Es más “caro” convivir con ella y se cobran el favor, creyendo que están en su derecho, hasta el punto de abusar de ella de modo brutal. Los vecinos manifiestan su enorme egoísmo y la ausencia de sentido moral. El único criterio sobre lo bueno y lo malo es la decisión del grupo que busca su propia conveniencia. No tienen sensibilidad para ver el carácter de regalo, presente en muchas ocasiones en quienes les rodean. Como efecto triste de esta pérdida, el olvido de que haya un don que pueda colmarnos, como tan acertadamente describió Marcel la estructura existencial humana.
Otro buen ejemplo es Trono de sangre (A. Kurosawa, 1957; reflexión aquí), basada en Macbeth, la célebre obra de Shakespeare. La desmesura de su anhelo de poder oscurece su conciencia hasta perder la sensibilidad moral.
Conclusión
La presentación que el cine hace del mal está muy marcada por su estructura formal/argumental. Cuando predomina su condición de espectáculo, estiliza la violencia. Cuando enmarca el mal en un combate del que sale siempre perdedor, le quita dramatismo y lo hace soportable, incluso entretenido. Pero el cine también se encarga de mostrar las facetas y la profundidad antropológica de esta realidad, la mezquindad y bajeza del corazón humano, dando la posibilidad de enriquecer nuestra reflexión y nuestra experiencia a través de la ficción que explora la compleja realidad humana.



