Las flores de la guerra es una película dirigida en 2011 por Zhang Yimou. El director chino más reconocido en Occidente por películas como Sorgo rojo (1987), La linterna roja (1991; reflexión aquí), La casa de las dagas voladoras (2004), Un segundo (2020; reflexión, junto a otras dos, aquí), entre otras muchas de su extensa filmografía. Las flores de la guerra está basada en la novela de Geling Yan, autora de origen chino y nacionalizada estadounidense, Las trece mujeres de Nanjing. Christian Bale (John, un trabajador de una funeraria) o Ni Ni (Yo Mo, en el papel de prostituta) son dos nombres de un extenso elenco.

En su personal revisión de la historia de la China del siglo XX presente en muchas de sus obras, Yimou se ocupa esta vez de una de las heridas más profundas de la sociedad china: la masacre de Nanking, también conocida como la violación de Nanking, el “holocausto olvidado”, que a día de hoy entorpece las relaciones con Japón dado que este no reconoce abiertamente estos hechos criminales. Esta masacre se enmarca en la segunda guerra chino-japonesa (1937-1945) en la que Japón invadió China, y que llegó a formar parte de la Segunda Guerra Mundial.
John, americano, trabaja maquillando cadáveres en una funeraria. Está en Nanking y va a preparar al párroco muerto de un convento católico, refugio reconocido con la Cruz Roja en el patio. Son los caóticos momentos iniciales de la guerra en los que el ejército japonés lucha contra un ejército chino que cuenta con muchos menos efectivos. John se refugia en el recinto junto a un grupo de alumnas adolescentes, al que también entran un grupo de prostitutas (las 13 mujeres del título de la novela). Vividor y cínico, se convierte en protector de las chicas al ver el intento de violación por parte de los soldados japoneses que entran en el recinto, algo que contraviene su reconocido estatuto de refugio.
Yimou no oculta el mal, no oculta lo atroz de los hechos, el horror. Pero es capaz de tener una mirada humanista, así como una delicadeza y capacidad de intimismo grandes con las que muestra la nobleza de los actos heroicos de muchas de sus protagonistas. Todo ello convierte esta película en un gran ejemplo de los extremos del mal y del bien de los que somos capaces los seres humanos. (En este comentario sí adelantaré importantes fragmentos de la historia).
El mal: la pérdida de sentido de lo humano
La masacre de Nankín comenzó el 13 de diciembre de 1937 y se prolongó durante 42 días de horror. Los soldados recibieron la orden de matar a todos los prisioneros y ciudadanos. Se calcula que murieron unos 300.000 civiles y soldados chinos, y que 20.000 mujeres fueron violadas. En total, en esta guerra, aunque hay disparidad de cifras de lo que es imposible de cuantificar con rigor, se calcula que el ejército japonés fue responsable de la violación de entre 80.000 y 200.000 mujeres. Muchas de ellas fueron obligadas a trabajar en burdeles, considerándolas con el vejatorio término de “mujeres de confort”. En los Juicios de Tokyo de 1948, el paralelo asiático de los Juicios de Nuremberg de 1947, estos hechos fueron tenidos en cuenta pero no se juzgó a personas particulares por las violaciones. De hecho, no fue hasta 1993 cuando Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia consideró la violencia sexual como crimen de guerra.

¿Cómo es posible esto? ¿Cómo es capaz el corazón humano de justificar y realizar estos crímenes? Llama mucho la atención el hecho de que personas que antes de la guerra serían, en su gran mayoría, gente normal con vigencias morales, cuando están en la guerra puedan llegar a convertirse en criminales. En esta página he dedicado algunas reflexiones a los alemanes, soldados y civiles, que colaboraron en el régimen criminal del Holocausto, con comentarios a partir de la película Vencedores o vencidos (S. Kramer, 1961; reflexión aquí) o Hannah Arendt (M. von Trotta, 2012; reflexión aquí); también respecto a los sudafricanos blancos que favorecieron el mantenimiento del apartheid. Un país en África (J. Boorman, 2004; reflexión aquí) e Invictus (C. Eastwood, 2008; reflexión aquí) son buenos ejemplos.
La palabra “bruto” hacía referencia en la época antigua latina a lo pesado y torpe, características propias de algunos animales. El término se aplicó con posterioridad a algunos seres humanos. Posteriormente se asoció el ser bruto con la barbarie, lo opuesto a la civilización, transmitiendo así la idea de contraposición entre racional y bruto, algo que se mantiene en las acepciones del diccionario actual de la RAE. Con “brutal” y “brutalidad” se añaden significados referentes a la violencia excesiva, “salvaje” decimos también. Irracionalidad y violencia cruel parecen ser, por lo tanto, señas distintivas de estos tipos de comportamiento. Se afirma, no sin debates, que en los casos de soldados en guerra se han producido procesos intensos de brutalización, término que popularizó G. L. Mosse en 1990, en sus análisis sobre los efectos de la Primera Guerra Mundial. Creo que es un buen término para describir, por ejemplo, esos crueles procesos de secuestrar a niños y convertirlos en soldados venciendo el natural rechazo a matar que les caracteriza.

Gracias a Dios yo no he combatido en una guerra, ni he sufrido sus consecuencias directas. Ser soldado en guerra no debe ser tarea fácil. Luchar, lo que muchas veces es buscar la muerte del enemigo, es una práctica que se opone a las normas vigentes en las sociedades en tiempos de paz en las que matar, salvo en legítima defensa, es un crimen. Por otro lado, desobedecer órdenes directas de los superiores es algo que solo estará permitido en circunstancias muy especiales. Si los superiores ordenan actos claramente crueles e injustos, estaría justificada la desobediencia aunque los que así actuasen se expondrán a castigos diversos y graves. Senderos de gloria (S. Kubrick, 1957) o La delgada línea roja (T. Malick, 1998; reflexión aquí) abordan esta cuestión. Todo ello puede estar acompañado de largos procesos de propaganda con la que los dirigentes quieren convencer a los ciudadanos del carácter no plenamente humano de algunos conciudadanos o de ciudadanos de otros países.
A través de complejos mecanismos se van fraguando justificaciones y procesos de brutalización, de envilecimiento, que tienen en el fondo, creo que no puede ser de otra manera, la no consideración del enemigo como persona, como humano igual a él. Solo si al otro, al que ya se ve bajo la categoría de enemigo, no lo consideramos como plenamente humano, estaría para algunos “justificado” matar de manera cruel, matar de manera arbitraria, buscando un bien mayor: la victoria, la “limpieza”, la supuesta restauración de un honor perdido en una guerra anterior… Siempre habrá personas a las que les repugne moralmente obedecer este tipo de órdenes, pero tiene que ser difícil mantener la clarividencia además de la fortaleza necesaria para afrontar las consecuencias de la desobediencia. La brutalización designaría ese proceso por el cual perderíamos clarividencia racional actuando de manera cruel por el solo hecho de poder hacerlo.
Si se crea un sistema de dominación total en el que los enemigos son “material” del cual poder disponer de manera arbitraria, la siempre mencionada hybris del poder, el orgullo propio del poder sobre otros, eclipsa la conciencia. En estas ocasiones, la potencia de las dinámicas de civilización parecen muy frágiles. Lo que tanto ha costado conseguir parece derrumbarse con facilidad.
¿Cómo es posible justificar la superlativa respuesta desproporcionada actual de Israel contra el pueblo de Gaza tras los brutales actos terroristas que sufrieron? Perder el sentido de proporción al estar dominados por el espíritu de la venganza es una consecuencia del eclipse del sentido de lo humano, algo de lo que también los terroristas de todo tipo participan.
En el caso de esta película, de la guerra y masacre en la que se enmarca, además de la matanza de civiles, horroriza la masiva violación y sometimiento de las mujeres. También, desgraciadamente, habrá pasado siempre, pero este caso destaca por el carácter sistemático y numeroso, brutal. Yimou no se detiene ni se recrea en imágenes duras. Lo muestra, pero sin detenerse en ello, lo cual es de agradecer. El sometimiento y dominación totales de una persona que esta práctica realiza, nos muestra el abismo de maldad del que es capaz el ser humano. Considerar a la mujer como un mero objeto de uso y no importar el sufrimiento que saben que está causando hablan de que algo que define al ser humano está roto en el que actúa de esta manera. Es en el culpable en quien el sentido de lo humano se quiebra y oscurece. Pensar, algo que debemos hacer, que estos criminales siguen siendo personas dotadas de una dignidad inalienable se convierte en algo muy difícil, incluso en situación de serenidad.
Creerse con derecho a someter, incluso creer que someter es una especie de deber, habla de la inversión de la vida moral que ha sido posibilitada por la misma propaganda y la manipulación embrutecedora de las conciencias para convertir a los soldados en meras armas de guerra, en meros instrumentos.
El bien: el sentido de lo humano
Los protagonistas de la película encarnan el polo opuesto al actuar bien, con lealtad y con heroísmo. La película presenta dos bandos que se caracterizan también por su comportamiento moral. Puede parecer una presentación simplista. Puede ser que haya algo de esto ya que es inevitable que una película describa a los suyos como los buenos y a los enemigos como los malos. Pero la historia que se cuenta habla de víctimas indefensas que sufren la crueldad de quienes poseen la fuerza. Y en esa situación, las víctimas se ayudan entre sí. No creo que sea una descripción maniquea y simplista.
Dada la posibilidad de abusos en la guerra, desde siempre se ha querido poner freno jurídico-moral a los actos de guerra, algo que muchas veces fracasa. Los acuerdos en la época moderna nos resultan conocidos, como los convenios de Ginebra (1864, 1949, 1977) o de La Haya (1899, 1907). En Las flores de la guerra está presente esto: a los occidentales, a los refugios o centros reconocidos como tales se los respeta bastante aunque no deja de haber fuertes dificultades. Un gran obstáculo proviene de que en tiempo de guerra no se puede hacer cumplir la ley a los del bando opuesto.

Además de lo jurídico están esos comportamientos individuales o en red en los que se ayuda a personas que están siendo perseguidas con crueldad. La famosísima La lista de Schindler (S. Spielberg, 1993) ha convertido en un ejemplo paradigmático uno de estos casos. En el caso de China, en tiempos de esta segunda guerra, se recuerda, entre otros, al alemán John Rabe que dirigió a un grupo que llegó a ayudar de forma precaria a 250.000 ciudadanos chinos y acogió en su casa y terreno adyacente a más de 600 personas. También la misionera estadounidense Minnie Vautrin es reconocida: sus memorias inspiraron la novela que sirve de base a esta película.
Volviendo a la película. En el convento está un grupo de adolescentes al que cuida un chico que fue acogido por el párroco que murió. Un momento crítico es el intento de violación a las chicas por parte de los soldados japonenes, pero un soldado chino logra sacarlos y combatirlos. Un oficial japonés se disculpa y promete que no atacarán en el interior. En ese momento, el americano cambia de actitud: de querer cobrar y beber el alcohol que encuentra, busca salvarlas a toda costa. Se viste con la sotana del párroco y con su situación ventajosa, por occidental y clérigo, va ayudando. Y lo más excelente: el grupo de prostitutas que se refugia en plena batalla se ofrecerá a sustituir a las chicas en una salida que seguramente les costaría incluso la vida, junto al chico que las protegía.
Este grupo de chicas, su integridad y el poder ser salvadas de la atrocidad, se convierte en esos momentos en símbolo de lo valioso como tal. Es aquello que da sentido a la lucha del soldado chino mencionado, como él mismo dice. Este grupo es aquello por lo que arriesga su vida el americano, pudiendo en un momento huir de la ciudad de Nanking. Y, sobre todo, son lo valioso, por lo que ofrecen su integridad y vida el grupo de prostitutas.
Lo puro hace referencia a lo no mezclado con otra cosa (pura alegría, aire puro o la famosa Crítica de la razón pura). “Puro” es también nombre de lo íntegro, lo nítido y limpio, en definitiva, de lo valioso como tal. Además de ser cualidad de algo real, la pureza puede ser ingrediente de las intenciones que rigen nuestros actos. Por ejemplo: si ayudo a los demás, lo haré por los demás, no para conseguir una ventaja. En este sentido, una intención pura sería una intención desinteresada.
Las adolescentes simbolizan y encarnan lo mejor de la humanidad, la humanidad pura, no maleada. Se convierten en un bien por el que merece arriesgar la vida para salvarlas de la amenaza ominosa de su vejación y sufrimiento. El sentido de lo humano, en oposición a la brutalización mencionada, se manifiesta con fuerza en las adolescentes. Pero no solo ellas manifiestan el sentido de lo humano. Lo harán, y con fuerza, el resto, cuyo comportamiento heroico les lleva a arriesgar su integridad por defenderlas.
Es común, por ejemplo, considerar a la niñez como emblema de lo puro definida por la mirada limpia, la ilusión y todo un futuro por vivir. Los niños son, además, el emblema de la fragilidad. Por ese bien puro y frágil los mayores se arriesgan en todas partes y siempre. Eso es lo que pasa en esta película. Ese bien puro y frágil que está bajo grave peligro es aquel tipo de bien por el que merece la pena arriesgarse, incluso muriendo en el intento.



