En esta segunda entrada continúo con las reflexiones sobre algunas de las iniciativas que llevaron a cabo en Sudáfrica tras terminar el apartheid, una vez que Nelson Mandela llegó al poder (la anterior, aquí). En esa primera entrada hablaba de la audaz iniciativa de la Comisión para la Verdad y Reconciliación. No ha sido la única Comisión en estas décadas. Muchos países las crearon, aunque el caso de Sudáfrica llamó mucho la atención.
El mal desproporcionado e irracional
En la película Un país en África, queda clara la presencia de la crueldad en el uso de la fuerza. ¿Por qué ese exceso?
¿Por qué derribaron los árboles? Díganme por qué y podré perdonarlos.
Esta frase expresa de manera clara en la película el abuso de la fuerza, la aparición de la crueldad. No podemos establecer con claridad qué mal es cruel y cuál no. En el contexto del testimonio en el que se dicen estas palabras, el personaje transmite su incomprensión. En realidad, ningún tipo de mal se entiende del todo. Pero, como siempre, hay grados. Por qué la crueldad, por qué el exceso. Llevados por la hybris del poder, por la arrogancia desmedida, muchos victimarios creían no tener ningún límite en el uso de la fuerza. A muchos les pareció que todo estaba permitido.
¿Se puede violar con fines políticos?
En una comida con sus familiares, Alma les espeta con esta pregunta una vez que ha sabido que ese tipo de cosas ocurría. Ellos lo intentan justificar afirmando que es un modo de sacar información a los terroristas; justifican estos hechos con su silencio incómodo, dando a entender que es algo malo, pero a veces algo “necesario”.
Langston Whitfield (Samuel L. Jackson), el periodista del The Washington Post, entrevista al máximo responsable policial, entrevista que va jalonando la película. Él sí irá a un juicio penal. Pero para su sorpresa, la finalidad política de sus actos no justifica la amnistía y será condenado por esa crueldad excesiva que va más allá del cometido político encomendado. El personaje parece creerse inocente con los manidos argumentos: cumplía órdenes, él que no tenía “nada contra los negros”. Aunque es muy difícil, podemos imaginar que creemos que él se creía esas razones hasta llegar a afirmar:
No soy un criminal… soy un fiel servidor.
¿Cómo se puede perder hasta ese extremo la sensibilidad moral? Esa distinción tan neta entre nosotros y ellos, que el apartheid realizó de manera tan radical, conlleva la corrupción de la percepción del carácter personal del otro. Hay un no ver con claridad el carácter humano del otro. A su vez, tuvo que darse el ver la vida social según las categorías de amigo/enemigo: el otro además de ser de otro grupo, era percibido como enemigo, una amenaza a la integridad vital, al estatus.
Todo esto recuerda con facilidad a los argumentos de los nazis, de los ejecutores que cumplían órdenes. Vienen a la cabeza los famosos análisis que realizó Hannah Arendt del juicio a Eichmann y que quedaron recogidos en el libro Eichmann en Jerusalén. Ensayo sobre la banalidad del mal publicado en 1963. Aunque el subtítulo fue, y es, algo debatido, creo que es expresivo de algo que puede ocurrir: perder la sensibilidad moral, hacer dejación de la capacidad de juicio moral al asumir una posición sumisa, una capacidad empobrecida por una actitud de obediencia que no cuestiona las órdenes, las situaciones.
En la vida en general y en la vida política en particular, es necesario el establecimiento de límites al uso del poder sobre otros dada la posibilidad tan alta de abusos. Límites legales que sean expresión jurídica de límites morales, sistemas de supervisión del uso de la fuerza, etc.
Invictus (2009): inspiración
Invictus es una película muy agradable de ver. Cuenta con maestría un intento complementario al visto hasta ahora. Aquí sí aparece el presidente Mandela como personaje principal, y destaca su capacidad de liderazgo basada, sobre todo, en el saber hacer ver la importancia de los fines perseguidos, la reconciliación nacional de manera destacada en esta ocasión, así como el saber sacar de los demás lo mejor de sí mismos.
Invictus es una película del año 2009, dirigida por Clint Eastwood, cuyo guion está basado en el libro del periodista John Carlin, El factor humano, de 2008. El título de la película proviene del que se puso a un poema de 1875 de W. E. Henley que Mandela recitaba en prisión y que aparece varias veces en la película. Sus últimos versos son:
No me importa cuán estrecha sea la puerta,
ni cuán larga la lista de amenazas.
Soy el dueño de mi propio destino,
soy el capitán de mi alma.
La historia se centra en la labor de Nelson Mandela, que no aparece en la película anterior. Tras alcanzar la presidencia de Sudáfrica en 1994, actúa de manera decidida para convertir la Copa del Mundo de Rugby de 1995 que se celebraba en su país, en un acontecimiento nacional que contribuyese a la reconciliación entre negros y blancos. Esta selección, una de las mejores del mundo en esa época, conocida como los springboks, estuvo excluida de esta competición en ediciones anteriores como respuesta al apartheid. Con este juego y su selección se identificaban los blancos, mientras que los negros lo hacían con el fútbol. De hecho, al comienzo del campeonato, estos apoyan a los rivales de la selección sudafricana.

El presidente Mandela, encarnado por Morgan Freeman en la película, demostró una grandísima capacidad motivadora para que los implicados deseasen alcanzar lo que, estando en realidad a su alcance con esfuerzo, no creían posible. Para ello fue esencial la relación personal con el capitán de la selección François Pienaar (Matt Damon). En una escena central en la que ambos conversan, el presidente le indica al jugador su labor como capitán de cara a alcanzar el máximo resultado deportivo posible, algo que ayudará a unir a la población, verdadera y explícita finalidad por él perseguida. El capitán debe inspirar a sus jugadores como el presidente hace con él.
¿Cómo lograr que sean mejores de lo que ellos mismos creen ser? (…) Inspiración.
Invictus es una película inspiradora ya que transmite al espectador el deseo de hacer mejor las cosas, de querer crecer. Aquello que han vivido los personajes, ese crecer y dar lo mejor de sí para alcanzar un ideal noble, se muestra como algo atractivo para cada uno. Luchar por lo valioso, por mejorar en la propia vida, por hacer mejor la vida de otros, por contribuir en empresas comunes, es algo atractivo y que conecta con un deseo fundamental.
Matar a un ruiseñor (R. Mulligan, 1962; aquí), Un amigo extraordinario (M. Heller, 2019; aquí), El milagro de Ana Sullivan (A. Penn, 1962; aquí), Educando a Rita (L. Gilbert, 1983; aquí), son buenos ejemplos de historias que inspiran, que mueven a desear ser mejor, a crecer. Ese estímulo que proviene de fuera de nosotros mismos conecta con el deseo de ser mejor, que es un deseo humano fundamental. El arte de motivar es un arte educativo tan noble como difícil ya que este deseo general de mejora se tiene que concretar en un proyecto concreto, con unos recursos particulares, con unas expectativas y confianza en uno mismo que son tremendamente variables.
Ubuntu
En la película Un país en África aparece a menudo la referencia al término ubuntu, palabra de origen bantú (lenguas zulú y xhosa) de difícil traducción. La noción de ubuntu apela a la idea de humanidad, al compartir todos la suerte de los demás. Ubuntu hace referencia a todo aquello que nos liga y une a los otros manifestando así el carácter esencialmente interdependiente del ser humano. Yo no soy sin los demás. O sea, justo lo contrario que el apartheid.

Esta noción de ubuntu llegó a jugar un papel de referencia de la propia Constitución que se estaba elaborando esos años. Un Tribunal Constitucional debía velar porque el texto de la nueva Constitución fuese conforme a ese parámetro. Esta práctica no se aleja de las referencias de otras constituciones modernas a la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 o a referencias genéricas como la de la tradición cultural del país en las que los valores morales y religiosos han configurado grandes porciones de la cultura. La referencia a un principio supraconstitucional en la misma Constitución habla de que esta Constitución, referencia de base de las leyes vigentes de un país, no es fundamento total del corpus legislativo.
Como afirmaba Desmond Tutu, era necesario reconducir la rabia y el deseo de venganza hacia la reconciliación nacional. Todos, también los culpables, tenían un papel para alcanzar la armonía social. Dijo Nelson Mandela en el Discurso de aceptación del Premio Nobel (1993):
Reconocieron que un ataque contra uno es un ataque contra todos y, por lo tanto, actuaron juntos en defensa de la justicia y la decencia humana común.
Esta frase recoge esta convicción: somos interdependientes. Por lo tanto, compartimos la responsabilidad y el deber de trabajar juntos para superar las injusticias.
Para una visión individualista como la que domina en occidente desde hace muchas décadas, está referencia tan fuerte a la interdependencia nos puede sonar extraña. Forma parte de nuestra tradición el considerar al ser humano como un “ser social por naturaleza”, lo cual no es una tesis individualista, ciertamente. Y en el siglo XX, una poderosa y atractiva corriente de pensamiento, el personalismo, elevó la referencia al otro como algo constitutivo de nuestra identidad personal a categoría suprema. Buber y el principio dialógico o Mounier con su personalismo comunitario, se acercan más a esta concepción tan fuerte de la interdependencia que señala la doctrina ubuntu.
Esta doctrina sirvió para fundamentar en la población negra esa llamada a la reconciliación. En la película Un país en África, la protagonista parece conocer bien y compartir esta doctrina. Parece, por lo tanto, una doctrina que no resultaba extraña a muchas de las personas de raza blanca, aunque está claro que la habían olvidado en la práctica.
Final
Estas películas y, sobre todo, estos acontecimientos, son esperanzadores de cara a considerar nuestra condición humana. Muestran que la bondad es más originaria que el mal en el corazón humano, una bondad a la que se puede apelar y que se manifiesta en esa voluntad de armonía, en ese deseo de ser mejor que hemos mencionado. Luchar juntos por la paz es una de las acciones políticas más nobles aunque, muchas veces, también una de las más difíciles.



