Un país en África (2004) e Invictus (2009) son dos películas muy interesantes para ver y conocer la situación de Sudáfrica después del apartheid. La primera la da a conocer a través de los testimonios de víctimas y victimarios, y también según la mirada de dos periodistas, uno norteamericano y otra afrikáner. Aunque han pasado casi veinte años de la película, sigue siendo aleccionador conocer ese proceso. La segunda, Invictus, es más agradable, más amable. Cuenta también algo real y nos da a conocer un rasgo muy importante del liderazgo de Nelson Mandela, un liderazgo motivador. Todas estas iniciativas estaban al servicio de una finalidad difícil y necesaria: la reconciliación.
Un país en África (“In my country”) es una película británica de 2004 dirigida por John Boorman en la que se narran parte de los trabajos de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica creada una vez que Nelson Mandela es ya presidente del país. Los protagonistas de la película son Anna Malan (Juliette Binoche), poeta afrikáner que elabora breves crónicas radiofónicas de las audiencias públicas, y Langston Whitfield (Samuel L. Jackson), periodista del The Washington Post que entrevistará a De Jager, máximo responsable policial, (interpretado por Brendan Gleeson). Junto a un numeroso grupo de periodistas viajan a lo largo del país para asistir a las diferentes sesiones públicas en las que las víctimas narran los hechos atroces sufridos durante el régimen del apartheid delante de los victimarios, quienes están allí para reconocer públicamente el mal hecho. El guion, de Ann Peacock, está basado en el libro de Antjie Krog, Country of my skull de 2002.
La Comisión fue creada en 1995 con el propósito último de perseguir y alcanzar la reconciliación entre los ciudadanos de Sudáfrica tras décadas de apartheid, un sistema de segregación racial que además de imponer la separación tajante entre negros y blancos, persiguió, encarceló, secuestró, violó y asesinó. Este régimen, también impuesto en Namibia, fue instaurado en 1948 y llegó a ser tipificado jurídicamente como crimen contra la humanidad. Los hechos sometidos a examen son los ocurridos entre el 1 de marzo de 1960 (masacre de Shaperville) y el 10 de mayo de 1994 (juramento de Nelson Mandela como presidente). Los responsables fueron integrantes de las fuerzas de seguridad del Estado aunque también se investigaron actos cometidos por la resistencia armada del Congreso Nacional Africano (ANC). De las 90.000 personas que presentaron una queja al Comité de violaciones de derechos humanos de la Comisión, cerca de 22.000 fueron reconocidas como víctimas con derecho a reparaciones. Los trabajos de la Comisión, encabezada por el obispo anglicano Desmond Tutu, estaban presididos por un importante lema:
Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón.
La película narra muchos de los testimonios de víctimas en audiencias públicas presididas por un comité cuyos miembros pueden hacer preguntas. Al relato de los daños sufridos por las víctimas le sigue el reconocimiento público del mal hecho por parte de los victimarios. No es un juicio penal, sino una vista pública que investiga hechos pasados y en la que tiene que quedar claro que los hechos ocurrieron y que los victimarios actuaron por motivos políticos. Si todo esto se demuestra, los culpables podrían conseguir la amnistía. El Comité de Amnistía de la Comisión otorgó algo más de 1000 amnistías individualizadas (no se contemplaba la amnistía general) que podían ser, a su vez, parciales: se podían amnistiar algunos actos, pero no todos, del mismo agente. Estas singulares amnistías no borraban el crimen sino, al contrario, solo podían alcanzarse tras expresar públicamente el mal hecho, tras quedar esclarecida la verdad.
Según los estudiosos, el tercer Comité, el de las Reparaciones y Rehabilitación fue el menos efectivo, el que más problemas tuvo para cumplir sus objetivos. Todo los trabajos condujeron a la elaboración de un Informe que, en su primera edición de 1998 presentada al presidente Mandela, ocupaba siete gruesos volúmenes.
Justicia restaurativa
En las últimas décadas han desarrollado sus labores diferentes comisiones de la verdad en diferentes países (un resumen esquemático de las diferentes comisiones realizado por Priscilla Hayner en 2006 está disponible en la red). Las sociedades que han vivido situaciones estructurales conflictivas, muchas veces con violencia perpetrada por las fuerzas policiales, se tienen que plantear la convivencia pacífica posterior donde víctimas y victimarios conviven. Hacer justicia en esas situaciones, evitando en lo posible la fracturación completa de un país, es una finalidad genérica de estas comisiones.

Con la aparición de estas prácticas sociopolíticas aparece en la escena política la temática del perdón, algo que se consideraba propio de la esfera privada, de las relaciones cortas entre personas. Diferentes gobernantes han pedido perdón por las culpas del pasado y/o han promovido diversas prácticas en las que hacen real y presente socialmente el perdón de las víctimas con vistas a lograr la reconciliación entre los ciudadanos de un todo social.
Se abre así el espacio para la llamada “justicia restaurativa” que tiene como cometido la restauración de las relaciones sociales dañadas, también llamada, a veces, “justicia transicional”, en referencia a las prácticas sociales realizadas en períodos de transición sociopolítica (puede verse un buen estudio de Xabier Etxeberria de toda esta problemática aquí). Una idea directriz presente en estas propuestas es que la restauración no se podrá lograr solo con la justicia punitiva, aquella que define los delitos, los juzga y propone los castigos. Este es el tipo de justicia, necesaria y siempre presente en la historia, al que estamos más acostumbrados.
Diversas comisiones, y la Comisión de Sudáfrica en concreto, llevaban por nombre “para la Verdad y la Reconciliación”, dando a entender que para que haya reconciliación debe haber verdad, que solo a través de la verdad puede haber reconciliación. Y unido a la reconciliación, el mencionado tema del perdón: solo con el perdón puede haber reconciliación. Las propuestas de justicia restaurativa de este tipo exigen la presencia de tres valores muy altos para alcanzar una situación de justicia que los gobiernos y ciudadanos deben querer perseguir:
- La verdad sobre los hechos.
- La reconciliación querida por la mayoría que luchará por alcanzarla trabajando para que no domine la actitud de revancha.
- La promoción, sin exigirlo, del perdón de las víctimas hacia los victimarios y el no ver la amnistía como algo radicalmente injusto.
La fuerza de la verdad
Un país en África sigue las audiencias públicas de víctimas y victimarios. En la película queda muy presente el tema y la importancia de la verdad en diversas facetas de cara a la finalidad pretendida de la reconciliación. Muchos, empezando por Nelson Mandela y Desmon Tutu, tenían muy claro que no habría futuro sin reconciliación, y que esta no sería posible, ni acercarse siquiera, sin que todos conociesen la verdad de lo que sucedió. Para empezar de nuevo había que hacer memoria del pasado, ejercicio de justicia sin la cual no habría paz.
Por un lado, el hecho de declarar públicamente es ya una experiencia de la verdad. El personaje del Monseñor que aparece en la película y que preside el Comité en estas audiencias dice:
Salvamos a las víctimas de la muerte del olvido.
Decir la verdad es sacar a la luz, desocultar algo que tenía el peligro de estar tapado y, por lo tanto, de ser olvidado. Los testigos que narran sus penalidades iban con las mejores galas a esas audiencias. Ese testimonio era un acto noble, importante, un acto con el que su dignidad era, por fin, debidamente reconocida. No solo se trataba de que sus vecinos supiesen lo que había pasado. Seguramente, muchos lo sabrían. Para eso juega un papel muy importante que la audiencia fuera pública así como la presencia de los medios de comunicación que hicieron de altavoces necesarios a través de la prensa escrita, la radio y la televisión. La misma película, de otra manera, también ha servido para ello.
En segundo lugar, ir conociendo la verdad de lo que ocurrió, proceso para muchos doloroso. La sociedad civil blanca, los afrikáners, van dándose cuenta de la magnitud del horror, al salir a la luz, como dice Anna Malan:
La cara oculta de un proceso vergonzoso
Está bastante bien expresada la dialéctica, muchas veces presente en la historia, entre saber y no saber, cuando el no saber es no querer saber. “Si no me entero, no existe”. Un no querer saber presente en la sociedad civil blanca que ya fue expuesto en otras películas sobre el apartheid como Grita libertad (Richard Attenborough, 1987) o Una árida estación blanca (E. Pelcy, 1989).
Esa ignorancia querida servía de legitimación social entre la población blanca. No se trataba solo de controlar los resortes del poder político y económico. Hacía falta, además, que no hubiese contestación interna a pesar de gozar de una situación privilegiada. Cuando los que no quieren saber se encuentran con la verdad manifiesta, una verdad vergonzosa como se dice, la conciencia de culpa y de responsabilidad aflora de manera intensa, como en el caso de Anna Malan y su hermano. Ella, asumiendo una responsabilidad reparadora al hacer pública esa situación, al pedir perdón. Él, no soportando la culpa y el oprobio, es quien dice:
Lo hice por nosotros, para que pudiéramos dormir tranquilos. (…) Tú lo sabías. Todos lo sabían.
En tercer lugar, el reconocimiento público de la culpa por parte de los victimarios. Queda claro en la película que la intención interior en ellos es un continuo entre el arrepentimiento sincero y el totalmente falso. Dada la posibilidad de alcanzar la amnistía, declarar la culpabilidad sin arrepentimiento era una posibilidad real. Una escena conmovedora de la película muestra el perdón de un niño al policía sinceramente arrepentido. Estas situaciones plantean preguntas sobre el perdón y la reconciliación.
Tenemos claro que el perdón es más difícil si el culpable no manifiesta arrepentimiento. Otra cuestión planteada es si cabe una verdadera reconciliación sin ese arrepentimiento. Normalmente admitimos que no hay reconciliación sin perdón. Pero, ¿y sin el arrepentimiento del culpable? La doblez manifestada por parte de algunos victimarios para conseguir la amnistía hace pensar que la restauración de la convivencia no se va a lograr, que la separación va a seguir existiendo, aunque este proceso promueva una parcial pacificación social. Eso es una ganancia, pero muestra que muchos de estos procesos tienden a un ideal que es irrealizable de manera acabada, que son utópicos. Aunque la finalidad pretendida no se alcanzó de manera total, trabajar por conquistarla trajo beneficios sociales verdaderos.
Que se conozca lo que pasó, que se reconozca la culpa. Este es el peso de la verdad que subrayan estos hechos narrados. La verdad tiene su propia fuerza, y sin ella, a pesar de las dificultades, no será posible acercarse a la reconciliación. Todo esto recuerda la propuesta de Gandhi quien hablaba de la “fuerza de la verdad” (Satyagraha, neologismo sánscrito creado por él mismo), cuyo complemento sería la no-violencia. La propuesta de Gandhi era activa, no un simple no hacer: un decidido ponerse en marcha en la lucha por el dominio de la verdad (puede verse una buena explicación aquí).
Un país en África muestra la importancia de la verdad en los procesos de reconciliación social. En este ámbito, dos de los personajes, Anna Malan y su madre, reconocerán de diferentes maneras la presencia de la mentira en sus vidas privadas, en sus relaciones personales. Enfrentarse a la verdad cuestiona otras dimensiones de la propia vida al sentirse personalmente interpeladas. Como dice la madre, quien reconoce que la mentira se llevó algo importante de su identidad:
No más mentiras.
Continuaré estas reflexiones en la próxima entrada.



