“Roma, ciudad abierta” (1945), una película humanista

Roma, ciudad abierta (“Roma, città aperta”) es una película de 1945 dirigida por Roberto Rossellini, quien también dirigió, entre otras películas, Alemania, año cero (1948), Stromboli (1950, reflexión aquí) o Te querré siempre (1954). La historia se desarrolla en Roma durante la ocupación nazi, que tuvo lugar entre 1943 y 1944.  Transcribo este texto (cita tomada de aquí) que explica muy bien el sentido del título:

La expresión “ciudad abierta” en su título hace referencia a las ciudades sin defensa ni objetivos militares, razón por la que los beligerantes debían abstenerse de ejercer la violencia bélica. Tal norma se veía reflejada en el cuarto Convenio de La Haya de 1907, relativo a los usos y costumbres de la guerra terrestre, que establecía la prohibición de atacar y bombardear por cualquier medio las ciudades indefensas (art. 25). Roma fue declarada –unilateralmente–  “ciudad abierta” entre el 8 de septiembre de 1943 y el 4 de junio de 1944. Por medio de esta declaración, se intentaba evitar la destrucción de su patrimonio artístico: además de ser la capital de Italia, también la presencia del Vaticano podía darle el privilegio de ser considerada “ciudad Santa”. Sin embargo, siendo un punto neurálgico de la Segunda Guerra Mundial y el centro de la ocupación alemana, fue bombardeada tanto por los Aliados como por los nazifascistas. Así que, antes de la liberación con la entrada en la capital de las fuerzas aliadas, que tuvo lugar el 4 de junio de 1944, Roma sufrió más de cincuenta bombardeos entre enero y mayo de 1944.

Filmada en las mismas calles de Roma que evidencian la destrucción por la guerra que acababa de sufrir, esta película es considerada como la primera obra del neorrealismo italiano. La presencia de actores no profesionales que tenían margen de improvisación o la filmación de muchas escenas en exteriores, transmiten una fuerte impresión de naturalismo y realismo alejado de la representación tan medida de los estudios. Al ser una película tan cercana en el tiempo a los hechos descritos, y por su voluntad de veracidad, la película tiene un valor documental notable y reconocido. 

En el guion, que comenzaron a trabajar dos meses después de terminar la ocupación, intervinieron, además  del mismo Rossellini, Federico Fellini y Sergio Amidei. El relato, centrado en historias de miembros de la resistencia, describe la situación creada por la ocupación: la  escasez de bienes básicos (una de las primeras escenas es el asalto de la población a una panadería), la imposición violenta de las fuerzas de ocupación, la connivencia con los ocupantes de mandos policiales… Las historias principales están basadas en hechos reales: la historia de Teresa Gullace, que fue ametrallada en las calles (Pina en la película, interpretada por Anna Magnani), y los sacerdotes Pietro Papagayo y Giuseppe Morosini en los que se basa el personaje del cura Pietro Pellegrini (Aldo Fabrizi). Estos dos son los únicos actores profesionales de la película.

La categoría de enemigo

Hay muchas clases de males, como bien sabemos. La guerra, constante en la historia de la humanidad, es un mal mayor que aglutina muchas clases de males en su interior. La guerra es ocasión tanto para la crueldad como para el heroísmo en la defensa de personas y convicciones. Si las guerras, indeseables, fuesen solo batallas entre ejércitos que luchan en lugares destinados a eso (“campos de batalla”), el mal de la guerra sería mucho menor.

Como bien sabemos, la guerra afecta a la “población civil”, a la que se llama así porque no forman parte del ejército. El daño causado a la población siempre se dará, pero muchas veces ocurre que son objeto directo del uso destructivo de la fuerza: saqueo, bombardeos, mortandades por ejecución, formas de sometimiento muy variadas donde se llegan a extremos de cruel dominación…

¿Por qué, al tener el monopolio de la fuerza, aparece tantas veces la crueldad contra el enemigo? El carácter humano del enemigo queda en entredicho ya solo con la misma categoría de “enemigo”. En Roma, ciudad abierta, no hay muchos símbolos nazis, pero sí que aparece con fuerza la idea del ser de primera y de segunda, la convicción de la inferioridad ontológica de los no arios, lo que, inevitablemente, lleva a la idea de que no son del todo humanos. La superioridad ontológica justificaría, a sus ojos, el uso arbitrario de la fuerza. 

Parece ser una constante, más allá del racismo biologista nazi. El enemigo, por el hecho de serlo, ya es considerado inferior y, por lo tanto, eliminable. El enemigo no solo compite por un mismo bien en disputa sino que se quiere la eliminación del contrincante como forma de alcanzar ese bien. 

La problemática se agudiza si el enemigo es alguien que no combate. Eliminar a muchos no combatientes por el hecho de ser de los otros evidencia la debilidad, para los que detentan la fuerza, de la idea de lo humano como límite moral en situaciones de guerra. Por el hecho de poder hacerlo se creen con derecho a hacerlo, incluso sienten el deber de hacerlo.

Es la convicción de que todos son humanos, de que lo humano es lo valioso, de que, a pesar de poder ser enemigo, hay una igualdad de fondo que se comparte. Es esa convicción la que debería estar presente en situaciones de guerra y que serviría para evitar atrocidades. Si esa idea y esa valoración se pierden, se pierde el límite moral. El biologismo nazi introdujo una distinción neta entre humanos, de tal forma que muchos no eran considerados como tales.

El derecho en la guerra

Una manera de suplir la pobreza o la falta de conciencia moral, es introduciendo la idea de derecho en la guerra. Las leyes expresarían ese valor de lo humano que fortalecerían la misma convicción. Introducir el derecho en la guerra es un intento de recordar el carácter humano de los contendientes que debe quedar claro más allá del carácter de enemigo. 

El derecho vinculado a la guerra forma parte de nuestra tradición. La faceta más considerada es el “derecho a la guerra” (ius ad bellum): si un país tiene derecho o no a entrar en guerra, si la guerra es “justa”, si está justificada en algún sentido. Normalmente se considera que la guerra de agresión no está justificada moralmente, y sí lo está la de defensa proporcionada. Estos debates no son tan lejanos en el tiempo: la “guerra de Irak” (“la foto de Las Azores”) tuvo una contestación popular bastante internacional en las calles; sobre las actuales guerras en Ucrania y Gaza, la ciudadanía valora si están justificadas o no y hasta qué punto. También hay un derecho vinculado al “después de la guerra” (ius post bellum) que versaría sobre la reconstrucción, los tratados de paz… Y, en tercer lugar, el ius in bello, el derecho que debería regir en las acciones de guerra (puede verse aquí un poco más sobre este tema). A todos nos suenan los Convenios de La Haya, Ginebra… para el trato de prisioneros, uso de las armas etc. 

En Roma, ciudad abierta, sería esta tercera rama del derecho la que debería estar presente. Pero el derecho necesita de una institucionalización dotada de fuerza para hacerlo cumplir. En la guerra esto es, por definición, difícil, ya que, de facto,  no se reconoce un tribunal superior a los contendientes. Se trataría de un equilibrio de fuerzas, de contención mutua: nosotros tratamos con cierta dignidad a los prisioneros como también vosotros lo haréis; no usaremos tal tipo de armas y vosotros tampoco… Los hechos durante la guerra se pueden juzgar después de la guerra, sí, pero eso no ha servido de límite durante la guerra (recuérdense los conocidos Juicios de Nuremberg, 1945-1946).

En Roma, ciudad abierta, la muerte de los protagonistas está causada por una crueldad arbitraria. Se quiere causar terror en la población, favorecer la colaboración con los ocupantes… Crear una situación en la que el miedo y escasez sean una forma de sometimiento eficaz. La crueldad de la tortura y de las ejecuciones sin juicio previo son parte importante en esta película. Tristemente, sabemos que son prácticas perennes. 

Una película humanista

El mío quiere ser un mensaje de fe, de esperanza, de amor. Estas son virtudes estrechamente vinculadas entre sí, por lo que no se puede prescindir de una sin eliminar a las otras y viceversa. El mío quiere ser un llamamiento a la humanidad, para que crea en sus valores, y de aquí proceda hacia Dios (cita tomada de aquí).

Roberto Rossellini era un hombre de convicciones religiosas. Su motivación es religiosa, y por serlo, también humanista. Y en ese terreno se encontró con la visión comunista de uno de los guionistas, Sergio Amidei. Esta comunión de valoración está presente en la película en las personas del miembro de la resistencia torturado, el ingeniero Manfredi, comunista, y el cura Pietro Pellegrini que acabará fusilado. En la época de realización de la película, muchos juzgaban como incompatibles ambas visiones en todos sus aspectos. De hecho, esta es una de las razones por las que esta película tuvo muchas dificultades para su estreno en diferentes países, o sufrió cortes de censura.

El debate, que era un debate social, lo expresa el dirigente nazi responsable de los interrogatorios, a lo que el cura responde:

Yo soy un sacerdote católico y creo que quien combate por la justicia y la libertad camina por los caminos del Señor; y los caminos del Señor son infinitos.

Son palabras que expresan muy bien la idea presente en la película, una idea plenamente cristiana. 

Este humanismo compartido por el cristiano y el comunista, choca frontalmente con la paupérrima visión del nazi al mando.  A este se le contrapone otro alemán que duda de la supuesta superioridad aria, base de todo su entramado conceptual. La entereza moral, la fortaleza para resistir, el heroísmo, es la medida de lo humano que utiliza, sabiamente en realidad, este otro alemán para poner en duda las bases conceptuales del nazismo que consideraba la biología como medida humana. El heroísmo demostrado, capaz de arriesgar la vida, capaz de soportar el dolor, al creer que una verdad o el valor de la persona, merece el precio de una vida.

Ser objetivo sin ser neutral

Las películas las escriben y producen personas concretas, que pertenecen a países concretos, con una visión del ser humano y del mundo particulares… Cuando se narran conflictos bélicos, por ejemplo, si no están muy alejados en el tiempo y en el espacio, se ve con claridad que la perspectiva de la obra incluye juicio y valoración sobre la contienda. Las películas propagandísticas toman partido de una manera muy radical. Están al servicio de la propaganda. En períodos de guerra, juegan su papel como arma de guerra.

Sin llegar a la propaganda que desvirtúa la visión de las cosas, las películas de guerra pueden pretender ser objetivas aunque estén realizadas desde uno de los bandos. Ser objetivo es ser realista, lo cual significará ver las flaquezas en uno mismo, y la virtud en el enemigo. Es tener espíritu crítico, tener una mirada capaz de evaluar con esprit de finesse (como nos enseñó Pascal) las situaciones morales. Para ser objetivo hay que ser capaz de juzgar el mal como mal, aquel que va en contra de lo humano, lo cual muchas veces se ve con claridad. Es evidente que para detener o callar a Pina que grita detrás de un camión en marcha no hace falta ametrallarla.

La objetividad no proviene de la equidistancia moral que no quiere juzgar. La neutralidad sobre algunas cuestiones no es algo deseable. Para encontrar el sentido humano de las historias es necesario tener sentido de lo humano, lo cual conlleva ver que somos capaces de lo mejor y de lo peor. Pero “peor” y “mejor” son términos comparativos que suponen juzgar algo como tales. La neutralidad es algo propio de árbitros en los juegos de competición, de los diplomáticos que quieren favorecer procesos de paz, donde ser neutral es no ser parte de ninguno de los dos grupos que se se oponen.

Lo que está en juego en una película como esta es que todos formamos parte del mismo grupo: la humanidad. Lo que está en juego aquí es el sentido de lo humano. Y sobre eso no se puede ser neutral. De hecho, solo valorando lo humano, se puede mirar bien lo humano. Dado que somos racionales, podemos trascender nuestra propia forma de mirar las cosas, nuestros intereses en juego. No es fácil a veces, pero sí posible. Somos capaces, por ejemplo, de caer en la cuenta de que en algunas cuestiones, somos etnocentristas. Caer en la cuenta de ello, supone no estar encerrado en ese centro, requiere trascenderlo. El hombre supera infinitamente al hombre, como dijo, otra vez, Pascal. 

Roma, ciudad abierta, está escrita desde el punto de vista de los italianos, eso es evidente. Pero ser de uno de los bandos no imposibilita poder contar con objetividad. La frontera que separa la objetividad de la propaganda puede ser fina. Pero en este caso, no se cruza. La mirada de Rossellini es italiana pero, sobre todo, humana, y es, así, ella misma, un referente de lo que venimos diciendo.

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