“La voz a ti debida” (1933), de Pedro Salinas (1)

Pedro Salinas (1891-1951) es uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Encuadrado en la “Generación del 27”, escribió una obra literaria muy leída y valorada. Conocido por su obra poética, es también autor de obras de teatro y de estudios literarios, además de traductor (una biografía, aquí).

Presagios (1923) es su primer poemario publicado (comentario, aquí). A este le seguirán otros: Seguro azar (1929, ya comentado), Fábula y signo (1931, del cual analicé el poema Hallazgo). Los tres siguientes poemarios, La voz a ti debida (1933), Razón de amor (1936) y Largo lamento (1939), conforman una trilogía de poesía amorosa. Otros libros de poesía: El contemplado (1946), Todo más claro y otros poemas (1949) y, con carácter póstumo, Confianza (1952). Se han publicado poemas inéditos y varios epistolarios con posterioridad. 

La voz a ti debida, cuyo subtítulo es Poema, es un libro de un solo poema que consta de 70 piezas, fragmentos o secuencias sin numerar. Salinas toma el título de un verso de Garcilaso de la Vega que cita al principio (Égloga III). Para esta reflexión sigo la edición que realizó Monserrat Escartín para Cátedra (1999, 4ª ed.) que numera entre paréntesis las secuencias, así como los versos en una única numeración de principio a fin.

El conjunto, dotado de unidad narrativa, relata poéticamente una historia de amor, un enamoramiento traspasado por la distancia, los encuentros y la separación, creando un continuo juego de presencia y ausencia de la amada. Durante décadas se discutió si este libro tenía una base biográfica. Ahora sabemos que sí.  Pedro Salinas conoció a Katherine Reding (Whitmore de casada) en Santander en 1932 y mantuvieron una relación amorosa intensa. Salinas ya estaba casado, por lo que la relación entre ambos fue discreta y esporádica, lo que explica el continuo juego de presencias y ausencias ya mencionado.

En 2002 se publicaron en Tusquets las cartas que le escribió a su amada (“mi presencia de ausente”, carta 83) entre 1932 y 1947, en las que conocemos algo de su biografía y carácter, así como el proceso de creación de La voz a ti debida. Fue ella quien donó las cartas a la Universidad de Harvard en 1979, pudiéndose consultarlas a partir de 1999. De todas formas, el poemario no es un escrito autobiográfico literal. Ella misma dijo que su relación no fue del todo como Salinas la describe. 

La voz a ti debida es una recreación poética de una relación amorosa que utiliza, de manera actualizada, recursos poéticos de la tradición clásica española que él conocía muy bien. 

Hoy mi poesía, mi creación, mi obra, todo se cumple y se satisface en ti, por ti (carta 58). 

La referencia al tú como identidad del yo

Julián Marías, en un artículo publicado en 2001, describe este poemario como “lírica del vocativo”:

Salinas no habla de la mujer amada, sino a ella; es una lírica del vocativo; se trata de un amor «compartido», sea o no correspondido; la amada es próxima, siempre amiga, vivida en su concreción, rodeada de todo lo que está en torno suyo, que queda en cierto modo salvado y glorificado.

El yo lírico de los versos habla de sí mismo, ciertamente, pero como dice Marías, los versos del poema están dirigidos a la amada. De ahí el uso constante del “tú” con el que se refiere a ella. El foco de la atención es la amada, respecto de la cual él se entiende. 

Esta referencia al tú, constitutiva de la identidad del yo, es central. No solo se dirige a ella. Como movimiento complementario, ella se dirige a él, y eso es lo que celebran los poemas. Salinas, buen pensador, expresa muy bien el carácter del tú y del yo.

Pero al decirme: “tú” (…) 

Posesión tú me dabas

de mí, al dárteme tú. 

(Secuencia 62) 

El personalismo dialógico clásico de Buber señaló con claridad (Yo y tú, 1923) que la relación entre el yo y el tú es una relación estrictamente personal, relación muy diferente a la que establece el yo con el ello, con el mundo de lo neutro y de los objetos. La filosofía seguirá pensando este tema antropológico que tan bien canta Salinas y que los amantes de todas las épocas han experimentado en sus vidas. 

La persona amada es un verdadero tú para el amante, y en esa relación, el yo se experimenta como el tú de la persona amada. Cada yo es un tú para el otro; el yo es el tú amado de la persona amada. En esa relación, el ser personal de cada uno se revela de manera diáfana ya que el amor mira la realidad del otro al margen del interés, funcionalidad o posición social. 

Es en la reciprocidad de la relación amorosa donde el yo descubre que su identidad profunda es la de ser en relación. Y también, que solo en la relación amorosa el yo toma posesión de sí, como dice Salinas, ya que el yo se percibe a sí mismo plenamente como alguien al ser afirmado por la persona amada. Ser yo no es un concepto y realidad solipsista, según la certera expresión de Salinas. En cuanto que la amada se da y se proyecta hacia el amante, en ese movimiento, el yo toma posesión de sí al ser afirmado por ella que le dice “tú”. 

Cuando tú me elegiste

-el amor eligió-

salí del gran anónimo

de todos, de la nada.

(Secuencia 42) 

Yo y tú son conceptos relacionales que solo pueden pensarse juntos, en su iluminación mutua. El amante se descubre como un verdadero yo al ser el tú de la persona amada que se relaciona en cuanto que se le da, sale de sí hacia el amante que se proyecta, a su vez, hacia la persona amada. Darse es dejar de ser el centro, es expropiarse, salir de sí. La persona que se da mira al tú, y en ese darse se posee, completando lo dicho por nuestro poeta. También podemos pensar que la amada recibe el darse de la persona que habla en estos versos. El yo lírico no solo recibe, sino que también se entrega.

En este juego mutuo de dar y recibir, de estar en relación, se vive el ser yo y el ser tú, cosa que cada uno de los dos experimenta en la relación amorosa mutua. “Encuentro mi sitio en ti” es una idea común del lenguaje amoroso: el tú amado es la vocación del amante que también busca ser el tú de la persona amada regalando su recibir para que el encuentro sea pleno.

Qué alegría, vivir

sintiéndose vivido.

Rendirse

a la gran certidumbre, oscuramente,

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,

me está viviendo.

(Secuencia 21)

Es causa de alegría la certidumbre de “saberse vivido” por la amada. Amar supone seguir orientado a la persona amada a pesar de la distancia a través del recuerdo y del deseo de estar juntos.  

El venir, la alegría

En la sucesión de ausencias y presencias, el poeta también canta la experiencia de la espera gozosa del reencuentro.

Pero de pronto tú

dijiste: “Yo, mañana…”

Y todo se pobló

de carne y de banderas.

Se me precipitaban 

encima las promesas

(…)

inmensas esperanzas 

de un amor sin final.

(Secuencia 7)

Tu sola vida es un querer llegar.

En tu tránsito vives, en venir hacia mí

(Secuencia 32)

La realidad de los amantes consiste en la relatividad hacia la persona amada. En el amor recíproco, el ser de la persona se vive como un ser-hacia. Es una orientación que se impone, a la vez que es deseada (“querer llegar”). El amor imprime un dinamismo a la vida cuya plenitud es el encuentro.

El yo lírico del poemario es una constante referencia a la amada a la que se dirige. La relatividad hacia ella es palpable, lo que se experimenta como espera cuando no están juntos y el “venir hacia mí” es el movimiento recíproco que completa esa espera. Su venida, descrita en términos cuasi-religiosos,  es “dádiva”, “gracia inesperada”, novedad inmerecida.  

Y súbita, de pronto,

porque sí, la alegría.

Sola, porque ella quiso,

vino. Tan vertical,

tan gracia inesperada,

tan dádiva caída,

que no puedo creer

que sea para mí.

(Secuencia 8)

Ese “venir hacia mí” es paralelo al “dárteme” comentado antes. Al salir de sí del darse se le une el venir, el recorrer una distancia. Ir hacia la persona amada, uno de los dinamismos del amor.  

Los pronombres

La alegría vivida en el encuentro mencionada aquí arriba, o en su espera ilusionada, es uno de los sentimientos dominantes presentes en el libro. Salinas dedica la secuencia 15 a describirla como “atropellada, loca”, pura ebriedad. En otra famosa secuencia, el poeta la vuelve a nombrar: 

¡Qué alegría más alta:

vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,

las señas, los retratos;

yo no te quiero así,

disfrazada de otras,

hija siempre de algo.

Te quiero pura, libre,

irreductible: tú.

(Secuencia 14)

“Vivir en los pronombres”, expresión audaz e imaginativa. Pronombre hace referencia al nombre, tema presente en algunas secuencias del libro. 

El nombre verdadero es ser tú de la persona amada, como ya hemos visto. En la secuencia 9, el nombre aparece como algo que permite conocer pero, a la vez, como algo que entorpece el amor porque se interpone, siendo una dificultad más (“puñal”) para el encuentro:

Si no tuvieras nombre,

todo sería primero,

inicial, todo inventado

por mí,

intacto hasta el beso mío.

(Secuencia 9)

Salinas subraya la invención, el descubrir por primera vez. El nombre permite conocer y, a la vez, tener lo conocido, poseerlo de algún modo. Además, los nombres son de uso común, con lo que la realidad nombrada pierde originalidad a la vez que es de acceso común. Por otro lado, esta crítica al nombre sea, tal vez, crítica del símbolo de una institución con nombre conocido como “matrimonio”. Si fuese así, este poema sería una crítica a la institucionalización de una relación amorosa que haría perder frescor, novedad (invención), al amor.

El nombre es un cierto ser social de la cosa nombrada al permitir nombrarla por todos. Al viento le da igual si es “Sur” o “Norte” como dice el poema, pero para nosotros es una forma de comunicarnos sobre algo del mundo y, al nombrarlo como algo conocido, de poseerlo en cuanto que conocido. Este sueño de invención, de descubrimiento perpetuo en el amor, solo es posible según el poeta si vamos más acá de los nombres, si nos quedamos en los pronombres. 

Por eso, los pronombres que están detrás del nombre, bastan para decir lo real sin pantallas o significaciones sociales que se vayan añadiendo. El poeta lo dice con claridad: la quiere como tú. Ese nombre, el “tú”,  es el verdadero, aquel que solo significa en una relación y que no añade “trajes”, categorías que permitan un conocimiento posesivo que falsifique la realidad amada. “Vivir en los pronombres” es querer vivir antes de etiquetas sociales que reduzcan la visión del tú. Esa posibilidad es causa de alegría profunda.

Sí, por detrás de las gentes

te busco.

No en tu nombre, si lo dicen,

no en tu imagen, si la pintan.

Detrás, detrás, más allá.

(Secuencia 3)

En la próxima entrada completaré las reflexiones sobre este gran poemario.

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