Sobre el papel de la imaginación

El surrealismo, sobre el que reflexioné en una anterior entrada, plantea con fuerza el papel de la imaginación en el arte y, por extensión, en la vida humana. Las siguientes reflexiones versan sobre este tema a partir del acicate que supuso, y supone todavía hoy, el surrealismo. 

La imaginación en la vida activa

La imaginación juega un papel necesario en el ámbito de la acción. Normalmente existen diferentes posibilidades entre las que hay que elegir. Razón e imaginación no se contraponen cuando, por ejemplo, imaginamos la ruta más corta. Según qué tipo de actividad queramos realizar, escogeremos esta o aquella. También imaginamos tipos de vidas posibles al pensar/soñar sobre “qué seré de mayor”. La imaginación se muestra así como la facultad que permite realizar la exploración de posibilidades vitales.

En estas consideraciones de lo futuro, sea este algo inmediato o lejano, de poca importancia vital o de gran incidencia en la vida, la relación entre la imaginación y el deseo es estrecha. Imaginamos vidas posibles deseables según nuestros criterios afectivos y racionales de lo bueno. El futuro es irreal en cuanto que todavía no es, pero en estos casos, lo consideramos posible y deseable. En este uso, lo racional se apoya en lo imaginario, y viceversa. El uso de la razón necesita de la ficción de la imaginación en el ámbito de los proyectos vitales (como subrayaba, por ejemplo, Julián Marías).

Hay otra parcela de la vida activa en la que la imaginación es claramente necesaria. Se trata de la invención, tanto técnica como artística. La técnica: la invención de artefactos nuevos, o de recetas de cocina, por poner dos ejemplos. Para hacer una buena ensalada con una mezcla sorprendente de ingredientes variados, hace falta creatividad imaginativa. Muchos inventos necesitan de mucha ciencia o saber previos a partir de los cuales la imaginación explora posibilidades. Crear imaginativamente no es crear desde la nada, sino desde unos supuestos, como es la observación de lo natural existente. Esto se puede aplicar con facilidad a la creación artística que busca, por ejemplo, la mejor composición en una obra o la búsqueda de nuevas formas expresivas.

Ese carácter prospectivo y exploratorio que ayuda a guiarnos en el futuro o a encontrar soluciones, también tiene su reverso. Muchas veces imaginamos de manera relativamente involuntaria, males futuros. Las imágenes nos invaden y, en la mayoría de las ocasiones, lo imaginado que da miedo, es irreal en el sentido de no existente. Aquí lo imaginado es lo temible y, muchas veces, irracional (aunque en esos momentos creamos que es una posibilidad muy real). También imaginamos males futuros si imaginamos una venganza, en lo cual se puede encontrar placer, no miedo como en la anticipación ansiosa señalada anteriormente.

Este jugar con posibilidades vitales imaginarias se realiza también en el fantasear voluntario de la subjetividad privada, en el “soñar” o  la “ensoñación”. Estas fantasías son una forma de realizar  imaginativamente algunos deseos. A veces es una evasión en la que se realiza lo que en la vida real no se puede, como los sueños de omnipotencia de aquellos a los que les sale todo bien en muchas facetas de la vida… 

Max Ernst, Birds also Birds, Fish Snake and Scarecro (1921, Neue Pinakothek)

Si a todo esto añadimos la dimensión social, el análisis se complica y enriquece. Somos seres sociales que participan, con mayor o menor acuerdo, de muchas vigencias presentes. Los imaginarios colectivos, la manera acostumbrada de plantear temas básicos como la muerte, la riqueza o el ser mayor, forman parte de nuestra manera de pensar, aunque a veces no nos demos cuenta. Esa influencia de lo social se opone y complementa con esa otra variable que es el inconsciente, donde el deseo y el miedo juegan un papel influyente, difícil de calibrar. 

A veces la crítica o la historia del arte ha dado mucha importancia a estos últimos factores reseñados al decir que las obras de arte de las diferentes épocas son mero reflejo de la sociedad de su tiempo o del inconsciente del artista que, a su vez, estaba fuertemente influido por lo social. Los artistas, sin saberlo, expresaban deseos y miedos presentes, pero también la estructura de poder, la imagen del ser humano, del otro… Esto supone afirmar que la creatividad individual apenas juega un papel rector en la realización artística. No se puede negar la influencia de estos factores. Pero la voluntad artística de crear cosas nuevas, la intencionalidad creativa es algo real, como lo es que la subjetividad juega un papel determinante en la vida activa, tal como lo muestra la enorme diversidad estilística y temática presente en las diferentes etapas artísticas o las innovaciones, tanto formales como de contenido.

La imaginación es, por lo tanto, la facultad de la exploración de posibilidades, así como facultad principal en los procesos de la invención técnica y artística. Juega un papel decisivo en la vida humana en general y en el arte en particular. Esto segundo, más que lo primero, se ha solido tener en cuenta. El surrealismo quiere proponer, en una época que juzga como la de un racionalismo positivista, el necesario papel de la imaginación en la vida que el arte será capaz de mostrar. Lo hará de una manera escorada hacia alguna de las dimensiones “irracionales” de la imaginación.

La imaginación fantástica y la verdad

La ficción artística es obra de la imaginación. En la creación de una obra intervienen todas las facultades del artista, siendo obra de la persona entera, no solo de una de sus facultades. Pero entre ellas destaca la imaginación en su dimensión creativa o productora, la cual da lugar a representaciones imaginadas. Estas obras (literarias, pictóricas…) representan seres o situaciones irreales en cuanto que solo existen en el mundo ficticio.

Muchas veces se narran historias protagonizadas por seres que son posibles en el mundo real. La mayoría de las novelas, obras de teatro o cine, son realistas, no porque narren hechos históricos, sino porque dibujan personajes y situaciones posibles. Es la perspectiva que tuvo más en cuenta Aristóteles en su Poética: la imitación de la acción según la modalidad de lo posible. En otras muchas ocasiones, los acontecimientos narrados y sus protagonistas no son posibles en nuestro mundo, siendo reales solo en el mundo imaginado, para lo que se reserva el término “fantástico”. Y en medio, están presentes todos esos personajes y situaciones que, siendo posibles, exageran características al ser muy hábiles, muy guapos, muy rápidos… Para la vida “normal” y “aburrida” ya tenemos la vida de todos los días, como el propio Hitchcock afirmaba (reflexión aquí).

La tendencia hacia lo fantástico ha estado siempre presente. En la historia del arte, como señala Calvo Serraller (Museo del Prado, conferencia de 2018, aquí), aparece, ya en Grecia, lo monstruoso, lo híbrido que mezcla en un ser imaginario características de varias especies diferentes, así como, tiempo después, lo onírico. El fuerte simbolismo de muchas de estas imágenes permite “contar” las cosas de otra manera creando símbolos, mostrar que se puede ver la realidad con otros ojos y descubrir facetas de lo real no tenidas en cuenta.

En el arte fantástico, el artista muestra un mundo muy diferente al cotidiano. En estas circunstancias, es casi una tendencia natural contraponer lo razonable y lo imaginario, viendo estas dos facultades como incompatibles al oponer la cordura propia de la razón al impulso propio de la imaginación que se sitúa fuera de la órbita del logos.

Muchas veces, esos cuadros o esculturas en los que domina lo fantástico son de estilo figurativo que representan de manera realista o figurativa lo irreal. Se pintan o esculpen centauros y unicornios, hadas de distintos tamaños que vuelan y emiten luz, etc.  Para ello, las artes plásticas se han servido muy a menudo de fuentes literarias que, desde la antigüedad, han narrado mitos, fábulas y leyendas. Un género siempre presente que llega hasta hoy, con obras como las novelas de Alicia (Carroll, 1865/1871, comentadas aquí), El señor de los anillos (Tolkien, 1954) o Las crónicas de Narnia (Lewis, 1950/1956), por poner algunos ejemplos muy conocidos.

Mitos, fábulas o cuentos hablan de lo humano de otra manera a la acostumbrada,  siendo buenas exploraciones antropológicas. Los usos de la razón son amplios, y el recurso a la fantasía abre la consideración posibilidades inéditas haciendo asociaciones no acostumbradas con las que se confrontan nuevos puntos de vista a los tradicionales. Como las fábulas en las que se cuentan historias humanas bajo el ropaje de animales. La asociación de un animal con un tipo moral y de carácter, es una constante en la historia literaria. Rebelión en la granja (G. Orwell, 1945; reflexión aquí), o Rinoceronte (Ionesco, 1959; reflexión aquí), son dos ejemplos contemporáneos conocidos.

Otro modo de pintar lo irreal de manera figurativa aunque no del todo realista según la apariencia, es la caricatura. Son dibujos, normalmente, o esculturas como las Fallas de Valencia, que deforman al exagerar algún rasgo definitorio del carácter o del estilo moral de una persona o grupo social.  

Marc Chagall, Los novios de la Torre Eiffel, 1938

Por otro lado, con la imaginación podemos romper las reglas de la naturaleza de nuestro mundo. En el arte de la pintura tenemos a esas personas que vuelan o que tienen la cabeza del revés como las pintó Chagall. Se trata de ver con ojos nuevos, o “ver un mundo nuevo”, como él decía. El arte es un poetizar, cosa que Chagall nos enseña con maestría. Nos acerca a lo maravilloso, lo “sobrenatural” como lo calificó Apollinaire (reflexión sobre Chagall, aquí). Sus imágenes conectan con emociones positivas que nos llevan a imaginar, a su vez, siguiendo la sugerencia de sus imágenes.

Otras veces, las obras imaginan mundos futuros que se consideran posibles atendiendo a las tendencias observadas en nuestro mundo real. Algunas son ejercicios de anticipación pesimistas. Estas exploraciones imaginativas son ejercicios con los que se expresan los miedos que despiertan peligros ya presentes en nuestras sociedades . Es lo que hacen las distopías como Rollerball (N. Jewison, 1975; reflexión aquí) o Fahrenheit 451 (F. Truffaut, 1966, versión de la novela de Ray Bradbury de 1953; reflexión aquí) y algunas películas de ciencia ficción como Blade Runner (R. Scott, 1982; reflexión aquí).

A la imaginación muchas veces se la califica como “libre”, como facultad que “vuela”. Esta propiedad diferencia a la imaginación de la memoria definida por la exigencia de fidelidad al pasado, o de la razón indagadora que necesita del rigor lógico y argumentativo. La exigencia de verdad es diferente para la imaginación de como lo es para la memoria y la razón teórica: recordar lo que pasó, no alterar el pasado; seguir el razonamiento, las pruebas o indicios, las conclusiones que se derivan de las premisas.  

La verdad de la imaginación hace referencia a que el mundo creado debe ser consistente, que las reglas ontológicas que rigen su funcionamiento sean coherentes entre sí, aunque sean diferentes a las que rigen nuestro mundo natural.  Los unicornios existen… en el mundo de los unicornios. La verdad de la imaginación tiene también como característica propia  la verdad del símbolo que, de manera indirecta, señala algo real y muchas veces desatendido.

Un mundo con sus propias leyes que no son las de nuestro mundo. Un mundo imaginado que habla del nuestro de manera indirecta, simbólica. Un mundo irreal, no solo por ser ficticio sino por ser imposible, pero que es retrato de nuestro mundo al mostrar los miedos, deseos, alternativas, posibilidades, sugerencias dirigidas, no solo a la inteligencia analítica, sino a nuestra memoria y afectividad, conectando así con nuestra interioridad por otras vías.

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