To the Wonder es una película escrita y dirigida por Terrence Malick, estrenada en el Festival de Venecia de 2012. Rodada en localidades muy diferentes de Estados Unidos y Francia (Bartlesville, en el estado de Oklahoma y París, por ejemplo). Cuenta con la participación de Olga Kurylenko (Marina), Ben Affleck (Neil), Rachel McAdams (Jane) y Javier Bardem (padre Quintana) en los papeles principales.
El título podría traducirse como “Hacia la maravilla”, en referencia al Mont Saint-Michel conocido también como “La maravilla”, lugar donde comienza esta historia de amor y dolor. La maravilla puede simbolizar para los protagonistas el amor, uno de los núcleos temáticos de la película y referencia existencial, junto con la fe.

Malick sigue usando con destreza la voz en off pausada con la que los personajes expresan sus pensamientos, deseos y sentimientos. A su vez, este recurso sirve para contarnos partes de su historia pasada, así como muy breves diálogos, palabras que se entrecruzan los protagonistas. El montaje de la película no sigue una línea argumental lineal ya que hay saltos bruscos en el tiempo y de un personaje a otro. Todo ello hace que, aunque no siga un orden convencional, su desarrollo argumental esté dotado de una unidad garantizada por la mencionada voz en off.
Esta manera de proceder, ya presente en La delgada línea roja (1998, reflexión aquí) o El árbol de la vida (2011, reflexión aquí), se intensificará en Knight of Cups (2015, reflexión aquí) y Son to Song (2017, reflexión aquí) con las que To the Wonder forma una trilogía de historias ambientadas en el tiempo presente. Dada la cantidad de material rodado en las películas, y su montaje no convencional, el trabajo posterior de postproducción suele ser dilatado, a la vez que puede dar lugar a revisiones y ampliaciones.
Son dos las historias de amor las que se nos cuentan. La de Marina (Olga Kurylenko) y Neil (Ben Affleck), y la de Neil y Jane (Rachel McAdams) que se desarrolla en el interludio de la anterior. Su historia y sus reflexiones muestran facetas del amor, positivas y negativas, provechosas para una reflexión.
El amor unitivo y transformador
El amor nos convierte en un solo ser. Dos. Uno. Yo en ti. Tú en mí.
Estas palabras son pronunciadas por Marina. Vemos a los dos personajes, ella y Neil, enamorados. Escuchamos, sobre todo, palabras de ella, pocas de él. Marina experimenta con dulzura el carácter unitivo del amor en el que vuelve a sentirse viva.

El amor es una realidad relacional. Cada amante experimentará y vivirá este amor, pero el amor no es una mera vivencia individual sino una referencia directa y personal a lo amado. Los amantes experimentan que sin la persona amada, su realidad personal queda truncada. Su individualidad se realiza de manera más plena en la referencia y unión con la persona amada, en la vivencia de su ser amado a la vez que ama a quien le ama. Nace el nosotros, en el que el yo de cada amante experimenta el despliegue de su individualidad.
La reciprocidad es básica en esta experiencia. El lenguaje del amor a veces expresa de manera paradójica una cierta desaparición del yo en el nosotros. Pero no es algo que haya que entender de manera literal. El yo que desaparece es el que era considerado como centro de todo. El amante se descentra. De ahí que se entienda a sí mismo como unido y que fuera de la unión se sienta perdido. “Existo en el nosotros”, dice y vive el amante. Hay un nuevo centro: la conjunción de voluntades y afectos.
Acabo de nacer. Abro los ojos. Me fundo con la noche eterna. Una chispa. Caigo en la llama. Me has sacado de entre las sombras. Me has levantado del suelo. Me has devuelto la vida.
Marina sigue celebrando con estas palabras la experiencia amorosa. Efecto de la relación es ese sentirse viva otra vez. Sabremos que encontró y perdió el amor del padre de la hija con la que convive. Al volver a encontrar el amor no lo hace como si fuera la primera vez, sino desde su pérdida, desde el no sentirse amada.
No esperaba volver a amar jamás.
En el amor se cumple el anhelo de autotrascendencia, de salir de sí hacia lo valioso. En esta historia no se trata de un proyecto personal de tipo moral o artístico, por ejemplo. Sin negar la importancia decisiva de esto, en el amor, la trascendencia es la salida de sí hacia la otra persona, sin la cual la propia identidad queda truncada.
Iré donde tú vayas.
Esta frase se puede entender y vivir bien, o se puede entender y vivir mal. Parece que es una negación indebida de sí, de los proyectos personales. Dejar lo propio para estar con la persona amada, a veces puede ser muy legítimo por la razón antedicha: sin ella, la identidad personal queda truncada. Pero si las circunstancias empujaban a trasladarse y dejar lo propio, habrá que reorientar la trayectoria que queda truncada. El amor no puede, no pretende, suponer la anulación de lo propio. De hecho, amar es lo contrario: afirmar lo propio del otro, querer promoverlo. En una relación se da un juego mutuo de buscar el bien del otro que conduzca al florecimiento de lo propio de cada uno. Quiero tu bien, y quiero mi bien por sí mismo, así como quiero y me alegra que quieras mi bien porque te alegras de hacerlo. He aquí lo relacional.
Si tú me amas, no necesito nada más.
Ser amado por la persona a la que se ama es una experiencia culminante que satisface un hondo deseo, un bien vivido que relativiza otros bienes anhelados.
La referencia al tú y las situaciones vitales
El amor que se vive en la relación de pareja muestra con claridad que nuestro ser personal está orientado hacia los demás. La referencia al tú, como nos enseñan los pensadores de inspiración personalista, es constitutiva del ser del yo. Las personas no somos realidades aisladas y autosuficientes que de vez en cuando están en compañía de otras. En la amistad, cuando es de un tipo verdaderamente significativo, vivimos el ser un tú para alguien que es, a su vez, un tú para mí. La referencia a los demás nos define y es en la relación donde podemos vivir la plenitud de nuestro ser personal.
Las buenas relaciones fraternales, la amistad como normalmente se entiende, la relación religiosa con Dios, así como la pertenencia a grupos de diversa índole con proyectos comunes, son otros ejemplos de referencia al tú y al nosotros como constitutivo de lo personal. Como decía Julián Marías hablando de la sociabilidad humana, “los demás son necesarios para ser yo”. Se podrán englobar todas estas relaciones bajo el calificativo del ideal de la fraternidad.
No podemos olvidar que las relaciones personales y sociales adquieren formas muy variadas que se acercan o alejan de este ideal. Las relaciones de dominación, de mera contigüidad propias de la vecindad en las que nos unen unos pocos intereses prácticos comunes, las relaciones contractuales de carácter económico… Las relaciones humanas recorren el espectro que va de la indiferencia mutua o del dominio de uno sobre otro, a la plena comunión amorosa (“la maravilla”).
Por otro lado, las circunstancias de vida influyen, y a veces determinan, las trayectorias vitales y la mencionada referencia a los demás que se realizará desde situaciones diferentes, y de las que forman parte nuestras convicciones y temples de ánimo. En To the Wonder, los infortunios sufridos como la muerte de la hija de Jane, la falta de trabajo de Marina y su separación del padre de su hija, la contaminación de las tierras que Neil investiga y que afecta a los que ya tenían poco, así como la crisis religiosa del padre Quintana (Javier Bardem), son algunos ejemplos de cómo las situaciones vividas afectan a la vida personal, a esa orientación constitutiva a los demás, lo que obliga a situarse ante ello, luchar, aceptar ayuda…
Además, la maravilla vivida al principio de la historia evolucionará hacia formas perniciosas.
Dominación, incomunicación y nada
Mi dulce amor. Por fin. Mi esperanza. ¡Cómo te amaba! (Neil, cuando vuelven a su casa).
Son estas algunas de las pocas palabras en off que Neil dice en la película. No se comunica con el espectador como sí lo hacen los otros tres personajes principales. Tampoco dice muchas en voz alta. Apenas habla. No es, sin más, una persona que calificaríamos “callada”. Parece sufrir una gran dificultad comunicativa aunque tiene gestos de cariño.
Al cariño y al silencio se unen a actitudes y actos de dominación ocasionales en el ámbito sexual. Como le dice Jane, el segundo amor de Neil:
Creía que te conocía. Ahora creo que nunca has existido. Lo que teníamos no era nada. Lo has convertido en nada. Placer. Lujuria.
Es interesante el argumento de esta cita. La relación que era y en la que los amantes encontraron su realización no solo no es nada ahora ya que no hay amor, si no que no fue. Se contrapone la lógica de la dominación a la lógica del amor en la que la referencia es la otra persona. La misma realidad de la persona amada se convierte para Jane en nada, se desvanece.
Es en la relación amorosa cuando se experimenta la realidad de la persona amada como presencia. La realidad personal en su ser propio se mantiene aunque aparezca la indiferencia o el odio, claro está. Pero para la persona que mira, la realidad de la otra se desvanece, pierde su carácter de presencia. Además, Jane acierta al decir no solo que se desvanece lo que fue, sino que nunca fue. Si ahora es así, lo que antes creía ser, era simulacro, fascinación vacua.
También para Marina fue así:
Escribo sobre el agua aquello que no me atrevo a decir. Intento acunarte para que te contengas. Una avalancha de ternura. ¡El mundo parece tan lejano! Un fantasma. Cenizas.
“Te pertenezco”
Se separan y vuelve a París. Pero la separación no es ruptura total. Ella se siente ligada todavía a Neil. Si en la relación amorosa los amantes experimentan que el desarrollo de lo propio se da con la persona amada, la lejanía, la separación puede avivar el sentimiento de unión precisamente porque la distancia se sufre. Nos dice Marina:
Siempre hay un no sé qué invisible que siento con gran fuerza y que nos ata muy juntos. Me encanta ese sentimiento, aunque a veces me haga llorar. Esa convicción es tan fuerte que te pertenezco.
Este lenguaje amoroso choca frontalmente con aspectos de la sensibilidad actual. La persona es lo indisponible, aquello que nunca puede ser propiedad de otra. Esa sería, por otro lado, la definición de esclavitud: que alguien posea a otro. El lenguaje amoroso tradicional ha utilizado este lenguaje que contradice la conciencia de la propia valía, de la dignidad de cada persona. Por eso consideramos que un amor posesivo no es un verdadero amor, ya que pretende poseer a la otra persona, lo cual va en contra de la realidad personal y la del mismo amor.
Pero se puede interpretar de otro modo. Entonces, el significado cambia. “Soy tuyo”, “te pertenezco”… son expresiones radicales con las que queremos expresar la necesidad de la otra persona para ser yo, que la propia identidad se desarrolla en la relación. Ponerse a disposición de la persona amada es lo contrario a la esclavitud citada, aunque a veces las fronteras entre las dos actitudes parezcan desaparecer.
Cuidar de los hijos, de los padres mayores, de los enfermos, de los necesitados… son formas de expropiación amorosa. La frase citada está dicha en el contexto del amor de pareja, pero puede trasladarse a otro tipo de relaciones donde el amor es también algo nuclear.
En el “te pertenezco” expresamos una cierta ascendencia de la otra persona respecto de la propia. Algo parecido pasa en ciertas experiencias morales. La conciencia del deber es la experiencia de la exigencia de lo valioso a la que me debo. A veces hay combate: deseo una cosa y veo con claridad que mi deber es lo opuesto. En esas ocasiones realizamos un bien que en cierto sentido no queremos, no deseamos. “Someto mi voluntad” a la superioridad del bien que debemos realizar y que realizamos voluntariamente.
Del amor al odio
El proceso de Marina es largo y tortuoso. Se separan, vuelven a unirse y se casan. Pero aparecen las peleas, la traición, la separación definitiva.
¿Por qué volvemos a bajar? (…) Nos peleamos sin saber por qué.(…) ¿Cómo ha podido el odio ocupar el lugar del amor? ¿Cómo ha podido el corazón volverse duro?
Con el predominio de la voz en off sobre los diálogos, la estructura dramática de la película adquiere un perfil peculiar que la separa de las formas comunes de la narración cinematográfica. Sabemos mejor lo que piensan los protagonistas que lo que se dicen por la parquedad de los diálogos. Además, sabemos del interior de las dos mujeres y el cura, del que luego hablaremos, pero apenas de Neil.
Es una curiosa variante del cine mudo. Los protagonistas piensan y nos hablan mientras vemos escenas de muy bella factura. La interacción entre ellos es algo que vemos, muchas veces mientras oímos la reflexión posterior. Pero apenas se hablan: he ahí el peculiar carácter “mudo” de la película. Y sobre todo ello, la música que ayuda a configurar ese tono tan sensible y dirigido a nuestra interioridad que caracteriza esta película.
Sobre diversas escenas de lucha, de incomunicación, de engaño, están dichas las palabras citadas. Con ellas comprendemos que hay un proceso de deterioro en la relación explicado por ellas. En las palabras de Marina de arriba dominan las preguntas. ¿Cómo se puede corromper algo tan bueno? Tras experimentar la maravilla inicial Marina se siente en armonía con todo, efecto propio de un amor correspondido:
¿Qué es este amor que nos ama, que sale de ninguna parte, de todas partes? El cielo. Tú, nube. Tú también me amas.
Y tras las luchas, lo opuesto a la armonía: el combate, que también es interior:
Dios mío. ¡Qué guerra tan cruel! Veo dos mujeres en mi interior. Una plena de amor por ti. La otra, tira de mí hacia la tierra y me hunde.
La angustia y la fe
El padre Quintana (Javier Bardem) es el otro polo de la película. A las dos historias de amor y desamor, se une esta otra de un personaje que se cruza con la de los otros protagonistas, pero que transcurre, principalmente, en paralelo. Como si fuesen dos películas en una. En sus reflexiones se dirige continuamente a Dios.
En todos los lados estás presente. Y aún así no puedo verte. Estás dentro de mí, alrededor de mí. Y no tengo ninguna experiencia de Ti. No como una vez la tuve. Mi corazón está frío, duro.
Vemos al cura en una etapa de sufrimiento interior que se refleja en su semblante. Atiende la parroquia, le escuchamos varios fragmentos de homilías, visita y cuida a sus feligreses. Atiende a muchas personas desvalidas: drogadictos, presos, personas con pocos recursos…
¿Por qué nos das la espalda? Todo lo que veo es destrucción, fracaso, ruina.

Sobre las imágenes, oímos sus dolorosas palabras que nos hablan de la pérdida de la “experiencia de Ti”. Esa “maravilla” que en una época de su vida vivió, ahora la echa en falta con dolor. No ha perdido la fe: “en todos los lados estás presente”, principalmente en los que más sufren. Pero le falta la dimensión gozosa de presencia.
Yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de Ti. Extenuada. Será como un arroyo que se seca.
Como en la relación amorosa comentada anteriormente, la relación de fe, en la visión cristiana, es una relación de vinculación y encuentro personal. También en ella se puede vivir la presencia del amado, lo cual puede calificarse como “maravilla”. Maravilla y presencia van de la mano, tanto en el amor como en la fe. Esta película de dolor también narra la ausencia, la pérdida de la presencia que crea angustia y desorientación. La presencia del otro, del amado, tanto a nivel afectivo como de fe, es faro que orienta. Su ausencia angustia y desorienta.
Reza un fragmento de la Oración de San Patricio:
Cristo conmigo. Cristo ante mí. Cristo detrás de mí. Cristo en mí. Cristo debajo de mí. Cristo sobre mí…. (texto completo aquí).
Y ya hacia el final reza de manera esperanzada, lo que recuerda a fragmentos similares de El árbol de la vida (2011):
Que nuestra vida pueda ser un reflejo de la tuya. Brilla a través de nosotros. Enséñanos cómo buscarte. Estamos hechos para verte.
“Enséñanos cómo buscarte”. En esta bella y paradójica expresión se muestra algo de la lógica de la fe que, siendo fe, contiene en sí la búsqueda de un encuentro mayor, la búsqueda de un mayor sosiego y conocimiento de aquel que nos ama y nos busca para estar con él. Somos seres en búsqueda, y la fe no elimina esta condición. Pero la fe orienta, y transmite la confianza de cómo buscar. Esa confianza a veces se pierde. Y esa confianza es la que pide a aquel que quiere que le encuentren.
“Estamos hechos para verte” es una expresión que recoge una afirmación tradicional cristiana que habla de la radicalidad de la religión en la vida del ser humano. A pesar de su crisis, el padre Quintana expresa con estos pensamientos y oraciones una fe profunda.
El anhelo y la memoria
En un bello y fugaz final, Marina revive y recuerda la experiencia de amor vivida que tan plena y alegre le hizo estar. La memoria del amor le permite una mirada esperanzada hacia esa maravilla (la imagen del Mont Saint Michel) a la que orienta su mirada final, diciendo:

El amor que nos ama. Gracias.



