Polaridades y ejes básicos del espacio vivido (1)

Tras varias entradas comentando diversas partes de la vivienda (ventanas, puertas, suelo/techo/paredes) publiqué otra como resumen conclusivo con diversas consideraciones sobre la experiencia del estar en casa que tiene como complemento el estar de paso (centrado en grandes hoteles). Ahora, quiero comenzar a reflexionar sobre el sentido antropológico de la calle. Si la vivienda es un dentro, un interior en el cual vivimos, la calle representa el otro gran ámbito de desarrollo de la vida humana. Es el espacio público, el fuera de la casa, el exterior. Aquí nos detenemos en la vivencia de la calle desde la conciencia de quien tiene un lugar al que volver. La calle unida a la vivencia del salir pudiendo regresar.

Como introducción al tema, podemos detenernos en la consideración  antropológica del espacio vivido. Este se estructura sobre coordenadas corporales fundamentales que determinan tanto la habitabilidad física como su significado simbólico y existencial. Aunque no me baso en él para estas reflexiones, debo citar el libro de Otto F. Bollnow, El hombre y el espacio (1963), quien, con su distinción entre espacio vivido y espacio geométrico, me indicó el camino a seguir.

Sobre el carácter mensurable del espacio

El espacio geométrico es una abstracción a la que nos hemos acostumbrado al ver planos de construcciones, usar el eje de abscisas para ver la evolución de algunos valores sobre dos variables, la situación de un punto… El espacio geométrico es la abstracción mental de las distancias y de las posiciones. En la expresión gráfica domina el esquema, las rectas, las líneas, los puntos, los volúmenes… 

El espacio geométrico es una abstracción del espacio real que tiene en cuenta el carácter mensurable del espacio real. La palabra geometría («medida de la tierra») así nos lo indica también. Esta característica es la que nos permite considerar geométricamente el espacio, algo necesario para construir y hacer habitable el mundo. Nuestras casas, así como las parcelas en las que se construyen, miden tantos metros cuadrados, para hacer proyectos de reforma hacemos planos…

Nos cuesta más ver esta dimensión geométrica en aquellos espacios del mundo natural que apenas tengan intervención humana. En ellos domina la irregularidad ya que no hay superficies totalmente planas, ni formas geométricas puras de volúmenes. Comprendemos mejor estas formas si elaboramos un esquema que nos sirva para captar las formas fundamentales. En la pintura contemporánea fue Cézanne quien trabajó sobre este aspecto que tanta influencia tendrá en los pintores inmediatamente posteriores (una reflexión en esta página sobre este pintor, aquí).

Vivimos en espacios construidos, un espacio real donde las rectas están presentes tanto en edificios como en aceras. Su marcado carácter geométrico materializa un orden hecho, en principio, a la medida humana. Digo “en principio” porque la reflexión sobre el carácter habitable de nuestras ciudades es algo muy presente ante las nuevas problemáticas creadas por las grandes ciudades y su planificación (si es que la ha habido). Esto merece una reflexión aparte. Por otro lado, aparecen los nuevos edificios “icónicos” con formas orgánicas y una fuerte presencia de curvas, como enormes esculturas.

Nuestra experiencia en la naturaleza es muy diferente. La huella humana sobre la misma es grande: cercas, caminos, señales, campos de cultivo… Pero la diferencia de la vivencia del espacio también es patente ya que la amplitud y las formas son muy distintas. Una síntesis urbana de los dos tipos de espacio son los parques y jardines. 

Más allá de esta básica capacidad de abstracción sobre el espacio vivido que hace de él un espacio objetivo sobre el que se puede planificar, consideremos ahora las grandes coordenadas espaciales desde el punto de vista de la experiencia vital humana que, además, tienen una importancia simbólica grande.

Interior y exterior

Interior de la vivienda y exterior de la calle, son los dos grandes ámbitos de aparición del ser humano ante los demás. Si vivimos en compañía, los demás, habitualmente, son personas de confianza. En la casa vivimos con unas costumbres que cambian fuera de ella. El “arreglarse para salir” es un trabajo sobre la propia imagen que muestra bien la diferencia de estos dos modos de habitar el mundo.

Frente a la envoltura de la casa, con la sensación de protección y el despliegue de la intimidad que propicia, la calle es el lugar de aparición y exposición ante los demás, lugar de otros modos de alteridad y sociabilidad, complementos necesarios de la casa. La calle es lugar de diversión y de trabajo, es espacio político y laboral. La calle, el exterior, es plural: plazas y parques, calles propiamente dichas, lugares de diversión y entretenimiento, etc.

Son dos modos básicos de ser en el mundo en los que nuestra presencia y modo de vivir tienen características diferentes: a la intimidad de la casa se le opone la publicidad (el estar en público) de la calle; frente a la quietud, la movilidad y el tránsito; frente al reconocimiento de ser un alguien con nombre de la casa, el anonimato de la calle, el cruzarse con personas desconocidas (propio de ciudades, del centro de estas, más que de localidades pequeñas).

Centro y periferia

Centro y periferia son dos categorías muy utilizadas para nombrar las posiciones relativas dentro de una ciudad. La figura geométrica que nos viene a la imaginación es el círculo. Muy utilizadas en urbanismo, se han utilizado también en economía, en geopolítica

En el centro urbano se condensan las edificaciones, muchas con un carácter histórico y artístico destacable en muchas localidades de nuestro entorno, que albergan instituciones administrativas como el Ayuntamiento o el Parlamento si es capital. El centro condensa una parte especial del comercio, así como teatros, plazas y parques… El centro es, además, un “centro histórico”, seña fuerte de identidad de la población correspondiente, sea pueblo o ciudad. 

París, siglo XIX (fuente: Wikipedia)

Todo va cambiando. Antes, las afueras eran zonas degradadas frente a la riqueza del centro. Actualmente, son las personas con más poder adquisitivo las que viven en la periferia, lo que provoca un cambio demográfico importante. También se realizan esfuerzos por crear zonas de interés en otras zonas de la ciudad (barrios) con la construcción de edificios singulares (como es el caso de algunos edificios icónicos ya citados), centros culturales, escuelas, parques… En grandes ciudades se pueden promover varios “centros”, de carácter comercial o de diversión. Los urbanistas y otros responsables se esfuerzan por crear focos de atracción.

Aunque estas nuevas periferias son en muchas ocasiones lugares residenciales, el centro sigue concitando la reunión de muchas personas. El centro parece tener una fuerza gravitatoria para la ciudadanía y el turismo. Son numerosos los transportes públicos que llegan a esa parte céntrica. La cercanía y accesibilidad al centro es una variable que solemos valorar mucho a la hora de decidir dónde vivir. Un centro es un foco de atracción respecto del cual lo demás define su posición relativa. 

Lo contrario a la atracción es la repulsión. Que haya lugares a los que no queremos ir, de los que huyamos, a los que no queremos acercarnos, designa algo de importancia vital. Estos dos focos, de atracción y de repulsión, son focos dinámicos que explican parte de los dinamismos internos: nos acercamos y nos alejamos.

Estos focos dinámicos definidos desde el par centro/periferia condicionan y alimentan diversas formas de sociabilidad, del estar junto a los demás. Si uno pasea por el barrio, tal vez no se presente ante los demás (no se vista, no se arregle) de la misma forma que si va al centro. Que sea de día o de noche también influirá porque asociamos a lo diurno y lo nocturno formas de actividad diferentes. En esquema, trabajo y diversión. Muchas zonas de trabajo están en periferias o en zonas acotadas dentro de la ciudad: polígonos industriales, zonas de oficinas… La diversión normalmente tiende a concentrarse en el centro, así como el poder político.

Cercanía y lejanía

Así como decimos que todos los minutos duran lo mismo, sesenta segundos, aunque a veces se nos hagan más largos o cortos, también con el espacio nos puede pasar algo análogo. Las mediciones son exactas así como lo son las localizaciones de un punto concreto en la superficie de la tierra. A nivel vital es algo diferente. 

La ciudad de Nueva York, 1883 (N. and Ives, J.M. Currier)

Habitamos el espacio corporalmente y nuestra presencia corporal marca el aquí desde el cual vivimos (siguiendo a Merleau-Ponty). Para empezar, están las distancias y la perspectiva asociada a ellas según la situación que ocupe cada uno. No siempre calibramos bien las distancias. Las estrellas que vemos por las noches parecen estar más cerca de lo que en realidad están. La óptica, tanto para lo lejano como para lo pequeño, nos ha hecho posible ver lo invisible para nuestros ojos al multiplicar nuestra capacidad de visión. Además de la medición objetiva de las distancias, se investigó sobre las leyes de la visión. Fue un triunfo renacentista llegar a conocer las leyes de la perspectiva para poder dibujar bien creando la ilusión de profundidad de forma que reproduzca la visión que tenemos desde una posición concreta. Se estudiaron bien la relación entre tamaño y distancia, así como el cambio en la percepción de los colores. 

A la cercanía y lejanía unimos la accesibilidad e inaccesibilidad, el carácter de poder ser alcanzado o no por nuestras manos, con nuestros sistemas de transporte… Desde un punto de vista existencial, lo cercano y lo lejano define nuestra relación con las cosas, los lugares a los que podemos ir, lo cual se entiende tanto desde la horizontalidad como de la verticalidad. En las ciudades, estar más o menos cerca de determinados lugares tiene una importancia decisiva. Cerca o lejos del centro histórico, de los lugares de diversión, de los centros de estudio, de los comercios, del lugar de trabajo… El carácter accesible o inaccesible está muchas veces marcado por este eje cerca/lejos de gran importancia práctica.

Continuidad y discontinuidad

Por razones históricas, a veces complejas, vemos que algunas ciudades presentan discontinuidades. Las ciudades crecen, se van uniendo a poblaciones cercanas que se convierten en barrios. Pero hasta que se dé la integración, puede haber terrenos que separan ambas zonas. Los peatones pueden experimentar la dificultad de llegar al otro lado porque es un terreno difícil de pisar, porque es una zona industrial que nos resulta incómodo atravesar… Estas separaciones y discontinuidades a veces desaparecen cuando se urbaniza el “vacío” entre dos zonas.

Fuente: Pixabay

Otras veces son esas grandes vías de comunicación, como las vías de tren o las autopistas o rondas de las ciudades. Son una separación física, a veces infranqueable para personas que van a pie. Esta discontinuidad entre zonas diversas se ha salvado parcialmente con los puentes o túneles peatonales. Pero si hay dificultad para llegar al “otro lado”, esta crea una separación no sólo física, sino de accesibilidad, que alimentará la separación en las relaciones, en el trato. Con el peligro de empobrecimiento y marginalidad de aquellas zonas con difícil acceso al centro.

La presencia de ríos es habitual en pueblos y ciudades ya que la cercanía al agua es esencial. Los río dividen dos orillas y los puentes, necesarios y habituales, las unen, por lo que esta discontinuidad no es, normalmente, como las señaladas.

Una ciudad habitable es una ciudad en la que se pueda pasear. Todos los esfuerzos por peatonalizar áreas grandes de los centros urbanos, así como el facilitar la movilidad en bicicleta está orientado a potenciar la accesibilidad peatonal. Si las distancias son muy grandes, nos trasladaremos usando diversos sistemas de transporte. El que se pueda hacer andando, habilitando paseos que se alejen de la circulación si es posible, eliminando discontinuidades como las mencionadas, dará la medida del carácter habitable de la ciudad.   

 

En la próxima entrada continuaré con el análisis de estas polaridades que caracterizan el espacio vivido.