Bares y cafés como espacios intermedios de encuentro (y de soledad)
En esta serie de entradas sobre diferentes clases de espacios urbanos y edificios, nos detenemos ahora en los bares y los cafés, establecimientos con gran presencia en nuestras ciudades, principalmente en bajos de edificios de pisos. En el tiempo libre, “salir a la calle” es una actividad básica. Y entrar a un bar o cafetería, sentarnos en una terraza, es algo que hacemos en muchas ocasiones.
Son muchas las clases de establecimientos de estos tipos, con su matices propios, de ahí la enorme cantidad de palabras diferentes que tenemos para designarlos: bar, taberna, tasca, cantina, venta, bodega, merendero, txoko, gastropub/gastrobar, cervecería, bar de copas, coctelería, pub…; cafetería, café, cafetín, chocolatería… A veces, como las tiendas, también se juntan en una o varias calles colindantes (“calle/zona de bares”, así como “calle/zona de tiendas”). Con horarios normalmente más amplios que las tiendas, son un ingrediente dinámico y vital de las ciudades, y elemento central de la vida nocturna, unido a los restaurantes, locales de baile…
Su número y frecuencia depende del tamaño de la población. Aunque las costumbres y situaciones sociales hayan cambiado mucho, reconocemos versos como estos de la comedia de Lope de Vega, El marido más firme (c. 1617, acto III) en la que Fabio se queja de la ausencia de tabernas o ventas en su viaje:
¡Que no se halle una venta, con ser cierto
que aquesta senda va a su llama eterna!
¡Que no haya un bodegón en este puerto,
una carnicería, una taberna!
Estar en la calle sin ser calle
El carácter público del bar o cafetería es peculiar. No son la calle, aunque se accede desde ella. Esta característica la comparte con las tiendas o sucursales de bancos, compañías de seguros y otros tipos de establecimientos. Por otro lado, los bares son lugares más abiertos físicamente que teatros, bibliotecas, iglesias o museos. En varios de estos lugares entramos como espectadores para ver una representación, no para conversar. La actividad que realizamos en cada uno de estos tipos de lugares es diferente y determina nuestra manera de estar y actuar en ellos.

El bar o cafetería se caracteriza por ser un lugar de ocio y abierto a la calle sin ser la calle. Esto último se matiza con la terraza, extensión muy atractiva de bares y cafeterías según el clima y el espacio disponible. En este caso, el interior y el exterior de estos establecimientos se diferencian casi siempre con mucha nitidez y la barrera entre calle y local puede casi desaparecer.
Además, en la terraza se está sentado para estar un tiempo algo más prolongado que si se está de pie en la barra, y el ver a los demás y ser visto por ellos es una dimensión muy a tener en cuenta en muchas ocasiones. Este carácter público de nuestra presencia lo comparte con plazas y parques, así como ser lugares “para hacer una pausa”, para descansar, para vivir un tiempo sosegado.
Conversaciones, amistad e historias de amor
Bares, qué lugares
tan gratos para conversar.
No hay como el calor del amor en un bar
(Gabinete Caligari, Al calor del amor en un bar, 1986)
Los conocidos versos de esta alegre canción hablan de la conversación amorosa alrededor de una consumición y, desde ahí, del cariño que se les tiene a este tipo de lugares en los que se han pasado muy buenos ratos. Ray Oldenburg forjó la categoría de “tercer lugar” (tercero respecto de la casa y el trabajo), para caracterizar, sobre todo, este tipo de establecimientos que estamos comentando (bares, cafés y similares) donde la conversación ocupa un papel privilegiado. Es un lugar que hace posible un tipo de socialización necesaria.

La interacción relativamente es esencial para hablar de “tercer lugar”. Las variantes modernas del coworking o del Work Café, amplían el espacio de trabajo tomando al café como referencia en el diseño del espacio, algo que lo separa del original, constituyéndose en un híbrido muy orientado al aumento de la productividad.
No siempre son fáciles y alegres las historias vividas en bares y cafés. Breve encuentro (D. Lean, 1945) es una gran película donde la cafetería ocupa un lugar argumental central. Allí se conocen los protagonistas, allí se encuentran y viven su arriesgada relación amorosa (cada uno de ellos está casado). Es un lugar público pero no solitario, algo que les protege. A la vez, su intimidad se vive en un lugar donde hay más personas. Todo ello da una tensión narrativa a la película.
Un fugaz encuentro amoroso nos narra la conocida canción de Joaquín Sabina, Y nos dieron las diez, de 1992, que comienza así:
Fue en un pueblo con mar.
Una noche, después de un concierto
tú reinabas detrás de la barra
del único bar que vimos abierto.

A los encuentros confiados y alegres, se unen los furtivos en los que se vive cierta tensión, así como encuentros que son el comienzo de una relación. Las variantes son muchas. Y a las historias de amor, se une los encuentros de grupos de amigos, de familiares, compañeros de trabajo… (Edward Hopper, Chop Suey, 1929; el título del cuadro hace referencia al nombre del establecimiento que vemos parcialmente en el letrero vertical, un café o restaurante chino-estadounidense).
Oldenburg remarca la conversación entre personas de posiciones sociales diferentes como un rasgo distintivo del tercer lugar, lo que favorece una nivelación social. Esto facilita una interacción entre personas provenientes de mundos sociales diferentes, algo que se vive de forma más fluida que en otros lugares de acceso público como bibliotecas o museos.

A la vez, otra característica conocida es el compartir espacio entre clientes habituales y aquellos que entran de forma ocasional. La familiaridad de los encuentros repetidos en un mismo ambiente, a veces en la misma franja horaria, permite encuentros no obligados, que no siempre se dan, pero que son esperados. La película Paterson (J. Jarmusch, 2016; reflexión aquí) refleja muy bien este aspecto.
Una forma de conversación con señas de identidad propias es la tertulia que se realizaba en los cafés de muchas capitales europeas. El cuadro de Gutiérrez Solana representa la más famosa en el Madrid de antes de 1936, cuyo principal impulsor fue Ramón Gómez de la Serna. El Café Gijón fue lugar de tertulia de literatos hasta 1970. Otros cafés tenían tertulias, actividad que se realizaba con un horario y día estable. Algo similar ocurre cuando el café se convierte en reunión de artistas, como el Café Voltaire de Zúrich para los dadaístas, café fundado para tal fin en las primeras décadas del siglo XX (reflexión sobre el dadaísmo, aquí). Las tertulias eran algo institucionalizado y que en la actualidad se quiere revitalizar.
Soledades

Todos hemos ido solos a un bar o café. A veces, para una consumición rápida, otras para estar sentados un rato con el periódico, un libro, el móvil… una soledad muchas veces buscada, algo placentero. La soledad en los cafés también puede ser no querida, lo que la hace algo triste.
No conocemos la historia de la mujer del cuadro de Hopper, claro está. Podemos imaginarla ante una imagen que transmite una soledad atravesada por la tristeza. La mujer está bien vestida. Puede estar esperando un tren, puede estar pensando en una mala relación… No interactúa con otros, y más en un Automat, un tipo de establecimiento en el que el cliente, a través de una máquina expendedora, compraba lo que iba a consumir, tipo de local muy presente en la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos. En muchas ocasiones es esta una soledad que, aunque acompañada porque hay más gente en el local, no deja de ser soledad.

Tampoco conocemos la historia de la fotografía de Doisneau. Puede ser una mujer que ha ido sola a la que el hombre quiere dar conversación; han podido ir juntos… Puede ser un momento tranquilo, triste, meditativo… No podemos interpretar con seguridad la imagen, pero todas esas variantes son posibles. Que una persona esté sola y sea reclamada por otros puede ser divertido o, al contrario, algo molesto. Como sabemos, los bares también son aquellos lugares a los que se va a encontrar compañía.

El cuadro de Beckmann, Bar, marrón (1944) es inusualmente estrecho. No guarda las proporciones habituales, lo que comunica una cierta angustia. Los personajes retratados pueden describir diversos tipos de relación. Pero, por lo que se puede saber, este cuadro, actualmente en Los Ángeles (LACMA), describe el bar como refugio en tiempos de guerra, lo que recuerda a uno de los cafés más famosos, el Rick’s Café, en Casablanca (M. Curtiz, 1942; reflexión aquí). En el desamparo sufrido en la ciudad, algunos pudieron encontrar compañía y protección en un tipo de establecimiento que promovía la nivelación social mencionada arriba. Un lugar donde las soledades encuentran un ambiente acogedor.
Una forma de habitar el espacio público
Podemos sintetizar las diversas observaciones realizadas hasta ahora en una reflexión final. ¿Qué clases de experiencias hacen posible estos espacios intermedios entre la casa y la calle como son los bares, cafeterías y similares?
Estos establecimientos son espacios de una especial y variada experiencia de sociabilidad muy dominada por la contingencia. Lo contingente es todo aquello que es pero puede no ser, como dice la metafísica clásica: una mesa es contingente porque es más o menos frágil, las cosas se nos pueden perder, la salud se puede quebrar… Con la palabra “contingencia” relativa ahora a bares y cafés quiero señalar que no está tan previamente determinada la forma de relación que podemos establecer con las demás personas presentes en estos sitios. Vamos solos y en compañía. Pero, aun yendo en compañía, estamos con otros. Es pensando en estos otros donde experimentamos los encuentros fortuitos y no previstos, el no ver ese día a alguien que habitualmente vemos; puede haber menos gente de los normal, tener nosotros menos tiempo…
En cambio, en el hogar es diferente. Si vivimos con otros, hay un reparto de papeles, unos horarios, un tipo especial de convivencia íntima. Si vivimos solos organizamos las visitas y la vida íntima tiene otros matices. En una biblioteca, museo, tienda, iglesia… el compartimiento está marcado por el rol que jugamos en cada uno de esos lugares. Hay una expectativa de formas de actuar más codificadas. También se da en los bares, pero la flexibilidad es mucho mayor.
Entre la intimidad del hogar y en el mayor anonimato de la calle, bares y cafés son lugares intermedios con características propias donde realizamos una dimensión básica del habitar con otros. Podemos estar solos y compartir un estar juntos muy libre al no estar obligados a relacionarnos con los demás más allá de la mínima cortesía. Lo mismo ocurre si el grupo es pequeño: cabe la conversación íntima, tener conversaciones confidenciales de muy diversas índole. Son, en definitiva, lugares donde la sociabilidad se puede vivir en grados muy diversos. Saludar, observar, encontrarse, cantar juntos a veces (cada vez menos), ver juntos un partido de fútbol… Tener conversaciones decisivas, pasar un buen rato riéndose…
El conjunto de personas presentes y sus interacciones, además de lo que hagan los responsables del establecimiento con la luz o la música, crea un ambiente. “Hay un buen ambiente” decimos a veces, algo que anima a ir y quedarse. Si, por el contrario, decimos que “esto está muerto” o que “el ambiente está tenso”, ello mismo nos empuja a salir. El ambiente, a veces ruidoso, a veces tranquilo, es característica esencial de bares y cafeterías como lo es la atmósfera de muchos edificios (sobre esto en el arquitecto Zumthor, reflexión aquí).
Bares y cafés, espacios intermedios y lugares lúdicos de socialización y de estar a solas, lugares de conversación, de estar juntos tomando algo.