Fracturas morales en “El hombre de Laramie” (1955)
El hombre de Laramie (“The Man from Laramie”) es una película dirigida por Anthony Mann en 1955. Fue el primer western rodado en Cinemascope, sistema con el que se resaltaba la espectacularidad de los paisajes y que nació ante la competencia de la difusión de los televisores en los hogares. Está protagonizada por James Stewart quien encarna a Will Lockhart, un militar retirado durante un tiempo mientras busca a los responsables de la muerte de su hermano. Le acompañan Arthur Kennedy en el papel de Vic Hasbro, capataz del gran rancho de la zona; Donald Crisp como el terrateniente Alec Waggoman, su hijo en la ficción, Dave (Alex Nicol) y Cathy O’Donnell como Barbara Waggoman, sobrina.
Fue el último de los cinco western que dirigió Mann siendo protagonista James Stewart. Winchester 73 (1950; reflexión aquí), Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953) y Tierras lejanas (1954), son los cuatro anteriores. La crítica especializada las señala como películas de transición en este género ya que aparecen con fuerza elementos psicológicos y dudas morales en los protagonistas, algo que más tarde se intensificará.
La historia de esta película está ambientada en la década de 1870. El protagonista aparece junto a sus ayudantes transportando mercancías a la localidad de Coronado. Pronto sufrirá el primero de varios enfrentamientos con el arbitrario y cruel Alec Waggoman, hijo del cacique del lugar. La violencia de los enfrentamientos es muy alta en esta película en una época en la que no era mostrada con tanta claridad en la pantalla.
Un forastero llega a la ciudad
Que alguien de fuera llegue y se instale en una población con una comunidad establecida ha sido un núcleo argumental de muchas historias. Si la comunidad tiene algo que esconder, algo de lo que no se quiere hablar y que va carcomiendo vidas y relaciones, ello se desvela en estas historias, lo cual crea conflictos mayores. Shane (G. Stevens, 1953; reflexión aquí) tiene ese mismo esquema argumental básico: el que viene de fuera precipita una crisis que se resuelve en gran parte por su intervención.

En El hombre de Laramie, el protagonista llega como vendedor pero tiene una razón diferente para ir a Coronado. Busca a los que vendieron los rifles a los apaches que mataron a varios jóvenes soldados, entre ellos, su hermano pequeño. No culpa a los indios, sino a los que les vendieron las armas. Llega animado con un fuerte deseo de venganza (algo similar ocurre en Winchester 73).
Aunque en principio parece que se va de la ciudad, se queda tras el primer enfrentamiento mencionado. Al venir de fuera, no es, propiamente, miembro de la comunidad, no forma parte del nosotros de Coronado. Le quieren contratar como capataz porque se le ve con la autoridad y con las destrezas necesarias para hacerlo bien. Aunque no quiere instalarse, acepta para seguir investigando. Y es esa investigación, entre otras razones, la que pone en crisis la situación, la que precipita el desastre, el aumento de la violencia.
Conspiración de silencio (J. Sturges, 1955) es una estupenda película en la que el protagonista, también forastero (papel interpretado por Spencer Tracy) llega para rendir tributo agradecido a un hermano de armas de la Segunda Guerra Mundial, de origen japonés, que le salvó la vida. La estructura argumental es semejante, y muestra una gran fuerza dramática, aunque las motivaciones iniciales de los protagonistas son opuestas. El recibimiento hostil de los vecinos de una pequeña población del oeste americano (de ahí que se hable de esta película como un neo western) y la investigación del forastero que desestabiliza la vida de los lugareños que esconden un secreto culpable, son los elementos básicos de su argumento. El forastero llega a una comunidad no solo aislada, sino cerrada, y acabará por saber lo que se esconde. Propiamente no crea el conflicto sino que provoca que aflore y se explicite. El conflicto está latente, ya que los vecinos del lugar viven una culpabilidad no resuelta, un odio y un miedo que define y enferma la vida de la comunidad.
En estos ejemplos, el que viene de fuera detenta un poder especial. Hay una entereza humana y un saber hacer que le dota de autoridad. Son los que tienen el poder de ser escuchados porque su palabra tiene una valía intrínseca, no extrínseca como la de aquellos que son obedecidos por miedo al castigo.
La original Dogville (L. von Trier, 2003; reflexión aquí) también presenta una comunidad pequeña y aislada a la que llega una forastera. La reflexión sobre la hospitalidad y el mal que anida en el corazón humano es más compleja en esta dura historia. Pero la película también reflexiona sobre la acogida, la gratuidad, la mezquindad, las razones de la hospitalidad.

En estos ejemplos, parece que nos movemos entre tratar al que llega de fuera como huésped o como enemigo. De hecho, hay un origen etimológico común a hospitalidad y hostilidad, a huésped y “hostis” (enemigo). Siempre ha sido un problema qué actitudes adoptar ante las personas que vienen de fuera. Para muchas culturas clásicas la hospitalidad era un deber sagrado. Hoy parece que en muchas comunidades está muy presente la desconfianza que alimenta la consideración del forastero como alguien amenazante. Pasa en sociedades grandes y grupos pequeños.
En todos estos casos aparece la debilidad estructural de la comunidad a la que llega el forastero. Las fuerzas de cohesión que unen a los seres humanos en estos ejemplos están basadas en el mero poder económico, poder que tiene en su mano amenazar con facilidad con la expulsión (El hombre de Laramie); el miedo a que se revele un acto criminal del cual todos son, en mayor o menor medida, cómplices (Conspiración de silencio); o que, en definitiva, la comunidad es la unión de personas egoístas que viven juntos porque es útil el hacerlo pero en la que los vínculos son frágiles y quebradizos (Dogville).
La fragilidad de los lazos de cohesión de una comunidad apela a un arduo trabajo. Que el ser humano sea social por naturaleza se entiende, desde Aristóteles, como algo político. En rigor, el filósofo griego decía que el ser humano es una animal político. Esa es la manera humana de ser social. Y la política, entendida de una manera muy amplia, es la determinación trabajada de vivir juntos, la organización moral de la convivencia. La cohesión interna de las sociedades será más débil si lo que une es algo negativo como el miedo o la culpabilidad. La simple llegada de alguien de fuera puede dejar esto en evidencia y poner en crisis algo que es quebradizo.
Deterioro moral, nobleza moral
El protagonista de El hombre de Laramie, como ya he comentado, tiene un gran deseo de venganza. Tiene dos personas semejantes a los que se enfrentará: el hijo del dueño y el capataz. Los tres son, más o menos, de la misma generación, y compiten, lo quieran o no, por ocupar el mismo lugar en el rancho y a los ojos de su dueño. No es de extrañar que haya comentarios a esta película que mencionen el parentesco argumental de esta historia con la de El rey Lear de Shakespeare.
El capataz ansía reconocimiento por parte de Alec Waggoman, el dueño, acerca de su valía y buen hacer. No solo quiere heredar, algo que parece haberle prometido, sino de algún modo, ser reconocido en su buen hacer y como digno de su aprecio. La contraposición del capataz con el verdadero hijo es muy neta. Este se siente con derecho a mandar de manera despótica, legitimado para usar la fuerza, incluso de manera cruel. Así es como lo hacía su padre según él, que “usaba la fuerza cuando todavía no había llegado la ley” como afirma en la película. También ansía reconocimiento por parte de su padre quien no ve en él a alguien que pueda dirigir el rancho. Este fuerte deseo de reconocimiento desvela uno de los deseos fundamentales del ser humano: el sentirse valioso y necesario, el tener una buena imagen pública. Que este anhelo sea muy fuerte y básico se desvela en el intenso dolor que produce su contrario: la humillación.

Esta falta continuada de reconocimiento va alimentando un intenso resentimiento, afecto que alimenta el ánimo de venganza como explicó muy bien Scheler (El resentimiento en la moral, 1912-1915), lo cual conduce a la violencia. Falta de reconocimiento, resentimiento y venganza son tres elementos básicos que cristalizan en la violencia en esta película, elemento central del western como género. A esto se une la fuerte codicia del hijo y del capataz. Todo ello conduce a un proceso de deterioro moral, a un envilecimiento que manifiesta la fragilidad de la estructura moral de los protagonistas. Hay una degradación, una corrupción, un realizar acciones despreciables que convierten en vil a quien las ejecuta. Este proceso de deterioro que lleva al sujeto muchas veces a justificar lo que hace manifiesta una pérdida de dominio y, en definitiva, de libertad.
Una de las consecuencias del deterioro moral es la pérdida progresiva de sensibilidad moral. No ver con claridad el bien moral, o el carácter de mal del mal, está en la base de obrar inmoral. La crueldad del hijo nos manifiesta la ceguera de quien se cree con derecho a dañar si ve lesionados sus derechos, algo que, a su vez, no percibe bien. Por otro lado, el capataz, alimentado por un creciente resentimiento de quien se considera no justamente valorado, organiza el contrabando de armas. Ya que no me han pagado con justicia, parece pensar, me lo cobro por mi cuenta, argumento muy repetido en la historia de la humanidad.
El protagonista, Will Lockhart, está obsesionado con saber quién es el culpable y vengarse. Eso también es fuente clara de pérdida de sensibilidad moral. En la venganza, como en los casos anteriores, se manifiesta una especie de justicia a los ojos del vengador que legitima lo que va a hacer. Pero este ánimo de venganza está presente en un hombre que manifiesta tener una estructura moral estable en los demás órdenes de la vida. Esto puede explicar la renuncia final a la venganza. No es que lo perdone, verdadero opuesto de la venganza, sino que lo deja ir. De todas formas, como ocurre en tantas películas, el “malo siempre recibe su castigo” de una u otra forma.
Otro gran western de la época, Horizontes de grandeza (W. Wyler, 1958; reflexión aquí) también tiene semejanzas con la película que comentamos. Cuenta con tipos de personajes parecidos: un poderoso y despótico hacendado, alguien que viene de fuera y que desequilibra el statu quo existente, un capataz que se convierte en su enemigo… Pero el que llega no viene con deseos de venganza. Al contrario, el protagonista (interpretado por Gregory Peck) manifiesta un dominio de sí y una nobleza moral propias de alguien que no ve sentido a la violencia gratuita. Esta película es una reflexión sobre la verdadera valentía que se contrapone a los códigos, básicamente de hombría, vigentes tanto en la época narrada como en la de realización de la película.
Final
Una película frontalmente opuesta a las mencionadas (menos a la última) es El festín de Babette (G. Axel, 1987; reflexión aquí), una película sobre la buena acogida y el agradecimiento. En esta película, la protagonista también pone en cuestión, de una manera no conflictiva, algunas convicciones y formas de comportamiento muy sedimentados, algo mezquinos en algunos casos. El bien recibido en el acto de agradecimiento desvelará los deseos de fondo, las buenas intenciones. También se narra la acogida a una forastera en La amabilidad de los extraños (L. Scherfig, 2019; reflexión aquí). En esta ocasión, los extraños que acogen a una familia que huye, la acogen sin conocerla, enseñando que muchas veces las buenas intenciones y los deseos de ayudar a nuestros semejantes animan en los corazones de muchos, sobre todo, de aquellos que también han sufrido.
Muchas de estas historias nos recuerdan que la condición humana no está corrompida del todo, aunque las sombras de egoísmo y mezquindad son algo que necesita de fuerzas para derribar los obstáculos que eclipsan la luz. El pasado de Will Lockhart y sus hábitos son resortes que le permiten no caer en la violencia gratuita que él mismo quiere castigar.