“Una historia verdadera” (1999): arraigo y búsqueda
Una historia verdadera (“The Straight Story”) es una película de 1999 dirigida por David Lynch que recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Alvin Straight, en cuya vida está basada esta historia, está interpretado por Richard Farnsworth, un anciano que vive con su hija (Sissy Spacek). Sabe que su hermano, con quien no se habla desde hace años, ha tenido un infarto y quiere ir a verlo para reconciliarse antes de que muera uno de los dos. Alvin, que apenas puede andar y que ya no tiene el carnet de conducir por pérdida de facultades, recorrerá 400/500 kilómetros a través de Iowa y Wisconsin en una cortadora de césped, a la que añade un pequeño remolque, a una velocidad muy lenta (entre 8 y 10 kilómetros por hora). Tendrá averías, se encontrará con diversas personas… La película es una peculiar road movie.
Se utiliza la expresión «road movie» desde finales de los 60 del pasado siglo para caracterizar esas películas en las que el trayecto por carretera, en coche o en moto normalmente, es una dimensión argumental principal. La divertida Sucedió una noche (F. Capra, 1934, ejemplo también de screwall comedy -reflexión aquí-), Easy Rider (D. Hopper, 1969), Fresas salvajes (I. Bergman, 2957; reflexión aquí), Nebraska (A. Payne, 2013), Pequeña Miss Sunshine (J. Dayton y V. Faris, 2006; reflexión aquí) o Thelma y Louise (R. Scott, 1993) son ejemplos muy conocidos (una lista de este género, aquí).
Tipos básicos de movilidad
Este género hace referencia al viaje, una experiencia humana fundamental. Frente a la estabilidad del arraigo, del estar en casa, forma básica del habitar del ser humano, la realidad de la movilidad, del desplazamiento, que ha servido de argumento a muchas obras literarias y cinematográficas a lo largo de la historia. La movilidad tiene una fuerte dimensión narrativa, como la tienen las relaciones fundamentales entre personas. Grandes historias como la de Ulises en la Odisea de Homero o la del hidalgo Don Quijote son ejemplos paradigmáticos.

Este carácter itinerante y móvil de nuestra especie da lugar a la caracterización de grandes tipos que sirven de metáforas de lo humano y que son núcleos argumentales de muchas películas. James Clifford habla de “raíces” y “rutas” desde la antropología cultural en Itinerarios transculturales. Tránsito y traducción a finales del siglo XX (original de 1997). Podemos dividirlas en dos grandes grupos esquemáticos, sabiendo que una misma persona o grupo, así como la situación vivida, participa de varios de estos tipos a la vez en muchas ocasiones.
En primer lugar, aquellos que se mueven de una manera mayormente forzada, que están o se quedan sin hogar por razones muy diferentes y van en busca de un lugar donde fundar otro hogar. Los fugitivos, los emigrantes, los exiliados o los vagabundos son tipos básicos. Éxodos y diásporas señalan el carácter colectivo de estos desplazamientos forzados. Todos ellos señalan que la huida, el formar o no parte de una comunidad histórica, o el reconocimiento por parte de los demás, son situaciones básicas de la vida humana. Nuestra sociabilidad se realiza de formas a veces muy costosas para sus miembros ya que muchas veces no se puede ser miembro pleno de comunidades históricas, única forma de vivir en sociedad.
En segundo lugar, desde otro punto de vista considerado normalmente como positivo, aparecen otros tipos de personas caracterizadas también por la movilidad: viajeros, nómadas, neoermitaños, peregrinos, exploradores. Pasemos a analizar brevemente estos últimos tipos al ser más acordes con la película que sirve de base para estas reflexiones..
El viajero

Son muchas las razones del viajar, destacando hoy el turismo, una de las grandes fuerzas económicas de nuestras sociedades. El viaje turístico se realiza con la intención de volver al hogar. Es una vuelta, un tour (de donde proviene la palabra “turismo”). Desde el Grand Tour de los siglos XVII y XVIII, en el que jóvenes aristócratas, especialmente británicos, hacían un viaje formativo por Italia y Francia, hasta la situación masificada de hoy, estos viajes han tenido una enorme evolución. Los libros de viajes (diarios, narraciones, guías…) son un subgénero destacable en la literatura.
También han sido muy importantes los viajes de negocios que dieron lugar a un tipo profesional que está en gran transformación en la actualidad: el viajante o comercial. La muerte de un viajante, la obra de teatro de A. Miller de 1949 o la película El turista accidental (L. Kasdam, 1988), son obras muy conocidas que describen parcialmente este tipo profesional.
El nómada y los neoermitaños
Los esquimales, los tuareg, los mongoles… tienen vidas caracterizadas por una movilidad muy ligada a los ciclos estacionales. Sí tienen relación con un lugar: hay centros de reunión comunitarios, las rutas son por un territorio… Urga (N. Mijalkov, 1991) es una conocida película sobre los mongoles.
Los neoermitaños. Hoy se habla mucho de los “nómadas digitales”, aquellas personas que trabajan, muchas veces de forma esporádica, con un ordenador desde lugares lejanos a sus comunidades de origen. Pero esta denominación es equívoca e imprecisa, en mi opinión, ya que no participan de las características sociales de los grupos nómadas como los citados anteriormente. Las motivaciones para hacerlo serán muy diversas, y algunas de ellas participarán de la intención de alejarse del lugar propio así como el conocer otras culturas. Algo de ello se ve en Las ocho montañas (F. van Groningen y C. Vandermeersch, 2022).
De forma más drástica, todo esto recuerda a esos personajes que el cine también nos ha dado a conocer: cazadores o tramperos que viven en plena naturaleza, normalmente solos la mayor parte del tiempo. Dersú Uzala (Kurosawa, 1975; reflexión aquí) y Las aventuras de Jeremiah Johnson (S. Pollack, 1972) son ejemplos muy conocidos. Esta última película ha servido de inspiración a muchas personas que se incluyen en el movimiento off-grid. Personas que buscan formas de vida desconectadas de redes sociales y formas de vida urbanas: “neoermitaños rurales”, “anacoretas del siglo XXI” son denominaciones habituales. Todo esto desvela un cierto cansancio con las formas de vida modernas: su ritmo acelerado, una hiperconectividad que no fortalece la vida social…
La lentitud, la demora y el ritmo tranquilo son características que estos tipos de vida destacan. Ello forma parte de una demanda social bastante extendida que ya comenté en una entrada anterior (aquí) y que explica que Una historia verdadera sea una obra que guste ver, entre otros motivos.
El peregrino
La peregrinación es una práctica universal muy ligada a las religiones (en nuestro entorno destaca el Camino de Santiago con sus diferentes rutas) en las que el caminar y, por lo tanto, la lentitud mencionada, es algo constitutivo. En la actualidad, se realiza teniendo seguridad en que se va a volver, algo que hace siglos no estaba garantizado, de ahí que se hiciese testamento antes de partir. Aquí claramente hay una meta, un lugar al que llegar con un gran significado para el peregrino. Siendo la meta importante, también lo es el camino por sí mismo. Esta actividad ha dado lugar a una caracterización general del ser humano, la del tópico medieval homo viator que el cristianismo considera como nombre propio del ser humano en general: ser en camino hacia la Jerusalén celeste.
El peregrinar consiste, principalmente, en andar un trayecto normalmente largo. Hay peregrinaciones cortas, de un día. Antropológicamente parece más interesante que sea larga dado que la suma de los días dará a la experiencia un ritmo que se va interiorizando y que permitirá muchas veces un mayor encuentro con uno mismo, una experiencia de los límites del esfuerzo, del contacto con el paisaje que los que viven en ciudades sobre todo no suelen tener fácilmente. Puede consultarse el libro de Fréderic Gros Andar, una filosofía (2008; una entrevista, aquí) para ver un elogio del caminar, así como al leer el poemario de Claudio Rodríguez, poeta andariego, El don de la ebriedad (1953; reflexión aquí).
El explorador
Explorar es una actividad de análisis: hay exploraciones médicas de partes del cuerpo y, de forma imaginativa y necesaria para la vida humana, también se exploran posibilidades vitales. Aquí subrayamos la exploración ligada al viaje, el salir y moverse para conocer nuevos territorios, nuevas formas de vida en el planeta tierra, en el espacio exterior… El carácter inquisitivo y curioso del ser humano o el buscar nuevos espacios en los que vivir mejor son algunas de las motivaciones de esta práctica perenne.
El viajero: metáfora de lo humano
Estas actividades siempre presentes en la historia se han convertido en metáforas de lo humano: el ser humano es un viajero, un explorador, un nómada, un peregrino. Todo esto, en realidad, se puede resumir con la metáfora del viajero, entendiendo los demás tipos presentados como formas de viaje. El dinamismo de la vida humana, su curiosidad por conocer, el no estar ligado a un entorno sino tener mundo (Scheler, Plessner…) son características que asociamos a la movilidad por los lugares, forma básica de experiencia del espacio vivido. El ser humano es un alguien dinámico en la estabilidad: busca el equilibrio entre el viaje y la búsqueda del arraigo.
Por otro lado, somos seres en crecimiento, que es físico y, sobre todo, personal. Estas actividades de movilidad, principalmente las positivas analizadas, son ocasiones para un trabajo sobre sí, para una transformación interior que puede ser decisiva. Ante lo acostumbrado, ante la estabilidad que puede ser estática de la vida ordinaria, está el poner a prueba nuestras convicciones ante lo diferente, el topar con nuestros límites físicos e inseguridades. Todo esto requiere de una actitud interior de apertura a lo nuevo que nos ofrecen estos viajes. No vivirlos como consumo de experiencias, sino que, abiertos en la demora nos dejemos impregnar por lo nuevo que tiene una palabra que decir.
La actitud de apertura, de vivir con atención, es dejar una puerta abierta a experiencias realmente significativas. Para ello, la lentitud es un ingrediente básico. Una historia verdadera es un ejemplo de ritmo lento: el protagonista no puede por sí mismo ir más deprisa. Pero quiere desplazarse por sus propios medios. Para Alvin, ir es ir por su cuenta, lo que tiene tanta importancia como el llegar. Estructuralmente se acerca al tipo de viaje “peregrinación» aun sin la significación religiosa que lo define. En la película, el acento no está puesto en la transformación interior a un cambio de vida radical, sino a una callada memoria de su vida, a un querer resolver conflictos viejos, a una búsqueda de reconciliación en el final de sus vidas.
El arraigo es una característica básica del habitar. La permanencia en un lugar será ingrediente del arraigo si acontece algo más radical. El arraigo tiene que ver con la vinculación en la que encontramos un lugar existencial propio, un lugar en el que vivir y en el que poder echar raíces (Weil) como ingrediente básico de nuestra identidad y quehacer. El arraigo se da cuando la vinculación es personalmente significativa: con personas, con actividades valiosas, pudiendo vivir el reconocimiento, el estar centrado.

La imagen del echar raíces es iluminadora. Gracias a las raíces, las plantas y los árboles pueden crecer. En ellas reciben gran parte de sus nutrientes. Las raíces apelan con facilidad al origen, al lugar y a las personas con que se crece. Pero el arraigo puede encontrarse después, ya de adulto. Echar raíces, vincularse a un lugar y comunidad tiene como dimensiones básicas las relaciones personales, teniendo en cuenta también la dimensión sociopolítica, y las actividades que se realizan. La experiencia del arraigo es, además, la vivencia de pertenecer a un sitio y, entendiéndolo bien, pertenecer a alguien (el lenguaje amoroso utiliza sin confusión la expresión “te pertenezco” aunque la otra persona no me posea).
El ser humano, ser dinámico, en crecimiento, encuentra el arraigo más bien como punto de llegada, más que como punto de partida. A veces se parte y se vuelve, aunque sea después de un tiempo. Salir era necesario para tomar distancia, satisfacer un afán de novedad, decidir por uno mismo, crear vinculaciones no viviendo la dependencia del origen… El arraigo que se pueda encontrar parece más un punto de llegada que de partida en el que cada uno se queda.
Arraigo y búsqueda
¿Cuáles son las razones fundamentales para partir? Se parte para huir, para encontrar un sitio mejor, para cumplir una misión o un deber fraternal como en el caso de Una historia verdadera, para buscar un lugar nuevo en el que vivir…
Arraigo y búsqueda son dos categorías complementarias. El arraigo apela a la raíz, al fundamento, al estar centrado, a la pertenencia. La búsqueda se asocia al crecimiento, al forjar la vida en primera persona, al encontrar algo por lo que luchar y a lo que vincularse. El arraigo hace referencia a lo dado desde lo que cada uno es; la búsqueda, a la posibilidad.
Como todo, cabe el exceso que desvirtúe. El arraigo en un lugar puede derivar en encierro, en sentir el lugar propio como una prisión de la que hay que escapar, o por no querer partir por una dependencia muy grande con el lugar propio. Ese arraigo se muestra en estas circunstancias como falso arraigo. También la búsqueda puede ser una actitud consumista de experiencias excitantes que den “sensación de vivir” pero que no sean significativas, que no iluminen trayectorias vitales deseables.
Arraigo hace referencia a lugar propio definido por las vinculaciones con otros, con un lugar y su historia, con uno mismo y sus convicciones. Allí encontramos el hogar (algo bien visto en la película Una quinta portuguesa, de A. Prat, 2025; reflexión aquí). Como decía Heidegger, el arraigo es una de las claves del habitar. Pero el arraigo hace referencia a estabilidad, no a estatismo. La exploración de posibilidades es complemento necesario del arraigo, lo cual a veces conlleva salir.
Salir del lugar propio, una de las experiencias humanas fundamentales.