“Un paso adelante” (2022): ballet clásico y danza contemporánea (1)

Un paso adelante (“En corps”) es una película dirigida por el francés Cédric Klapisch en 2022, quien ya dirigió la grabación de El arte de no mirar atrás (del coreógrafo Hofesh Schechter en 2018). A su vez es responsable del guion junto a Santiago Amigorena. 

La película tiene como protagonista a Élise, una bailarina interpretada por Marion Barbeau. La actriz, bailarina de profesión en el Ballet de la Ópera de París en el año 2019, combinaba el ballet clásico con la danza contemporánea, como el personaje que interpreta (una interesante entrevista con la protagonista está disponible aquí). Élise, primera bailarina en la película, sufre una grave lesión durante una función. Vive con pesimismo la posibilidad de no poder volver a bailar tras el pronóstico de la médica que la atiende. En un trabajo en la Bretaña, conoce a los miembros de una compañía de danza contemporánea que realizan una convivencia con ensayos en una casa rural. El argumento de la película  se centra en el proceso vital de duelo y recuperación física de la  protagonista que se ve obligada a dejar el ballet clásico y que descubrirá la danza contemporánea. Un proceso vital en el que se da un giro importante que le permite seguir realizando su vocación a la que tanto esfuerzo y gusto ha dedicado a lo largo de su vida.

Con ocasión de esta película, analizo brevemente uno de sus temas fundamentales: las similitudes y diferencias básicas entre el ballet clásico y la danza contemporánea.

Coreografía

Un elemento constitutivo tanto del ballet clásico como de la danza contemporánea es la coreografía. Pasa como en la música: el par compositor/intérprete, es aquí el par coreógrafo/bailarín. La coreografía tiene un elemento creador propio: los pasos de baile, la conjunción de los distintos bailarines, la búsqueda del movimiento expresivo… Podríamos nombrar algunos nombres clásicos de coreógrafos del siglo XIX muy conocidos para un aficionado medio:  A. Bournoville (1809-1879), J. Perrot (1810-1892), M. Petipa (1818-1910)… Por otro lado, está el registro de todo ello, antes de la aparición de la grabación de imágenes. “Coreografía”: escritura/registro de la danza o baile (se puede consultar una breve explicación de diversos sistemas de notación coreográfica aquí). Desde finales del XIX y comienzos del XX, aparecen nuevos estilos de coreografías. Isadora Duncan (1877-1927), Martha Graham (1894-1991) y Merce Cunningham (1919-2009) son nombres ya clásicos de una forma de baile que se distingue de manera neta del ballet clásico.

La aportación artística de los bailarines es análoga a la de los intérpretes musicales. Es evidente: no hay obras musicales vivas sin intérpretes que las ejecuten. Y así como no hay sonatas para piano sin pianistas, no hay ballet sin bailarines. A lo largo de la historia han sobresalido grandes bailarines y bailarinas, como lo han hecho cantantes de ópera o instrumentistas varios. Las aportaciones creativas de todos ellos son difíciles de medir, sobre todo, aquellas aportaciones que perduren en el tiempo. En la ejecución de las obras es claro su aporte. 

Podemos ver algunas características propias de cada tipo de baile.

Ballet clásico:  vestuario

El ballet clásico transmite con fuerza el peso de lo clásico. Las vestimentas que llevan tienen unas características muy reconocibles aunque admiten variantes como lo hacen los vestidos ligados al flamenco. Son atuendos propios del siglo XIX que, tras una evolución desde siglos anteriores, se consolidan en este género. Para el espectador medio actual, es la forma de vestir “de siempre”. Al ver cuadros de las bailarinas de Degas, o fotos antiguas de compañías de ballet, reconocemos estas formas de vestir. 

Pasa también con los instrumentos musicales de las orquestas: los instrumentos no han tenido mayor evolución estructural en los últimos siglos, desde el clasicismo. Cuando surgió el interés por tocar la música del barroco se quería interpretar tal como sonaría en su época. Para ello se tuvieron que recuperar instrumentos antiguos y ajustar elementos de los existentes, además, de cambiar la forma de interpretar. 

Música

Un aspecto, obvio en principio, es la intrínseca relación del baile, sea cual sea su forma y estilo, con la música. A veces se puede ver bailar sin música que acompañe, o solo con percusión que hace del ritmo el elemento musical básico, lo que muestra la esencial relación del componente rítmico de la música con el baile. Muchas obras musicales son danzas, músicas pensadas para ser bailadas. Qué tipo de baile o danza sea dependerá, básicamente, del ritmo: los bailes codificados de salón (vals, pasodoble y tantos otros) ajustan sus pasos al ritmo. Ya pasaba en el barroco con las suites de danzas para diferentes instrumentos, compuestas de allemande, gigas y otros ritmos. Pero llegó un momento en el que estas danzas estaban tan estilizadas musicalmente hablando que ya no se componían para ser bailadas.

Cuando el ballet clásico ya está organizado, se componen para las compañías obras orquestales de gran envergadura. Aquí aparece Tchaikovski, el más famoso compositor de obras para ballet con El lago de los cisnes (1875), La bella durmiente (1890) o El cascanueces (1891). La innegable capacidad melódica del compositor ruso, la belleza de sus frases musicales que tantas veces reconocemos y seguimos cuando las oímos, hacen que la experiencia del espectador sea muy agradable. Otras obras de ballet clásico que forman parte del gran repertorio no tienen a compositores famosos como autores: A. Adam compuso la música para Giselle (1841) y L. Minkus la de Don Quijote (1869). Tenemos que llegar a otro ruso, S. Prokófiev para reconocer su apellido con Romeo y Julieta (1940).

Son obras creadas para ser interpretadas como base del ballet. Se pueden interpretar en un concierto normal, con orquesta. Pero la música está pensada para narrar una historia cuyo argumento quedará mucho más claro en la representación escénica. Si la música se aísla del ballet, pierde algo de sentido. Le pasa algo parecido a la música del cine cuyo carácter incidental es mucho más marcado. Normalmente, la música que acompaña muchas escenas de películas, oída por separado, no tiene sentido, no se puede seguir. Sin llegar a ello, algo de esto le pasa a la música de ballet. Es música pensada para ser bailada, algo muchas veces ya presente en la ópera. El aficionado a la ópera está acostumbrado a que muchas obras del repertorio, ya desde las del barroco, incluyan momentos de baile. 

Aunque la obra entera, como las de Tchaikovski, pueda ser larga, está formada por piezas relativamente breves. Los bailes deben ser cortos. El esfuerzo físico no permite que se extienda mucho en el tiempo. Las danzas populares, los bailes de salón mencionados… Todos participan de esta característica. En las obras de ballet clásico la sucesión de “números” es uno de sus rasgos reconocibles: hay solos, dúos, números de baile de grupos… que se van sucediendo. Esto es algo que pasa en casi todas los espectáculos de baile, no solo en el ballet clásico, sino también en la danza contemporánea, en el flamenco… Si pensamos en las grandes sinfonías, por ejemplo, no se da esta estructura sucesiva de números cortos.

Ballet clásico: contar una historia

Esta sucesión de pequeñas piezas en las obras de ballet condicionan la estructura narrativa de la obra. Este es otro aspecto a tener en cuenta. Las obras de ballet cuentan una historia. Tienen un marcado carácter teatral. Aunque lo central es bailar, hay también una fuerte presencia de ademanes con los cuales quieren expresar que hablan, que se hacen entrega de objetos, que andan… aunque todos los movimientos tienen un carácter muy estilizado.  Por lo tanto, los bailarines son actrices y actores, como lo son los cantantes de ópera. Todos ellos representan un papel. En la representación son personajes que viven una historia. 

El ballet clásico, la ópera y el teatro forman una familia dentro de las artes en la que lo teatral, representar una historia en un escenario, es el elemento común constitutivo. De hecho, como ya he mencionado antes con la ópera, la presencia de una de las artes en las otras dos es frecuente: danzas y números de ballet en las óperas; textos hablados también en las óperas (o su variante musical barroca, el recitativo) que dan lugar a subgéneros: singspiel, zarzuela y otros; números musicales en las obras de teatro como algunas de Molière (con Lully) o Calderón de la Barca… Las variantes son numerosas.

Danza contemporánea: vestuario

La danza contemporánea se define por rasgos estilísticos muy diferentes al ballet clásico. En primer lugar: las vestimentas son muy variopintas. No son algo marcado por la tradición como sí en el ballet clásico. Esta versatilidad en el vestir permite no solo variedad, sino que sea algo significativo por sí mismo, convirtiéndose en un elemento relacionado con el mismo argumento. En el ballet clásico, la relación vestir/argumento está mucho más limitada.

Música

Philip Glass compuso obras por encargo para piezas de danza como Dances (1979, para Lucinda Childs) o In the Upper Room (1986, para Twyla Tharp). John Cage colaboró con la innovadora bailarina y coreógrafa Merce Cunningham para usar sus composiciones en sus montajes. Un caso llamativo es el del Bolero que Ravel compuso en 1927 un ballet “con aire español” por encargo de la bailarina Ida Rubinstein que, siendo una de las obras de repertorio para orquesta más interpretadas, sigue siendo objeto de nuevas coreografías con el paso del tiempo (en 1960, Maurice Béjart realizó una coreografía muy famosa que se ha seguido representando con los años; puede verse aquí la actual versión de un gran coreógrafo contemporáneo, Sidi Larbi Cherkaoui).

Pero lo habitual es que las diversas compañías utilicen obras preexistentes que no fueron compuestas específicamente para servir de sostén al baile. Es muy frecuente escuchar piezas clásicas de Bach o Verdi, por poner unos ejemplos claros, que escuchamos mientras vemos bailar. Otras obras de estilos más contemporáneos utilizan piezas de música electrónica o algunas de músicas ligadas a las llamadas de forma ambigua “músicas del mundo”. 

Estos apuntes someros sobre el uso de la música en la danza contemporánea apuntan a algo ya mencionado con el vestuario: la música pierde ese carácter incidental que tiene en el ballet clásico. Salvo algunas excepciones, se compone de manera autónoma respecto del baile, tal vez para fines prácticos muy diferentes. El uso de una obra de estudio del contrapunto de Bach, por poner un ejemplo, resignifica la obra musical. La dimensión rítmica de la música, elemento fundamental en su conexión con la danza, se evidencia al oírla mientras vemos los movimientos de danza. 

Siempre en movimiento

En el ballet clásico, los pasos básicos y sus variantes, dificilísimos de hacer bien, parecen en número, más limitados. También pueden participar en estas obras personas de más edad que no pueden ejercer ya esos movimientos, pero que con pantomimas propias de la mímica expresan intenciones, emociones, dan paso de un número a otro, algo propio del carácter teatral tan marcado. 

A diferencia de ello, la posibilidad de movimientos de la danza contemporánea es mucho más alta. Algunos movimientos de lo contemporáneo se acercan a la mímica. Aquí, sin ese uso teatral tan marcado, son gestos que pueden realizarse como una forma de danza. Algunos de estos movimientos se pueden realizar de manera muy elegante por personas de edad o con algo de sobrepeso. 

Algo que llama la atención es que en la danza contemporánea no hay “vacíos” de baile. Aunque no haya texto hablado, en el ballet clásico hay momentos en que parece que los hay y que sirven para enlazar argumentalmente un número con otro. A diferencia de ello, en la danza contemporánea, no se para. A veces están quietos, en el suelo, lo que les permite descansar. Pero hasta el silencio y la quietud forman parte de la coreografía. También se sirven de objetos que no son decorados de la acción teatral, sino objetos con los que relacionarse en movimiento. 

Ballet y danza: cielo y tierra

Mientras en el ballet clásico los movimientos tienden hacia arriba con baile en puntas y saltos, en la danza contemporánea, no exenta muchas veces de movimientos atléticos, es frecuente que los bailarines jueguen con el suelo: se sientan, ruedan… haciendo de la caída un movimiento que no forma parte del vocabulario del clásico. Lo cual nos lleva a asociar el ballet clásico a lo elevado, a lo grácil, etc., mientras que lo contemporáneo subraya más la fisicidad del movimiento, el cuerpo como ser expresivo. El título original de la película que sirve de base a esta reflexión es “En corps”, en cuerpo, lo que expresa esta idea. 

Un diálogo muy interesante entre la protagonista y una amiga lo expresa con claridad.

– A mí la danza contemporánea no me dice nada. Es cierto, sí, bailas más anclada al suelo, sin esa ligereza. No sé. En la danza clásica estás más cerca del cielo, tiene un rollo etéreo que va más conmigo.

– Sí. Es cierto que pasas más tiempo en el suelo, en contacto con la tierra (…) Es como si existieras en armonía con la tierra, con la realidad. A la danza clásica le asusta el suelo. Pero ahora mismo es como si mis pies buscaran el suelo en vez de rehuirlo. Y eso es lo que me atrae. Me ha hecho ver la danza clásica con otros ojos.

– La danza evoca un mundo de ensueño. Es precisamente lo que me gusta.

– En la danza (contemporánea) hay una verdadera espiritualidad. Como una búsqueda de algo más, de una luz, de algo más grande que el ser humano, pero de una forma más tribal, más animal. Y eso me encanta.

Final

La película Un paso adelante narra y explica con claridad dos formas fundamentales de baile. Es una mirada en las que estas dos formas fundamentales se presentan como complementarias. Unos admiran y valoran lo que hacen los otros, aunque un aspecto no verbalizado sí parece transmitirse: mientras que en el ballet clásico el individualismo y la competencia entre los bailarines se hace visible, en la danza contemporánea, lo importante es el grupo, aunque también haya solistas. 

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