Estar en casa: estancias y dependencias

En este recorrido sobre los diversos elementos constructivos de una vivienda hemos reflexionado sobre las ventanas, las puertas, así como sobre los suelos, techos y paredes. Al hablar de estos últimos, se perfilaba como tema de consideración los espacios delimitados por ellos, las diversas estancias y dependencias de una casa. Salón, cocina, baño o habitaciones, además del pasillo y el recibidor si los hay, son esas diferentes zonas donde hacemos nuestra vida en la casa.

Uno de los ejes conductores de estas reflexiones ha sido la diferencia neta entre el exterior a la casa, la calle, y el interior de la misma. La diferencia vivencial entre dentro y fuera es muy nítida, así como significativa, desde un punto de vista antropológico y vital. La distinción de complementariedad entre interior y exterior de la casa se corresponde con la vivencia que tenemos de nosotros mismos. Cultivamos nuestra interioridad, experimentamos y sentimos nuestra intimidad, así como nos relacionamos con el exterior de nosotros mismos, con la naturaleza y las demás personas. Vivimos desde un dentro nuestra relación con el afuera, como explicaba bien Julián Marías.

“Tener mi casa”, “vivir en mi casa”. Un libro clásico como el de Gaston Bachelard, La poética del espacio (1957), se detiene en la imaginación, en la ensoñación, en el recuerdo que se puede grabar en la memoria respecto de la “casa familiar”. Sin negar esta dimensión, quiero fijarme en la relación de la casa con la identidad personal en su dimensión proyectiva. “Hacer mi vida” puede ir aparejado en el proyecto vital, aunque no sea algo exclusivo, a “tener mi casa y hacerla mía”. Un lugar donde descansar física y emocionalmente, donde convivir con las personas más allegadas. La vinculación entre casa y subjetividad nos habla del hecho de que la identidad se forja también en la experiencia de pertenencia a un lugar en el cual se vive y al cual se vuelve.

Habitabilidad

Tanto en el interior de las casas como en la calle de la ciudad o del pueblo, del barrio o del centro, estamos llamados a realizar un trabajo en busca de la mejor habitabilidad de nuestros espacios (siempre, dentro de nuestras posibilidades). Se ha llegado a consensos para enumerar las características materiales y funcionales que definen una vivienda adecuada

Tenemos que trabajar para hacer del espacio disponible para vivir un lugar en el que poder desarrollar nuestras vidas y proyectos. Hay unos mínimos referidos a los espacios y la funcionalidad para poder decir qué es una vivienda habitable, aunque  la habitabilidad añade a ello la decoración, los muebles, la luz… para hacer de esa casa “nuestra/mi” casa. Una casa o una ciudad habitables lo son porque permiten desarrollar la vida en un marco acogedor que posibilita el florecimiento de lo humano, así como por ofrecer  la posibilidad tanto de quedarse a solas como de convivir. 

Nos esforzamos en crear ambientes o atmósferas. Estas categorías, relativamente intangibles, son tenidas muy en cuenta por arquitectos y urbanistas, como Peter Zumthor o Juhani Pallasmaa, muy citados cuando se habla de estos temas. Este ambiente o atmósfera tiene una dimensión emocional importante. 

Ambiente acogedor

Normalmente aspiramos a que la casa sea acogedora, en primer lugar, para quienes la habitamos. Que un ambiente acoja nos habla de que nos sentimos en un ámbito que parece envolvernos. Sentimos protección, una comodidad y tranquilidad cálidas. Una casa que visitamos por primera vez o un hotel pequeño pueden tener esta cualidad. Si es nuestra casa, las señas de identidad personal serán claras, lo que añade una sensación de pertenencia, de memoria de lo vivido muy personal.

Harriet Backer, Music, Interior from Paris, 1887

Desde Heidegger repetimos que el ser del ser humano es Dasein, un ser-ahí (o estar-ahí según traducciones), alguien que es un ser en el mundo, para quien habitar es la forma propia de vivir. Vivir es vivir en algún sitio, a la vez que vivir con otros. También su ser se caracteriza por ser de algún sitio, por tener un origen que se reconozca como propio. Y, unido al origen, aunque no siempre se identifique, está el arraigo. Vivir en algún lugar o con las gentes que hagan de ese lugar un sitio familiar, en el que a la memoria de lo vivido se una a la sensación de pertenencia, configura este ser en el mundo con la modalidad de arraigo y pertenencia. La identidad personal está ligada a los lugares, a las gentes con las que convivimos. Sentirse forastero durante un tiempo algo prolongado es sentirse “fuera de lugar”, no plenamente aceptado, sin acabar de compartir las vigencias comunes. 

Somos seres que necesitamos de acogida. De hecho, en condiciones normales, aunque sabemos que no siempre se cumple, la primera experiencia que tenemos al nacer es que somos acogidos por alguien que nos quiere. Esa experiencia prolongada en el tiempo es necesaria para forjar la “confianza básica” de que hablaba Erik Erikson, aquella fortaleza derivada de la experiencia de vivir el mundo como lugar seguro y amable y que está en la base de la confianza en uno mismo, así como en el desarrollo armónico de la vida moral. Ser/estar en el mundo es, o debería ser, vivirlo como lugar habitable y acogedor, o sea, sentirse invitado a estar con los demás como alguien valioso. 

Esa estructura de la acogida la buscamos, salvando las distancias, en las casas, y forma parte de la manera humana de vivir en el mundo. Será algo insuficiente si falta lo personal, pero es algo importante. Viene a la memoria esa gran película de Truffaut, Los 400 golpes (1959). El protagonista vive en un piso muy pequeño. Su habitación, si se puede llamar así, es angosta. Lo que hace que esa casa sea un hogar es la relación cariñosa con sus padres, algo que ocurre pocas veces en esa historia. 

“Estar en casa”

“Estar en casa” designa una manera de vivir con rasgos propios. A la habitabilidad física se une el arraigo y la pertenencia. Podemos avanzar un poco más. Esta faceta de pertenecer a un lugar incluye el haber adquirido una familiaridad, un conocimiento detallado de las particularidades de lo que nos rodea, como son los olores y ruidos, así como los muebles y demás enseres. Sentirse en casa incluye también el saber a qué atenerse con el funcionamiento de las cosas, con la luminosidad… Estar en casa es, también, considerar la casa como un lugar donde podamos vivir la intimidad, tanto compartida como a solas. Si se comparte piso pero apenas hay convivencia, ese lugar de recogimiento podrá ser “mi” habitación, vivida casi como reducto o refugio. 

Casa Farnsworth de Mies van der Rohe, 1950.

Juhani Pallasmaa subraya este aspecto en su artículo Identidad, intimidad y domicilio. Notas sobre la fenomenología del hogar, de 1994 (incluido en Habitar, editado por Gustavo Gili, en 2016, que recoge escritos publicados entre 1994 y 2015). En este escrito cuenta el famoso caso de la casa Farnsworth diseñada por Mies van der Rohe en 1950. La señora Farnsworth llevó a juicio al arquitecto porque consideró que una casa así no podía ser un hogar. Al ser las paredes de cristal, aun cuando el terreno de alrededor fuese suyo, se sentía siempre expuesta a las miradas. El hogar necesita ser interior. No es solo estar a cubierto (tener techo), sino estar en un interior que permita la intimidad (paredes).

Ambiente acogedor, familiaridad, vivencia de la intimidad, son rasgos que definen el estar en casa. La casa, “mi casa”, es el lugar de la vivencia de lo íntimo, respecto del cual lo de fuera es exterior.  

Estancias “públicas” y “privadas” de la casa

Aunque la casa sea un interior respecto de la exterioridad de la calle, dentro de la vivienda solemos distinguir zonas diferentes según esta misma variable. Hay lugares “públicos” como la cocina o el salón, donde se encuentran, sobre todo en este último, los convivientes con las visitas. Si somos visitantes, entrar en una habitación es ingresar en una zona de intimidad normalmente vedada. Hay zonas más anónimas, como los pasillos o escaleras, y hay espacios meramente funcionales como las despensas, y los baños, lugares mixtos desde la perspectiva de estas reflexiones.

Herriet Backer, La despedida, 1878 (Galería Nacional, Oslo)

Las sociedades cambian, y un signo de ello son las transformaciones en el uso de las estancias de la casa. Antes fue el “hogar”, la cocina, único sitio caliente de la casa en temporadas de frío, lo que obligaba a estar juntos en ese espacio. Actualmente podemos tener calefacción en todas las habitaciones. Las transformaciones de las dinámicas familiares son de otro carácter: en su día, la aparición de la televisión, y antes la radio, moduló la forma de estar juntos en el salón. La aparición contemporánea de diferentes dispositivos, destacando entre ellos el “móvil”, ha condicionado y cambiado esos usos. En edades tempranas la habitación se convierte en el lugar propio por antonomasia.

Todas estas reflexiones suponen una concepción de la vida privada que en realidad ha ido cambiando en nuestra cultura a lo largo del tiempo. Helena Béjar ha estudiado muy bien el nacimiento de esta conciencia en nuestra historia cultural (El ámbito íntimo. Privacidad, individualismo y modernidad, Alianza, 1990). El espacio privado es un espacio ganado al público como ella dice. En la historia del arte se señala a los flamencos del “siglo de oro” neerlandés del XVII como aquellos que empezaron a representar interiores. Jan Vermeer, Pieter de Hooch, Gabriël Metsu, son algunos de los más citados.

Harriet Backer, Interior con figuras, 1866 (col. privada)

Esta nueva conciencia de lo privado y lo íntimo tiene una “traducción arquitectónica”. Es llamativo que los pasillos, que hoy gustan tan poco, tanto por estética como por aprovechamiento del espacio, son de invención “reciente”, ya que los tenemos desde el siglo XVII. Antes de ellos se atravesaban las estancias para ir de un lugar a otro. El pasillo posibilitó que las habitaciones no fuesen lugares de paso, que pudiesen ser privadas.  

La pintura de interiores refleja las vigencias sociales de cada tiempo. Que muchas de las representaciones pictóricas de las viviendas incluyan como figuras principales a las mujeres es un indicativo social conocido de una época. El salón, lugar “público” de la casa, sí incluye a varones y visitas. En algunos cuadros famosos del siglo XX, ya se nota el cambio al respecto. 

Decorar y amueblar

El trabajo que realizamos en la casa de cara a hacer de ella un lugar propio donde vivir la intimidad, pertenencia y conexión emocional que definen el estar en casa, exige trabajar sobre la habitabilidad, tanto en un sentido meramente funcional como con la decoración.  

Los pisos, forma habitual de vivienda, también pueden ser bonitos por fuera y, sobre todo, pueden estar en un entorno deseable. La casa puede ser bonita por fuera y por dentro, pero los pisos los vivimos por dentro. El interiorismo, el arte de acondicionar y decorar los espacios interiores de la arquitectura, como lo define el diccionario de la RAE, es objeto de muchos proyectos, idas y venidas sobre propuestas, consultas… El que haya revistas y personas especializadas en estos temas habla de la enorme cantidad de posibilidades para decorar y amueblar las diferentes estancias. Que el hacerlo de forma muy diferente haga que “parezca otra casa” sin haber tocado las paredes, habla de la importancia de esta dimensión como forma de definir la vivienda, de adecuarla a nuestras formas de vivir y de estar.

Decorar la habitación, por ejemplo, es muy personal. Según las edades y las preferencias, los diferentes objetos, muebles, fotos y otros adornos cobran una gran importancia para hacer de la habitación un lugar expresivo de la forma de ser personal. La habitación, si se ha trabajado sobre ella, “habla” de quien la usa de forma habitual, es expresión de su subjetividad. 

¿Quién o quiénes decoran el salón, el lugar de convivencia compartida? Los papeles a desempeñar dentro de la casa cuando haya varios convivientes incluyen la clarificación sobre quién decide cómo decorar las estancias. El poder de decisión al respecto, no solo por el aspecto económico, es un poder importante sobre el que muchas veces negociamos. 

Final

La vivienda entendida como “mi casa”. Un lugar de pertenencia y expresión de nuestra identidad que queremos sea un espacio acogedor en el que podamos vivir la intimidad, una de las formas básicas de experiencia del propio yo, tanto a solas como ante los demás. Siendo el habitar una forma fundamental de ser en el mundo, se comprende que la casa tiene una gran importancia antropológica que vincula la necesidad de cobijo al desarrollo de la propia identidad.

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