Peter Zumthor es un prestigioso arquitecto suizo nacido en Basilea en 1943. Siendo ebanista estudió arquitectura, algo que explica su conocimiento y aprecio por la madera. Autor de una obra muy bien valorada y conocida, fue profesor universitario en la Universidad de Mendrisio, en la Suiza de habla italiana. Recibió el premio Pritzker en 2009, el premio más prestigioso que se otorga cada año desde 1979 a arquitectos y arquitectas en reconocimiento de su trayectoria.
Su obra publicada en la que expone sus ideas sobre el arte de la arquitectura es escasa. Pensar la arquitectura recoge textos escritos desde 1988 a 1998. Destaca la conferencia que dio en 2003 con el título Atmósferas y que se publicó y tradujo a varios idiomas (texto disponible aquí), que es el texto que quiero comentar. En él explica brevemente convicciones muy queridas y pensadas tras una vida dedicada a la arquitectura.
Zumthor defiende la creación de atmósferas huyendo de la mera espectacularidad visual. La arquitectura debe conmover, dice, a través de una estudio minucioso de todos los elementos que, a través de una experiencia sensorial plural y compleja, favorezca el querer estar en los interiores habitables de sus edificios. (La mayoría de las fotos están tomadas de aquí y de aquí).
Sobre la categoría de atmósfera
“Hubo un ambiente frío en la cena”, “este salón es muy acogedor”… Es una experiencia común el percibir emocionalmente algo propio del ambiente, tanto el social de una reunión como el del mismo lugar en el que estemos.
Zumthor defiende la coherencia, que todo en el edificio “encuentre su explicación en el uso”. Este funcionalismo no es el único valor, pero sí algo esencial a tener en cuenta en un arte útil como es el de la arquitectura. Es condición necesaria pero no suficiente. Él quiere crear atmósferas con sus edificios, esa sutil cualidad que se percibe con inmediatez “al entrar” y que tiene una nítida dimensión emocional. Como dice con contundencia al principio, lo que a él le importa es si el edificio le conmueve o no.
No siendo filósofo, sino arquitecto, explica de una manera fenomenológica, aunque de forma muy sucinta, la correlación entre la presencia que se percibe en la atmósfera y su correlato subjetivo en la persona. No lo explica con precisión, pero se esfuerza por caracterizar la atmósfera como un modo de ser intermedio entre el sujeto y lo percibido, entre el espacio construido y la respuesta emocional del usuario. La atmósfera es una cualidad del espacio vivido que solo es real en cuanto que es percibida.


Esta categoría, que hoy se ha convertido en un ideal muy utilizado en el ámbito de la arquitectura, ha tenido también un desarrollo fuerte en la filosofía de raíz fenomenológica muy ligada a la estética. Filósofos como Gernot Böhme (Arquitectura y atmósfera, 2013) y Tonino Griffero (Atmosferología. Estética de los espacios emocionales, 2010) han estudiado con detalle esta categoría de la vida humana.
Las atmósferas son sentimientos espacializados; es decir, son, en ocasiones, la cualidad emocional específica de un «espacio vivido» (Griffero p. 40, ed. original).
En referencia a Böhme, Sixto Castro (en El espacio de las artes, Estudios filosóficos 70, 2021, p. 271) explica que las atmósferas son lo primero que se percibe y dan un tinte específico y emotivo al espacio:
Las atmósferas no son estados del sujeto ni propiedades del objeto, sino algo que acontece entre sujeto y objeto, espacios que vienen dados por la presencia de cosas, personas o constelaciones ambientales, y no tanto por sus propiedades cuanto por sus éxtasis. (…) De este modo, las atmósferas no son algo relacional, sino la relación misma.
Dos son las dimensiones básicas de los edificios a tener en cuenta. La función del edificio, el uso que se haga de él. El razonamiento lógico, la razón calculadora tiene aquí un papel preponderante. El otro, la cualidad subjetivo/objetiva de la atmósfera que es captada por la sensibilidad emocional. Siendo irrenunciable lo primero, lo segundo es principal para nuestro autor.
Experiencia sensorial y sentimental
Zumthor enumera una serie de características entendidas como las “herramientas” necesarias para crear atmósferas en la construcción de edificios. Trata las siguientes: el cuerpo de la arquitectura, la consonancia de materiales, la temperatura de los espacios, las cosas que se irán poniendo en los edificios habitados, la orientación en los espacios en los que nos movemos (“entre el sosiego y la seducción”), la tensión interior/exterior, la proporción o escala (“los grados de intimidad”) y, por último, la iluminación. A ello añade la importancia del entorno del edificio, la coherencia del diseño con su uso, y la forma resultante de todo ello.
Que considere el edificio como “cuerpo” en primer lugar es algo significativo e importante para él. Un edificio es algo análogo a una anatomía ya que un edificio reúne materiales según un orden. El carácter sensible y material del edificio nos habla de su dimensión intrínsecamente sensorial. Zumthor enumera dimensiones básicas al respecto que forman una especie de columna vertebral en su explicación:


- Los materiales diversos que se utilizan y la consonancia entre ellos. La riqueza de posibilidades de uso de cada uno de los materiales es enorme así como la combinación entre los mismos. Su textura, su forma de reflejar la luz o el sonido, su capacidad para absorber más o menos el calor, su color…
- La luz y las sombras (el edificio es un “conjunto de sombras”) que se crean con la regulación de la entrada de la luz natural así como con el estudio del uso de la luz eléctrica.
- La temperatura depende tanto de los materiales (la calidez de la madera se opone a la frialdad del metal), como de la luz.
- “Todo espacio forma un gran instrumento”. El sonido forma parte del espacio vivido: se mezclan, se crean o no ecos, deja pasar ruido del exterior…
La arquitectura, como él recalca, es un arte temporal. El paso del tiempo afecta a los materiales que envejecen de formas diversas. La madera de exteriores destaca visiblemente en este aspecto. A lo largo del día y de las estaciones varía la luminosidad. Los entornos de los edificios van cambiando con el tiempo. Y, sobre todo, el paso del tiempo vivido en ellas.
La dimensión sensorial, relativa directamente a los sentidos, es ingrediente básico de la vivencia de un edificio, sobre todo, cuando entramos en él. Todo en esta experiencia es sensible: calor/frío, tipo de sonidos, luminosidad y sombras de los espacios. Vemos, sentimos físicamente, oímos… La percepción de la atmósfera es, en primer lugar, sensorial. Es la sensación de la luz y el sonido, de la textura y la temperatura… Es una impresión sensorial unificada e internamente plural.
Utilizamos expresiones físicas para nombrar realidades emocionales: las ya mencionadas del ambiente “cálido” o “frío”, así como el carácter o actitud de una persona “luminosa” o “sombría”. Hay características análogas entre los afectos y las sensaciones relativas a los sentidos básicos como el ver u oír. Hay afinidad entre lo cálido como temperatura y lo cálido como la sensación de ser acogido, que asociamos a estar en brazos de otro y, por lo tanto, sentir su calor que se transmite y abriga. Zumthor, al diseñar edificios, subraya el aspecto de cómo lo percibido, la atmósfera, hace sentir.
Lo sensible va más allá de los sentidos básicos como el oído, la vista o el tacto. Zumthor hace referencia a la escala (otra de las herramientas) en su apartado sobre “grados de intimidad”. La distancia es algo también vivido en los espacios, construidos o no (una reflexión sobre las polaridades básicas del espacio vivido aquí y aquí). Cercanía y lejanía, amplitud y estrechez o apertura y cierre, entre otras, son dimensiones del espacio vivido con una significación y repercusión emocional grandes. Zumthor se fija en la sensación de pequeñez que se puede experimentar en espacios amplios. Esta sensación puede venir acompañada del sentirse acogido o de vivir lo grande como algo imponente.
Atmósfera y sosiego
Todas estas “herramientas” con las que el arquitecto diseña sus edificios, todas estas características sensoriales vistas hasta ahora, se completan teniendo en cuenta el movimiento y el tiempo. Una referencia al movimiento dentro de los edificios la estudia Zumthor bajo el sugerente título de “entre el sosiego y la seducción”, que bien podría servir para titular su propia conferencia ya que son los dos elementos emocionales básicos que persigue.


El sosiego es un sentimiento de calma, de permanencia, de tranquilidad, de serenidad. Zumthor busca provocar el querer estar en el edificio diseñado. Quiere:
Crear lugares donde no haya nada que sirva de reclamo, donde se pueda, simplemente, estar.
Esto me recuerda el ejemplo que puso Ortega en El hombre y la gente: ensimismamiento y alteración (1939) y El hombre y la gente (1957). Frente al estar continuamente alterado, respondiendo a los estímulos del exterior, el poder de ensimismamiento del ser humano, de volver sobre sí, la posibilidad de recogimiento.
El sosiego habría que entenderlo de manera matizada y plural. La atención contemplativa de un museo es algo diferente a la relajación de un balneario, a la vivencia de la intimidad calmada de una vivienda particular, así como al recogimiento que se busca en una capilla. También en sus edificios se perciben la gravedad y el desasosiego de un memorial. Zumthor busca crear atmósferas donde el usuario experimente una conexión profunda consigo mismo y que sea acorde con el uso del edificio, con la actividad desarrollada en él.


Esta invitación al estar se complementa en aquellos edificios que así lo faciliten, como museos o termas, el andar por ellos no de una manera dirigida, sino libre. Busca la “seducción”, como él dice, la invitación a moverse libremente.
No ser conducido, sino poder pasear con toda libertad, a la deriva.
Las historias de vida: interiores en el tiempo
Nuestra vida se realiza como habitar, lo que hacemos tanto en ciudades como en viviendas. En estas se establece una dialéctica entre lo que se enseña al exterior, y lo que se oculta a la mirada como Zumthor subraya. Se da una fuerte contraposición en muchos de sus diseños entre estas dos dimensiones, exterior e interior, como si el exterior apenas revelase muchas veces nada del interior, como si lo interior fuese lo realmente importante. La atmósfera que se crea es en el interior, allí donde se habita.
Zumthor valora positivamente cómo en las viviendas los ocupantes van poniendo objetos de diversos tipos que las van haciendo habitables y personales. Esa acumulación de objetos son reflejo de una historia vivida y contribuyen a que la casa sea uno de los lugares de la historia de nuestras vidas. Así también, el entorno en el que se ubican. A Zumthor le gustaría que los edificios, públicos sobre todo en esta consideración, fuesen lugares donde aconteciesen hechos significativos en la vida de las personas (“allí nos conocimos”…). Todo esto no lo puede dominar ni calcular, claro está. Pero forma parte de la imaginación del diseño de estos espacios el pensar que serán espacios vividos, lugares en los que se desarrollen vidas.
De la materia a la forma
Como ya hemos mencionado, la función del edificio, las actividades que se realicen en él, son esenciales y constitutivas del diseño. La congruencia entre función y atmósfera es intrínseca en su concepción. Todo ello culmina en la forma.
Para Zumthor la forma es aquello que al final aparece tras trabajar con la materia tan estrechamente ligada a lo sensorial y a la creación de atmósferas. Este trabajo le lleva (su “arquitectura es lenta”, dice) a una forma ligada al uso, libre en su concepción.
En definitiva. Zumthor tiene una visión clara que ilumina sus diseños. Crear una atmósfera que se percibe emocionalmente, muy ligada al sosiego, a la serenidad en la que la actividad realizada lleva a un contacto del usuario consigo mismo. Eso es una manera de describir una forma intensa de habitar.







