“DECÁLOGO” (1988), DE KIESLOWSKI (1): LA DIFICULTAD DEL VIVIR

Decálogo es el título de una serie de diez películas dirigidas por Kieslowski, realizadas para la televisión polaca en 1988. Cada una dura casi una hora, aunque dos de ellas, la cinco y la seis, fueron ampliadas para convertirse en sendos largometrajes. Las películas fueron escritas por el propio director, Krzysztof Kieslowski, junto a Krzysztof Piesiewicz, colaborador suyo habitual. La banda sonora corrió a cargo de Zbigniew Preisner. Estas películas son propuestas de reflexión, como lo serán las de su famosa trilogía posterior: Tres Colores: Azul, Blanco, Rojo (1993/1994; reflexión aquí), que hacen referencia a los ideales de la libertad, igualdad y fraternidad. 

La acción de las películas se desarrolla en Varsovia, y está centrada en un complejo de edificios altos, un conjunto fuera del centro histórico. Esto explica los pequeños juegos de personajes/vecinos que se encuentran y que son protagonistas de diversos episodios. Kieslowski no le da más importancia a este tema, no lo quiere convertir en un juego como hiciera Hitchcock con sus apariciones fugaces en sus películas. En estos altos edificios de pisos pequeños y humildes viven muchas personas, cada una con sus historias y dramas. El barrio es un pequeño microcosmos de la Polonia de su tiempo.

El elemento unificador mayor, claro está, es la referencia al Decálogo, a las diez palabras, conocidas como los “Diez mandamientos”. Para el judeocristianismo y todas las culturas conformadas por estas religiones, los diez mandamientos hablan de la ley de Dios que pretende regular las relaciones de los seres humanos con Dios, y entre sí. Son prescripciones morales, que solo alcanzan su pleno sentido si se entienden desde la óptica religiosa. Kieslowski no era una persona religiosa en el sentido tradicional de la palabra, pero en la Polonia de su tiempo, lo cristiano era una referencia muy comprensible para sus compatriotas. 

El director polaco toma estos mandamientos como referencia de problemáticas humanas fundamentales en las que la realidad religiosa, salvo en Decálogo 1, no tiene un papel relevante. Lo teologal, lo teológico de su contenido, se orilla y se toma su significado antropológico que habla, como decía anteriormente, de situaciones humanas básicas. La relación con los padres, con el dinero y la propiedad, la presencia de la verdad en las relaciones sociales, la importancia del amor y del sexo, el respeto por la vida humana… son problemáticas básicas y perennes. 

Dificultad del vivir

Kieslowski toma el tenor moral de los mandamientos para describir problemas éticos y humanos, planteando la complejidad de las situaciones y dejando interrogantes sin respuesta clara. Algunas preguntas que formulan los diferentes episodios: ¿existe Dios?, y si existe ¿cómo actúa?; ¿qué nos mueve a decidir como lo hacemos?, ¿qué tipo de convicciones y de experiencias vitales conducen nuestras elecciones?, ¿qué tenemos derecho a desear?; ¿qué decisiones condicionan nuestra vida?, ¿nos podemos liberar del pasado que nos ata?; ¿cómo amar, cómo encauzar el deseo amoroso?; la muerte y sus facetas: accidental, la muerte criminal, la pena de muerte; ¿cabe un amor no posesivo?; ¿qué valen en realidad las riquezas? Estas, u otras muchas otras preguntas que se pudieran formular, están planteadas en estas historias. Kieslowski describe las historias de tal manera que la complejidad de las situaciones se impone a la conciencia de los protagonistas creando dudas e incertidumbre. 

A la complejidad se añade la sorpresa, el giro imprevisto de los acontecimientos, lo inesperado que los descoloca y les obliga a tomar postura. Lo imprevisto tiene carácter de sorpresa que, si tiene un significado vital importante, requiere una toma de postura vital. Heredar una colección valiosísima de sellos, descubrir que está siendo espiada por un vecino que la ama de forma inmadura, dudar si leer una carta de una madre fallecida hacía tiempo, recibir la visita de una mujer a la que se falló hace muchos años siendo niña, o la de una amante que no ha rehecho su vida… 

Esta presencia de lo imprevisto que influye en las vidas de todos está simbolizado, en mi opinión, en ese otro elemento que subraya el carácter interrogativo de la obra. Se trata de la aparición en casi todas las películas, de un personaje enigmático (interpretado por Artur Bacis) que siempre aparece fugazmente, que no habla, aunque a veces mira a los protagonistas o les hace una señal en momentos importantes de las historias. No sabemos qué representa, pero introduce una pregunta que invita a reflexionar. ¿Simboliza a Dios?, ¿al destino?, ¿al azar incluso? Sí parece claro que apunta a lo indominable, a la presencia en nuestras vidas de aquello de lo que no podemos disponer.

Preguntas, dificultades, dudas, falta de dominio… son características comunes presentes en las diferentes historias narradas en Decálogo. Kieslowski narra bien cómo los deseos y las convicciones, las ideas sobre el amor y el peso de las decisiones tomadas, influyen en la manera de abordar estos problemas. La imagen global que se comunica es la de la dificultad del vivir, con las dudas y las consecuencias indeseadas de decisiones que los diversos personajes deben arrostrar. Esto parece una constante de la serie: las dificultades de la vida no solo son causa de dolor, sino de desorientación, expresión del no saber cómo vivir o qué hacer. En el conjunto de las diez películas se dibuja un retrato de la condición humana en la que el sufrimiento es un ingrediente fundamental. Son vidas sufrientes en las que la soledad y la culpa afloran con fuerza en sus vidas.

El peso del pasado

Ya he mencionado la presencia de la muerte de seres queridos en la vida de algunos personajes de la serie. Por otro lado, la antigua amante que aparece en Nochebuena hace referencia a su historia pasada. Son estos hechos y vivencias del pasado que dejan una profunda huella en la vida de los personajes. 

Gabriel Marcel hizo una sugerente distinción entre “tiempo cerrado” y “tiempo abierto”, designando diferentes formas de vivir la temporalidad. La primera forma, la cerrada, nombra aquella vivencia en la que un hecho del pasado significativo, o el miedo intenso a lo que puede acontecer en un futuro (que muera alguien querido en una guerra, por ejemplo), provocan que el sujeto se cierre al futuro, que quede aprisionado en algo pasado o en algo que puede pasar, pero que obture el carácter confiado y proyectivo de la vida humana. Esa vivencia provoca el estar encerrado en sí mismo y perder, siguiendo con Marcel, la dimensión creadora que caracteriza el vivir humano.

El peso del pasado en la vida humana es grande. Los hechos de nuestra vida tienen una significación variable, siendo ingredientes de nuestra identidad personal. Además, recibimos el influjo del pasado de los demás: historias familiares transmitidas por la misma situación que nos ha tocado vivir. El pasado común de las diferentes comunidades históricas a las que pertenecemos, el peso de las instituciones de las que formamos parte… Somos nuestro pasado ya que nuestras convicciones, estilos de vida o costumbres generan hábitos fruto de acciones repetidas de manera más o menos consciente. Por otro lado, el ejercicio de memoria que podamos hacer de nuestra vida en diferentes momentos de la misma, es una lectura que nos ayuda a conocernos, a ver la importancia que determinados acontecimientos y decisiones han pesado en nuestras vidas.

Somos nuestro pasado, pero aun siendo grande su peso, no estamos del todo determinados por él. También somos nuestro futuro: el papel de los proyectos, ideales o expectativas también es grande. Siempre podemos soltar el fardo del pasado, algo mucho más fácil de decir que de hacer: Adiós a todo eso, como dijo Robert Graves (1929).

En Decálogo 8, una profesora universitaria de Ética, cercana a la jubilación, recibe la visita de la traductora al inglés de sus obras en Estados Unidos. Durante la guerra, ella y su marido ayudaron a salvar a muchos judíos de la cruel persecución. La traductora resulta ser la misma persona que de niña fue denunciada a los nazis por la profesora bajo la razón de no mentir. Hubiese puesto en peligro a otras personas si no lo hubiese hecho.

Le di la espalda. La envié a la que casi era una muerte segura. Y sabía lo que hacía. Sí, tiene razón. No hay ninguna causa, ni ideal, ni nada, que valga la vida de un niño.

Años después, la profesora lo tiene claro. Y, a pesar del dolor del recuerdo, el alivio de ver a esa niña como una mujer madura que se salvó de esa muerte casi segura, es muy grande. Ella tuvo que trabajar su sentido de culpa. 

A menudo se distingue entre arrepentimiento y remordimiento como dos formas fundamentales del dolor de culpa. El primero, estaría abierto al futuro, abierto a la posibilidad de la recepción del perdón, de sentirse digno de ser perdonado. Estará acompañado de la voluntad de reparación de aquello que se pueda arreglar, de esa forma de justicia restaurativa que reconozca la culpa y ayude a paliar algunas consecuencias del mal hecho.

A diferencia de ello, el remordimiento sería aquella vivencia de la culpa en la que el sujeto no está abierto al futuro. Sería una vivencia del “tiempo cerrado” mencionado antes, un dolor que conlleva la creencia de no ser digno de ser perdonado, un sentido de culpa que persigue la conciencia del ofensor.

La profesora de Ética ha vivido la primera forma. Ha conseguido vivir un tiempo abierto, así como estar segura de que otra forma de obrar hubiese sido la mejor. Pero el pasado tiene esa carga de necesidad, esa dimensión de irrevocabilidad, de no poder cambiar lo hecho que tanto peso puede llegar a tener.

Al final del episodio van a visitar a la persona, un sastre, que sí acogió a la niña. Pero el dolor del sufrimiento del pasado, un dolor diferente ya que no es un dolor de culpa, es tan grande que no quiere recordar. Parece que hubiese sido una gran alegría ver a esa niña como una persona madura que consiguió llevar una buena vida. Pero no quiere hablar. El peso del pasado se impone, el sufrimiento de la guerra fue tan grande que recordarlo perpetúa ese dolor. 

Por otro lado, es interesante la reflexión que ha acompañado la vida de esa niña salvada, y que manifiesta un dolor especial. ¿Por qué unas personas pueden elegir y, por lo tanto, pueden salvar, mientras que otras no pueden elegir, y su destino es solo el poder ser salvadas?  Como si el peso de la historia, así como el de la sociedad con sus costumbres y vigencias determinase la vida de aquellas personas que, por pertenecer a algunos colectivos, estuviesen abocadas a no poder convivir con los demás porque su identidad les resulta insoportable. ¿Por qué por ser quien soy necesito ser salvada?, parece decirnos ese personaje. En determinadas circunstancias sociales, el futuro se cierra para algunos, pero no por una actitud propia, sino porque los demás no aceptan su existencia. 

Vivimos en libertad con los demás. Si algunos son una amenaza para otros ya que pretenden y pueden expulsarlos, la vida de estos otros es muy poco libre, por no decir, nada. No pueden elegir. Están en una situación de indefensión tal que no se valen por sí mismos, sino solo en la medida en que son ayudados. El carácter relacional que define al ser humano parece fracturarse aquí. El ser con otros que nos define, entra en crisis al considerar que la identidad de unos es considerada dañina para el grupo dominante. Es humillante no dejar al otro valerse por sí mismo.

Estas reflexiones continuarán en las siguientes entradas.

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