Continúo en esta segunda entrada algunas reflexiones a partir de la obra de Shakespeare, Julio César, de la que Mankiewicz hizo una excelente versión para el cine en 1953.
Sobre el poder
¿En qué consiste el poder? En principio, se puede decir que el poder es la mera capacidad de hacer algo. Lo comprendemos así cuando decimos: “yo puedo” hacer tal o cual cosa. Su negación la experimentamos cuando nos sentimos impotentes, lo cual puede ser muy doloroso si aquello a lo que aspiramos es muy valioso para nosotros. En este ámbito hay un matiz que es importante señalar. En muchas ocasiones, no solo queremos alcanzar un bien, disfrutarlo; queremos alcanzarlo nosotros, con nuestro esfuerzo y saber hacer. El “yo puedo” es un ingrediente básico de la estima de sí.
Este poder hacer es sinónimo de capacidad, capacidad de hacer, de iniciar un proceso que apunta a un estado de cosas a alcanzar. Las capacidades hay que educarlas a la vez que, para que sean reales, se necesita contar con recursos con los que poder actuar. De poco sirve saber escribir (alguien nos ha enseñado a todos y ese alguien es un recurso para nosotros), si no tenemos con qué escribir. “Empoderar”, “empoderamiento”, habla de alcanzar ese “yo puedo”, de capacitar para obrar desde sí.
En este sentido básico, el poder es el ser capaz de actuar de manera autónoma, es la capacidad de iniciativa.
Por otro lado, el poder también se entiende como poder-sobre, como capacidad de hacer mover, como capacidad de influir, de modificar y transformar. En este ámbito asociamos el poder a la capacidad de vencer una resistencia. Aplicado esto al ámbito personal y social, tenemos poder cuando influimos en otros.
Esta capacidad de influencia sobre la acción de los demás no siempre tiene carácter negativo, ni mucho menos. Dar un consejo, por ejemplo, puede ser algo muy influyente y es algo que no supone vencer el querer opuesto del otro. No siempre el poder-sobre otro/s tiene un carácter negativo. Empoderar a otros es una acción tremendamente noble y necesaria. Educar es eso, en gran parte.
Pero el poder tiene mala fama porque muchas veces es el ejercicio de una capacidad que doblega la del otro, que vence de manera indebida la resistencia del otro. Por eso, en el ámbito político, se han establecido desde antiguo distintos mecanismos de limitación y control del poder para evitar los abusos. Uno de estos modos es la distinción clásica, romana, entre autoridad y poder, entre auctoritas y potestas. El poder de ejecución estaba obligado a escuchar a la auctoritas del Senado, siguiendo la idea clásica y perenne que afirma que quien gobierne debe ser una persona que escuche bien los consejos de quienes saben.

El poder político es una clase particular de poder. La capacidad de iniciativa de los gobernantes es grande, así como su capacidad de influencia sobre el conjunto de los ciudadanos. El arte y la actividad política es un arte, en sí misma, muy noble a la par que difícil. El poder sobre otros es propio del poder político. Y aquí se establece una problemática aguda que atraviesa la historia. El poder político tiene entre sus resortes la posibilidad del uso de la fuerza para hacer cumplir la ley, como bien dijo Weber con su famosa tesis del monopolio de la violencia legítima como propiedad del estado moderno.
La tiranía y la libertad
Podemos aceptar que “despotismo” nombra las variadas clases de ejercicio del poder político que pretenden someter a las personas gobernadas, a tratarlas como súbditos. Este ejercicio excesivo del poder no respeta el carácter de ciudadano de estas personas, su libertad, que se encuentra sometida a la voluntad del déspota. Dictaduras, tiranías, absolutismos varios… son formas de poder despótico que se han sucedido a lo largo de la historia, también presentes hoy.
Sin entrar ahora en discusiones, tan interesantes ciertamente, sobre las diferencias entre las distintas formas de despotismo, la tiranía se suele entender como aquella forma de ejercicio del poder político que niega “el imperio de la ley”, que considera que la voluntad del gobernante es la fuente de la ley. Además, para vencer la resistencia que provoca en los ciudadanos, los somete de diferentes maneras, introduciendo la violencia como forma de ejercicio del poder. Es más que la fuerza citada de hacer cumplir la ley, es más que la censura. Se trata de anular la disidencia a través de la arbitrariedad: la encarcelación, la propuesta de la delación como comportamiento responsable aunque sea falsa… amedrentando así al conjunto de la sociedad.
En diferentes fases de esta historia, Bruto contrapone amar a César, aceptar su legitimidad para mandar, y amar a Roma. César es una amenaza para Roma, para la libertad de los romanos. Por eso, César tiene que dejar de mandar. Dice Bruto:
Con su muerte ha de ser; por mi parte, para oponerme a él, sólo me impulsa el bien común. ¡Pretende la corona! (Acto II)
Así, pues, si este amigo preguntare por qué razón Bruto se alzó contra César, he aquí mi respuesta: «No fue porque amara a César menos, sino porque amaba a Roma más.» ¿Preferiríais que César viviera y morir esclavos, a que esté muerto César y vivir libres? Porque fue mi amigo, lo lloro. Porque afortunado fue, lo celebro; porque fue valiente, lo honro; porque fue ambicioso, lo maté. Lágrimas tuve para su amistad; regocijo por sus triunfos; encomios para su valor, y muerte para su ambición. (Acto III)
Pero Bruto matiza su juicio (acto II) sobre esta ambición de César. Shakespeare expresa de manera sucinta un problema perenne:
Achaque suele ser de quien encumbra divorciar el poder y la conciencia. Pero nunca, en verdad, vi subyugada de César la razón a sus pasiones.
El razonamiento, en su concisión, es complejo. El gran problema de la tiranía se puede expresar exactamente así: el divorcio entre el poder y la conciencia, referidas ambas al gobernante. Ya no hay nada que oriente y limite su voluntad poderosa. Ya no hay verdad: la dignidad humana, la humanidad del ser humano… Es más, la propia tendencia de la hybris del poder será el carácter definitorio de lo humano, que será tal o cual cosa según lo diga ahora el déspota. Sin embargo, César parece no hacer tal cosa, y ese será un motivo de duda para él, porque no ha perdido el uso de la razón al no estar sometida a las pasiones. Creo que esto se puede matizar mucho si se advierte que la hybris nubla la capacidad de juicio. César no será intemperante según una cierta medida, pero sí según otra: la de que su razón “ve” lo que la hybris le deja ver, y lo ve como conveniente, con apariencia de verdad.
Pero la ambición del tirano se completa con el dejarse gobernar así por parte de los ciudadanos. No quieren ser esclavos, como dice Bruto en su discurso, pero, de hecho, dejan hacer, se comportan como tales. Parecen estar dormidos. Es el famoso “pan y circo” que Juvenal tan bien describió en su Sátira X:
… desde hace tiempo -exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto-, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo.
Como dice Casio en el Acto I:
¿Por qué ha de ser tirano entonces César? ¡Pobre hombre! quizás no fuera lobo si ovejas no creyese a los romanos. León no hubiera sido a no ser ciervos los romanos. Incendio formidable con míseras aristas se promueve. ¿Qué andrajo, qué desecho, qué inmundicia es Roma que a propósito se juzga para alumbrar cosa tan vil como César?
La retórica, al servicio de la aceptación de la legitimidad
Se ha comentado mucho la brillantez retórica de los discursos de Bruto y Marco Antonio, pronunciados tras la muerte de Julio César en el Acto III. La retórica estudia la composición de los discursos con el fin de lograr en el auditorio (o lectores) una opinión favorable sobre una cuestión discutida. Los griegos y romanos clásicos la estudiaron con profundidad. El mismo Cicerón aparece en esta obra.

Bruto y Marco Antonio buscan el beneplácito de los ciudadanos de Roma, y con él, la legitimación o no del magnicidio y de quién tiene derecho a gobernar. El poder de la retórica muestra aquí su importancia decisiva en el ámbito de la política (un ejemplo famoso más reciente es el famoso discurso de Churchill ante la Segunda Guerra Mundial; puede consultarse aquí).
Como bien dice Aristóteles hablando de la retórica, estamos en el ámbito de lo contingente, de lo probable. Aquí no caben razonamientos lógicos conclusivos. De ahí la apelación a las emociones que inclinen a la aceptación de una u otra postura. El discurso de Marco Antonio pasa por ser un ejemplo de manipulación de quien se presenta como ignorante en discursos pero que es capaz de conmover presentando el cadáver, llorando su muerte, y repartiendo el testamento de Julio César que deja a los romanos una cantidad apetecible. Al ser un discurso oral, Marco Antonio puede tener en cuenta las reacciones del auditorio, lo que usa en su favor.
Los discursos de Bruto y Marco Antonio contraponen razones a favor y en contra que expresan la lucha perenne entre conciencia y poder. Bruto aduce un ideal moral: el bien común, la libertad. No busca el poder. El discurso de Marco Antonio, al recordar las gestas de César, está más orientado al poder. Los dos buscan el asentimiento de los ciudadanos de Roma ya que se trata de un acto extremo que necesita ser legitimado. Harán caso a Marco Antonio en su mayoría.
Conclusión
Si está justificada la muerte, parecería que está justificado que mandasen sus asesinos o, por lo menos, que ejercieran el poder en un período transitorio. Si no lo está, habrá que detenerlos y, por lo tanto, no tendrán legitimidad para mandar. Todo esto recuerda el paradójico tema, muchas veces subrayado por Ricoeur, del origen violento del poder: revoluciones, grandes crisis, guerras, movimientos de liberación…
El magnicidio narrado sería considerado en la actualidad como un acto criminal y sin justificación. Se nos transmite la idea de que en la obra original, en la antigüedad, esta acción era un acto que podía ser legítimo si se consideraba como algo necesario para evitar el mal mayor: la tiranía. Aunque hoy podemos pensar en ejemplos actuales en el mundo en los que derrocar al tirano de manera pacífica no es tán fácil como podría parecer…
Al final de la obra, Marco Antonio reconocerá la noble motivación de Bruto:
Fue el más noble romano de entre todos, pues los demás conspiradores fueron movidos todos de su envidia a César. Él, por nobles ideas impulsado, a ellos se unió para el bien de todos. Dulce su vida fue. Los elementos en él tan combinados, que bien pudo orgullosa exclamar naturaleza: «Ved un hombre ahí», al universo entero.



