La vida secreta de las palabras es una película escrita y dirigida por Isabel Coixet en 2005. Sarah Polley interpreta a Hanna, ciudadana de la antigua Yugoslavia que trabaja actualmente en una fábrica en Irlanda del Norte. Tim Robbins encarna a Josef, un trabajador que sufrió quemaduras en un accidente en una plataforma petrolífera. La plataforma ha cerrado su producción y quedan en ella solo algunos trabajadores para labores de mantenimiento. Hanna, de vacaciones, oye en un bar que necesitan una enfermera para cuidar a Josef en la enfermería de la plataforma y se ofrece para trabajar. (En esta entrada comento aspectos centrales del argumento, siendo consciente de que la película se ve mejor sin conocer la historia).
Fenómenos de aislamiento
Isabel Coixet comentó en una entrevista:
Hice un documental sobre una plataforma petrolera en el sur de Chile hace años y quedé completamente hipnotizada por el lugar: el aislamiento, las extrañas conexiones que crea el aislamiento entre las personas que trabajaban allí y la forma en que las personas se abren unos a otros en situaciones extremas…
Para el ser humano, vivir es convivir. Las formas de convivencia son muy variadas y de calidad muy diferente. A la vez, dada nuestra capacidad de volver sobre nosotros mismos, podemos buscar la soledad donde vivimos nuestra singularidad, cultivamos nuestra interioridad. Es una soledad buscada que vivimos en el marco general del vivir juntos. Desde este planteamiento básico, veamos algunas formas básicas de aislamiento, realidad central en la película.
- Vivir alejados. Hay islas y poblaciones muy aisladas en la Tierra por las grandes distancias respecto a otras poblaciones o la dificultad para llegar. Este tipo de aislamiento supone una incomunicación, lo que hoy queda algo mitigado al poder comunicarse por medios telefónicos y audiovisuales.
- Buscar formas mejores de vida. Grupos pequeños se separan y aíslan de las formas de vida urbana, lo que señala un cansancio y un sueño por recuperar un estilo de vida más sereno, natural y comunitario. Las comunidades off-grid (“fuera de la red”) y ecoaldeas, los kibutz israelíes, las comunas hippies creadas en occidente hace décadas… son algunos ejemplos. Un cierto reverso a estas propuestas es la historia de la película El bosque (The Village, M. Night Shyamalan, 2004) en la que se narra el aislamiento voluntario de un grupo de personas que han sufrido la violencia en sus vidas, violencia que no pueden extirpar de sus corazones.
- Dificultad para vivir con otros, vivir aislado en medio de los demás. Personas individuales o grupos muy pequeños viven un aislamiento funcional o social debido a la dificultad de vivir con otros debido a muy diversas causas. La soledad forzada de muchas personas mayores dependientes; la soledad elegida, aunque también forzada, de los hikikomori (tendencia iniciada en Japón), aquellos jóvenes que se quedan largas temporadas sin salir de casa, rechazando toda conexión social, tanto de redes sociales, como en la calle; la soledad de aquellas personas que no pueden relacionarse con los demás de la forma que habitualmente consideramos “normal”, algo muchas veces derivado de una suerte de parálisis emocional provocada por diversos motivos.
- Ser abandonado, vivir situaciones de exclusión, ser apartado, ser marginado, sufrir el ostracismo… Es el aislamiento provocado por otros.
- Trabajos en lugares inhóspitos. Las plataformas petrolíferas, el trabajo en grandes barcos mercantes o de pesca de altura, así como el trabajo en algunas minas aisladas, en los faros o pastores (estos últimos, algo muy residual)… Las personas pasan temporadas en esas situación de aislamiento y convivencia estrecha con sus compañeros de trabajo. En la mayoría de las ocasiones se trata de una salida de casa para volver tras un tiempo prolongado. Este aislamiento impondrá unas formas de vida peculiares: mayor dependencia mutua, mayor “presión social” del conjunto sobre los individuos, más nitidez pública de los roles sociales de cada uno de sus miembros…

Es el caso de La vida secreta de las palabras que se desarrolla principalmente en una plataforma petrolífera cuya producción se ha paralizado mientras se investiga el accidente. Quedan unos pocos trabajadores para mantenimiento. En la película aparecen estas formas de aislamiento en diferentes personajes, con diversos niveles de intensidad.
Antes, se nos presenta a la protagonista llevando una vida rutinaria en una fábrica en la que come sola siempre lo mismo, que vive en una casa sin señas de identidad, a quien le obligan a coger vacaciones porque molesta a sus compañeras que no se las haya tomado nunca… Sabremos que ha sufrido un gran trauma, que ha sido víctima de actos salvajes que desbordan su capacidad de asimilación. Vive paralizada, entumecida, insensible. La hipoacusia parcial que sufre le permite, apagando el audífono, aislarse todavía más.
La quiebra del carácter relacional, del cultivo de la interioridad
Judith Herman, psiquiatra estadounidense, publicó Trauma y recuperación en 1992, un libro de referencia en esta especialidad (una entrevista con la autora, aquí). Añadió a la categoría diagnóstica de “trauma (simple)» la de “trauma complejo”, ocasionado no por un acontecimiento devastador pero puntual, sino por una experiencia prolongada y repetida de actos de abuso. Como dice la profesora Herman:
El trauma psicológico es una aflicción de los impotentes. En el momento del trauma, la víctima queda incapacitada por una fuerza abrumadora (cap. 2).
Explica que el trauma puede ocasionar tres tipos de reacciones: la hipervigilancia, la intrusión invasiva de recuerdos, y el entumecimiento traumático, un tipo de constricción y de reducción de la vida emocional. Es esta última reacción la que mejor parece describir a la protagonista. Los acontecimientos vividos sobrepasan la capacidad de afrontamiento de la persona, lo que produce en Hanna una quiebra en su ser relacional y de cultivo de la propia interioridad.
En la película parecen cumplirse bien las tres etapas que señala en su libro sobre la recuperación, un proceso complejo que no siempre es lineal ni mucho menos (una breve síntesis, aquí), y que en la película se perciben con bastante nitidez: seguridad, recuerdo, reconexión.
La recuperación solo puede tener lugar en el contexto de las relaciones; no puede ocurrir en aislamiento (cap. 7).
Seguridad
Su relación con Josef, que mantiene un buen humor, sus conversaciones, que despiertan de vez en cuando la sonrisa en Hanna. El aislamiento de la planta, las pocas personas presentes en ella, crean un ambiente algo controlado que favorece esa sensación creciente de aceptación por parte de los demás y, sobre todo por parte de Josef, el paciente.
La primera tarea de la recuperación es establecer la seguridad del sobreviviente. Esta tarea tiene prioridad sobre todas las demás (cap. 8).
En esta relación irá viendo al otro como un tú con el que poder comunicarse, así como se ve a sí misma como un tú del otro. Este clima de confianza compartida favorece el abrirse ante otro y hacer memoria de lo inaceptable. La confianza de Hanna en Josef se cimenta también en que va conociendo que él también tiene el “alma rota”, que tiene su propia historia dramática. Hanna escucha varias veces un mensaje en el móvil de Josef. Es una mujer que le dice que le echa de menos, que le quiere. Sabremos que son palabras de la esposa de su mejor amigo, amigo que intentó suicidarse en el accidente de la plataforma y al que Josef quiso salvar, quedando herido por las quemaduras. Josef también tiene su propia historia trágica.
Recuerdo
Hanna, en una escena clave de la película, relata a Josef el horror al que ella y su amiga, y otras mujeres, sufrieron de manos de crueles soldados en la Guerra de los Balcanes.
El poder restaurador de contar la verdad. En el relato, la historia del trauma se convierte en un testimonio (cap. 9).
El hecho de poder narrar esas lacerantes experiencias le permite poder recuperar su pasado como pasado, hacer que la experiencia traumática pertenezca al pasado, como dice Herman (cap. 9). El recuerdo, el “trabajo de rememoración” de la “memoria impedida”, “herida» (Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido, 2000) del que su entumecimiento emocional la defiende, es algo necesario. En la memoria narrada comienza el proceso de sanación que le permitirá empezar un doloroso proceso de duelo.

En realidad, la protagonista está contando por segunda vez su historia. Josef, tras su curación, irá a consultar la historia de Hanna en International Rehabilitation and Research Centre for Torture Victims, organismo con sede en Copenhague, y habla con Inge Genefke, su fundadora y directora (tanto el personaje de Inge como el Instituto existen realmente). Hanna contó su historia en este organismo en un contexto clínico que le ayudó a sobrevivir aunque fuese de esa manera entumecida de la que hemos hablado. El segundo relato fue hecho, en un contexto de intimidad, a una persona con quien está viviendo una incipiente historia de amor.
Por otro lado, una enigmática voz de niña aparece como voz en off desde el principio. No sabremos con claridad quién es ni, incluso, qué representa. Sí que podemos afirmar que hay palabras en el interior de Hanna, al que ella tiene dificultad de visitar, que le permiten experimentar que, a pesar de su aislamiento, no está sola, que alguien siempre la podrá escuchar. Son una suerte de soliloquio que finge ser un diálogo, una memoria que espera ser narrada en el contexto adecuado. Si Hanna escucha, su misma interioridad le va diciendo que puede ser escuchada.
Reconexión
Recuperar una vivencia relacional, así como el cultivo de su interioridad al poder narrar ese pasado inasumible, son formas de nombrar el proceso de sanación. Algunas de las heridas son físicas, cicatrices, memoria física de los daños sufridos. Con la recuperación va recomponiendo su identidad, aquella que quedó fracturada y que empezó a recobrar en el acto de relatar. Todo ello le permite vivir un “tiempo abierto» tras el largo período del “tiempo cerrado»; vivir la esperanza, la creencia en la salida del cautiverio como la describe Gabriel Marcel.
La impotencia y la soledad son las experiencias centrales del trauma psicológico. El empoderamiento y la reconexión son las experiencias centrales de la recuperación (cap. 10).
Hacia el final de la película, Hanna le dice que no a Josef de irse juntos:
– No, yo creo que no va a ser posible (…) Porque si decidiéramos irnos a algún lugar juntos me da miedo que un día… hoy no quizás… quizás… quizás mañana tampoco… pero un día de repente puede que empiece a llorar y llorar y llore tanto que nada ni nadie pueda pararme y que las lágrimas llenen la habitación y que me falte el aire y que te arrastre conmigo y que nos ahoguemos los dos.
– Aprenderé a nadar (le responde Josef).
Esta acertada y expresiva respuesta completa esta narración restauradora que comenzó en Copenhague.
Aquellos que han sobrevivido aprenden que su sentido de sí mismos, de valor, de humanidad, depende de un sentimiento de conexión con los demás (cap. 11).
La fuerza de las palabras
El título de la película, La vida secreta de las palabras, es un acierto. Hay varias facetas argumentales de la película en las que las palabras muestran su fuerza, en las que el lenguaje manifiesta su poder transformador. La principal, la narración en un contexto dialógico. Las palabras, la narración, tienen un valor terapéutico (lo que recuerda el bello título del libro de Laín Entralgo La curación por la palabra en la antigüedad clásica, de 1958). La “identidad narrativa” (Ricoeur) se refiere a la posibilidad, y necesidad, de que la vida humana sea recogida en un relato. La “vida secreta de las palabras” es esa fuerza propia del lenguaje, de la narración, que permite a la protagonista tenerse a sí misma, fraguar su identidad, volver a vivir abierta, habitar de nuevo el mundo con los otros.



