En este recorrido por lugares y tipos de edificios de las ciudades, nos ocupamos ahora de los cementerios presentes en todas las localidades, pequeñas y grandes. Tener lugares donde enterrar a los muertos de forma individual y con claras señales de respeto en el tratamiento del cadáver siempre se ha considerado una señal de presencia de humanidad. ¿Qué dice un cementerio sobre la manera en que una sociedad entiende a la persona, la muerte y la memoria?
Una pequeña historia
“Cementerio” se podría traducir etimológicamente como “dormitorio de los muertos”. Entender la muerte como sueño o descanso (“descanse en paz”) tiene que ver con la cosmovisión cristiana que tiene en la esperanza de la “resurrección de la carne», como dice el Credo, uno de sus pilares fundamentales. La palabra española “camposanto” hace referencia a la consideración de terreno sagrado, algo ya presente en el derecho romano que consideraba el suelo del cementerio como lugar religioso o sagrado, terreno al margen del comercio.
En la época del Imperio Romano, y estando la Iglesia perseguida, los muertos se enterraban extramuros, y cuando la religión fue oficial se siguió con la costumbre para que se encontraran cerca de los mártires anteriormente enterrados donde, muchas veces, se construían iglesias. Ya en la Edad Media se entierran dentro de la ciudad, y a partir del siglo X se consolida el entierro cerca de las iglesias.
Ya entrado el siglo XVIII y de forma plena en el XIX, los ayuntamientos de muchas ciudades dictaminan que los cementerios deben estar fuera de la ciudad. El aumento de población, así como cuestiones higiénicas y de salubridad obligan a este cambio. Algunos de ellos, aun estando fuera en su origen se han convertido en cementerios urbanos, otros se mantienen cerca de iglesias… Aparecen los nichos verticales debido a los problemas de espacio, así como a su temporalidad.
En nuestros días se está produciendo un cambio cultural de envergadura. La cremación está aumentando mucho, siendo ya algo mayoritario en Occidente. Más allá de la problemática sobre dónde dejar las cenizas, algo regulado por los ayuntamientos, se construyen columbarios. Uno de esos sitios son las iglesias, adonde vuelven los muertos, sobre todo, tras la prohibición eclesiástica de guardar las cenizas en las casas.
El cementerio como ciudad
Se produce, por lo tanto, una cierta paradoja de carácter cultural. El construir los cementerios fuera de la ciudad invisibiliza bastante la muerte, algo que muchos análisis socioculturales señalan. A la vez, hay tumbas, dentro de los cementerios, muy vivibles por su tamaño y calidad artística, siendo algunas de ellas homenaje manifiesto de algunas personalidades.

“Mausoleo” es una palabra usada ya por por los romanos para grandes tumbas, vocablo proveniente del gran Mausoleo de Halicarnaso; y “panteón” es nombre del templo pagano cristianizado en el que estaban enterrados personas de relevancia social y que se usó para nombrar, por ejemplo, al Panteón de los Reyes en El Escorial. En estos casos, el factor artístico puede llegar a ser muy alto por la presencia de esculturas y el diseño “arquitectónico” del conjunto visible, como el Mausoleo de Julián Gayarre en Roncal (Navarra), obra de Mariano Benlliure (1901), que recuerda, conceptualmente, a todas esas tumbas de reyes con sus mausoleos presentes en tantas grandes iglesias. En la época contemporánea se unen a esas tumbas especiales, los soldados que representan a todos como manifestación de agradecimiento y honor como, por ejemplo, la tumba del “soldado desconocido” en la Abadía de Westminster. Una variante de ello es la visita turística a cementerios para ver las tumbas de personas ilustres en diferentes áreas de literatura, música, mundo del cine o teatro… Père-Lachaise en París (“el cementerio más visitado del mundo”).
Desde la consideración etimológica, la palabra “necrópolis”, ciudad de los muertos es, de hecho, la más ajustada desde el punto de vista arquitectónico. El modelo mediterráneo es, normalmente, una ciudad amurallada con sus calles y avenidas, muchas veces con nombres. Con un fuerte carácter geométrico con el que se pretende optimizar el espacio, se alternan mausoleos o panteones familiares con calles de nichos verticales. Los cementerios pequeños son mucho más sencillos. “Corral de muertos” los llamó Unamuno en un poema.
Trabajo de vegetación, trabajo paisajístico
A todo ello se añade la vegetación. La presencia de árboles y flores depositadas por familiares da a los cementerios un aire especial. El ciprés, símbolo de muerte y duelo, es un árbol muy presente en los cementerios del área del mediterráneo. Es un árbol con una simbología clara de dirección hacia lo alto. Otros árboles como el tejo, el sauce llorón o el abeto, entre otros, también están muy presentes en otras áreas cercanas. Además de su carácter simbólico, sirven también para proteger de sonidos externos. A los árboles se unen las flores que también tienen un simbolismo cultural ligado a la memoria y la esperanza. Toda esta decoración vegetal puede unirse en algunos cementerios a la presencia de praderas verdes y pequeños lagos. El trabajo paisajístico es, en estos casos, una dimensión muy a tener en cuenta, algo que se añade a la labor urbanística citada.

Es una “naturaleza domesticada”, como la presente en las ciudades, en alamedas, parques, calles, jardines… Una ciudad, incluido el cementerio, necesita tener esa presencia de lo natural que conecta con algo nuestro muy básico y hondo, pre-racional, ligado a nuestra condición corpórea. Es reflejo de lo que somos. La naturaleza antes de ser trabajada por nosotros no nos devuelve nuestra propia imagen. Es lo previo a la acción, lo ligado a la vida donde encontramos uno de nuestros lugares propios. El contacto con la naturaleza es una necesidad humana ineliminable que pone en cuestión nuestra ligazón a lo artificial, a lo hecho por el ser humano. La ciudad es uno de los emblemas de lo hecho por el hombre.
Se produce otra experiencia digna de interés. A diferencia de las ciudades donde las flores son de plantas vivas enraizadas en la tierra, las flores de los cementerios muchas veces están cortadas. Su “vida”, que ya no es tal, es efímera, símbolo del tópico de la brevedad de la vida humana, tópico antiguo más verdadero antes que ahora. Esto se contrapone de forma drástica con la perdurabilidad de los árboles y su estabilidad.
Cementerios: lugares de la memoria y la esperanza
Vamos a los cementerios a asistir a los entierros. También de visita para cuidar, estar a solas o con allegados ante la tumba de la persona querida. La lápida nos da una información básica con su nombre y fecha de fallecimiento. Otras veces hay inscripciones con lemas queridos por la familia o la persona enterrada, con epitafios… Mientras vamos hacia esa tumba, paseamos por zonas de mausoleos, nichos… Son muchos los muertos. A veces encontramos las tumbas de personas conocidas, otras nos encontramos ante enterramientos de personas con una presencia histórica destacada… Los cementerios son lugares de la memoria personal y familiar, así como de memoria social.
El cementerio nos recuerda de forma muy visible nuestra mortalidad, característica muy humana en el sentido de que sabemos desde muy pronto que somos seres mortales (mors certa, hora incerta). Ante la presencia física de la muerte, experimentamos un límite, la presencia de algo último. La teología clásica hablaba de “ultimidades” o “postrimerías”, lo que está “al otro lado de la muerte”: el más allá, la vida ultraterrena. Sobre esto la filosofía ha hablado desde sus comienzos, como hace Platón por boca de Sócrates con el tema de la inmortalidad del alma. Pero más acá o más allá de esto, el tema está ligado indisolublemente a las creencias religiosas. En nuestras sociedades secularizadas, las creencias al respecto son diversas y no compartidas. Nos movemos entre la aceptación de una inmortalidad “débil” que consiste en la memoria que los vivos tengan de la personas fallecida, algo que desaparece en pocas generaciones, y la inmortalidad “fuerte”, la vida en el más allá. Para Miguel de Unamuno esta preocupación atravesó su vida y su obra intelectual. Como dijo Julián Marías (La significación de Unamuno, artículo publicado en enero de 1939)
Unamuno ha dedicado su vida y su obra entera a este problema de la inmortalidad (…) Don Miguel de Unamuno se pasó su vida terrenal poniéndonos obstinadamente ante los ojos y dentro del alma misma la tremenda cuestión, haciéndonos sentir su mordedura en el fondo de la persona, devolviéndonos así a nosotros mismos. Este ha sido su papel y su mérito primero.
Cementerios, lugares de comunicación espiritual con la persona fallecida
Todo este trabajo relativo al diseño de los espacios del cementerio y la labor paisajística es el material previo al trabajo de atención de todos los profesionales que trabajan en él. En su conjunto configuran un especial espacio vivido, un lugar de duelo y de recuerdo que permite una comunicación espiritual con el difunto.

Enterrar a las personas supone una clara conciencia de la unicidad y del valor de cada persona. Esta singularidad la experimentamos en las relaciones cercanas de muy diverso tipo: familiares, de amistad… La persona allegada que muere deja un hueco en la vida del superviviente. Dependiendo de la relación, su ausencia puede ser muy presente, notándose mucho su falta. Las circunstancias de la muerte y el tipo de relación, así como la edad, son factores que influyen mucho tanto en el tipo de dolor como en su intensidad. En cualquier caso, contar con un lugar localizado al que ir con posterioridad es algo importante y que muchas personas realizan con frecuencias y formas de proceder diferentes para cuidar de la tumba o nicho, rezar, hablar al difunto… Para el ser humano, tener un lugar al que ir es importante.
A veces no es posible, como en el caso de enterramientos comunes realizados en un acto más de crueldad tras asesinatos en masa. En otras ocasiones, las mortandades exigían esa medida con la condición de que se individualizasen los enterramientos si fuese posible. A veces, estas mortandades han sido producidas por naufragios, terremotos y eventos parecidos, lo que lleva aparejada la desaparición del cadáver.
Silencio
El silencio es uno de los aspectos que mejor define estos recintos. Desde que entramos, tendemos a bajar la voz. No se quiere importunar a otros que estén con sus muertos. El silencio es muestra de respeto, a veces de sobrecogimiento. El silencio es necesario al estar a solas, aunque lo estemos con otras personas. Las reflexiones, la oración, el dirigir nuestras palabras a la persona fallecida… Es un hablar a solas con la forma de un diálogo.
Bibliotecas e iglesias comparten esta exigencia de silencio o reducción del volumen de voz. Se contrapone a zonas de juegos, bares o ferias. El gentío y los ruidos presentes exigen, lógicamente, subir el volumen. También las ciudades son ámbitos donde las diferencias de volumen, de ruidos por un lado, y de la emisión de voz cuando hablamos, por otro, marcan zonas diversas, una pluralidad de espacios vividos.
Final
El cementerio responde a una exigencia ética y psicológica fundamental del ser humano: la necesidad de un lugar donde la memoria personal y colectiva pueda resistir al olvido. Cuidar de una tumba, plantar un ciprés o bajar la voz al cruzar su umbral no son simples costumbres; son, fundamentalmente, actos de reconocimiento del valor único de cada existencia humana. La singular experiencia del habitar que tenemos en los cementerios, destaca por el afrontamiento de los límites y la experiencia de recuerdo y duelo de nuestras personas queridas fallecidas.



