Polaridades y ejes básicos del espacio vivido (y 2)

En esta segunda entrada quiero continuar con el análisis de diversas polaridades que caracterizan el espacio vivido, su significación antropológica y su relación con la arquitectura, con las ciudades y viviendas (la primera, aquí). Tras considerar las parejas interior/exterior, centro/periferia, cercanía/lejanía y continuidad/discontinuidad, prosigamos con otras polaridades.

Arriba y abajo

La cercanía y lejanía mencionada la vivimos, sobre todo, en sentido horizontal. Las otras coordenadas básicas tienen que ver con la verticalidad a las que también podemos aplicar las características de cercanía y lejanía: lo bajo está a la mano, como mucho, en el suelo que pisamos, mientras que lo alto puede ser inalcanzable. 

Paul Klee, Ciudad de dos colinas, 1927

Otra característica que todos vivimos. El suelo es “tierra firme”, tanto en la naturaleza, como en la calle o en nuestra casa. Vivimos “pegados” al suelo, lo que nos otorga una sensación de estabilidad que se contrapone a la sensación de peligro de caída al estar en altura. Estar a la mano y estabilidad por un lado; sensación de peligro de caída y poder no estar a la mano son características de lo bajo y lo alto.

A veces lo bajo está abajo o debajo del suelo. Todo lo subterráneo es un mundo que también puede ser inalcanzable tanto a nivel terrestre como marítimo: no es posible “viajar al centro de la Tierra” como imaginó Julio Verne. A esto se une que haya cavidades naturales por debajo de nosotros, aunque la mayoría hayan sido construidas, abriendo un espacio debajo del suelo que pisamos y que confiamos en que no quiebre. Lo subterráneo construido es alcanzable, tiene que ver con la habitabilidad del mundo ya que muchas de las canalizaciones de aguas y cables de diferentes clases van por debajo de nuestros suelos. Por otro lado, con los espacios abiertos debajo de nuestro suelo y las alturas de las viviendas, “ganamos espacio” usando la vertical del área que tenemos a nuestra disposición.  

La importancia antropológica de todas estas coordenadas queda clara en el uso simbólico universal que hacemos de ellas. Subir y bajar, escalar y caer, son actos con una fuerte impronta significativa en nuestras vidas. Arriba y abajo indican superioridad e inferioridad habitualmente. Arriba es un lugar al que suele costar llegar, que requiere un esfuerzo que asociamos a lo valioso o inalcanzable. Abajo es el lugar del suelo, de la tierra, de la muerte en los enterramientos. En los edificios de pisos están las plantas bajas y los áticos, los sótanos y desvanes en casas de varias alturas. En las ciudades que ocupen terrenos en pendiente, el arriba y el abajo pueden servir para distinguir de manera neta zonas en sentido social. 

Ligadas a esta coordenadas, son muy importantes en muchas de nuestras poblaciones las pendientes existentes. La presencia de cuestas más o menos fuertes es común. Un problema de muchas ciudades será salvar la distancia vertical cuando esta sea abrupta: los ascensores urbanos son un tipo de solución. “Cuesta arriba” y “cuesta abajo” son viejas metáforas conocidas para nombrar diversas situaciones vitales. Las ciudades buscarán la debida proporción armónica entre la inclinación de las cuestas y la horizontalidad, necesaria para el equilibrio, de las plazas. 

Superficialidad y profundidad

Como decíamos, vivimos sobre el suelo, sobre superficies. La superficie es un límite sobre el que estamos. Debajo está lo subterráneo. En el ámbito de lo habitable, la profundidad es una coordenada extrema: habitar en las profundidades es algo que se buscará si la superficie es inhabitable. Las películas nos hablan de lugares así. Los búnkeres son construcciones cerradas, bajo tierra muchas veces. Pero son lugares con una calidad habitable muy reducida: falta aire y luz. 

Lo subterráneo es una propiedad de la habitabilidad como ya he mencionado. Por un lado, están los cimientos que dan solidez y estabilidad a las edificaciones. Y, unido a ellos, los garajes y otras dependencias de gran utilidad. Por otro lado, debajo de las calles, se construye una compleja red de canalizaciones de aguas y cables, túneles para trenes metropolitanos…

Se establece así una diferenciación cada vez más nítida entre lo visible y lo «invisible”. La superficie es la dimensión de lo visible, es el ámbito de la vida. Debajo, todo ese conjunto de cosas, invisibles para la mayoría, que hacen mucho más habitables nuestras ciudades. Si el suelo de la superficie que pisamos es la experiencia del ser sostenidos, de estabilidad y equilibrio, lo subterráneo es un debajo que hace posible la vida de la superficie de una manera más cómoda.

Al hilo de esto, desde un punto de vista más simbólico, lo profundo señala otro tipo de suelo en el que todo descansa. Valoramos la profundidad de las personas, de las ideas, de los argumentos. Profundidad habla de interioridad, añadiendo la imagen del ir hacia abajo, a un suelo profundo, a un fundamento sólido. Ser o vivir de manera superficial está mal visto en general. Vivimos desde un dentro (interioridad) y desde una profundidad que actúa como suelo  (firmeza de fundamento existencial).

Delante y detrás (y derecha e izquierda)

El sentido de la marcha y el de la vista determinan el delante y el detrás. Así como hay muchas cosas que están pensadas para diestros, lo que dificulta a los zurdos algunos usos de cosas, dado que en una calle se puede ir andando en los dos sentidos, las coordenadas delante/detrás no parecen tan determinantes en principio. Otra cosa ocurre con la circulación de vehículos. Los sentidos de la marcha, la prohibición y la prescripción del sentido del giro, sí que son importantes.

Le Corbusier, Carpenter Center for Visual Arts, Cambridge, FLC-ADAGP

Con los edificios, la cosa cambia. Un elemento que siempre se ha cuidado es la fachada, la presentación pública del edificio, que funciona como su cara visible, su parte delantera. La diferencia entre la fachada y la puerta trasera, si la hay, es muy notoria. Los accesos a las fachadas de grandes edificios muchas veces tienen en cuenta el sentido de la marcha de los viandantes que se van acercando mientras la ven. Esto está muchas veces muy relacionado con la ostentación del poder. Otras veces se ha jugado con un descubrimiento paulatino. La idea de la promenade architecturale de Le Corbusier tiene su sitio aquí, pensada tanto desde fuera de los edificios a los que nos acercamos, como desde el interior de grandes edificios. Por ejemplo: mientras subimos una rampa de acceso vamos descubriendo de forma paulatina el edificio al que vamos.

Delante y detrás, además, también lo podemos relacionar con el tiempo. Delante está el futuro, lo que está por llegar ya que es el lugar al que vamos. Mientras lo que queda atrás es lo ya caminado, el pasado. Siempre habrá un carácter espacializado del tiempo como decía Bergson: no solo la distancia que recorren las agujas del reloj, sino también la inevitable imaginación lineal del espacio que lo asemeja a la línea temporal del paso del tiempo según el antes y el después.

Amplitud y estrechez

La amplitud y la estrechez son categorías básicas del espacio vivido. Aunque la casa también puede ser espaciosa, la calle es el fuera caracterizado por la amplitud necesaria para realizar otras actividades básicas. Así como el tiempo parece pasar más deprisa o más despacio según lo que estemos haciendo, la vivencia del espacio tiene en la amplitud y la estrechez una variable importante y análoga a la vivencia citada del tiempo. 

Lo estrecho puede ser angustiante si se tiene la sensación de no poder respirar. El “me ahogo” a veces es una sensación física de un fuerte origen emocional que exige salir para poder respirar. También necesitamos movernos, hacer ejercicio. En casa, aunque podamos tener lugares y aparatos que nos permitan hacer algo de deporte o algunos estiramientos, los movimientos están mucho más limitados. También necesitamos espacio para pasear, correr…

Peder Monsted, Vista de la ciudad en Cádiz, 1892

Moverse y respirar son dos sensaciones y acciones muy físicas, muy corporales, ligadas a la amplitud. Estas dos acciones las podemos realizar bien en los parques que, a la amplitud, unen lo natural, la falta contaminación proveniente de la circulación. 

Los barrios nuevos son, normalmente, más espaciosos. En comparación, los cascos históricos son más abigarrados. Las famosas manzanas de casas de los ensanches de las ciudades amplían las dimensiones de las calles así como la existencia de cuadrículas y diagonales que dan a la planificación urbanística un carácter geométrico muy marcado. Se ha dado una progresiva tendencia hacia lo espacioso y rectilíneo de cara a urbanizar las ciudades para un mayor número de viviendas.

También reconocemos la estrechez y la amplitud como actitudes vitales, como lo hacemos con arriba y abajo, cerca y lejos. Tener “estrechez de miras” se opone a las “visiones amplias”. Tener visión de conjunto, estar atento a la pluralidad de perspectivas sobre un tema, se opone, en el otro extremo al fanatismo o a la “cortedad de miras”. 

Apertura y clausura

Apertura y clausura (o cierre) son dos categorías de los espacios vividos que sintetizan algunos de los aspectos vistos hasta ahora y que sirven también de base para caracterizaciones generales de carácter antropológico. Marcel habló de «tiempo abierto» y «tiempo cerrado»; Popper, de «sociedades abiertas» y «sociedades cerradas»; Bergson de «moral abierta» y «moral cerrada»; Levinas de «totalidad» (asociada a la clausura) e «infinito» (asociado a la apertura). Todo ello recuerda a oposiciones como la que se establece entre lo limitado e ilimitado ya presente en la primera filosofía griega. La apertura de los espacios la podemos asociar con facilidad a la infinitud, a lo ilimitado, que es una forma de nombrar la medida humana. Siempre queremos más, deseamos conocer más.. 

Las ventanas, junto con las puertas, son la forma de abrir al exterior las viviendas. Las avenidas anchas y abiertas frente a los recovecos de muchas callejuelas de la parte vieja de las ciudades. La situación de la ciudad en un alto o en una hondonada… Las variaciones son numerosas. 

Anton Ignaz Melling, La Ciudad de Zwolle en las orillas del Ijssel en Holanda, 1814

La clausura o cierre indica el movimiento contrario. Puede ser cerrazón, algo que no deseamos; y en los espacios, puede ser vivido como prisión. La clausura religiosa es un tipo de “salida del mundo”, de retirada de la vida civil, vivida como aislamiento voluntario y en comunidad. La clausura de las casas con sus puertas y muros, es protectora, habilita un espacio de intimidad tan necesario como el de la publicidad (estar en público) de la calle.

Unida a la característica de la apertura está la de horizonte, lo que lo une a la breve reflexión sobre la horizontalidad. Es una dimensión de los espacios vividos que en las viviendas no se da. Se da en espacios abiertos y lejanos. El horizonte, que se aleja conforme me acerco (el caso más claro es el mar) se une a la idea de horizontalidad siempre abierta.

Y unida a la clausura está el laberinto, la negación del horizonte. Hay centros históricos con calles estrechas de trazados irregulares, con giros bruscos de dirección. Cuando paseamos por este tipo de lugares, podemos perdernos. Una forma de vivir el espacio es estar orientado. Necesitamos tener puntos de referencia para estar situados. Como si las ciudades fuesen textos que pudiésemos leer.

Final

Profundizar en las diferentes dimensiones de la habitabilidad del mundo es una tarea antropológica que permite analizar y matizar bien diversas facetas de nuestro ser en el mundo tomando como eje explicativo la forma corporal de este habitar, desde el cual las diferentes coordenadas y direcciones se viven y determinan la experiencia humana del espacio vivido.

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