En esta entrada continúo con las reflexiones de esta fascinante película. El mismo Bergman comentó lo siguiente:
El séptimo Sello es una alegoría con un tema muy simple: el hombre, su eterna búsqueda de Dios, y la muerte como única certeza.
Tras detenerme en el tema de la muerte y la partida (entrada aquí), continúo estas reflexiones con el tema religioso.
“Su eterna búsqueda de Dios”
El séptimo sello es una película de temática religiosa. De manera explícita y constante se trata la problemática de la búsqueda de Dios por parte del Caballero, así como vivencia de la fe o su ausencia en otros personajes. Dice Bergman en Imágenes (cita tomada de aquí).
«El séptimo sello» es definitivamente una de las últimas expresiones de profesión de fe manifiesta, expresiones que había heredado de mi padre y que llevaba conmigo desde la infancia.
El peso de la problemática religiosa en la película lo lleva el Caballero Antonius Block. Él dice en la merienda campestre ya citada:
La fe es un grave sufrimiento. Es como amar a alguien que está fuera, en las tinieblas, que no se presenta por mucho que se le llama. Sentado aquí, con vosotros, qué irreales resultan estas cosas. Pierden su importancia.
Se presenta a sí mismo como una persona que cree pero que no “ve” a Dios, que no tiene experiencia de Dios. Sufre el “silencio de Dios” y es en esta situación dramática en la que reconoce que su vida anterior era vacía. Lo dramático está en que en este momento de crisis considera vacía su vida, pero encuentra otro vacío: no hallar al Dios que busca. Una experiencia le llena: ese momento de amistad, aunque ese recuerdo no le sostendrá del todo. Ese momento de amistad, en el que vive el don sencillo de la comida en buena compañía se le aparece como algo real. Esta impresión de realidad tan vívida le conduce a considerar que su drama interno es irreal. Lo real es el compartir en amistad. Pero esto no anula su angustiosa búsqueda.
– La Muerte: Buscas garantías.
– Antonius: Llámalo como quieras. […] ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña humilde y sufrido a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón?, ¿por qué sigue siendo una realidad que se burla de mí y de la cual no me puedo liberar?
Bergman muestra de un modo contemporáneo la crisis de fe derivada del “silencio de Dios”. El Caballero sufre este silencio, quiere y no quiere creer. Sus preguntas, que se expresan como gritos, son expresión del no querer creer. Es una queja porque el problema de la fe sigue siendo eso, un problema. La idea de Dios está arraigada y con ella la idea de que todo tiene sentido, todo lo que se ha vivido y todo lo que vendrá es valioso, si se acepta a Dios y la vida como respuesta al mensaje de Dios. Pero la crisis aparece: el Caballero no oye a Dios, no ve nada en el mundo de la naturaleza o en el mundo social que pueda ser una palabra de Dios aunque la idea de Dios está arraigada, y con ella, el “deseo de Dios”, expresión clásica con la que se quiere nombrar esta referencia a Dios que colma todo anhelo. Pero ante el silencio, el anhelo es causa de sufrimiento. Y Antonius quiere extirparlo.
Aquí cabe un debate algo externo a la misma película. Ese “Dios en mí” del que habla el Caballero, ¿es algo natural en el ser humano o es fruto de la educación? Es bastante conocido que el mismo Bergman recibió una fuerte educación religiosa en su niñez. Pero esa educación, ¿arraiga en una religiosidad natural o es un añadido que deja un poso muy grande, pero que se considera que mejor no haber recibido? No creo que la película permita responder a la pregunta.
Continúa diciendo el Caballero:
Yo quiero entender, no creer… No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable
Parece faltarle dar ese “salto de la fe” del que hablaba Kierkegaard. Esa fe de los pequeños, no el trato intelectual con el “Dios de los filósofos” que criticaba Pascal. Ese ver “con los ojos de la fe” que le permitiría “ver” cómo Dios le “tiende la mano” en esa experiencia de amistad que tanto le impactó. Pero eso no ocurre en la película.
Antonius Block sufre y vive el “silencio de Dios”, no percibe la mano de Dios en los acontecimientos. Y unido estrechamente a este silencio está la respuesta no hallada sobre la vida futura, sobre qué hay después. La mortalidad también plantea la pregunta con intensidad: ¿qué hay después?
– La Muerte: Entonces, ¿a qué esperas?
– Antonius: Deseo saber qué hay después […]
– La muerte: La mayor parte de los hombres no piensan en la muerte y en la nada.
– Antonius: ¡Pero un día llegan al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas!
Es sobre esta pregunta lacerante sobre la que el Escudero afirma de manera tajante que no hay nada después. Ante la muerte, por lo tanto, dos actitudes muy diferentes. El Escudero dice varias veces que después no hay nada, como, por ejemplo, ante el encuentro final con la Muerte:
En las tinieblas en que confiesas vivir, en las que confieso vivimos los hombres no encontrarás a nadie que escuche tu angustiosa súplica y se pueda conmover. Sécate las lágrimas y mira el fin con serenidad […] Si hubieras gozado más de la vida despreocupándote de la eternidad… Pero es demasiado tarde. En este último instante goza al menos del prodigio de vivir en la verdad tangible antes de caer en la nada.
En esa misma situación, el Caballero reza:
De profundis clamavi ad te, Domine (Desde las profundidades te llamé, oh Señor; Salmo 130)… ¡Oh Dios, ten misericordia de nosotros que vivimos en las tinieblas pues somos pequeños y estamos angustiados! […] ¡Oh Dios, estés donde estés! Porque ciertamente debes de existir, ten misericordia de nosotros
El séptimo sello
Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora. Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas. Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos. Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto (Apocalipsis 8, 1-5).
Tanto al comienzo como al final de la película, una voz en off nos lee algunos de los versículos del libro del Apocalipsis citados aquí arriba. Este libro pertenece al género literario del mismo nombre (“apocalipsis”, “apocalíptico”) que utiliza una gran carga de imágenes simbólicas para hablar del fin de los tiempos. El lenguaje apocalíptico, ya presente en la Escritura judía (en el Antiguo Testamento) utiliza imágenes de destrucción y muerte. Cuando hablamos de “lenguaje apocalíptico” hablamos del uso de esas imágenes de destrucción masiva en términos cósmicos, planteada como una batalla grandiosa. La historia que se cuenta en esta película es, ciertamente, apocalíptica. La presencia de la muerte por la peste en esas situaciones de ausencia de defensas ante esa amenaza atroz, merece tal calificativo.
En el libro del Nuevo Testamento, ese lenguaje apocalíptico sirve para transmitir un significado escatológico, referente al fin de los tiempos, a la nueva venida de Cristo (parusía), a la salvación. La imagen de los siete sellos está seguida en el libro de la mención de las siete trompetas simbolizando un proceso que culmina con las siete copas.
Los sellos servían, y sirven, para cerrar algo. Todavía hoy hablamos de “sellar tumbas”. El séptimo sello, siendo el siete número de plenitud, de acabamiento, en la cultura hebrea, es el último sello. La función de los sellos es, por lo tanto, cerrar. En el Apocalipsis se dice que el Cordero, Cristo resucitado, es el que abre los siete sellos, acción salvífica con la que se manifiesta el sentido de la historia.
En su conjunto, el Apocalipsis habla principalmente de salvación, no de muerte. Utiliza un lenguaje de batalla, de guerra, de ruido, de fuego. Pero dada la naturaleza simbólica de sus imágenes, el sentido de las mismas está en sus detalles sujeto a cierta controversia.
¿Qué cierran los sellos? Una lectura común es que lo cerrado es el Testamento. Conviene recordar que en el sistema de escritura antigua, los textos se enrollaban. Cristo abre el Testamento manifestando que en él se cumplen las Escrituras, se desvela el significado. ¿Qué pasa con el “silencio de una media hora” nombrado en el capítulo 8? Una opinión común es que designa un tiempo de contemplación. Todo en el Apocalipsis es música de trompetas, cantos, ruido… Ese silencio no es lejanía de Dios, sino asistir a su presencia de manera callada, contemplativa.
En esta película, Bergman hace una lectura diferente a la teológica reseñada aquí arriba. El “silencio de Dios” le sirve para nombrar una situación singular, y a la vez cultural, que ha sido utilizada ante la presencia del mal, o en la situación contemporánea, a la secularización. Bergman plantea el problema religioso con angustia en esta película en la que todavía la vigencia del cristianismo, biográfica en el director sueco y cultural en Europa, todavía era fuerte. Era el tiempo de la “ausencia de Dios”, del “eclipse de Dios” como diría Buber.
De todas formas, Bergman nos transmite diversas respuestas. La atea del Escudero y la dramática de la fe vivida de formas diferentes: la búsqueda angustiosa de la no fe de quien cree, por parte del Caballero; la fe de la joven muda; la fe de José el saltimbanqui, que ve apariciones y que también es el primero que ve a la Muerte, además del Caballero. Una fe peculiar la de José, propia de una persona vitalista, como María, de ánimo positivo. Ellos tres son los únicos que escapan de la Muerte.
El séptimo sello. Una gran película de un gran director. Bergman plantea una historia muy bellamente realizada, con recursos teatrales que enriquecen el lenguaje cinematográfico. Una cinta muy impactante en su fotografía y planteamientos. Como él mismo dice, una alegoría sobre la condición humana, sobre su certeza sobre la muerte, sobre su perenne búsqueda de Dios.
ILUNDÁIN, I., «El séptimo sello» (1957), de Bergman (2). «Su eterna búsqueda de Dios» (25 de febrero de 2023)



