Lost in Traslation es una película escrita y dirigida por Sofia Coppola en 2003 que contó con una buena aceptación por parte del público y de la crítica, y que recibió numerosos premios. Fue su tercera película como guionista y directora, quien ha realizado diez hasta el momento. Sofia Coppola, hija del famoso director Francis Ford Coppola, ha demostrado una gran capacidad para transmitir al espectador las vivencias de sus personajes, dando a la obra un tono sereno en el que domina la comunicación de los estados de ánimo de los protagonistas sin poner el acento en una trama narrativa al uso. En esta película pasan pocas cosas, lo que se muestra en que es difícil contar el argumento. Su tono melancólico y tranquilo recuerda al de la gran película de W. Wenders, Paris, Texas (1984) y también algo a Paterson (J. Jarmusch, 2016; reflexión aquí).
Los protagonistas, estadounidenses, se encuentran en Tokio: Charlotte (Scarlett Johansson), quien acompaña a su marido que trabaja como fotógrafo pero que la deja sola durante todo el día; y Bob (Bill Murray), un famoso actor que ha ido a grabar un anuncio de whisky japonés. Se alojan en el mismo hotel. A pesar de la diferencia de edad, viven situaciones algo parecidas: se encuentran solos en un sitio muy diferente al habitual, viven una crisis matrimonial, una pérdida de ilusión.
Transitoriedad, provisionalidad y experiencias densas
El ser humano es en el mundo en cuanto que habita, y para habitar tiene que construir su vivienda. Fue Heidegger quien en 1951, en su conferencia Construir, habitar, pensar, desarrolló estos elementos ya presentes en Ser y tiempo (1927). Por otro lado, el ser humano, por su especificidad propia, vive un extrañamiento natural respecto al mundo circundante, una falta de arraigo y familiaridad, algo que no ocurre a los demás animales. Esto fue algo que analizó en su curso de 1941 Los conceptos fundamentales de la metafísica. Estas son ideas que sirven de base a estas reflexiones y que continúan las ya realizadas en otras entradas, sobre todo, la que analiza la experiencia fundamental del “estar en casa”.

Lost in Traslation (“perdido/a en la traducción” o, lo que se pierde al traducir) sitúa la acción principal en un gran hotel, el Park Hyatt Tokyo, un lujoso rascacielos que Sofia Coppola conoció y que le inspiró para hacer esta película por la calma que experimentó. Hay hoteles de muchas clases y tamaños, urbanos y rurales. Un gran hotel urbano como el de la película, presenta muy bien una forma de habitar con características propias y claras. Estar en casa y alojarse en un hotel, en esta clase de hotel, son dos maneras muy diferentes de realizar el habitar.
En los hoteles los huéspedes se alojan unos pocos días, lo que hace de estas estancias una forma de habitar marcada por la transitoriedad. Frente al arraigo y estabilidad del estar en casa, en estos establecimientos se manifiestan la falta de raíz y el carácter efímero del alojamiento ocasional. Si son buenos hoteles, encontramos ciertas ventajas que valoramos: nos encontramos la habitación limpia, caliente, cosas que en la vivienda habitual supone un trabajo para nosotros. Pero la experiencia vivida fundamental es la de pernoctar y alojarse estando de paso. Vivimos nuestro ser forastero, algo que va unido a no tener y estar en casa.
El estar de paso es una forma de estar que describe situaciones limitadas en el tiempo: viajar, un trabajo temporal como ocurre en las sustituciones, o el esperar en esos espacios diseñados para no permanecer como son las salas de espera de consultas, terminales, etc. Son actividades y vivencias caracterizadas por la provisionalidad. Si estamos de paso, lo provisional es lo natural desde el punto de vista del habitar. Podemos realizar actividades muy densas, pero el carácter pasajero de nuestra estancia incide en nuestra experiencia vital. Esta transitoriedad muchas veces no se sufre, no resulta problemática. Si la provisionalidad se alarga en el tiempo, se vive la falta de estabilidad y con ella, muchas veces, la falta de asidero.
En la película, dos personas solitarias y desconocidas que viven una crisis en sus relaciones matrimoniales respectivas, se encuentran, tienen un contacto realmente personal. En un sitio diferente, extraño, alejado, viven una fuerte conexión, un “breve encuentro” (título de la célebre película de David Lean de 1945). Están de paso, y en esa circunstancia, tienen una experiencia significativa. No todo es provisional en estas situaciones.
Estar de paso, estar en casa
Al hilo de esto, aunque nos alejemos un poco del tema, creo que está bien mencionar que hay trabajos en los que la movilidad es grande: embajadores, militares, religiosos y religiosas pertenecientes a congregaciones y órdenes con presencia internacional… Aquí hay una aceptación voluntaria de la movilidad, de cambiar de ciudad y de casa, voluntariedad que no resta el vivir las consecuencias negativas que tantos traslados puedan tener y que afectan al arraigo necesario mencionado. Por otro lado, están esos trabajos en los que se viaja mucho, a veces estando fuera largas temporadas como en plataformas de extracción o barcos mercantes, así como los viajantes y comerciales. En todo esto, la movilidad y transitoriedad modulan esa tendencia a la estabilidad y al arraigo cuyo paradigma contemporáneo se vive como estar en casa.

Estar de viaje es una forma de estar de paso en los lugares. Los hoteles cumplen la finalidad funcional de ofrecer alojamiento transitorio. Este carácter a veces parece tan predominante que todo en estos alojamientos tiene un fuerte carácter anónimo, estándar. Lugares sin señas de identidad que valen, por lo tanto, para cualquiera. Si apenas hay nada con lo que nos identifiquemos, la experiencia de vivir en esos lugares se opone al estar en casa. Para evitar esto, hay hoteles que se esfuerzan por transmitir esa sensación hogareña fundamental para la vida humana.
Este carácter funcional y anónimo se percibe de forma clara en la decoración. Es una decoración sin señas de identidad con imágenes en fotos o cuadros que buscan no ofender a nadie y con las que difícilmente nadie se puede identificar. Los grandes hoteles tienen habitaciones intercambiables dentro de gamas diversas. El carácter intercambiable es consecuencia de esa forma anónima que predomina en los grandes hoteles.
Transitoriedad y provisionalidad propias del estar de paso, funcionalismo anónimo que manifiesta un carácter impersonal. La pobreza existencial de estos alojamientos que pueden llegar a ser muy cómodos hace difícil la vivencia de la intimidad propia del estar en casa, tan ligada al ambiente acogedor y a las señas de identidad presentes. El hotel, que cumple una finalidad práctica innegable, favorece la vivencia del extrañamiento.
Extrañamiento
La sensación de extrañeza tiene varias caras. Se puede sentir extrañeza ante lo que es muy diferente. Tokio es una ciudad muy distinta para los protagonistas. Estar en un lugar extraño es no vivir la familiaridad que se vive en lo conocido y habitual. Lo extraño es lo raro que puede llegar a ser chocante. Es lo ajeno, lo no familiar. Lo que veo es extraño y cada uno, en esa situación, se siente extraño. Extrañeza y familiaridad son opuestos, dos maneras de vivir nuestro trato con las cosas. El carácter habitual y conocido derivado de la cercanía en el trato con personas y cosas es ingrediente de la sensación de familiaridad, propiedad vivida en muchas situaciones. En su opuesto, la extrañeza, vivimos el desconocimiento y la duda, la diferencia y la distancia con aquello que lo causa. Es frecuente decir, por ejemplo, ya que hablamos de hoteles, que “extraño mi cama”.

A la extrañeza que vivimos cuando percibimos lo diferente y desacostumbrado, se une a veces el echar de menos lo propio. Puede no ser así. Puedo vivir lo extraño como exótico y atractivo, incluso como fascinante. Algo diferente se nos presenta como un descubrimiento para nosotros, algo nuevo que puede ser admirable. Ante lo extraño en principio se puede encontrar el sentido, el hallazgo de algo buscado de forma no temática, una familiaridad encontrada con sorpresa.
El estar de paso en un hotel impersonal aunque cómodo, obliga a vivir la distancia con su propio mundo y verlo con ojos nuevos. La crisis de sentido en los protagonistas tiene como ingrediente esencial la lejanía afectiva con sus respectivas parejas. En la distancia de miles de kilómetros en el caso de Bob, y en la lejanía propiciada por la falta de compañía y por no trabajar la relación cuando están juntos en el caso de Charlotte. La lejanía y la distancia es afectiva y, por lo tanto, se sufre como soledad forzada. En un ambiente inhóspito en el que se vive no estar en un lugar propio, la soledad se vive como desarraigo, como desconexión con el suelo propio de la vida de cada uno. Como si en el hotel viviesen una crisis que se podría caracterizar como el no tener un lugar al que volver porque no hay, o parece no haber, una persona con la que conectar, como falta de conexión personal en la que cada uno, que ha vivido o quiere vivir proyectado hacia su pareja, no siente al otro como su lugar propio, sino como un extraño.
Morada
Levinas publicó su obra mayor, Totalidad e infinito, en 1961. Esta obra de madurez tiene un capítulo dedicado a la morada (2, IV). Allí dice (p. 170, edición española en Sígueme):
El papel privilegiado de una casa no consiste en ser el fin de la actividad, sino en ser condición y, en este sentido, el comienzo.
La casa tiene valor instrumental, no es el fin para el cual actuamos, aunque el adquirirla y el trabajo están muy relacionados la mayoría de las veces (algo de lo que también habla Levinas). Pero es un medio o instrumento peculiar porque permite la separación del mundo, permite retirarse, vivir el recogimiento, vivir la intimidad compartida. La casa, como dice, es la condición, el comienzo, desde el cual hacemos la vida.
Lost in Traslation habla de pérdida, de lejanía, de desconexión. El hotel es la metáfora de la falta de casa entendida como morada, como lugar que posibilita el recogimiento y la intimidad desplegada en la relación amorosa. La casa y la morada es también la persona con la que compartimos la vida para aquellos que viven una relación afectiva amorosa.
Final
El exótico Hotel Marigold (J. Madden, 2011), que tuvo una secuela en 2015, es una agradable película inglesa en la que el hotel tiene una gran importancia argumental. Aquí, los protagonistas viven una situación en varios aspectos opuesta a la vista en esta entrada. Un grupo de personas ya jubiladas aceptan una oferta de un hotel en la India que comienza gracias al optimista empuje de un joven del lugar. Allí también se producen encuentros personales, pero con un tono más alegre. Además, el hotel, de larga estancia, parece convertirse en morada, en un lugar donde vivir como en casa, algo que no pueden hacer de forma plena en sus lugares de origen. Vivir en ese hotel es ocasión de un nuevo comienzo, de una nueva etapa en sus vidas.



