“Stalker” (1979), de Tarkovski: fe, esperanza y amor (y 2)

Continúo en esta segunda entrada las reflexiones sobre esta gran película. Tras hablar sobre el personaje Stalker y de la fe, continúo con los importantes temas que nos plantea Tarkovski.

¿Saber lo que quiero?: “estado interior trágicamente imperfecto”

El Escritor en primer lugar en el cuarto de las dunas, la imagen más reconocible de la película. Stalker (Tarkovski, 1979)

¿Cómo puedo saber el nombre de lo que quiero? ¿Cómo puedo saber si en verdad no quiero lo que yo quiero? ¿O si realmente no quiero lo que no quiero? Son cosas imperceptibles. Basta con nombrarlas y su sentido desaparece, se desvanece y se disuelve como una medusa al sol. Mi conciencia desea la victoria del vegetarianismo en todo el mundo. Mi inconsciente anhela un pedazo de carne fresca. ¿Y qué quiero yo?

En este monólogo, el Escritor reflexiona sobre un tema transversal de la película. A lo que apunta la arriesgada visita es a poder cumplir nuestros deseos más hondos. Nuestro personaje se pregunta cómo saber cuáles son. Pone un ejemplo sencillo de contradicción entre una convicción (ser vegetariano) y un deseo ocasional (comer carne). Esa convicción no ha configurado o alimentado el deseo; o dicho de otra manera, esa convicción no tiene como única fuente el deseo. Es difícil que haya armonía y coherencia entre nuestras convicciones y nuestros deseos, parece decirnos el Escritor.

¿Qué es lo que en el fondo queremos? El carácter problemático de esta importante pregunta reside, aunque sea parcialmente, en que ese deseo está “en el fondo”. Hay algo de inescrutable, que se sale de la zona de la consciencia clara y que, por lo tanto, es de difícil acceso. En la película se habla de manera repetida de los deseos “más recónditos”.

La ética clásica griega es una ética de la felicidad. Una pregunta fundamental que rige su planteamiento, de manera muy clara en Aristóteles, es muy parecida a esta: ¿qué es lo que en el fondo queremos? Ese deseo, dirán los griegos, es lo que está en la base de nuestras acciones, y será el bien máximo al que aspiramos. Deseamos la felicidad, la vida lograda, la vida plena o realizada, dicen los maestros socráticos. La ética griega afirma que hay un deseo de base que anima nuestra vida activa, y que es responsabilidad nuestra deliberar racionalmente sobre qué conduce verdaderamente a una vida plena. Los griegos afirmaban que ese deseo está presente de manera subyacente en lo que realizamos, no sin advertir que hay contradicciones entre deseos opuestos.

El planteamiento de esta película es distinto. No habla de ese deseo genérico, universal. Habla de que a lo largo de nuestra vida vamos alimentando deseos concretos que quedan en el fondo, pero no en el sentido griego de estar en la base de todas nuestras acciones. Son deseos de bienes concretos postergados largo tiempo, deseos que se sitúan en la línea fronteriza entre lo consciente y lo inconsciente, deseos no siempre advertidos o que no queremos reconocer como propios.

No entran en la “habitación” una vez que han llegado con muchas dificultades porque se han dado cuenta durante el trayecto de que su interior es algo oscuro. No saben lo que quieren, y tienen miedo de que se cumplan deseos hondos que están en contradicción con otro deseos o con otras convicciones. Reconocen que su interior es frágil. La película traslada un aire pesimista al respecto. Como dice Tarkovski (Esculpiendo el tiempo, p. 220):

No se deciden ya a traspasar realmente el umbral de aquella habitación (…) De repente han sido conscientes de que su estado moral interior, en el fondo, es trágicamente imperfecto. No han encontrado dentro de sí fuerzas morales suficientes como para creer en sí mismos. Su fuerza tan solo ha bastado para dirigir una mirada hacia dentro de su propio ser. Y solo eso ya les ha asustado profundamente.

En un primer monólogo con voluntad de debate, el Escritor afirma que las personas que se dedican a la ciencia buscan la verdad, que esa verdad es luminosa porque nos permite conocer algo de la naturaleza, y porque la ciencia es un conocimiento que puede ayudar a mejorar las condiciones de vida. Los artistas también buscan la verdad, la verdad sobre el ser humano, sobre su interior. El Escritor afirma que esa verdad es de carácter contrario a la verdad luminosa de la ciencia, porque el artista saca a la luz la oscuridad, el lodazal del interior de la vida humana. La visión pesimista de estos dos personajes se confirma en esa coyuntura final de elegir entre entrar o no entrar, ese momento que es el más importante de sus vidas. No conocen con claridad lo que hay en su interior, pero suponen que lo que puedan encontrar no les gustaría.

La benevolencia

En ese momento crítico, el stalker les dice que es necesaria la benevolencia para poder entrar, para tener fe. Dice el stalker:

Sé muy bien que se van a enojar… pero debo decirles que nosotros… nos encontramos en el umbral. Este es el momento más importante de nuestra vida. Ustedes deben saber que aquí se cumple su deseo más recóndito. ¡El más sincero! ¡El más sufrido! No hay que decir nada. Concentrarse y tratar de recordar toda su vida. Cuando el hombre piensa en el pasado él se hace benévolo. Lo principal… lo principal… ¡es creer! Ahora entren…

La condición para tener fe es, por tanto, el amor. En estas palabras, el stalker les indica el camino: hace falta creer, y para creer, hace falta forjar una actitud benevolente, algo que liga a un ejercicio de memoria. El hombre que piensa en su pasado se hace benévolo.

Aleksandr Kaidanovki  y Andrei Tarkovski en una foto de rodaje de Stalker (1979).

¿Qué sentido tiene esta afirmación? No hay un argumento que lo explique. Benevolencia (bene-volencia) es querer el bien, en principio, de la otra persona. En una interpretación de corte platónico podríamos decir que la benevolencia, el amor que busca el bien del otro, es la forma de apertura existencial que permite ver bien el carácter personal del otro. El amor ilumina la visión y permite fijar la mirada en el otro, sacándonos de la centralidad de nuestro yo.

Adquirir una mirada benevolente es dejarse decir, es abrirse a la riqueza de lo real. Es lo contrario de la actitud despótica que está criticando Tarkovski. El amor permite ver, el amor abre y deja lugar para la fe, la confianza, tesis central de la película. Para alcanzar esta mirada benevolente Tarkovski nos lleva al terreno de la memoria de la propia vida. Un ejercicio de la memoria del bien que ha acontecido en nuestras vidas purifica nuestra mirada y nuestro deseo. Noble y saludable ejercicio. Esto no tiene que darse necesariamente. Hacer memoria del bien es una posibilidad. Un ejercicio de memoria de la vida realizado por una persona narcisista seguramente llevará a esa reafirmación del “siempre he tenido razón y los demás no me han querido lo suficiente”.

Que se cumpla lo previsto, que ellos den crédito y se rían de sus pasiones. Lo que ellos llaman pasiones, realmente no es energía armónica, sino un roce entre el alma y el mundo exterior. Lo principal es que crean en sí. Y están desamparados, como niños, porque la debilidad es grande y la fuerza fútil. Cuando el hombre nace, su cuerpo es débil y ligero, cuando muere es fornido y duro. Cuando un árbol crece es tierno y mimbreño, pero cuando su tronco está seco y rígido, se está muriendo. La dureza y la fuerza son satélites de la muerte. La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia. Por eso, lo que se ha endurecido no vence (monólogo con voz en off al comienzo de la segunda parte).

La debilidad

Fotograma de Stalker (Tarkovski, 1979). La cinta blanca que lleva el stalker, el de nuestra derecha, lleva una tuerca que guarda en sus manos. Tira la tuerca, y eso le indica el camino a seguir.

Tarkovski toma de Lao-Tsé muchas de las ideas expresadas en este monólogo. En las dos últimas frases, que tienen carácter de conclusión, expone su tesis: “la flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia”. Lozanía habla de plenitud vital, de crecimiento. Ligar la vitalidad a la flexibilidad, que se contrapone a la rigidez, es algo que se puede entender con facilidad. Saber adaptarse, cambiar sin romperse… son cualidades necesarias en la vida. Recuerda a la “caña pensante” de Pascal: la caña también es flexible… y resistente.

Pero la idea de debilidad como algo positivo choca con ideas socialmente admitidas. La debilidad habla en el común entender, de dependencia indebida, de una fragilidad mayor a la habitual. Califica la fuerza como “fútil”, poco importante. Lo fuerte según este texto también se asocia a lo endurecido, a lo rígido.

La debilidad de la que habla Tarkovski se puede asociar a la disponibilidad de la que habla Gabriel Marcel (1889-1973) entendida como la actitud de apertura a los demás, apertura necesaria para poder recibir, para poder captar una presencia. Reconocer que el yo no es la fuente de realidad del otro, sino que su presencia se “impone” en su alteridad si estoy abierto, requiere de una actitud apropiada que el autor francés denomina «disponibilidad».

Creo que esto puede ser una pista para entender mejor la idea de debilidad y flexibilidad que se opone a la dureza del corazón. También recuerda al “hacerse como niños” que Jesús predica en el evangelio (Mt 18, 1-4): solo siendo así entrarán en el reino de los cielos. El paralelismo es muy grande, teniendo en cuenta, además, que en esta película, el stalker cita el fragmento de los discípulos de Emaús que no reconocieron a Jesús resucitado (Lc 24, 13-35), como los dos que le acompañan.

El amor, antídoto contra la falta de esperanza

Alisa Freindlich en Stalker (Tarkovski, 1979)

Seguro que ustedes ya comprendieron que él es un simplón. Todos los vecinos se reían de él. Era un lelo, daba lástima. Mi mamá decía: «¡Él es un Stalker, un suicida, siempre está preso! ¡Piensa en cómo son los hijos de los stalkeros». Y yo, ni siquiera discutía. Yo sabía que eso era así, que es un suicida, siempre está encarcelado. Y el problema de los niños. Pero ¿qué podía hacer yo? Estaba segura de que lo pasaría bien con él. Aunque sabía que también tendría muchas desgracias. Pero mejor es una felicidad amarga que una vida gris y aburrida. Quizás yo inventé esto después. Entonces él se me acercó y dijo: «Ven conmigo». Fui con él y nunca lo lamenté después. Nunca. Pasé mucha amargura, mucho horror y vergüenza, pero nunca me lamenté ni tuve envidia de nadie. Simplemente, así es el destino, la vida; así somos nosotros. Y si en nuestra vida no hubiera habido pesares, mejor no hubiera sido. Sería peor. Porque entonces, tampoco habría habido felicidad. Ni esperanza.

La mujer del stalker se dirige a nosotros en este bello monólogo que funciona como epílogo de la película y que desvela el sentido último de lo que Tarkovski nos quiere transmitir en esta extraña y profunda película.

“Pero mejor una felicidad amarga que una vida gris y aburrida”. Dada la condición humana, la felicidad posible es una felicidad amarga. Los sinsabores, las frustraciones, las desgracias de las que somos víctimas… El sufrimiento forma parte de la vida. La felicidad, ese “imposible necesario” del que hablaba Julián Marías, es limitada. Afrontar el sufrimiento es algo que la vida nos exige, algo que es fácil de decir y mucho más difícil de vivir.

El stalker, y ahora su mujer, nos hablan de debilidad y flexibilidad, de fe, de benevolencia, en un mundo donde parece que son necesarias las corazas, donde la fuerza dura es un valor, pero que es un mundo sin esperanza. Solo así, el deseo recóndito del que se habla será luminoso. El amor es la clave última de esta película. El amor que expresa la mujer en estas palabras, es el antídoto de la falta de esperanza y de fe que caracterizan este mundo de “hambre sensorial» que olvida el sentido de lo humano. Dice Tarkovski (Esculpiendo el tiempo, p. 221):

Ese amor, esa entrega, es el último milagro que se puede oponer a la falta de fe, al cinismo y al vacío del mundo moderno. Y también el escritor y el sabio son víctimas de ese mundo moderno (…). El amor humano es ese milagro capaz de oponerse eficazmente a cualquier especulación sobre la falta de esperanza en nuestro mundo.

Conclusión

Considero que es un deber mío animar a la reflexión sobre lo específicamente humano y sobre lo eterno que vive dentro de cada uno de nosotros. Pero el hombre ignora una y otra vez lo humano y lo eterno, aunque tenga su destino en sus propias manos. Prefiere ir a la caza de ídolos engañosos, aunque al fin y al cabo, de todo aquello no cabe más que esa partícula elemental con la que el hombre puede realmente contar en su vida: la capacidad de amar. Y esa partícula elemental puede ocupar en su alma una posición existencialmente definitiva, puede dar sentido a su existencia (Esculpiendo el tiempo, p. 223).

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