Una quinta portuguesa es una película dirigida en 2025 por Avelina Prat. Se rodó en Barcelona y en La Quinta de Aldeia, en Ponte de Lima. En este comentario me parece inevitable mencionar algunos detalles del argumento entendiendo que la película se disfruta más sin conocerlos. Es una película de tono sereno que plantea con sosiego temas humanos importantes que merecen reflexión: el desarraigo y la necesidad de hogar, la búsqueda de un nuevo rumbo vital, el sufrir por las ausencias de seres queridos, la inmigración, la necesidad de conocer el pasado para fortalecer la identidad…

La vida de Fernando (interpretado por Manolo Solo), profesor universitario de Geografía, da un vuelco cuando su mujer le deja sin previo aviso. Tras denunciar su desaparición a la policía, le confirman que ha vuelto a Serbia, su país de origen. Sintiéndose desorientado, coge una excedencia y va a Portugal, donde conoce a Santiago, un jardinero español. Este muere de forma repentina y aprovechando su documentación, Fernando lo suplantará en una quinta portuguesa donde a Santiago le esperaba un nuevo trabajo. Su dueña, Amália (Maria de Medeiros), heredó de su abuela la finca. Pasados unos años, Fernando volverá a Barcelona para tramitar la venta de su piso. Se encuentra viviendo en el piso a Olga (Barnka Katić), enfermera, que también ha suplantado a la mujer de Fernando, a quien conoció en el hospital.
Estas suplantaciones de identidad no se hacen con intención de hacer daño. El acento está puesto en pretender enmascarar la identidad como forma de poder empezar de nuevo. El problema antropológico central que plantea esta película es el desarraigo que viven los personajes, la necesidad fundamental del arraigo para la construcción y desarrollo de la identidad.
Simone Weil escribió en 1942 un texto que dejó inacabado (murió en 1943 a los 34 años). Albert Camus lo editó con la colaboración de la madre de la filósofa y le puso el título: L’enracinement, publicado en 1949 (en España, por Trotta, en 1996 con el título: Echar raíces). Weil analiza en este texto diversas “necesidades del alma” afirmando del arraigo que:
Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana (p. 51).
Veamos algunas características del arraigo a partir de la historia de los personajes principales de esta película.
Existencia de vínculos
Los vínculos con diferentes realidades definen mucho a cada persona. Podemos estar vinculados a lugares, a otras personas, a compromisos adquiridos. La vinculación es un tipo de relación especial ya que incluye la idea de unión fuerte a lo que uno está sujeto. Un tipo de vinculación es la que tenemos con el lugar de origen en el que hemos crecido.
La nostalgia es un deseo doloroso de regresar al lugar propio. Un ejemplo en el cine lo tenemos en Nostalgia (1983), película en la que Tarkovski analiza y describe de forma magistral este sentimiento (reflexión aquí). La mujer del protagonista de la película que nos ocupa, Milena, se va sin explicaciones. Sabremos que no podía permanecer fuera de su lugar propio, que su relación con su marido era un amor más débil. Tal vez habría más razones, pero nosotros no las conocemos. No tenemos datos para valorar la conducta de este personaje. Milena vivía el desarraigo sufrido por no estar en el lugar propio. Su país, su idioma, sus costumbres…

Ese lugar de origen forma parte de su identidad, y tiene un poder de atracción muy fuerte. El corazón gravita hacia ese centro. Y aunque la vinculación se vive como una cierta atadura, no se experimenta como algo que merme libertad porque ese lugar forma parte de la identidad.
Parece que volvemos, o tenemos la tendencia a volver, a aquellos lugares en los que hemos “echado raíces”, en los que nuestra identidad se construye desde el arraigo a un lugar. Esta es una manera fundamental de habitar. Esta referencia al lugar de origen como constitutivo de la identidad choca con otra propiedad humana. El ser humano es un ser en el mundo, repetimos desde Heidegger. Dada nuestra naturaleza racional, nuestra desproporción interna (“el hombre supera infinitamente al hombre”, Pascal), nuestro lugar propio puede ser cualquiera, en realidad. También tenemos un carácter itinerante (el viejo tópico del homo viator). El lugar propio no siempre es el lugar de origen sino aquel que se encuentra en un momento de la vida. ¿Dónde está mi casa? Podemos recordar con una sonrisa de añoranza la expresión de pena que E.T., el extraterrestre nos grabó en la memoria hace tantos años (S. Spielberg, 1982) al señalar diciendo “mi casa”.
Gaston Bachelard habla de “espacios felices” y “topofilia” en su análisis existencial de la casa tan ligado a la memoria que realiza en La poética del espacio (1957). De esto también habla Yin-Fu Tuan en Topofilia: un estudio de las percepciones, actitudes y valores sobre el entorno (1974),
Topofilia es el lazo afectivo entre las personas y el lugar o el ambiente circundante (p. 13, edición española).
Fernando vuelve a la que considera su casa al final de la película, como también hizo Milena cuando le dejó. ¿Qué hace de esa quinta su casa? Yin-Fu Tuan hace una sencilla e importante distinción entre espacio (geométrico) y lugar. Aceptando ese uso de las palabras, “lugar” es ese espacio vivido con cercanía afectiva, aquel en el que se desarrolla la identidad personal. Un lugar que es más que un espacio, más que una vivienda. Es esto y, sobre todo, un conjunto de relaciones humanas, un conjunto de personas con las que convivir, con quienes se han establecido vínculos afectivos positivos de diferente naturaleza. Mi casa es el lugar en el que soy alguien ante alguien, en que cada uno es reconocido, convive y experimenta su singularidad como referida a otros. Mi casa es el lugar en el que la persona descansa, el escenario de la identidad, también de la que vive sola. Sin esa referencia a personas con las que se establecen vínculos y sin ese lugar no se desarrolla la identidad personal. El lugar es la vivienda y, más allá, la ciudad y el país en el que se vive, el conjunto de personas y costumbres. El lugar, al ser también la historia de lo acontecido con significación en su vida, es aquel en el que cada uno “encuentra su sitio” y en el que se quiere “echar raíces”.
Permanencia y pertenencia
El arraigo hace referencia a la permanencia en un lugar durante un intervalo de tiempo prolongado. Es difícil medir existencialmente esta permanencia constitutiva del arraigo, porque es algo que depende de lo vivido en el lugar, de los vínculos creados, del significado vital del lugar, de las relaciones… Podemos tener experiencias fuertes y significativas de carácter positivo que ocurran en un lapso corto de tiempo. Son los “acontecimientos” que, si son positivos, se convierten en fuente de sentido. El acontecimiento también puede ser “traumático”, algo sufrido que paraliza la vida en algunas de sus dimensiones, como muestra muy bien la película La vida secreta de las palabras (I. Coixet, 2005; reflexión aquí).
El acontecimiento ocasional puede dejar huella, pero lo estable y continuado deja poso. Entiendo que esta distinción entre huella y poso en este contexto es discutible dado que ambas palabras podrían intercambiarse. Pero cada palabra tiene sus matices. El “dejar huella”, habla de la huella como eso que queda por influencia de algo exterior y ocasional, algo que irrumpe. “Dejar poso” habla más de algo interior que se sedimenta y que se convierte en algo estable. La huella hace referencia a acontecimientos, el poso, a vivencias estables y duraderas o al influjo que se forma de manera pausada y lenta en el interior del sujeto.

El arraigo en un lugar estaría más relacionado con el poso que deja lo vivido en ese lugar. La identidad personal, esa dimensión de nuestro ser que habla de una forja de nuestra individualidad a lo largo de la vida, tiene en el arraigo en un lugar una dimensión básica. En el arraigo vivimos la familiaridad con nuestro entorno así como un fuerte sentido de pertenencia a la comunidad de la que formamos parte. En ella, como decimos, experimentamos el reconocimiento, el ser alguien ante alguien, el ser valioso para alguien.
Fernando ha vivido esto con fuerza en los años pasados en la quinta portuguesa. Ha encontrado una familia, un trabajo, unas amistades. “Familia” en ese sentido amplio con el que utilizamos la palabra. El sitio en el que vive se convierte así en un “hogar”. Y el hogar es el lugar en el uno echa raíces. Pertenecer a un sitio es uno de los nombres principales del habitar.
Un caso diferente es el de Amália. Nació en Senegal y se siente africana. Vivió allí hasta que murieron sus padres siendo muy joven, momento en que se fue a vivir con su abuela en Portugal. En Senegal era considerada como la extranjera colonial. En Portugal, era tratada como la colonialista que Portugal ya no quería reconocer. Extranjera en su casa, tanto en Senegal como en Portugal. Un alma dividida: siempre extranjera en su casa. Se junta con amigos de pasado similar al suyo. ¿Cómo habitar existencialmente en un lugar en el que se siente extranjera en su propia casa? ¿Hasta qué punto se puede considerar casa un lugar, el espacio vital, al que no se pertenece del todo?
Identificarse sin pertenecer del todo es algo que caracteriza el desarraigo de Amália respecto a Senegal; pertenecer sin identificarse del todo en Portugal. La cultura es un hogar simbólico, y esta es una dimensión básica del habitar que, como en círculos concéntricos, va más allá de la vivienda y la ciudad o pueblo en el que se viva.
Empezar de nuevo
Los tres personajes principales tienen en común el empezar de nuevo, el reorientar la vida con un nuevo rumbo. Hay cesuras en sus trayectorias vitales debido a rupturas fuertes que les llevan a cambiar de país. Dos de ellos usan la suplantación como mecanismo. Pero con esta mentira existencial, al presentarse como alguien que no se es, el echar raíces está fundamentado en algo ilusorio. Conocer la verdad sobre la propia vida, las razones de las rupturas, la misma veracidad mostrada ante las personas con las que van creando vínculos va a ser esencial para esta reorientación.
La fractura de una trayectoria vital crea desorientación y pobreza de vínculos. Pobreza que no se vive en estas historias como el logro de una independencia individualista deseada, de un vivir la autonomía autosuficiente. Aquí las referencias que definen y orientan cambian, y hay que buscar otras. Asumir las pérdidas, horizonte de un proceso de duelo, es un paso esencial en la reconfiguración de la identidad.
Una quinta portuguesa es una película con un entramado de historias y personajes muy compacto. Señala y describe problemas antropológicos y existenciales importantes, y la reflexión sobre ellos nos ayuda a profundizar sobre la realidad de cómo habitar en el mundo que requiere del arraigo entendido como conjunto de vínculos, permanencia en un lugar, pertenencia a una comunidad.



