Parques urbanos: el diseño de la pausa

En esta serie de entradas sobre diversos aspectos de las ciudades, nos detenemos ahora en los parques públicos. La palabra “parque” (del francés parc), tiene un uso amplio en nuestro idioma. Además de los parques de las ciudades, tenemos los “parques de bomberos”, el “parque automovilístico”, el “parque de atracciones/infantil/acuático”… Y unido a ellos, los “aparcamientos” y el “aparcar”. El núcleo semántico de todos los usos se refiere a espacios delimitados dentro de ciudades para usos específicos. Que quepa un uso de “parque” sin una ulterior especificación habla de su importancia. 

Los parques son zonas imprescindibles de la ciudad, ya que la hacen mucho más habitable al disponer de espacios naturales en los que poder pasear, hacer deporte, o tomarse un tiempo en un lugar que muchas veces se califica como “remanso de paz” cuando se compara con el ritmo y el ruido de las calles. Los parques son también lugares apropiados para el esparcimiento social, el juego o el baile. 

Campbell Cooper, Central Park (col. particular)

Aunque algunos están rodeados de verjas y con puertas que se cierran a las noches, son sitios en los que la apertura es una característica esencial ya que son espacios sin edificios de viviendas, un claro en la ciudad que rompe la continuidad del trazado urbano de calles y plazas. Como dice Luis Cernuda en Gaviotas en los parques (Las nubes, 1937-1940):

El verde turbio de la hierba y los árboles

Interrumpe con parques los edificios uniformes,

Y en la naturaleza sin encanto, entre la lluvia,

Mira de pronto, penacho de locura, las gaviotas.

Origen y evolución histórica

Los responsables de las grandes ciudades del período de la revolución industrial, espoleados por una mentalidad higienista que tantos avances trajo en el ámbito sanitario, el alcantarillado y otros, consideraron resolver parte de los problemas ocasionados por las nuevas formas de vida de las ciudades como el hacinamiento, la polución y la falta de contacto con la naturaleza, creando estos espacios. Antes de aparecer, los cementerios británicos victorianos eran en su día los únicos espacios abiertos y verdes que permitían pasear al aire libre. 

El primer parque público fue el Birkenhead Park de Liverpool, diseñado por el arquitecto Joseph Paxton, e inaugurado en 1847. Desde entonces, todas las grandes ciudades fueron creando grandes parques, algunos de ellos muy conocidos en la actualidad, y que muchas veces tienen su origen en grandes terrenos de propiedad privada aristocrática y monárquica.

Como en todo lo humano, la concepción de los parques urbanos está sujeta a evolución y cambios históricos y sociales. Muchos de los grandes parques del siglo XIX tienen grandes extensiones de terreno con lagos y praderas, con un diseño muy paisajístico, “natural”. Otras veces tienen jardines muy trabajados, con formas geométricas evidentes: triángulos, formas redondas… A diferencia de ello, está el diseño que no manifiesta un orden tan evidente, sino que intenta imitar el orden natural. Por poner dos ejemplos extremos muy conocidos: los jardines japoneses, tan diferentes de los clásicos franceses. En algunos de los últimos proyectos se han insertado diseños espectaculares con esculturas o edificios “icónicos”, muy al hilo de esos nuevos edificios escultóricos (a los que ya hemos hecho referencia en esta página, aquí).

Un trabajo sobre la naturaleza

En los parques aparecerán estos elementos básicos:

Klimt, Parque, 1909 (MoMA)
  • Tienen un diseño urbanístico, con caminos para pasear, correr… Se convierten así en un espacio natural en medio de la ciudad pero con esa cualidad de construido, siendo así una suerte de espacio intermedio entre la naturaleza salvaje y las edificaciones y calles.
  • Existencia de praderas, árboles, setos, jardines… La vegetación es un elemento imprescindible. En este aspecto, nos moveremos entre el paisaje y el jardín como formas fundamentales de concebir y diseñar esta naturaleza verde (tema que, por su importancia, vemos más abajo).
  • El agua es otro elemento natural básico. Puede haber lagunas, estanques, cascadas y, muy a menudo, fuentes. El elemento escultórico de las mismas puede llegar a ser muy llamativo, con complejos sistemas de surtidores. Estas fuentes dan sensación de frescor, pero de ellas no se puede beber. Vemos el agua y su movimiento. Que tengan, junto a los estanques, otros usos para la ciudad, como reserva de agua, no es algo directamente perceptible. Dice Antonio Colinas en su poema Muro con fuego (en Jardín de Orfeo, 1988):

El sol entra en mis huesos con placer

y murmura en su mármol cada fuente.

El agua enciende el corazón cansado

despierta el agua olvidos en sus ondas.

Renoir, Bal du moulin de la galette, 1876 (Musée d’Orsay)
  • Esculturas, que se unen a la presencia de fuentes citadas. De muy diversos tamaños y estilos, con referencias históricas o simbólicas. La variedad es, en la práctica, ilimitada. A veces los parques son museos de esculturas al aire libre.
  • Zonas lúdicas: bares con terrazas, barcas en lagos si el tamaño lo permite, parques de juegos para niños, kioskos para música y baile…
  • Dependiendo del tamaño y de la historia del parque, puede haber edificios que sean actualmente salas de exposiciones o museos. Estos edificios pueden provenir de pabellones de exposiciones universales, de antiguos zoológicos, de palacetes…

En definitiva: 

  • Un parque es un espacio natural y diseñado que se moverá entre el paisaje y el jardín. 
  • El parque es una realidad urbana e histórica y, si es antiguo, está sujeto a evolución, cambios de uso de los edificios, etc. 

La conciencia del paisaje, el cultivo del jardín

La primera forma de trabajo sobre la naturaleza es la agricultura que convierte en campo los terrenos naturales. Jardines y parques serán una segunda forma de trabajo sobre la naturaleza no orientada a la producción de alimentos sino a la contemplación y disfrute con una dimensión estética muy nítida, al vivir un ritmo propio de un espacio vivido, experimentado como descanso, como opuesto a la prisa.

Pisarro, El jardín en Pontoise, 1877

Paisaje y jardín, como he mencionado, son dos categorías básicas que rigen el diseño de los parques. Se suele decir que fue Joachim Patinir (c. 1485-1524) el primer pintor de paisajes. No solo porque estos tuvieran una presencia destacada en sus cuadros, sino porque el mismo concepto de paisaje es una creación del arte de la pintura. Se atribuye a Petrarca (1304-1374), tras su narración de su ascensión al Mont Ventoux, la primera experiencia moderna del paisaje como paisaje. Jacob Burckhardt (1860) subrayó la importancia del “descubrimiento de la belleza del paisaje” (citas tomadas de la introducción escrita por Eduardo Martínez en su edición del libro de Petrarca, La ascensión al Mont Ventoux): 

Los italianos son los primeros entre los modernos que han percibido el paisaje como un objeto más o menos bello y han encontrado un goce en su contemplación.

Y de Petrarca afirma:

La emoción más profunda y honda que experimenta es […] su ascensión al Mont Ventoux. […] Escalar un monte, sin un designio práctico determinado, era algo inaudito para las gentes que le rodeaban.

Esta conciencia de la naturaleza como paisaje nos habla de un tipo de mirada estética y contemplativa, no utilitaria. La belleza de la naturaleza es considerada como fin en sí misma, como algo congruente con la subjetividad humana, con el deseo de belleza

Maestro del Alto Rin, La Virgen en el Jardín del Paraíso con los santos, c. 1410

Pero antes de ello, el tópico medieval del hortus conclusus (jardín cerrado) tiene una gran importancia. Es un jardín, más que un huerto que se cultiva. Lo importante es el significado simbólico de ser un un lugar aislado, separado, que se acerca a la idea de paraíso, un tópico que se mantiene en estos versos de Jorge Guillén:

Perfección ya natural

Jardín: el bien sin el mal.

(Aquel jardín, Cántico)

El cultivo de los jardines es muy antiguo, ya presentes en Egipto y Persia en el segundo milenio antes de Cristo. Todas las grandes civilizaciones los han cultivado.  ¿Qué necesidad satisfacen los jardines? Lo útil tiene carácter de medio, y los jardines son aparentemente inútiles en cuanto que no están trabajados para producir ulteriores bienes. Si no es un mero medio, tendrá carácter de fin. O sea, su valor es intrínseco, no es orden a otra cosa. Por eso sirve de símbolo de plenitud, de perfección. La belleza, la delicadeza de las flores, el diseño… hablan de la misma actividad de contemplar en la que la subjetividad descansa, lo cual es, en sí misma una experiencia de sentido

Lugares en los que estar

Parques y plazas son espacios urbanos que tienen afinidades y diferencias. Muchas veces son lugares a los que se va para estar, son focos de atracción de las ciudades. No son espacios de tránsito, sino lugares en los que se disfruta estando en ellos. En el caso del parque se trata, por lo tanto, de un espacio que introduce una forma distinta de habitar, basada en la pausa, la apertura y la relación con la naturaleza.

Con sus bancos y terrazas, así como por ser recinto ocasional de ferias, las plazas se viven como lugares de encuentro, a veces festivo, espacios de aparición social y también político (una reflexión sobre las plazas, aquí). A diferencia de ello, los parques, siendo también lugares de encuentro y fiesta, destacan por ser lugares de paseo o lectura que muchas veces realizamos a solas, por ser espacios de descanso. El sentir lo natural que lleva a una vivencia del yo intensa, complementaria a la vivencia de la sociabilidad propia de las plazas. La experiencia de nuestra corporalidad en los parques puede ser más intensa que en el resto de la ciudad. Hacer ejercicio, sentir la hierba en nuestros pies descalzos, tumbarse sintiendo el sol, mojarse algo con las fuentes, respirar aire puro… 

Esta experiencia de descanso y de nuestra corporalidad lleva a una vivencia del yo más intensa porque implica un contacto con lo natural. Esto conlleva una experiencia privilegiada de la temporalidad. En su poema Los jardines (incluido en Cántico), Jorge Guillén dice: 

Tiempo en profundidad: está en jardines.

Mira cómo se posa. Ya se ahonda.

Ya es tuyo su interior. ¡Qué trasparencia

De muchas tardes, para siempre juntas!

Sí, tu niñez, ya fábula de fuentes.

Monet, Paisaje, el parque Monceau, 1876

“Tiempo en profundidad” que se posa, que es “tuyo en su interior”. Forma parte de la experiencia de la habitabilidad de los lugares la vivencia de la temporalidad. La mera sucesión del tránsito propio del tiempo como Cronos se diferencia del tiempo como duración y permanencia que caracteriza el Kairós (sobre espacio vivido y ritmo, aquí). El tiempo vivido en los parques, cuando se disfruta en ellos, se acerca al segundo modo, ya que la atención está puesta en el estar, en la vivencia plena del presente, que se aleja de la forma de vivir el tiempo como anticipación, cuando solo queremos llegar a un sitio, cuando buscamos un resultado; así como también se opone al permanecer en el pasado del que no se puede salir, como en aquellas experiencias de un pasado doloroso que vuelve y que cierra un futuro (tiempo cerrado/tiempo abierto del que hablaba Marcel).

Final

En conclusión, los parques son mucho más que simples áreas verdes dentro del entramado de cemento. Son un elemento básico de la habitabilidad de la ciudad. Al transformar la naturaleza, distanciándose de la necesidad productiva de la agricultura para elevarla al rango de experiencia contemplativa, la ciudad ofrece a sus habitantes la posibilidad de vivir un «tiempo en profundidad». En este espacio delimitado pero abierto, donde el diseño humano y el orden natural convergen, el habitante no solo recupera el aire puro, sino también la capacidad de habitar el presente, una alternativa al ritmo urbano cotidiano.

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