Cerezos en flor («Kirschblüten– Hanami») es una película alemana dirigida por Doris Dörrie en 2008. Una película delicada. Tras recibir el pesimista diagnóstico sobre su marido, la protagonista, Trudi, convence a su marido, Rudi, para hacer un viaje en el que ver a sus tres hijos ya mayores e independientes. De manera inesperada es ella, y no su marido, la que muere repentinamente. Comienza la segunda parte de la película en la que se nos relata el duelo del marido hasta que muere, duelo que se desarrolla en Japón, en Tokio y en las cercanías del monte Fuji.
Son varios los temas y núcleos argumentales destacables en la película. Respecto lo argumental, son dos los tipos de relaciones familiares los que se describen.En primer lugar, la lejanía vivida en la relación con los hijos. Dos de ellos viven en Berlín. En sus visitas los sienten desconocidos y se ven como una molestia para ellos. Siendo en realidad una despedida, se expresa bien, sin efectismos, el dolor silencioso por la falta de comunicación. No hay una enemistad. De hecho, hay restos de cariño o deseo de que lo hubiera. Pero también frialdad y reproches encubiertos. Además, la sombra de un tercer hijo/hermano, que vive en Japón, y que fue el preferido de sus padres, sigue perturbando la relación.
Cuando el padre ya viudo va a Japón se aloja en el apartamento de ese tercer hijo. El único sin pareja de los tres que echa de menos a su madre y al que también le cuesta atender a su padre. Se repite el tema de la molestia, de la lejanía afectiva y se evidencia un resentimiento que se repite en la conversación final de los hermanos.
La segunda relación narrada, la historia de amor de los dos protagonistas. Se quieren: queda claro del principio al final. Pero hay un recorrido, en paralelo al viaje, en el que se quiere vivir lo postergado en los largos años de matrimonio. Él, hombre de costumbres sencillas y fijas, poco abierto a novedades, no es sensible a las demandas de ella que se concentran en una fascinación que le extraña: la cultura japonesa y en concreto, la danza butoh.
Si bien no acaba de acortarse la lejanía con los hijos, la película narra que la relativa lejanía que se da entre los dos esposos sí que se acorta, hasta la total desaparición en la escena final. El viaje a Berlín los acerca, y de manera extraña, el duelo que él vive es proceso de recuperación de los sueños de ella con los que se identifica.
En estos dos núcleos argumentales que narran de manera dinámica dos relaciones (padres/hijos, mujer y marido) van aflorando temas profundos contados de manera sencilla y eficaz.
En primer lugar, la relación occidente/oriente. Dos “mundos” (Alemania y Japón) diferentes en muchos aspectos pero en los que lo humano late del mismo modo. En una entrevista realizada a la directora, Doris Dörrie, nos cuenta su descubrimiento y fascinación por Japón, país que visitó varias veces. Vemos lo japonés con los ojos de la directora que son los ojos de Trudi. Sería interesante saber si los japoneses, vistos con ojos occidentales, reconocen ese retrato como propio y si les da, incluso, algo a conocer sobre ellos mismos.
La danza butoh tiene un origen mixto: hacia los años 60 del siglo XX, un japonés hace una síntesis de su tradición con elementos del expresionismo alemán. Es una forma de expresar los opuestos: muerte y vida, dolor y alegría, sombra y luz. Es la otra mirada: la del Japón hacia occidente. ¿Qué fascina al Trudi de esta danza que algo practicó y de la que vio una representación en su viaje a Berlín? Hay algo de trágico en esta danza en la que se dan improvisación y quietud realizadas por un bailarín que representa una mujer con la cara
pintada de blanco. Lo trágico: una presencia de la muerte en lo fugaz. Los cerezos en flor, son símbolo de fugacidad: de belleza transitoria, de vida que pronto fenece. Pero la muerte no es definitiva si hay comunicación. Y es lo que esta danza quiere vivir. Una comunicación basada en el recuerdo, en el tener presente a los muertos cercanos. Una comunicación basada en ver en lo fugaz un guiño de los muertos. Siempre vuelve la primavera, cuando florecen los cerezos. Son símbolo de explosión de vida.
La figura mediadora en su duelo será una joven japonesa que también ha sufrido una pérdida grande. Ella le enseña el butoh (y él se deja enseñar): la lentitud, la comunicación con las sombras, el ritmo de la naturaleza con el que comprenderá a su mujer y que les unirá ya en la muerte.
El carácter cíclico del cosmos resumido en la floración primaveral que desaparecerá pronto pero que volverá, permite a Rudi conocer mejor a su mujer viviendo lo que a ella le hubiese gustado vivir. Quiere hacer partícipe de su vivencia a su mujer fallecida vistiéndose con su ropa: así es ella la que lo vive, unidos los dos como en el baile a orillas del Báltico y que se repite de manera imaginaria ante el monte Fuji. Aquí no hay opuestos: aquí hay unión.
Este monte debería simbolizar lo opuesto a la fugacidad: la solidez, la belleza rotunda que nunca desaparece, que siempre está ahí. Pero aquí también hay opuestos: el monte, siendo imponente, es “tímido” porque se muestra pocas veces al ocultarse tras las nubes.
Drama delicado el que nos presenta esta película. La complejidad de las relaciones familiares y conyugales; la presencia de la muerte en la vida, de lo fugaz en la explosión primaveral.



