Destino y conexión a partir de “Vidas pasadas” (2023)

El amor es uno de los temas fundamentales en todas las artes narrativas. Muy presente en novelas, obras de teatro, películas y poesías, también lo está en la música, la pintura y la escultura. Las relaciones amorosas, sus luces y sombras, así como la gran diversidad de situaciones, dificultades, búsquedas y hallazgos, son tema universal y perenne de las artes, dada la importancia del amor en la vida humana. 

Amar y ser amado son necesidades humanas fundamentales, así como motores de proyectos y acciones de muy diversa índole. De las diversas formas de amor, destaca el amor de pareja, llamado a vivir la reciprocidad, la simetría y la complementariedad  aunque, como bien sabemos, también está caracterizado por su fragilidad. Las relaciones amorosas quieren ser largas, pero en la historia de las relaciones hay crisis, altibajos, cansancios, reencuentros… 

En 2023, se estrenó en el Festival de Cine de Sundance Vidas pasadas (“Past lives”) que tuvo gran reconocimiento de crítica y público. Escrita y dirigida por Celine Song, de nacionalidad coreana-canadiense, está protagonizada por Greta Lee, quien interpreta a Nae Young (de casada, Nora Moon-Zaturansky), y Teo Yoo, como Hae Sung. Como toda buena narración, la historia y los personajes muestran, en su particularidad, facetas dotadas de una validez humana universal. En ellas podemos reconocer lo humano, eso básico que todos tenemos en común y que forma parte de nuestra identidad personal, más allá de las diferencias culturales. Esta película muestra muy bien una faceta del amor de pareja: la conexión personal que los amantes sienten entre sí, idea muy relacionada en la película con la idea de destino.  

La película cuenta de manera pausada y hábil una bonita historia de amor en tres tiempos. Nae y Hae se conocen desde el colegio en Seúl. Se nos presentan en su etapa preadolescente siendo amigos, buenos estudiantes que compiten amistosamente por ser el/la mejor. Vuelven juntos a casa todos los días y viven un amor de chicos/niños. Pero se separan cuando los padres de ella deciden irse a Canadá por cuestiones de trabajo.

Doce años después, retoman el contacto a través de una red social y vuelven a conectar personalmente. Ella, Nae, se dedica a la dramaturgia, trabajo con un gran componente vocacional. Hae, sin embargo, sigue en Corea, a quien vemos con sus amigos de siempre, en un trabajo que le produce insatisfacción. Tras cortar con estas videollamadas, pasan más años hasta que vuelvan a reencontrarse. Ella se ha casado y él decide ir a verla a Nueva York. Se les ve bien juntos. La conexión personal es evidente, pero no rompen el compromiso de pareja de ella.  

El título, Vidas pasadas, tiene dos sentidos. Por un lado, sus pasados respectivos, esas etapas de relación que se terminan y que son claves para entender esta historia de amor dilatada. Por otro lado, la idea coreana en el In-Yun, el destino que une a dos amantes a través de miles de vidas pasadas, en la creencia de que un encuentro casual puede ser significativo para siempre lo que, para muchos coreanos, son unas ocho mil vidas. 

Formas apresuradas de juzgar el destino

La idea de destino está muy presente a lo largo de la historia, lo que revela la importancia de esta enigmática experiencia, enigmática porque compromete la realidad de la libertad. Uno de los sentidos del destino es el de fatalismo. “Lo que está destinado a pasar, pasará, hagas lo que hagas”. Se afirma el carácter inexorable del futuro y, como muchas veces eso que va a pasar es algo negativo, unimos al destino la idea de lo fatal, tal como entendemos la palabra (“estoy fatal”).  

Pero a veces juzgamos con premura el carácter inevitable de lo que ocurre o va a ocurrir. “Vaya por donde vaya, acabo en el mismo sitio”, lo cual puede ser fruto de un desorden, un hábito de ir por los mismos trayectos, mera casualidad. “No queríamos trabajar en ese sitio (o en este tipo de trabajo) y al final…”, algo que ocurre muchas veces en negocios familiares. “Siempre que me encuentro contigo, ocurre que…”, lo que en realidad no deja de ser una creencia supersticiosa que interpreta como causalidad algo sin relación causal verdadera (“pienso en tal persona y se estropea la lavadora”, por ejemplo). 

En muchas ocasiones, el carácter inexorable del futuro viene derivado de la falta real de alternativas, muchas veces causada por estar en una situación social pobre, o por la falta de imaginación vital sobre las mismas alternativas. Esta escasez de posibilidades conduce a la idea de futuro necesario del que no se puede escapar. La carencia grave de oportunidades, la falta de alternativas, real o imaginada, es algo que no se debería descartar rápidamente.   

Hay otras formas apresuradas de interpretar el destino. Conocemos historias de amor en las que los amantes vencen muchas dificultades para estar juntos. Accidentes imprevistos, la oposición de las respectivas familias, separaciones forzosas por catástrofes naturales o guerras, miedos personales… En muchas historias de amor, la relación se mantiene “a pesar de», lo que desde fuera se lee muchas veces como destino: “estaban destinados a estar juntos”. Aunque esta también suele ser una lectura apresurada: están juntos porque se han esforzado por estarlo, su determinación se mantiene a pesar de las dificultades. No son los astros, ni la suerte, sino la voluntad, la fuerza de su amor…

Son dos formas apresuradas de juzgar como destino algo que no lo es: la falta de alternativas y la existencia de dificultades que se vencen. Y ello, movido por la vigencia de la idea que no deja de mostrar su atractivo como explicación de los acontecimientos, aunque comprometa la explicación sobre la libertad y la responsabilidad.

Destino como necesidad

A pesar de las paradojas a las que la idea de destino lleva, hay experiencias ordinarias en las que podemos atisbar algo de su significado que explican la persistencia de la idea. 

A veces nos encontramos en el momento justo y en el sitio adecuado para hacer algo. “Te ha tocado”. Lo casual se cruza en el camino: “salí antes de la hora prevista, fui por la derecha… y me encuentro aquí y ahora en el momento justo en el que…”. A eso también lo llamamos “suerte”, que puede ser buena o mala. Por ejemplo: gracias a que estaba esa persona en ese momento, pudo evitar un accidente, una caída de una persona con gran daño seguro. Cabe una variante sobre lo anterior. Si las personas se conocían y una de ellas había jugado un papel importante en el pasado…, sale de los labios de una de ellas: “tenías que ser tú”. 

Tenemos palabras antiguas para nombrar todo esto: “soy/eres, afortunado» o “ha sido un desafortunado encuentro”. O Fortuna imperatrix mundi! decía el poema medieval que Orff hizo famoso en sus Carmina Burana (1936). Se unen así la idea de lo casual y del tener que estar aquí (siguiendo con el sencillo ejemplo), como si hubiese una fuerza superior que rigiese los acontecimientos sin dejar, por ello, de decir que hemos elegido. Se produce así una presencia de la necesidad en el curso de los acontecimientos: como si lo que ocurre tuviese que suceder así, como si todo fuese un efecto directo y necesario de multitud de causas que concurren para que se dé ese resultado. 

Destino como conexión personal

Otra experiencia relativamente ordinaria y que calificamos muchas veces como “destino” es la experiencia de una conexión íntima, personal, entre el sujeto que actúa y lo que hace. A veces se da una especie de coaptitud entre la destreza y el deseo, y la obra a realizar: “esto que hago es muy mío”, dice el que siente pasión al hacer lo que hace. De mil formas diferentes podemos descubrir, como si se tratase de una revelación, algo valioso y atractivo: “estoy hecho para esto”, “para esto sí que valgo». En una visita a un museo, en un telediario, en un encontronazo,  en un viaje… Vocación y destino se unen aquí: “he encontrado mi vocación” es casi sinónimo de decir “he encontrado mi destino”, “estoy cumpliendo mi destino». 

Aquí también se da la experiencia de que hay algo que supera la propia capacidad de decisión. Como si aquello se descubre porque sale al encuentro, porque llamase a obrar (“vocación” proviene de “vocare”, “llamar”). “Yo soy el elegido, y en ello descubro mi sitio”.

Seguramente es esta experiencia antropológica de ser elegido, de que algo exterior provoca descubrir nuestro deseo profundo, nuestra vocación a vivir de una determinada manera, la que está en la base de la vigencia de la idea de destino, de que una clave de nuestra vida está en cumplir algo para lo que el sujeto se siente llamado y elegido a realizar, y en lo que encuentra su identidad propia.

Esta conexión íntima también se puede dar, claro está, con personas. Ambos tipos de conexión personal, con un tipo concreto de actividad, con otra persona, están acompañadas de una certeza peculiar dada la conexión sentida. “Esto es verdad”, es un decir que expresa una certeza que se siente en el interior, en las entrañas de la persona que lo afirma.

En la conexión personal con otra persona aparecen, además de la alegría de estar juntos, otras facetas como la amistad y la compenetración. Los protagonistas de Vidas pasadas, viven su relación en el tiempo presente desde la memoria interiorizada de una amistad que arraigó en esa fase temprana de sus vidas. Según nos cuentan, es algo que tiene carácter inextirpable a pesar de las largas temporadas sin contacto. Algo común y propio, y que no puede ser compartido con otros. El marido de Nae/Nora (John Magaro como Arthur Zaturansky) asiste a esto comprendiendo su alegría y dolor, viendo que es una amistad que él no puede compartir.

La compenetración personal habla de una sintonía y complicidad que viven las dos personas. Un signo de la conexión es la posibilidad de comprensión mutua guiada por la voluntad de entenderse, de querer que la otra persona te entienda. Conexión sentida en el placer de hablar, de contarse las cosas propias, algo que hacen los protagonistas de Vidas pasadas que viven la alegría de estar juntos. Al decir “no vivo una vida plena sin ti”, se afirma que la otra persona forma parte de mi identidad personal. Esto choca, claro, con ideales individualistas de autosuficiencia que ya Platón criticó al señalar cómo el entusiasmo colma lo que uno por sí solo no puede alcanzar guiado por el ideal de la autarquía.

Conclusión

Vidas pasadas señala con acierto aspectos importantes del amor de pareja y de la conexión personal en general. Cada persona es singular, y siente la llamada a realizar proyectos de vida con los que desarrollarse personalmente. La conexión con la actividad por la que se siente pasión y para la que se es apto aparece en esta película. La protagonista se va de Seúl porque va con sus padres. Pero tras el reencuentro doce años después, prefiere seguir su carrera. No es simplemente que la otra persona, en su autonomía, tenga derecho a hacerlo. Si se quieren, cada uno quiere que el otro florezca, que se desarrolle, aunque eso suponga algún precio a pagar. Los proyectos compartidos respetan la autonomía de cada uno de los amantes a la par que la proyección mutua se convierte en fuente de identidad.

El final de la película no va por caminos trillados. Con delicadeza muestra la importancia de la necesidad ligada al destino. Pero también nos habla de su opuesto, de la presencia de la contingencia en la vida, del poder no ser, del poder dejar de ser, de no seguir con una relación. El famoso “qué hubiese pasado si…” planea por encima de los personajes, mostrando que el destino no anula la libertad

El sentirse llamado es una experiencia plena de libertad en la que el sujeto se autodetermina con plena voluntad persiguiendo lo que percibe como bien máximo. La contingencia también está relacionada con el azar, con procesos causales que no están bajo nuestro dominio y que tanta influencia pueden tener en las vidas de las personas.

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