“El señor de las moscas” (1954), una fábula política (y 3)

Continúo con las reflexiones, tras las dos entradas anteriores (1 y 2), sobre esta interesante novela,  El señor de las moscas (“Lord of the Flies”), conocida novela escrita por el inglés William Golding (1911-1993), publicada en 1954.

El miedo

Fotogramas de El señor de las moscas (Peter Brook, 1963). Al principio.

Los niños se reúnen tras el accidente, eligen el jefe, distribuyen tareas… Hay un aire de despreocupación en la mayoría. Quieren divertirse y pueden hacerlo: juegan, se bañan en la playa. Pero el miedo se va introduciendo en este estado de placidez lúdica. Los niños tienen pesadillas. Uno de los niños dice haber visto una bestia, una fiera, que se va a convertir en uno de los protagonistas de la historia. Se establece un debate: son pesadillas, no existen las fieras… Más tarde, los mayores verán algo que creerán que es la fiera por lo que se convierte en algo real para ellos. Uno de los niños, Simon, muestra su incredulidad y querrá comprobar que no es así y verá al “señor de las moscas”: Jack clavó la cabeza de un jabalí en una estaca, como signo de ofrenda, dejando las vísceras cerca. Por otro lado, la posibilidad de que no los rescaten empieza a estar cada vez más presente, a la vez que crecen las dificultades de convivencia con la aparición de la violencia. El miedo crece aunque su objeto sea algo impreciso.

La existencia de la fiera no es algo que se use para provocar miedo y conseguir seguidores o la aceptación de algún proyecto. Más bien al contrario. Todos los mayores quieren hacer ver que no es verdad que exista una fiera. En el mundo político siempre se ha utilizado el mecanismo del miedo con fines casi siempre oscuros. No solo se subraya que existe una amenaza sino que, incluso, muchas veces se inventa. Esta historia no va por ahí.

Pero enseguida se introduce la idea de que la fiera puede ser un fantasma. Esa sería una amenaza en cierto sentido mayor. A la fiera sería muy difícil cazarla; pero al fantasma, imposible. Se establece, por lo tanto, una contradicción: se asegura que no hay fiera pero se abre la posibilidad de que haya fantasma. Y si hay una amenaza temible, la seguridad pasa a ser el principal problema, y los cazadores, los más necesarios del grupo. Va a haber dos objetivos en conflicto: la defensa y la búsqueda del rescate. Ralph sigue manteniendo que el rescate es el fin principal, dado que no es creíble que existan los fantasmas. Como argumenta Piggy, los fantasmas no existen.

Porque si no las cosas no tendrían sentido. Las casas y las calles, y… la tele…, nada de eso funcionaria (cap. 5).

Es un argumento llamativo, a posteriori. Sabemos que no existen porque si no, los efectos nos hablarían de ello. Y no lo hacen.

Fotogramas de El señor de las moscas (Peter Brook, 1963). Al final.

Jack, va ganando poder y adeptos, y se centra en lo que sabe hacer: cazar. Parece que se va deslizando la idea de que sería bueno quedarse en un isla donde serían los dueños con un jefe fuerte. Jack va utilizando la estrategia de discutir los objetivos propuestos al inicio, lo que se añade al ir restando importancia a las normas. Jack y su grupo van ganando poder por la violencia que utilizan. Al final, el miedo presente en los niños de la isla, más que a fantasmas o fieras, es a ellos mismos. Damos miedo nosotros, visto el daño que somos capaces de causar.

Piggy, otra vez, explica bien la situación, la lógica del miedo, cómo causa efectos negativos en la misma  persona que odia. Jack y sus compañeros de tribu causan miedo en los pocos que quedan en el otro grupo. Ese miedo que causan es el arma poderosa que requiere caer en la cuenta de su naturaleza y así poder vencerlo. Al principio, no utilizaban el miedo como arma; el recurso a la fiera no se utiliza. Pero el miedo mayor será el que cause la violencia.

Si tienes miedo de alguien le odias, pero no puedes dejar de pensar en él. Te engañas diciéndote que de verdad no es tan malo, pero luego, cuando vuelves a verle… es como el asma, no te deja respirar (cap. 5).

Y unido a la violencia está el uso del disfraz. Jack y sus seguidores se pintan para cazar jabatos como forma de camuflaje. El contacto de la sangre del animal servirá también de “pintura” que añade al color el hecho de que sea sangre real. Poco a poco el camuflaje para cazar se va a ir convirtiendo en pinturas y formas de vestir que se asemejan a lo que ellos consideran ser “tribus salvajes”. En 1954, fecha de la publicación de la novela, ya había películas (además de ilustraciones de revistas y cómics) con personajes de tribus africanas y americanas. Tener la cara pintada era una costumbre exótica para los europeos y que la cultura popular occidental fue alimentando forjando así un imaginario social con el tópico del guerrero salvaje. Para los occidentales todo esto tendrá un aire de primitivismo que se opondrá visualmente a la cultura occidental, inglesa en concreto, que tanto se valoraba al principio. Parece un juego, aunque se va convirtiendo en un modo de vida en el que la violencia real va a aparecer con fuerza. No es jugar “a indios y vaqueros”. Es crear una tribu desde el imaginario recibido en Occidente.

Como dice el narrador en el capítulo 11:

Sabían demasiado bien que la pintura encubridora da rienda suelta a los actos más salvajes.

Las pinturas y el disfraz son señales de identidad grupal, de forma de ser, y de también camuflaje de la identidad personal. Lo que al principio servía para cazar animales, ahora sirve,  sobre todo, para esconderse detrás de una máscara ante los demás. Desaparece la manifestación pública  de la individualidad, los actos se convierten en anónimos, la forma de ser se hace uniforme. A la vez, debajo de ese disfraz van apareciendo tendencias violentas.

El miedo está muy presente en esta historia. A la fiera, a no ser rescatados, a los fantasmas, a ellos mismos que se vuelven violentos. Parece que nos damos miedo a nosotros mismos por lo que se ve que somos capaces de hacer en estas circunstancias. Como dice Ralph:

Estoy aterrado. De nosotros (cap. 10).

Esto plantea un tema importante.  ¿Qué hay en el fondo del corazón humano? ¿Las normas sociales reprimen ese fondo? ¿Hay que entender la socialización, la educación, las normas, como represión social que apaga las tendencias naturales? En el fondo,  ¿el ser humano es violento por naturaleza o, puesto que es vulnerable, se hace violento?

Una fábula política

La historia de esta novela narra el proceso de división del grupo, liderado por Jack. El nuevo grupo se va convirtiendo en una tribu y utiliza la violencia de manera creciente. Matan a Simon, el niño que iba a avisarles de que no hay fiera, al quedar claro que era el cadáver de un paracaidista. Al salir de la selva no le reconocen y le matan. Luego matan a Piggy. La primera muerte podría considerarse parcialmente como un error.  La segunda, no. Y van a por Ralph, a matarlo. Se han convertido en unos asesinos.

Simon (Tom Gaman), El señor de las moscas (Peter Brook, 1963)

Rousseau contrapone naturaleza humana y cultura, considerando la primera como algo bueno, y la segunda como la causa de la corrupción de esa naturaleza. Una isla desierta es una forma imaginativa clásica de representar el estado de naturaleza previa a la cultura. Históricamente ese estado de naturaleza no ha existido, pero se ha considerado una ficción necesaria para pensar lo humano y lo social. En esta historia, el grupo de cazadores se va corrompiendo, va creciendo la violencia en ellos. ¿Naturalmente, el ser humano es así? ¿La cultura corrompe la naturaleza?

Al principio de la historia se refleja bien el peso de la educación recibida que sirve,  entre otras cosas, de límite al mal. Poco a poco, ese caparazón va desapareciendo, dejando lugar a lo originario, que es el impulso de dominación que juzga como algo legítimo el matar a sus semejantes como parece desprenderse de la novela.

En su otra vida, Maurice habría sido castigado por llenar de arena unos ojos más jóvenes que los suyos. Ahora, aunque no se encontraba presente ningún padre que dejase caer sobre él una mano airada, sintió de todos modos la desazón del delito. (…) Roger reunió un puñado de piedras y empezó a arrojarlas. Pero respetó un espacio, alrededor de Henry, de unos cinco metros de diámetro. Dentro de aquel círculo, de manera invisible pero con firme fuerza, regía el tabú de la antigua existencia. Alrededor del niño en cuclillas aleteaba la protección de los padres y el colegio, de la policía y la ley. El brazo de Roger estaba condicionado por una civilización que no sabía nada de él y estaba en ruinas. (cap. 4).

Piggy (Hugh Edwars) con la caracola y sin las gafas que le robaron para poder hacer fuego con la lente, que pronuncia estas palabras que siguen. El señor de las moscas (Peter Brook, 1963),

La visión es pesimista. Pero participa del planteamiento de Rousseau en cuanto que contrapone naturaleza y cultura. Ese proceso hacia el ser tribu reniega de la cultura. Parece encarnar un estado natural. Pero a diferencia de Rousseau, lo que anida en el corazón es la voluntad de dominación. Nada parecido al ideal del «buen salvaje».

Aunque no todos los niños cambian. Simon, Piggy, Ralph, incluso los gemelos, siguen conservando un gran sentido moral. Son ejemplo de racionalidad, de sensatez. Simon comprueba que las fantasías son falsas, Ralph sigue defendiendo la importancia de las reglas, y Piggy es el que argumenta basándose en la idea de la humanidad que está en la base del comportamiento. En ellos la cultura no corrompe la naturaleza, sino que la perfecciona.

¿Qué es mejor, ser una panda de negros pintarrajeados como vosotros o tener sentido común como Ralph? (…) ¿Qué es mejor, tener reglas y estar todos de acuerdo o cazar y matar? (…) ¿Qué es mejor, la ley y el rescate o cazar y destrozarlo todo? (cap. 11)

Forma parte del pensamiento clásico hasta Hegel el considerar que la política es necesaria para el desarrollo moral del individuo dado nuestro carácter social, como explica muy bien Ricoeur. A pesar de la merecida mala fama de la política, esta es una actividad genuinamente humana. Solo en sociedad podemos desarrollar nuestra naturaleza, nuestro ser, nuestra identidad moral.

Bien es verdad que en el mundo de la política acontecen grandes males. Guerras,  terrorismo, sistemas esclavistas, genocidios… La lista es interminable. La política es una dimensión tremendamente frágil y sujeta al mal. Pero la existencia del mal en la política no se soluciona intentando anularla. Sencillamente, no se puede eliminar lo político. También el sistema tribal de Jack es un sistema político, no es algo “natural” previo a la cultura. Pero es la inversión a lo vivido al principio. La sustitución de la palabra y la discusión por la violencia es la negación de la política en sentido estricto. Y esto sucede en esta historia.

No creo que esta novela plantee como problema principal si el ser humano es bueno o malo por naturaleza. La novela es una fábula política, su tema es la política. Pero claro, al hablar de política hablamos del ser humano, de la sociedad, de la moral. El ser humano necesita de la verdad para conducir su vida. Una verdad relativa a él  mismo. No perder de vista su ser personal, no dejarse vencer por inclinaciones a la voluntad de dominio que sí abundan en nosotros.

Aunque al final los rescatan, el final es triste. La maldad experimentada agrieta y rompe la confianza y la fe en la posibilidad humana de mejora. En esa situación de crisis, no es fácil introducir la luz que disipe las tinieblas de estos “tiempos de oscuridad” (Arendt).

Ralph (James Aubrey), en uno de los fotogramas finales de El señor de las moscas (Peter Brook, 1963)

Y en medio de ellos, con el cuerpo sucio, el pelo enmarañado y la nariz goteando, Ralph lloró la pérdida de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre y la caída al vacío de aquel verdadero y sabio amigo llamado Piggy (cap. 12).

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1 comentario en ““El señor de las moscas” (1954), una fábula política (y 3)”

  1. Buenas noches.
    Vi esta película hace muchos años y recordaba de ella la sensación, densa y pesimista, que dejó en mí.
    Hoy, leyendo el artículo, la he percibido de otra forma: antes me quede en la oscuridad, ahora percibo en ella atisbos de luz que me sirven para comprender y comprenderme mejor en esta sociedad en la que habito y reflexionar sobre algunas pautas de actuación.
    Sin duda, las reflexiones, explicaciones y paralelismos expresados por Iñaki han sido la clave.

    !Enhorabuena y gracias!

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