El show de Truman (“The Truman Show») es una película dirigida por Peter Weir, quien ya dirigió películas como Gallipoli (1981), Único testigo (1985) o El club de los poetas muertos (1989), entre otras muchas. Está basada en un guion de Andrew Nicol (responsable también de Gattaca, 1997), muy trabajado junto con el director para darle un aire más cómico que el que inicialmente tenía. Una película con gran éxito de taquilla y crítica protagonizada por Jim Carrey (Truman) y al que acompañan Ed Harris (Christof, productor del programa), Laura Linney (esposa de Truman), Noah Emmerich (su gran amigo), Natascha McElhone (su primer amor), Holland Taylor (su madre).
Truman Burbank es el protagonista de la película y de la serie de televisión de la que nos habla el film. Christof es el creador del programa “El show de Truman”, un reality show visto por espectadores de todo el mundo que siguen la vida del protagonista las veinticuatro horas del día. Este programa de televisión ya lleva treinta años emitiéndose cuando vemos la película. La película narra su final: la sospecha y toma de conciencia del protagonista que vive una vida que está siendo televisada, rodeado no de personas con relaciones reales (madre, esposa, amigos, clientes, vecinos…) sino de actores que representan los diversos papeles.
Una película sobre la televisión
La película se anticipa a los grandes reality show que conocemos y que comenzaron algo después de esta película con Gran Hermano (1999). Pero este programa introducirá cambios respecto a lo narrado en la película ya que los protagonistas saben que están siendo observados y, además, se trata de un concurso en el que los telespectadores votan si los participantes salen o no del programa.

La idea de la película cuenta con algunos antecedentes, siendo el más destacado, el programa que siguió la vida de una familia americana en An American Family (1973) durante nueve meses. Ya en 1976, otra gran película sobre la televisión, Network (S. Lumet; comentada aquí), ya pronosticó también la evolución de la televisión que quería hacer un show de la vida real tanto con el presentador del programa como con el seguimiento de una banda terrorista.
Nosotros vemos una película que narra un engaño mayúsculo a una sola persona en un programa de televisión. No vemos el programa de televisión propiamente sino cómo se hace, cómo lo ven los espectadores del programa. Solo vemos algunas escenas especialmente significativas del programa a través de pantallas de televisión conforme las van retransmitiendo.
Ilusión de realidad
La acción se desarrolla en un plató gigantesco. En él se ha construido una pequeña ciudad, Seahaven. Las construcciones son un trampantojo, una ilusión de realidad en algunos aspectos: detrás de algunas paredes hay zonas de descanso para los actores como se ve en un momento en la película… Este carácter ilusorio queda claro al principio cuando se cae un foco. ¿Desde dónde podría caer?
Todo es una simulación: los familiares y amigos son falsos familiares y amigos, y la ciudad no es tal, es un decorado. Además, Seahaven no solo es un decorado, sino una representación idealizada de una pequeña ciudad donde todo es limpio y funciona bien, donde las relaciones son siempre corteses. Al ser una idealización, los responsables del diseño de esta ciudad ficticia y de este modo de vida soñado, escogen los que consideran bueno. Lo malo lo dejan de lado, al margen. Una ciudad “años 50” hecha a imagen de las ilustraciones de Norman Rockwell. Todo esto supone un juego con la memoria social e histórica que tendrían los espectadores estadounidenses del programa de televisión así como de la misma película. Tal vez la visión que quede de la vida de esas décadas sea la que el cine ha dado y no la históricamente real.

Esta idealización es otra ilusión de realidad como lo es el trampantojo. Estos dos mecanismos ilusorios han llevado a críticos del arte y de la cultura como Eco o Baudrillard a hablar de “hiperrealidad”. Seahaven sería una “auténtica” ciudad de los 50, más real que las ciudades reales de los 50: el simulacro se presentaría como lo más auténtico.
Los responsables del show, del programa de televisión, prometen a los telespectadores una representación de una vida verdadera. La novedad que ellos venden responde a la idea de que la ficción aburre. El carácter fantasioso de muchas ficciones que se dejan llevar por los efectos especiales, por las pirotecnias, como dicen, ya han dejado de impresionar al telespectador. Este no quiere simulacros, ficciones, sino un trozo de la vida real. No deja de tener su gracia. Para la vida real ya tenemos la vida real. Seguimos queriendo ver representaciones. Nos gusta, según esto, la vida real representada. Algo de especial deberá tener esa vida real para que nos entretenga verla.
La vida real de Truman, según esta película, es una vida escrita por otros aunque le dejen margen de maniobra. Truman es un personaje. Y la historia de su vida es como las historias ficticias de siempre, solo que aquí el personaje goza de algo de libertad.
Persona y personaje
La película es un ingenioso juego de entrecruzamiento de planos de realidad y ficción.
Las personas de la vida de Truman son, en realidad, personajes. Las actrices y actores son personas que representan un papel muy especial, ya que llevan toda una vida interpretándolo. Un papel con el que prácticamente, los más cercanos a Truman, se tienen que identificar. La línea que separa la vida real de los actores y de los personajes parece muy fina. En cualquier caso, en ellos la distinción actor-actriz y personaje es neta. Actúan, no son el personaje que interpretan. Viven con la conciencia de ser un personaje cuando saben que aparecen en el programa.
Truman (“hombre verdadero”) vive con la conciencia de ser una persona. Tiene un trabajo, una biografía, está casado aunque busca a su gran amor de antaño… Tiene episodios traumáticos en su vida, amigos, padres… No ha salido de la ciudad en la que vive, algo que, aún hoy, no es tan extraordinario. Podemos decir que vive una vida normal, una vida posible.
Y eso es lo que gusta a los espectadores del programa de televisión. Parecen estar viendo, y así es en parte, una vida auténtica, verdadera, no algo fruto de la imaginación. Al ser una vida verdadera, el protagonista puede elegir. Se introduce así la incertidumbre en la historia televisada para los espectadores. ¿Cómo reaccionará a tal circunstancia, a tal otra? El telespectador sabe que Truman no está representando, por lo que no es un actor. No finge una vida, la vive. Por eso, los responsables del programa de televisión tienen que reaccionar a algunas respuestas del protagonista para que el programa no se salga de los cauces preestablecidos.
Pero su vida es seguida como si fuese una película. En cuanto que su vida es un espectáculo, una historia de entretenimiento que los espectadores siguen en la televisión, su vida sí es una representación. Por lo tanto, actor, persona y personaje se identifican en Truman de una manera excepcional.
Por otro lado, nosotros vemos una película, no el programa de televisión. Vemos a un actor conocido, Jim Carrey, representar el papel de Truman. Vemos un producto de la imaginación de los guionistas y demás responsables de la película. En este sentido, la película es normal: la distinción entre actor/persona y personaje es nítida.
Ser un protagonista involuntario
Truman empieza a extrañarse de muchas cosas que pasan hasta llegar al convencimiento de que todo parece girar a su alrededor. Es una manera de decir que su vida consiste, en realidad, en ser una historia contada para ser vista, una historia en la que él es el protagonista. Su protagonismo es el hilo conductor de la historia en cuanto que historia narrada, que es inteligible desde el centro focal y argumental en el que consiste ser protagonista de una historia. En una sociedad, todos sus miembros tienen su historia que está entrelazada con la de los demás. Cada uno verá la vida desde su perspectiva. En una historia narrada clásica en la que hay un claro protagonista, la respectividad de los demás hacia el protagonista es lo que les define mayormente: soy la mujer-de, el amigo-de, la madre-de…
Truman parece experimentar el cambio entre vida real en la que cada uno ve las cosas desde su situación y vida narrada en la que es el protagonista y en la que los demás consisten, sobre todo, en su relación con él. Además están las cosas, los movimientos de los coches… Todo está al servicio de sus movimientos. Todo gira a su alrededor. Algo falso hay en todo lo que vive. No se siente halagado por ser el centro. Al contrario, se va sintiendo manipulado. Es un protagonista de una historia que él no ha elegido vivir.
Elecciones
Todos nacemos en un tiempo y sociedad que no hemos elegido. La mayoría hemos crecido en familias con estilos de vida y convicciones morales que influyen en nuestro desarrollo. Muchas cosas no elegidas influyen en nuestro modo de ser. Y en círculos cada vez más amplios, la sociedad en su conjunto, con sus estructuras sociales y vigencias culturales, proponen modelos de desarrollo vital, con estructuras que encauzan las elecciones que hacemos. Hay patrones culturales sobre realidades básicas de una vida humana: estudiar, trabajar, casarse/emparejarse, fundar una familia… Cada sociedad, por otro lado, ofrece determinados recursos con los que poder realizar la vida.
Una lectura de todo esto tiende a subrayar el hecho de que nuestra vida está muy marcada “por el sistema”. Ante esta película, algunos dirían: en el fondo, esta película es una parábola de la condición humana. Todos somos como Truman, y deberíamos tener la valentía de salir de una especie de “jaula”, de la “caverna” en sentido platónico.

¿Qué valor tienen nuestras elecciones? La película muestra con claridad la manipulación a la que es sometido el protagonista. Le encaminan hacia la mujer con la que han decidido que se case, le crean un trauma para que no quiera salir de la ciudad… Parece que las grandes decisiones que definen una vida son tomadas por otro. La vida de Truman es un papel escrito en sus grandes rasgos por otros. El carácter real de esta vida, que es como se vende este producto televisivo, no es tal.
Elegir un pantalón concreto para ponerse es una decisión casi intrascendente. Hay decisiones fundamentales que deberían ser tomadas por nosotros pero no solo como respuesta a lo que se espera de nosotros, sino porque es algo que en verdad queremos. Lo que en verdad quiere Truman parece que no lo saben ni los guionistas de su vida (“no tenéis una cámara en mi cerebro”, les dice hacia el final). La experiencia de libertad, la libertad propiamente dicha, se centra en esas decisiones fundamentales que definen una vida. Eso es lo que le hurtaron a Truman. Y es algo que reconocemos como verdadero. Por eso nos gusta esta película.
Hay encuentros que desvelan una vocación para vivir de una determinada manera. Ese encuentro, esa vocación desvela nuestros deseos fontales que tienen que ver con esas dimensiones fundamentales de la vida: de quién me enamoro (si lo hago), a qué profesión me dedico, cómo valoro el dinero, si soy o no una persona religiosa…
Tomar la vida a nuestro cargo supone elegir sobre cuestiones y deseos fundamentales de la vida. A Truman no le dejaron hacer esto pues su vida fue definida como siendo un personaje imaginado. Se le ofreció comodidad, una vida supuestamente sin problemas. Pero tenía una vida pobre, no le dejaron decidir sobre lo que de verdad importa, lo que recuerda el dilema del protagonista de Rollerball (N. Jewison, 1975; comentada aquí). Crearon una “jaula de oro” para él y los telespectadores. Pero lo verdaderamente importante estaba decidido. Una buena definición de tiranía, de manipulación.



