Jorge Guillén (Valladolid, 1893 – Málaga, 1984) es uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Perteneciente a la Generación del 27, fue profesor en universidades de diferentes países (España, Francia, Canadá, Estados Unidos…). Recibió el Premio Cervantes en 1976 y fue nombrado Académico de Honor de la Real Academia en 1978.

Aire nuestro es el título de su obra poética completa compuesta por varios poemarios que fue publicando a lo largo de los años. Cántico, el primero de ellos, lo fue ampliando en sucesivas ediciones (1928-1950). Su segundo gran poemario es Clamor, dividido en tres partes (1957-1963), al que le siguen Homenaje (1967), Y otros poemas (1973) y Final (1981).
En el libro Y otros poemas. Guillén reunió un conjunto de poemas dentro del tercer apartado, Glosas, titulado Res poética, escritos entre 1966 y 1972 (algunos retocados años más tarde). A su vez, este apartado está dividido en tres partes: Hacia la poesía (23 poemas), Escritor y escritura (25 poemas) y Palabra por palabra (27 poemas). Utilizo la edición preparada por Óscar Barrero publicada por Tusquets en 2008, Aire nuestro, en dos volúmenes; en este caso, en el segundo volumen.
En estos poemas, Jorge Guillén reúne reflexiones sobre el ser del poema, sobre su génesis y constitución. No es un trabajo de crítica literaria, sino poemas sobre poemas. Dos temas principales dominan: la articulación entre inspiración y trabajo, por un lado, y la distinción entre la referencia a lo concreto propia del poema y la abstracción metafísica propia de otro tipo de discursos, por el otro.
La articulación entre inspiración y trabajo
En el primer poema de Res poética, Guillén cita una frase atribuida a Picasso:
Je ne cherche pas. Je trouve.
“Yo no busco, yo encuentro.”
Algo surge por don
De un cielo ajeno dentro
de mí: la inspiración.
(Hacia la poesía I, p. 795)
Guillén habla un poco antes de “la gracia de un hallazgo” para resumir esta idea y nombrar la experiencia artística. En 1931, su gran amigo Pedro Salinas, publicó su poemario Fábula y signo, en el que hay un poema sobre el hallazgo que ya comenté en esta página (aquí). Salinas, buen pensador poético, describe la experiencia del hallazgo no intentado, la vivencia humana básica del dejar de buscar para, así, encontrar. El encontrar se revela de este modo como un ser encontrado, algo posible cuando se tiene una actitud y deseo de búsqueda subyacentes. La persona amada, la palabra justa, son ejemplos de esas realidades que anhelamos pero que se revelan como algo indominable para nosotros, como lo no calculable. El poeta se ve en la necesidad de dejar de buscar con ahínco algo, y que imagina de antemano cómo tiene que ser, para dejar que se revele en su realidad propia. Así, el encuentro mostrará, además, su carácter de novedad para el que busca.

En esta experiencia se da una unión entre pasividad y actividad: una búsqueda que renuncia a definir de antemano lo buscado, un dejarse sorprender que exige acoger la presencia que se revela. Es la experiencia del dejarse llevar que se vive con fuerza en la experiencia amorosa, artística, religiosa… El dejarse llevar es un renunciar a hacerlo todo, un desistir a la pretensión de conseguir lo que anhelamos con nuestras solas fuerzas. Es vivir de manera gozosa lo incontrolable, aceptando que no todo lo podemos dominar, que hay realidades valiosas que salen a nuestro encuentro si las buscamos, pero sin forzar su presencia. Es, como decía, un encontrar que se vive como un ser encontrado y visitado por aquello que buscamos.
Esta paradoja es la que artistas y amantes han descrito como inspiración a lo largo de la historia. La inspiración, viene “de un cielo”, dice Guillén; de las musas, hijas de Zeus, como dirían los griegos. Platón, en el diálogo Fedro, habló de manía, delirio, entusiasmo, nombres de la pérdida de dominio en la que alcanzamos una plenitud de otro orden.
La búsqueda que no pretende definir de antemano lo buscado sino que deja que se revele en su originalidad, es la forma de apertura en la que acontece la inspiración del artista. La inspiración, aunque tiene carácter de regalo, acontece, como dicen muchos, mientras se trabaja. No es una ocurrencia arbitraria. Esta búsqueda ya es trabajo, que se une al poner palabra y, así, orden.
¿Hay segunda inspiración?
El hallazgo considero
Con la vista de mis ojos:
Es certero o no certero.
(Hacia la poesía I, p. 796)
Es una pregunta interesante. El trabajo del poeta, que ya juzga como certera o no la expresión, es un trabajo intelectual. Guillén lo llama “intuición”, que sería esa “segunda inspiración”. La inspiración poética no es, por lo tanto, una mera ocurrencia ocasional, sino un “estado de gracia” del artista. Es un nombre para describir el trabajo poético. En este proceso creador, la palabra “inspiración” nombra el momento de hallazgo.
Inspiración. Hallo cosas
Que no buscaba mi pluma.
(Hacia la poesía I, p. 796)
Y la palabra “intuición” nombra el proceso de escritura que sabe concretar, poner en palabra, la inspiración.
Inspiración e intuición, dos momentos de un mismo acto creador en el que el trabajo del lenguaje se abre a la revelación y manifestación de lo concreto de las cosas. Actividad del trabajo de escritura; pasividad del “rapto”, de la “invasión de realidad” (Bousoño), de la inspiración que se extiende en la intuición.
Impulso inconsciente y consciente,
Voluntario pero fatal.
(Hacia la poesía 21, p. 814)
Comunicar una vivencia
Otra tesis importante que repite Guillén en estos poemas habla de la distinción drástica entre el nombrar metafísico de la razón teórica, de la ciencia, y el nombrar poético, que busca mostrar las cosas en su singularidad.
“Amapola como…” No.
Jamás ni “sangre” ni “fuego”.
Rojos pétalos silvestres,
Indecibles. ¿No son únicos?
El nombre a la flor señala.
Esas amapolas, ésas:
amapola, amapolas.
(Hacia la poesía 5, p. 797)
Lo único es “indecible”, porque nuestro decir es un decir abstracto, que pretende nombrar los tipos de realidad, las esencias, las leyes que explican los procesos naturales… Frente a lo humano en general, esa persona, esa otra. Y también, el yo lírico que habla en los poemas y que siente tal o cual cosa. Ante la descripción de la botánica que describe las propiedades de las amapolas, el decir poético de esta amapola, el nombrarla en su unicidad. Se produce, claro está, un choque entre la universalidad propia del pensar racional científico, y la singularidad de cada realidad realmente existente. Todo lo singular tiene propiedades universales. Toda amapola, tendrá características comunes con el resto de las amapolas, pero esas propiedades existen singularizadas en cada una de ellas.
Guillén quiere nombrar lo singular. Su propio nombre apunta a cada una. Y para ello dice no utilizar metáforas (“sangre”, “fuego”), supuesto decir “no científico”. Para decir lo singular, no comparar con otras realidades, sino verlas en su unicidad, sin buscar semejanzas, que siguen la misma lógica de las abstracciones, sobre todo si son metáforas de uso recurrente.
Muchas observaciones va juntando el poeta
Para lograr tal vez, por el alma sentidas,
Del todo verdaderas en la imaginación,
El íntegro vivir, su apogeo, su forma.
(Palabra por palabra 15, p. 822)
El trabajo del poeta, trabajo del lenguaje, se basa en observaciones sentidas por el alma. La dimensión del conocimiento sensible juega un papel esencial en el quehacer poético, como en todo lo artístico. Por ejemplo: “niebla, frío” son sensaciones inmediatas (cf. p.818) que caracterizan el otoño. Razón y sentidos guían el trabajo.
Poesía: sensación
De una materia verbal
Que ilumina una visión
con frescura de raudal.
(Hacia la poesía 16, p. 800)
Guillén nos dice que las observaciones son verdaderas en la imaginación, entendiendo así esta facultad no solo como capaz de producir imágenes, sino con capacidad de ver, de conocer las cosas en su singularidad. La imaginación del poeta trabaja con el lenguaje, la “materia verbal”. Es el mismo lenguaje poético el que ilumina la visión, tanto del mismo poeta como del lector, podemos suponer.

El poeta, gracias a su trabajo, síntesis de pasividad y actividad como decíamos arriba, ilumina con su lenguaje. El hallazgo de la expresión que comunica con “frescura” la sensación sentida de lo real, lo hace a través del lenguaje que despierta la imaginación del mismo lector. El hecho de experiencia de la lectura comparte con el hecho de experiencia del poeta la configuración imaginativa de la experiencia realizada a través del lenguaje poético. Por eso, las observaciones “son verdaderas en la imaginación” como decía Guillén en el fragmento arriba citado.
Esta configuración de la experiencia sentida es lingüística en la poesía. El poeta comunica su vivencia sentida a través de un lenguaje trabajado, que llama la atención sobre sí mismo. La experiencia del lector lo atestigua: leer el poema, releerlo sin cambiar nada, porque la expresión es certera. Mientras que el lenguaje meramente informativo nos lleva a lo real directamente, el lenguaje poético, que quiere expresar lo real en su concreción, llama, a su vez, la atención sobre sí mismo. El poema es un hecho lingüístico dotado de fuerza, de entidad. Es la manera de decir la que es bella.
Cuando el poeta quiere comunicar sensaciones vitales, como es el caso de Jorge Guillén en muchísimas ocasiones, esas sensaciones son expresadas en cuanto que vividas. Se nos comunica, por lo tanto, una vivencia. Muchas veces, algo sentido, otras una mera observación y por último, como es el caso de estos poemas, una reflexión. Si la poesía es comunicación de vivencias, sentidas o reflexivas, el yo lírico del autor está presente en ellos. La contemporaneidad del autor en sus poemas es una propiedad subrayada por Guillén. Un ejemplo:
Muere el autor. Cadáver evidente.
Se inicia la matanza del cadáver.
Y mientras, el autor –jovial– sonríe
Por entre los renglones de su obra
A los ya muy simpáticos necrófilos.
(Escritor y escritura 16, p. 809)
Ritmo y sonoridad en la lectura
El poema es una realidad lingüística que consta de palabras cuya misma belleza sonora puede llevar al poeta a demorarse en ellas. Por otro lado, un poema es una construcción que a veces sigue con rigor reglas estrictas de acentos, número de sílabas, rima… aunque otras veces, las reglas no son tan imperativas. Pero siempre, el ritmo y la sonoridad serán elementos determinantes y constitutivos de lo poético.
Elementos internos como la rima o el ritmo aportan significado al poema. Como elementos constitutivos del decir poético, bien utilizados, no son elementos decorativos superfluos. El número de sílabas, por ejemplo, hace que el compás y la mente estén emparejados, que el pensamiento presente en el poema, sea un “pensamiento rítmico”, como él dice.
El ritmo, dices, basta en el comienzo
como germen de incógnito poema.
¿Ritmo vacío existe?
El ritmo significa
También: inseparable criatura.
(Hacia la poesía 10, p. 798)
Si me expreso con la rima,
Obra es también del lenguaje,
Autor. Su fuerza me anima:
Pone más de lo que traje.
(Hacia la poesía 11, p. 799)
Si el poeta quiere poemas con versos rimados, la rima exigirá buscar palabras con finales concretos. Esa exigencia, como la del número de sílabas o de versos, condiciona el ritmo y la sonoridad de la expresión, a la par que se busca un ajuste de palabras dentro de un marco concreto.
Forma y contenido se unen, son dimensiones indiscernibles en un poema de factura acabada, algo que experimenta el lector en la lectura que percibe la unidad de expresión y significado. El ritmo, y también la rima y otros elementos, significan. Las asociaciones semánticas que descubra el lector en el demorarse de la lectura del poema, muy ligadas a su imaginación y biografía, se van desvelando en esa lectura con la que disfruta de la expresión certera.
Palabra en concierto,
Copla, ritmo, rima.
Nada estará muerto
Si el lector lo anima.
Del lector depende:
Decisivo duende.
Siempre tan modesto,
nada es el autor
sin el buen lector,
¡Supremo es su puesto!
(Escritor y escritura 13, p. 808)



