Continúo con la reflexión sobre la película de Malick La delgada línea roja, cuya primera entrega se encuentra aquí.
Otras reacciones: miedo y condena
Que el combate genere miedo es lo normal. Que una película lo muestre con crudeza ya es menos normal al ser el cine, muchas veces, instrumento de propaganda que tiende a subrayar una imagen concreta de heroísmo. En esta película hay miedo pero no hay cobardía. Los personajes de esta obra no dejan de arrostrar el peligro, pero se muestra el miedo que tienen que vencer.
Hay una idea de fondo que está presente en la película. La tesis ya mencionada, que la guerra corrompe el espíritu, se amplía con un miedo que se reduplica en un “tener miedo del miedo”, en tener miedo a que el miedo a la muerte corrompa, arrastre hacia abajo. Es miedo a lo monstruoso en el interior, miedo a justificar el matar en toda circunstancia. Con mucha crudeza, en una afirmación discutible por sí misma, una soldado piensa tras matar a uno soldado del bando enemigo:
He matado a un hombre. No hay nada peor. Es peor que una violación. Pero nadie me condenará por ello.
Tiene que ser tremendo matar en una guerra. Pero es diferente matar a un soldado enemigo que ataca que matar a sangre fría a un prisionero como reacción vengativa, cosa que también pasa en la película. En cualquier caso, la reflexión de este soldado hace aflorar la pregunta: ¿qué clase de actividad es esta de la guerra en la que matar está justificado, en la que matar a otro es algo que no se condena? En cierto sentido, ¿no está mal matar siempre, en cualquier circunstancia, convirtiendo así el matar en un combate en un “mal necesario”?
Miedo a la muerte, miedo a aquello en lo que nos podemos convertir en la guerra. ¿Cómo combatir, cómo realizar una actividad en la que se hace presente la autocondena? El mal de la guerra, inextirpable en la historia como nos hacen ver los hechos, implica combatir. ¿Qué lugar hay para un pacifismo no ingenuo?
Antes de entrar en combate dice el soldado John Bell (Ben Chaplin) pensando en su amada:
¿Por qué iba a tener miedo a la muerte? Te pertenezco a ti. Si caigo yo primero, te esperaré ahí, al otro lado de las oscuras aguas. Te necesito ahora.
Pensar que la muerte es un paso previo al encuentro definitivo con la persona amada es pensar con categorías religiosas, algo que, lo más seguro, no se da en el personaje que habla así. Pero habla de algo exterior, una esperanza que sostiene en la actividad peligrosa. Algo exterior que nos sostiene.
La presencia de la fe
La presencia de la muerte violenta es una constante en la película. Se transmite con claridad que puede morir cualquiera. Los que sobreviven han tenido la suerte de no recibir un balazo que ha recibido el de al lado. La experiencia de contingencia, de fragilidad es enorme. Los que desembarcan, los protagonistas de la historia, ven nada más llegar dos cadáveres destrozados de soldados de otra compañía que ya estaba en la isla. Muchos de ellos mueren en una estrategia que parece temeraria, siguiendo las órdenes de un coronel cuya rectitud de intención no queda nada clara.
Esta temeridad es la razón de la desobediencia del capitán Staros, quien dice al coronel:
¿Ha muerto alguien en sus brazos?
Esta sería una experiencia directa de la realidad de la muerte de quien es superior en jerarquía. Se nos da a entender que la muerte es real, no un mero juego de cifras. Para un estratega, los soldados pueden convertirse en números con los que poder calcular. Es un problema mayúsculo: batallar en un ejército es estar dispuesto a morir, es estar dispuesto a dar órdenes a personas que pueden morir al seguirlas.

En realidad, tal como se desarrolla la historia, no queda clara cuál es la medida de la temeridad o la cobardía, dónde está la estrategia ajustada que realice el justo medio entre estos dos extremos en una situación de guerra. Esta incertidumbre de naturaleza moral agrava la vivencia de la guerra. El capitán que quiere cuidar de sus soldados y, a la vez, cumplir con su deber, reza:
No dejes que te traicionemos ni que traicione a mis hombres. En ti deposito mi confianza.
Pero Malick acierta al no dar una visión simplista de los personajes. El coronel, movido por una avidez de victoria, también siente piedad por sus soldados. No son solo números. Los ve
encerrados en una tumba de la que no pueden salir, interpretando un papel que no han elegido.
En otro momento, vemos al sargento McCron (John Savage) rezando con angustia el Padrenuestro tras haber perdido a sus doce hombres. Y tras ello oímos otra bella oración:
Enséñame a ver las cosas como tú las ves.
Esta breve oración muestra parte de la naturaleza de la visión religiosa, de la visión de fe en la que el creyente se abre a un más que cuestiona la propia manera de ver, y más en momentos de desolación. Es una petición que contiene esperanza: hay otra forma de ver en la que no llegaremos a tener respuestas ciertas sobre el mal. Expresa la confianza en ver la bondad del ser humano, ese destello del que se hablará más adelante; el sentido de este quehacer bélico que trae tanta muerte. ¿Cómo vivir algo que solo trae destrucción y muerte?
Se muestra, con diversos acentos, el carácter inasumible de la muerte violenta, de la muerte en la guerra. ¿Qué bien justifica que mueran tantos hombres? El precio de las guerras parece, de por sí, siempre excesivo. Los personajes que creen no pierden la fe en esta película. Ponen en duda que esa isla merezca este derroche humano, ponen en duda la estrategia. La muerte, como decía, es inasumible. Hace falta una mirada diferente para encontrar sentido en alguna parte, una mirada que sea configurada por la fe. Como reza el capitán Staros:
Tú eres mi luz. Mi guía.
La serenidad, la compasión
En las primeras escenas, en las presentadas como idílicas playas donde el soldado Robert Witt (Jim Caviezel) vive una temporada, piensa en la muerte de su madre. No vio en ella la inmortalidad de la que había oído hablar. La entenderá como la serenidad que está viviendo en esa temporada feliz.
Ahí se oculta la inmortalidad.
Y es esta serenidad la que él intentará transmitir a los soldados heridos con su mirada compasiva que transmite paz. Como queriendo que lo último que vean sea una mirada que acoge, que afirma.

Malick también es famoso por rodar imágenes de la naturaleza de una gran belleza. La belleza natural muestra una forma de ser que contrasta con la guerra como se decía al principio. También de ella se hace una lectura con forma religiosa. Podría ser una oración dirigida al Dios personal de la tradición cristiana. Sin embargo, esta naturaleza exuberante participa de su forma de ser mostrando facetas de la espiritualidad que las experiencias extremas ayudan a florecer:
¿Quién eres tú que adoptas tan diferentes formas? De tu muerte nadie escapa (…) Eres gloria, misericordia, paz, verdad. Aportas calma al espíritu, comprensión, valor y colmas los corazones.
El amor y su pérdida
El contraste profundo que la guerra expresa como opuesto a la naturaleza y al amor es el que define la condición humana: la oposición entre el amor y la crueldad. Es la cuestión sobre el origen del amor y su pérdida, la aparición de la crueldad.
Lo primero es el amor. El amor define nuestra vocación originaria. Un impulso cuyo origen es superior a nosotros mismos.
El amor, ¿de dónde proviene? ¿Quién aviva su llama? Ninguna guerra podrá apagarla, ni robarla.
Es la gran fuerza que ninguna guerra podrá negar. El amor, más fuerte que la muerte (“tan fuerte como la muerte”, según otras traducciones) como dice el libro bíblico Cantar de los cantares 8,6, que no se cita en esta película, es una tesis de fondo. El amor es liberador tal como dice el personaje amante en la película:
Yo estaba prisionero y tú me liberaste.
Pero este amor que nos define es derrochado. También lo dice su mujer en una triste carta hacia el final.
¿Cómo perdemos la bondad que nos fue otorgada? La desparramamos sin miramientos. ¿Qué nos impide extender la mano y alcanzar la gloria?
Y aparece la crueldad, cuyo origen, dada su fuerza, es también enigmático.
Esta terrible crueldad, ¿de dónde sale? ¿Cómo ha arraigado en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz ha brotado? ¿De quién es obra? ¿Quién nos mata, nos arrebata la vida y la luz? Se burla de nosotros mostrando lo que podríamos haber conocido.
Solo son preguntas, aquellas que brotan en situaciones límite como estas, y que apuntan a problemas fundamentales y perennes sobre la condición humana. Hay un trasfondo religioso presente en toda la película. Pero las oraciones no solo son de corte cristiano. Las hay dirigidas a la naturaleza, como ya he citado. Y hacia el final, otra dedicada a la misma alma humana, que acaba con una mirada positiva, como ese brote verde que vemos al final.
Oh alma mía. Déjame entrar en ti. Mira a través de mis ojos. Contempla las cosas que creaste. ¡Mira cómo brillan!
Final
¿Qué significa la guerra en el corazón de la naturaleza?
Así comienza la película, con esta pregunta hecha por una voz en off. Guerra y naturaleza, guerra y amor, bondad y maldad en el corazón humano. Temas fundamentales que esta bella película transmite. Película que conmueve y que da que pensar.

Malick tenía material rodado para una película de más de cinco horas. En un trabajado y muy lento proceso de producción posterior la redujo a una película de casi tres horas. Algunos papeles fueron muy reducidos, otros desaparecieron. Muchas otras películas hubiesen sido posibles con este material y otras voces en off. La que ha quedado es una bella y contundente reflexión sobre el ser humano y sobre la guerra.



