Los mejores años de nuestra vida (“The best years of our lives») es una película de 1946 dirigida por William Wyler (1902-1981), quien empezó su carrera como director en el cine mudo. Dirigió películas de mucho éxito y reconocimiento crítico como Jezabel (1938), Vacaciones en Roma (1953), Horizontes de grandeza (1958, comentada aquí), Ben-Hur (1959) o Funny Girl (1968).
En el reparto están Fredric March (como el sargento Al Stephenson, Oscar como actor principal), Myrna Loy (su mujer en la película, Milly), Teresa Wright (hija del sargento, Peggy), Dana Andrews (como el capitán Fred Derry), Virginia Mayo (como la mujer de este último en el film, Marie Derry), Harold Russell (como el suboficial Homer Parish). Eran actores conocidos para el gran público salvo el último, un soldado que quedó realmente mutilado. Esto último nos habla de la voluntad de realismo de la película que usa una fotografía “limpia” y localizaciones reales o decorados que realzan esa sensación de realidad que se aleja de la escenografía de estudio y con la que se quería (y se consiguió) llegar al espectador para que se pudiese identificar con los personajes. Wyler instó a los actores a que se compraran ellos mismos la ropa que luego vestirían en la película por la misma razón.
La dificultad de volver
La película narra la vida de tres veteranos y sus familiares cuando vuelven a su ciudad tras combatir en la Segunda Guerra Mundial. Volver no va a ser fácil, y esa dificultad es el nervio argumental de una película que conectó con el público de su época, ya que lo descrito era ejemplo de lo que estaba pasando cuando se estrenó. De hecho, fue el mayor éxito de taquilla hasta la fecha tras Lo que el viento se llevó (1939). Además del prestigio popular, desde el principio tuvo una gran valoración por parte de la crítica y de la industria del cine (ganó siete premios Oscar).
Se suelen señalar algunas razones de la dificultad del regreso de los combatientes.
- Muchas de las mujeres que estaban casadas con soldados que fueron al frente tuvieron que cambiar los modos de vida. Se pusieron a trabajar fuera de casa, y se vieron obligadas a recortar gastos. A la vuelta, muchas no querían dejar de trabajar. Subieron los nacimientos poco tiempo después, pero también los divorcios.
- La victoria de la guerra no trajo la paz. Empezó otra tensión que duró (y dura) décadas. Lo que tiempo después se llamó “Guerra fría” comenzó esos años. La amenaza nuclear se sentía con fuerza.
- Políticos conservadores pusieron en duda la intervención de Estados Unidos en una guerra que, según ellos, no era la suya. Estas manifestaciones políticas provocaron indignación entre los que lucharon. Si no era “su guerra”, ¿qué sentido tuvo su esfuerzo y el de toda la sociedad?
- Aunque no quisieron repetir los errores cometidos tras la Primera Guerra Mundial por los que los soldados se sintieron desamparados al volver, las medidas que se tomaron resultaron ser insuficientes. Más de la mitad de los desempleados en los años posteriores al final de la guerra eran veteranos y muchos de los que sí trabajaban tenían empleos peor pagados que los que tenían cuando se fueron.
Salvo lo segundo, todo esto aparece en la película. A ello se añade la problemática suscitada por la separación durante un tiempo muy prolongado que exige realizar ajustes vitales en todos los personajes, tanto los que vuelven como los que se quedaron. Las relaciones personales con los hijos, maridos, padres, amigos, esposas, jefes… tienen que recuperarse y adaptarse. Además, están las huellas y heridas de distinto tipo que sufren los combatientes que regresan y que determinan las nuevas relaciones. La más llamativa, la amputación de ambas manos del suboficial Hommer. Pero el capitán también sufre, de “estrés grave”, lo que a partir de los 70 se llamó “trastorno de estrés postraumático”.
Cuando se está viendo la película, o tras acabar de verla, surge la pregunta. ¿Por qué el título? Es un título llamativo, bonito. Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Cuáles son los mejores años? Parece que los anteriores a los de la historia que se está narrando, dadas las dificultades con las que se encuentran al volver. Pero, entonces, ¿los anteriores a la guerra? Estos serán aquellos en los que se vivía una situación vital que se demuestra como imposible de repetir: “los mejores años de nuestra vida” serán aquellos que ya no volverán. También pueden ser los mismos años de la guerra: los combatientes lucharon y sufrieron, aunque para ellos fue una acción muy valiosa. En comparación, la vida al volver no guarda proporción. No se experimenta ningún premio, sino unas cuantas pérdidas. En cualquier caso, el título hace referencia a un tiempo dichoso que se contempla con nostalgia y a una pérdida, a un coste muy elevado que se paga por participar en una guerra. Aunque cabe una última opción. Los mejores años son, precisamente los que viven ahora, los que vivirán. A pesar de las dificultades se abren nuevas trayectorias vitales esperanzadas.
La película opta por hacer un planteamiento crítico. El mismo Wyler realizó documentales de guerra. Conocía el ambiente bélico y valoraba a los veteranos. Esto se aprecia en la cinta. Además, toca un tema que no vuelve a tratarse hasta décadas posteriores. La sociedad a la que vuelven los soldados ha sufrido también la guerra y ahora tienen que enderezar muchas situaciones. Pero a la vez, se describe y critica el papel social de la administración o de las empresas. Están atentos a los que vuelven, pero las dinámicas de estas instituciones plantean grandes dificultades a los veteranos.
Como decía, el público se sintió identificado y esa fue una de las razones por las que gustó tanto esta película. Esto invita a reflexionar sobre el papel cívico que el arte, y el cine en particular, puede desempeñar en la vida social al tener como tema el momento presente o el pasado reciente. Hacer públicas situaciones de denuncia sirve para tomar mayor conciencia de la situación y para motivar conductas que intenten resolver las diversas problemáticas.
El cine ha servido para la propaganda de gobiernos, de su planes e ideologías. No tienen por qué ser siempre intereses oscuros de partidos o grupos empresariales. Ha servido como arma de propaganda de guerra, para dar a conocer situaciones que no eran muy conocidas. Se puede citar aquí Ser o no ser (Lubitsch, 1942, comentada aquí), una comedia que jugó un cierto papel como arma, peculiar, de guerra, al fortalecer la sociedad a la que se dirigía. En Los mejores años de nuestra vida el acento está puesto en la sociedad civil. Un producto de la misma, como es esta película, cumple un papel de altavoz y de comprensión que fortalece la misma convivencia y, al hacerlo, juega también un papel catártico para sus miembros. Si el sufrimiento de muchos tiene una causa común, y no es muy reconocido socialmente, al hacerse público de una manera esperanzada, fortalece los lazos sociales y promueve cambios legislativos.
El uso del melodrama
Se afirma a menudo de esta película que es una sabia mezcla de realismo, comedia y melodrama. Wyler supo usar el melodrama sin excesos, pero con efectividad. No en vano buscaba no solo entretener sino conmover al espectador. Que unos se sintiesen comprendidos y reconocidos y que otros se sintiesen llamados a tomar las decisiones de cambio necesarias en las instituciones. El realismo, ya mencionado, sirve como medio de identificación. Y la comedia, presente sobre todo en la noche de reencuentro y la posterior mañana, para aligerar la tensión emocional.
Con el melodrama nos introducimos en un terreno algo difuso. El melodrama (drama cantado según su etimología: mélos, drama) es un género que nace en el siglo XVIII. Se considera que fue una versión de la antigua historia de Pigmalión, con texto y música de Rousseau (la música, junto a Coignet) la primera obra de este género (1770) que alternaba partes declamadas con otras musicales y cantadas. Ya en sus inicios, el melodrama destacaba por la fuerte presencia de lo sentimental que se expresaba con un esquematismo sencillo de buenos y malos sentimientos, lo que favorecía el contagio emocional con el espectador. Esta presencia de lo emocional se desarrolló mucho, a veces hasta el paroxismo. Así, hablamos de “melodrama” como aquel género donde lo emocional tiene una fuerza muy grande que llega muchas veces a lo lacrimógeno. “Ponerse melodramático” es manifestar una actitud emocional muy intensa, desmedida. El melodrama, por lo tanto, fue un género que evolucionó hacia la manifestación intensa de lo sentimental y que contagia emociones fuertes al espectador. Principalmente lo que conmueve, el dolor y la alegría. Desarrollos posteriores, tanto en el cine como en la televisión, llevan a estudiosos a afirmar que más que un género, el melodrama es una estructura narrativa que no está definida por la exageración, sino por la descripción de la vida cotidiana donde lo emocional, visto sobre todo como dolor de la víctima, busca la empatía con el espectador.
Los mejores años de nuestra vida es una película de excelente factura. Siendo larga, dura casi tres horas, no se hace pesada al tener un ritmo muy fluido, al ser tres las historias las que se cuentan. Son historias que se entremezclan desde el principio, pero guardan autonomía, reflejando cada una un tipo de situación diferente, gracias a lo cual puede haber muchos espectadores que se vean reflejados en las situaciones. A pesar de no esconder el sufrimiento, domina un tono esperanzado. Se produce en las diferentes historias un “triunfo del amor”, viejísima expresión que nos habla de lucha, de combate, de dificultad y de esperanza. Esa preeminencia del amor sobre la dificultad da ese tono esperanzado a la historia, y así los espectadores acabamos satisfechos. Pero muchas veces la vida real no es así. Muchas veces el amor es vencido por la dificultad, o por no haber amor que fortalezca la lucha. Pero eso no convierte en falsa esta cinta abriendo, además, la duda sobre el sentido del título.
Creo que es una película honesta, que no esconde el mal. Al contrario, lo muestra con realismo, y la esperanza que transmite fortalece el ánimo de los espectadores. A pesar del happy end, esta película no transmite una sensación de evasión con la cual olvidar nuestros problemas, esa sensación tan bien descrita en el comienzo de La rosa púrpura del Cairo (W. Allen, 1985). Al contrario: afronta un problema, y con su visión esperanzada que no camufla la dificultad del volver ayudó a fortalecer la sociedad de su tiempo. Para eso, el cine mostró ser un recurso social importante en tiempos de posguerra.
La exigencia de reconocimiento es una poderosa fuerza social. Sin el reconocimiento debido, la vida social es frágil y la cohesión social se resquebraja. El cine puede jugar un papel mediador eficaz para hacer ver, para mostrar lo que a veces se quiere ocultar. Es un potente instrumento de visibilización de situaciones que requieren estar bajo el foco para poder prestarlas atención. Sin ese ver atento, el conjunto social va olvidando a muchos de los suyos.
El retrato que hace del varón y su presencia pública, junto a la tendencia a ver a la mujer muy ligada a lo doméstico, aunque algunas seguirán trabajando fuera de casa, está muy unido a la época en la que se realizó la película. No podemos olvidar que es una película que ya tiene cerca de ochenta años. Pero la exigencia de reconocimiento que esta película realiza, se puede extender al papel de las mujeres durante la guerra y la posguerra. La nobleza es un rasgo común a todos los personajes principales, tanto ellas como ellos. Y esa nobleza se convierte en el recurso mayor ante la penuria. Nobleza que esta película sabe transmitir, también hoy.



