Platero y yo (Elegía andaluza) 1907-1916, es la obra más conocida del gran poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), premio Nobel de Literatura en 1956. Autor de una obra muy amplia, maestro y referencia de grandes poetas que vinieron después, como los encuadrados en la Generación del 27.
Platero y yo es una obra escrita en prosa poética cuya redacción comenzó en 1906. Tuvo su primera edición en 1914, reducida y con ilustraciones, hecha por petición de Giner de los Ríos al ver en la obra un gran ejemplo de sus ideales educativos. Como dice Juan Ramón (utilizo la edición que Michael P. Predmore preparó para Cátedra, 1980, 3ª ed., y que contiene tres Apéndices):
El impulso inicial del éxito se lo dio a Platero don Francisco Giner cuando el librillo salió en la colección Juventud (p. 260).

Fue en 1917 cuando se publicó completo tal y como la conocemos ahora, con sus 138 breves capítulos. Una obra traducida a multitud de idiomas, sobre todo, a partir de la década de los 50. Se convirtió en una lectura obligatoria para los primeros niveles escolares en muchos países, lo que hizo que esta obra fuese, desde el principio, una obra propuesta y querida por los niños, aun no siendo, propiamente, un libro de literatura infantil. De todas formas, la presencia constante de la infancia, tanto recordada como actual, de los niños que juegan en las calles de Moguer, así como la gracia e inocencia de Platero, conectan con la sensibilidad infantil de manera inmediata.
No hay duda que el yo lírico que habla en estas escenas es el mismo Juan Ramón Jiménez. Además de referencias biográficas que se pueden contrastar, en el capítulo 60 nos narra el recuerdo de un sello con su nombre que tanta ilusión le hacía tener. Por otro lado, tras muchas preguntas sobre si Platero fue real o no, nos dice el autor:
En realidad, mi “Platero” no es un solo burro sino varios, una síntesis de burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven varios (p. 255).
Otros libros proyectados por nuestro autor recogen textos breves en prosa publicados aquí y allá, pero no recogidos en libros publicados en vida. Por el cristal amarillo, cuya edición corrió a cargo de Francisco Garfias en 1961, contiene muchos textos unidos por ese carácter de añoranza de lo vivido en Moguer, su localidad natal. De ese mismo corte es Elejías andaluzas, editado por Arturo del Villar en 1980.
Unidad narrativa
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro (1).

Platero y yo se lee muy fácil. Se podría considerar cada uno de los capítulos, todos ellos breves, como un poema. Salvo el primer número, descriptivo de Platero, y los últimos tras su muerte, los diferentes capítulos describen diversas escenas vividas en Moguer, su pueblo natal. Cada número es una escena autónoma, aunque todas juntas forman una especie de novela introspectiva, impresionista, un retrato de la intimidad del propio autor así como de la vida en Moguer. Lugares de su infancia (un pozo, una casa…), personas de su entorno (médico, cura, húngaros…), así como fiestas, entornos naturales predilectos, animales…
A pesar del carácter anecdótico de cada escena, la obra tiene una unidad argumental. La dimensión más clara de este carácter unitario es que el libro recorre un año entero, de primavera (25) a Carnaval (126), que inclina a considerar la obra como dotada de una unidad narrativa completa. Entre las estaciones, todas mencionadas, algunas fiestas religiosas como el Corpus (46) o los Reyes Magos (122), así como referencia a actividades estacionales como la vendimia (72). Que la obra acabe poco después de la muerte de Platero acentúa la idea de que la obra tiene un final, sin continuación posible, lo que subraya su carácter unitario.
Ahora lo tengo ordenado en otra forma: tres partes.
Primer Platero, Platero mayor, Último Platero (p. 256).
Como es sabido, Juan Ramón Jiménez revisaba su obra sin descanso. Podía cambiar algo el texto corrigiendo expresiones, etc. También hay una tendencia, más presente en la madurez, a convertir en prosa algunos de sus poemas. Y, sobre todo, quiere compilar toda su obra en un proyecto unitario, algo sobre lo que hará varios proyectos. Esta actividad revisionista inconclusa dificulta la edición crítica de su obra, a la vez que no permite tomar como definitivas revisiones y reordenaciones como la de la cita.
“Soledad comunicada”
Julián Marías titula su estudio sobre esta obra “Platero y yo” o la soledad comunicada (incluida en Al margen de estos clásicos. Autores españoles del siglo XX, Afrodisio Aguado, Madrid, 1966, pp. 199-219). El filósofo subraya la soledad del poeta que nos cuenta sus vivencias, pero una soledad comunicada al contar con Platero como compañero de sus andanzas. El título expresa con exactitud esta característica señalada: el burro Platero y el yo que cuenta forman una unidad de estrecha relación desde la cual el yo, Juan Ramón, nos describe sus impresiones y experiencias.
La soledad de Juan Ramón está comunicada hacia Platero, abierta hacia su mínima respuesta silenciosa (…). El otro poro de esa soledad es el mundo de los niños, donde ahora aflora la ternura pudorosa del autor (p.208).
Aunque el yo que nos habla mantiene una especial relación con Platero, este no es un interlocutor con el que dialogue, aunque sí viva una relación de reconocimiento mutuo. Platero no es un alguien propiamente, pero sí una compañía en la que se vive una relación cuasi personal. El “cuasi” explica la soledad del yo.
La otra referencia de la soledad comunicada son los niños. Su presencia es muy abundante, y se nos traslada una afinidad singular entre la sensibilidad del poeta y la infantil, así como la de Platero.
Trato a Platero como si fuese un niño (43).
El mismo Platero encontrará en los niños almas afines con los que jugar, como aquella niña chica que “era la gloria de Platero” (81). Tampoco los niños son sus iguales, un alguien con los cuales compartir la vida si no es de forma ocasional en juegos, como en el de tirarse brevas (9). Niñez y juego, alegría pura, es uno de los rasgos del ambiente que se describe y transmite es esta obra.
Platero, no sé si entenderás o no lo que te digo: pero ese niño tiene en su mano mi alma (42).
Vulnerabilidad y ternura
Uno de los reversos del juego es la vulnerabilidad de lo pequeño. Mientras que en el juego se experimenta la plenitud del vivir, la vulnerabilidad nos habla de la posibilidad del daño. Platero sufrirá diversas lesiones: el clavarse una púa (12), la sanguijuela que se le pega en la boca (35) o la coz que recibe de un potro con el que se roza (54). Como dice Juan Ramón en la advertencia inicial,
Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero…
La vulnerabilidad muestra su cara más aguda con la muerte. La niña chica con quien Platero tan bien jugaba (131), así como el “niño tonto” (17) o Anilla la Manteca (18) que murieron. A distancia, muerte de su querido perro Lord (51) o el canario de los niños (83). Estas muertes son recuerdos en los que revive el dolor infantil.
Pero la vulnerabilidad muestra otra cara amarga. El sufrimiento sin sentido provocado por la crueldad con el que empatiza Juan Ramón. Ahí está el perro atado (86):
Y el perro le ladra, agudo y ardiente, sintiéndola tal vez morir, a la belleza…
O esos niños que, siendo pobres, juegan a ser mendigos (3). Ahí se da una suerte de inconsciencia de la que Juan Ramón en parte se lamenta ya que le alegra la felicidad del juego sabiendo que en la adolescencia
la primavera os asustará, enmascarada de invierno.

La sensibilidad por la belleza que caracteriza la obra del poeta tiene como complemento su sensibilidad doliente por el sufrimiento, principalmente, el infortunio de lo vulnerable. Todo es vulnerable, pero Juan Ramón Jiménez se fija más en lo pequeño, en lo indefenso. Su mirada por lo pequeño es de ternura, una ternura que mira y trata con cuidado dulce y suave tanto la vida de los pequeños que juegan como su sufrimiento.
Ternura por lo pequeño y doliente, sensibilidad poética por la belleza, son dos formas de apertura al mundo y a la realidad que caracterizan la subjetividad del poeta. Las dos parecen tener una relación de necesaria complementariedad. La belleza nombra el término del anhelo fundamental para Juan Ramón Jiménez. La belleza es el nombre de lo real en su dimensión de infinitud, de inefable, que el poeta es capaz de nombrar. )En esta página me ocupé de algunos rasgos de sus aforismos, de sus ideas sobre la poesía y belleza, escritos durante toda su vida, reunidos en Ideolojía.) Aquello que es más grande, la belleza, se vive también en ese amor suave hacia lo pequeño que tiene, por su propia realidad, ese carácter mayor que pide cuidado.(
Su ladrido me trae, como nada, la elegía (86).
“Elegía” (o “elejía” como preferirá), es una manera muy personal de nombrar esta mirada poética sensible a lo doliente. Será “andaluza”, no “castellana” como algunos le pidieron hacer.
Poesía
¡Qué encanto este de las imaginaciones de la niñez, Platero, que yo no sé si tú tienes o has tenido! Todo va y viene, en trueques deleitosos; se mira todo y no se ve, más que como estampa momentánea de la fantasía… Y anda uno semiciego, mirando tanto adentro como afuera, volcando, a veces, en la sombra del alma la carga de imágenes de la vida, o abriendo al sol, como una flor cierta y poniéndola en una orilla verdadera, la poesía, que luego nunca más se encuentra, del alma iluminada (87).
“Sombra del alma” que recuerda o “abriendo al sol” en la mirada de lo actual son los dos movimientos que configuran este libro. Platero y yo es un conjunto ordenado de escenas sueltas en las que Juan Ramón Jiménez nos cuenta recuerdos y vivencias actuales en su localidad natal, referencia biográfica constante en su obra, lo que recuerda al gran pintor Marc Chagall, quien también hizo referencia constante al origen.
Una acacia que él mismo sembró en la casa, hoy cerrada, fue «el mejor sostén de mi poesía” (45). Esta vocación temprana la recuerda asociada a la naturaleza, a la soledad. En sus paseos con Platero dominan las siestas vividas en soledad. Árboles y descanso también se unen en sus recuerdos, como con ese otro árbol muy querido, “el pino de la Corona” (40):
¡Qué fuerte me siento siempre que reposo bajo su recuerdo!
La “carga de las imágenes de la vida” es la materia poética de este libro. Recuerdos de vivencias y recuerdos de emociones que, con el paso de los años, colorean los mismos recuerdos. El encanto de jugar en el arroyo nutre estas reflexiones citadas aquí arriba. Las imágenes de la memoria se mezclan y cambian con las imágenes de la fantasía en las que el niño Juan Ramón vivía mientras jugaba fantaseando. Y puede que, en el recuerdo de estas vivencias, los recuerdos de lo vivido se mezclen con las imaginaciones posteriores…
La configuración de la experiencia se presenta como algo complejo. Vivencia imaginada de lo real, recuerdo emocional de lo vivido, y vivencia recordada en una escritura poética que acaba de configurar la experiencia al escribir. Como decía Ricoeur, toda experiencia es una síntesis de presencia e interpretación. Lo vivido, la presencia, se vive por el sujeto con una significación que, con el paso de los años, puede ir variando. Creer vivir una aventura mientras se corre en la orilla del arroyo hace del juego una aventura imaginada con base real. En el recuerdo, tamizado por la interpretación general de una infancia feliz, la interpretación de lo vivido está enriquecida por lo que se sabe que esas experiencias supusieron en la vida.
La poesía es aquí no la realización literaria del poeta, sino una propiedad de lo real o un estado del alma. El alma iluminada de una infancia que juega es poesía. Otros ejemplos presentes en este libro:
En el recogimiento pacífico y rendido de los crepúsculos del pueblo, ¡qué poesía cobra la adivinación de lo lejano, el confuso recuerdo de lo apenas conocido! (59)
Era el descubrimiento de una parte nueva del pueblo que no era la mía, en su plena poesía diaria (96).
Final
La mirada poética, animada por el anhelo de la belleza y sensible al dolor de lo vulnerable, se configura de manera plena en la escritura. Platero y yo no es una simple recreación poética de su infancia. Con la escritura poética, Juan Ramón Jiménez da forma acabada a la experiencia infantil. Escribirla es vivirla de manera plena en su forma de recuerdo en cuanto que la experiencia es dicha, en cuanto que la interpretación de lo vivido encuentra así el nombre exacto que tanto buscaba.



