En esta tercera entrada concluyo el análisis del libro de Salinas Seguro azar publicado en 1929 . Estos análisis se centran en la mirada que define la actividad poética de la que Salinas nos habla en este poemario. Las dos primeras entregas: la poesía, ejercicio del mirar iluminante; la mirada ajustada.
La idea de fondo
El poema 47, cerca ya del final, con el título de Fe mía incluye la expresión que da título al libro.
No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar.
El significado de este poema es algo oscuro. El yo lírico no se fía de lo hecho, tanto de lo hecho por él mismo como de lo hecho por la naturaleza. Una marca de lo hecho es el tiempo ya que tiene un origen que se puede datar. Pero la doble referencia al “nunca” en el poema parece sugerir que aquello de lo que se fía es desde siempre. Salinas se fía de lo no hecho, de lo que no tiene origen.
La palabra “fe” proviene de la latina “fides”, y entra a formar parte de varias palabras de nuestro idioma como fidelidad o confidencia. Si tener fe en algo o alguien es dar crédito, la fe consiste en confiar en lo creído. Fe y fiarse, fe y tener confianza son palabras afines en su origen y forman una familia semántica. La fe mía de la que habla Salinas es la confianza, el fiarse. También utilizamos la palabra “fe” como creer en, creer a. Por lo tanto, confianza y creencia parecen dos momentos básicos de la fe. Aquí Salinas subraya el primero de estos dos.
El redondo y seguro azar es aquello de lo que se fía. En el poema 2 (“Figuraciones”) también nombra el azar caracterizado como seguro. En este poema se asocia al engaño, pero sobre todo a lo desarraigado: lo ingrávido, el fuera, lo suelto. El azar en el poema 2 es aquello a lo que se parecen las figuraciones que ve y hace el poeta en su quehacer inicial.
Lo ingrávido y lo suelto, lo redondo y seguro, lo que es sin origen. La fe tiene como correlato algo que se considera seguro. Eso es propio de la fe entendida como confianza. Pero la confianza es una seguridad peculiar ya que se realiza en el ámbito del riesgo, de lo difícil. El poeta parece decir en este poema que todo lo hecho es contingente, y por eso no es digno de crédito. Solo hay una cosa segura, que se cumple siempre: el azar, aquello que no está en nuestras manos, aquello a lo que apunta el quehacer poético que intensifica la mirada.
El quehacer del escribir: la dificultad
La reflexión sobre la actividad poética desde los poemas de Pedro Salinas en “Seguro azar” se ha centrado hasta ahora en la mirada, en sus diversas formas, en su proceso que está en la base de la actividad poética. Además de este tema de fondo, Salinas también incluye consideraciones sobre el acto mismo de escribir.
Ya hemos mencionado la aparición de la palabra que llena el vacío de la cuartilla blanca. Escribir es difícil. El inicio, el comienzo de manera más aguda, tiene que superar una nada, una oscuridad. Esta dificultad vuelve a mencionarse en el poema 14 en el que nos cuenta cómo a veces todo el trabajo de escritura es inservible ya que parece que sale mal, que no sirve para nada. Un trabajo aparentemente inútil a veces y que cansa.
La alegría del escribir
“Voy a hacer.” (¡Qué mío es
lo que voy a hacer!)
“Estoy haciendo.” (¡Qué mío!)
“Ya está hecho. Míralo.”
¡Cuidado!
El hacer, enajenar,
quedarse solo, de hacer.
Salta, vuela, ya no es tuyo.
Solo.
Solo sin lo mío hecho.
Solo de lo mío, de eso
que hice yo, que me inventé
para no estar solo.
Forma de mis soledades
yo me la estaba labrando.
Escapada.
La hice con ansias, con alas
de ansias. Se va
detrás de otras ansias, suyas,
poblando los cielos, suyos.
Y entre todo lo que hice,
mío, ya ajeno, ya lejos,
qué solo estaría hoy
sin eso, enorme, infinito,
de nadie, que me acompaña:
lo que aún está por hacer,
lo que yo podría hacer.
¡Y mientras lo hiciera, mío!
(28, Soledades de la obra)
Aunque no nombra la palabra “poesía” o “poema”, interpreto que la obra a la que hace referencia aquí es un poema. Es verdad que puede ser otra cosa, pero es una interpretación plausible y muy probable. Desde esta clave son varias las ideas que quiero comentar.
En primer lugar, es una obra, algo hecho. Ya hemos comentado el poema “Fe mía” en la que se fiaba de lo que no estaba hecho, solo del seguro azar. Aquí no parece haber problema con ello, con la alegría ante lo hecho. Tampoco aquí se habla de confianza, sino de una posesión peculiar ligada al hacer. Pero hay una alegría en la actividad que conecta con su identidad más íntima, con sus “soledades”.
Salinas parece moverse, podría pensarse que de manera ambivalente, entre dos planos: la alegría del aquí, de la vivencia, y el más allá mirado poéticamente, aquello invisible, seguro azar. La síntesis sería la contemplación de la belleza “rematada” y amada, la luz, el esplendor.
La palabra “soledades” tiene un áureo pasado poético con Lope de Vega y Góngora. Famoso es el comienzo del poema de Lope:
A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.
No sé qué tiene el aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo,
no puedo venir más lejos.
Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.
Una palabra, “soledades”, así en plural, ya arraigada en el decir poético y que habla de la intimidad, del recogimiento, de estar consigo. Salinas nos habla de la obra que está realizando con la que forma y configura sus soledades, su yo.
Forma de mis soledades
yo me la estaba labrando.
Su yo se labra en el hacer, y la posesión de la obra que está naciendo es fuente de identidad en la que encuentra plena alegría. El escribir es su vocación y hace de su vida respuesta a esa llamada que le hace el mundo para iluminarlo con su poesía. Una vida lograda en la realización de su vocación es fuente de alegría, pero una vez hecha, ya de todos, se enajena en la obra acabada expuesta a los demás. Se queda solo “de hacer” aunque no acaba de quedarse solo porque le queda como propio lo que todavía está por hacer. Su vocación no se agota en un poema, no se agotará nunca ya que lo real entrevisto en el ver poético es “enorme”, “infinito”.
Esta alegría del escribir se añade a otras experiencias cotidianas de las que Salinas nos habla en poemas intercalados en esta reflexión poética sobre el escribir que centra este poemario y que expresan una alegría sencilla y contagiosa. Viajar en coche, ir al cine, viajar por Navacerrada, pasear por la orilla o por ciudades, contemplar una concha, los árboles, el mar, la playa…
El silencio
El último poema versa sobre el silencio. Es, por lo tanto, la última palabra. La primera era la victoria de la palabra sobre el vacío de la cuartilla en blanco; lo primero era el alumbramiento. Aquí, al final, el poeta afirma el triunfo del silencio, opuesto de la palabra, caracterizado como destino (“dueño de lo último”).
La victoria inicial es transitoria. Al silencio le pertenece la obra, esa que el poeta, alegre, cantaba como algo “mío” hasta el enajenarse al ser terminado. También es suyo lo eterno que el poeta ponía a lo perfecto (poema 29). Parece que el poeta asume el encaramiento con la muerte que saca a la luz la verdad existencial, encaramiento con lo último que obliga a quitar cualquier velo.
El poeta ya había nombrado el silencio antes: el silencio de la amada (7 y 20), el de la naturaleza a la que viaja y con la que se encuentra (10). Pero aquí el silencio llama, suena inexorable como en la tragedia clásica. No es la oscuridad como opuesta a la luz inicial; es el silencio en el que desaparece el sonido de la palabra.
No se le ve,
pero está detrás, seguro,
imperial rostro insufrible,
dueño de lo último.
Aunque me deje ganar
fingidamente un instante
¡qué falsa siento mi fuerza,
que él me presta contra él!
Yo lo sé:
lo mío no es mío, es suyo.
Lo eterno, suyo. Vendrá,
-¡qué bien le siento!- por ello.
Voy a verle cara a cara:
porque ya se está quitando,
porque está tirando ya,
los cielos, las alegrías,
los disimulos, los tiempos,
las palabras, antifaces
leves que yo le ponía
contra -¡irresistible luz!-
su rostro de sin remedio
eternidad, él, el silencio.
(59, Triunfo suyo)
En este libro siempre parece haber algo detrás o más allá. Ahora es el silencio como destino. Ante lo que no hace el poeta y ante lo que no está en sus manos, el azar y el silencio, es necesaria la “fe mía”.
Este azar y este silencio se une a la actividad iluminante del poetizar con el que yo lírico asiste a la evidencia de la belleza y completa (cuando hay poca luz) un mundo imperfecto por poco iluminado. La poesía es luz, es iluminación a través de la palabra, del mirar que se nutre de la alegría del quehacer, de la alegría de la presencia.




Buenas tardes.
Si todas las entradas del blog me gustan, estas tres con Pedro Salinas y sus poemas como protagonistas me han elevado a dimensiones superiores ¡Qué acertadas, hermosas y didácticas!
Muchas gracias por ofrecernos este regalo.
Muchas gracias por el comentario elogioso. Me alegra que sirva. Ciertamente, el lenguaje concentrado de la poesía es muy expresivo y evocador. Pone nombre a muchas cosas de lo humano.