Sobre la experiencia de la belleza

La mirada “estética”

Paseamos por el campo al atardecer en un día soleado. El sol se va poniendo y van apareciendo las alargadas sombras que marcan el paisaje. Nos detenemos para contemplar la vista. Nos gusta verlo. “¡Qué bonito!”, “¡qué belleza!”. Es un momento intenso, una experiencia dotada de un cierto carácter de plenitud, valiosa por sí misma. A eso le puede acompañar el silencio de los ruidos habituales de las poblaciones. Se oyen los pájaros, algo del viento que pasa por la hierba y las hojas de los árboles. Y ese tractor a lo lejos con el que el agricultor hace sus faenas. Es un momento de serenidad, de descanso. A la belleza del paisaje se une la tranquilidad vivida en ese momento de sosiego y quietud. Estar ahí, en silencio, contemplando, sintiendo… Es un “no hacer nada”, pero que interpretamos como una actividad muy intensa. Una actividad que se separa de lo productivo, de lo útil, de lo eficiente. 

Vamos a comprar una lámpara, un producto útil. Estamos en posición de elegir y queremos que sea bonita, que sea de “diseño”. Todo tiene un diseño, claro está, pero cuando lo decimos así hablamos de una forma bonita, que encaje bien en la casa y la habitación donde va a estar… Que una lámpara sea bonita no hace que ilumine mejor, no añade eficiencia a su función. Pero parece que es algo necesario para nosotros. Queremos estar rodeados de cosas bonitas, que la casa sea agradable a la vista. (Sobre los diferentes tipos de belleza puede verse el libro de Roger Scruton de 2009 que lleva por título Belleza. Una breve introducción).

Joachim Patinir, Paisaje con San Jerónimo (1516-1517, Museo del Prado)

A diferencia de los paisajes, los estilos de diseño de muebles y decoración están muy marcados por las modas. El minimalismo actual se opone a ese otro tipo de decoración más cargado de otros tiempos no muy lejanos. Ciertamente, la oferta parece que va definiendo los gustos sociales. Lo que avisa que, tal vez, contemplar un paisaje como algo bello, ver el paisaje como paisaje, no sea algo que la humanidad haya hecho siempre. El paisaje como algo bello parece creación de los artistas desde que empezaron a pintar paisajes como tema central. Joachim Patinir (1485-1524) es considerado como el primer pintor paisajista.

Según lo visto, podemos destacar algunas ideas.

  • Disfrutamos cuando contemplamos algo bello. La famosa definición de la belleza de Tomás de Aquino , “aquello cuya contemplación agrada” (Summa Theologiae I, q.5, a.4 ad 1), responde a esta experiencia. Nos demoramos en la contemplación, actividad que tiene sentido por sí misma, no como medio para alcanzar un fin, sino en la que experimentamos una proporción saciante entre lo contemplado y nuestra subjetividad. El agrado que sentimos ante lo bello es una dimensión afectiva importante de nuestra experiencia ante lo bello.
  • Lo bello es una necesidad humana especial. Si lo comparamos con los medios que están orientados hacia otra cosa, lo bello tiene carácter de fin ya que “no sirve para nada” en cierto sentido. Pero es algo que buscamos o que, cuando lo encontramos, es algo en lo que descansamos. Como si a lo bello no le faltase ni sobrase nada. Como si lo bello fuese algo pleno, acabado, bien hecho. Según esto, necesitamos de lo pleno, de lo acabado, de aquello que no es meramente utilitario.
  • Nuestro gusto ante lo bello está moldeado culturalmente. Ver el paisaje como paisaje es algo en los que nos han educado los artistas, así como las modas relativas al gusto por el diseño de los artefactos está ligada a cuestiones de estilo artístico unidas a otras relativas a modos de vida y mercado.

Una experiencia, también modulada culturalmente, es la del aprecio de la belleza física de los cuerpos. Por supuesto y, en primer lugar, la belleza física humana. Caben retratos pictóricos y fotográficos. Son innumerables. Pero ver el movimiento del cuerpo vivo añade a la pose buscada o hallada el dinamismo que en los anteriores ejemplos del paisaje y el mobiliario no era un rasgo destacable, y que es algo propio de la vida. 

Cabe abstraer el cuerpo del alguien personal que vemos y fijarnos solo en lo físico. Como cuando vemos algunas fotos o cuando prestamos atención sobre cómo le queda tal ropa a una persona de nuestro entorno cuando se la prueba en una tienda. Ver el cuerpo de alguien es ver a la persona, pero a veces la manera de mostrarse o la abstracción comentada de la mirada nos lleva a fijarnos en la forma y figura de una forma diferente a la habitual. Es una mirada “estética”.

Esta mirada estética también se da en los ejemplos anteriores. Un comerciante, un agricultor que dirija la mirada al paisaje, también puede verlo en su potencial mercantil y productivo. Es fijarse en lo visto según un criterio que permite evaluar lo visto desde un punto de vista concreto. También el artista que pinta al aire libre sus cuadros escoge un emplazamiento, una perspectiva, una hora del día en la que la luz… La mirada artística es también una mirada selectiva.

Una de las experiencias básicas de la belleza, pero no la única, como estamos viendo, es la experiencia que tenemos de las distintas artes. Tradicionalmente han sido denominadas “bellas artes”. Cuando hablamos o pensamos en belleza, es algo que solemos tener muy en cuenta. De hecho, a veces parece que la belleza reside solo en el arte, lo cual no es verdad, ciertamente. Pero la experiencia de la vida del mundo, es muchas veces la experiencia de lo problemático y conflictivo, de lo gris. Hay mucha incertidumbre en muchas facetas sociales. Ingresar en el mundo del arte es entrar en otro ámbito de realidad.

Sensibilidad y sentido, belleza y orden

Los ejemplos propuestos, las artes en particular, hablan de experiencias sensibles, experiencias en las que los sentidos juegan un papel principal. Los cuadros se ven, la música se oye. Los paisajes, artefactos y obras de arte tienen un significado que apela a la razón, a la vez que despiertan una gran variedad de emociones. La experiencia que tenemos de lo bello es humana en sentido integral ya que están implicadas las diferentes facetas humanas. Esto nos lleva a hacernos una pregunta: ¿hay algún tipo de belleza que no sea sensible? 

Una fórmula como la de E=mc2, ¿es bella? No lo es de forma sensible, algo en lo que siempre pensamos, en principio, cuando hablamos de belleza. Pero expresa, en su concisión, y para quien lo entienda bien, una parte del orden del universo que ha sido comprendido por la razón. Los pitagóricos eran sensibles a esta idea. Vinculaban la idea de belleza al orden (que es lo que literalmente significa “cosmos”; a ellos les debemos este uso de la palabra). La experiencia que nosotros tenemos del orden está muy ligada a la percepción de lo geométrico que se percibe como tal o al orden entre las cosas útiles en las que vemos una relación lógica entre los utensilios: la silla y la mesa dispuestas para sentarse, no la silla encima de la mesa, algo que no tendría sentido. 

 

Al percibir orden percibimos un sentido, una inteligibilidad. A veces, ese orden no se percibe a primera vista. Lo que nos parece caótico puede estar ordenado: los sistemas complejos y la geometría fractal nos indican que los niveles de orden son variados. El orden siempre presente en la naturaleza. Percibirlo es captar su belleza, que aquí está muy ligada a la inteligibilidad. También la experiencia de la belleza está muchas veces ligada a la sorpresa: son formas de ser no esperadas por nosotros las que la humanidad va descubriendo en su estudio de la naturaleza.

En el ámbito artístico, pictórico o musical por ejemplo, las disonancias, la ruptura de las formas reconocibles dan lugar a obras “informales”, caóticas, en principio. Incluso hay azar en la realización, como en el Pollock maduro (reflexión aquí). Gadamer relacionó orden y belleza (Verdad y método, 1960; La actualidad de lo bello, 1977), recordando que las formas de orden pueden ser muy variadas, incluso en aquellas obras que no lo manifiestan en primera instancia.

Por otro lado, ¿hay belleza en las acciones morales justas? Hablamos de “bellas personas”, de un “bello gesto”. Si un argumento lógico y una recta acción moral son bellas, tendríamos que ampliar el concepto habitual de belleza yendo más allá de lo sensible. Aquí también habrá un orden, siguiendo las tesis conocidas de Sócrates: una proporción entre la obra que realizamos y aquello que se pretende alcanzar, una relación de lo bello con el alma.

Concordancia de belleza y subjetividad

Todo lo visto nos lleva a asociar de manera nítida la belleza y la subjetividad. Como si hubiera una coaptitud entre la belleza y el ser humano, una concordancia o armonía entre la belleza en sus diversas formas y la interioridad, como si lo bello fuese en cierta forma una medida o realización en la que la apertura que define al ser humano hallase una medida proporcional. 

En una entrada anterior de esta página cuyo tema era la música en los poemas de Jorge Guillén aparecía esta idea aplicada a la música: la concordancia entre la subjetividad y la música.  Guillén utiliza otra idea, vieja y perenne, que nos permite avanzar en esta reflexión sobre la belleza: ante lo bello, la música, u otro tipo de belleza, nos podemos sentir invadidos por eso pleno y experimentar una concordancia que colma de una forma que va más allá de nuestras intenciones y proyectos. 

Pero este descanso, este ensanchamiento, esta plenitud que experimentamos ante lo bello porque es algo pleno que satisface la apertura humana, tiene un aspecto dinámico que le sigue. Platón hablaba del entusiasmo, de sentirse arrastrado por lo bello: somos raptados por aquello que se nos da. Otra explicación más moderada, menos “romántica”, nos la ofrece Jankélévitch cuando habla del poder de encantamiento (charme), algo propio, también, de la música.

Poder transformador de la belleza

La belleza tiene un poder transformador. La belleza tiene ese carácter de ventana, de puerta, a algo que está más allá. Como si experimentásemos un anuncio, una promesa que ampliase los horizontes vitales. Puede haber experiencias ocasionales ante lo bello en las que esta ampliación sea el inicio de una transformación. La belleza nos muestra que hay un más al que se puede aspirar, que el yo no es el centro porque nos sentimos visitados por algo pleno que nos saca de nosotros mismos. La experiencia de lo bello es la experiencia de un regalo, como repetía Gerardo Diego hablando también de la música. La experiencia de lo bello es la vivencia de algo que se nos da y que nos hace ser. Ese es su carácter transformador.

El carácter transformador se ve también en algo dicho al principio. Ante lo bello, sea real o algo imaginado en las artes, vivimos la realidad en su sentido pleno. Si es algo imaginado, propio de las artes, la experiencia estética puede tener un carácter evasivo. Y, a la vez, puede despertar el deseo de cambiar al enseñarnos que siempre será posible vivir de otra manera, al mostrarnos lo excelente como algo atractivo. En las artes narrativas que cuentan historias humanas, el mismo argumento puede ser la propuesta de un contenido vital que haga caer en la cuenta de otras formas de vida. Pero la experiencia de lo bello en sí, contiene ese carácter de anuncio que impulsa a pensar de otra manera, a abrirse a todo lo que tenga carácter de regalo que hace ser.

La belleza. Como se suele decir, tan “inútil” y tan necesaria.

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